lunes, 26 de mayo de 2008

Matadora de brújulas


Una puerta cerrada. Un libro mudo. Una luz muerta… Un reflejo callejero atraviesa corriendo la pared y se vuelve humedad en una esquina. Una mariposa nocturna golpea por fuera la ventana mientras las pupilas de la mujer saltan, de uno en uno, sobre los objetos más cercanos que ya se van impregnando de sueño. Una puerta cerrada. Un libro mudo. Una luz muerta... Oscuridad.
Allí está de nuevo la niña, siempre en los mismos lugares, la misma casa con sus ruidos: el columpio sin engrasar, las llaves que marcan la cadencia de unos pasos conocidos, el sonido de un chorro encendido.
Un par de zapatos abandonados a medio pasillo indican el rumbo que siguieron sus pies desnudos, pequeños, que pronto vislumbrará empinándose, con un equilibrio tembloroso, sobre el respaldo de un sillón que le proporciona la altura exacta para curiosear el lomo de los libros que cubren parcialmente la pared y espantarles el polvo con desgano; tarea doméstica preferible a cualquier otra que implique buscar, buscar cualquier cosa: ritual inútil bastamente repetido, protagonizado por un audible forcejeo en su respiración, emitido por la molestia que puja por salir; por la mirada dilatada escudriñando con aparente atención, por los movimientos de la cabeza, por la repetición silenciosa de un nombre -como invocando su aparición-, por las manos abriendo rutas violentas, maculando el orden, cayendo vencidas, y por el reproche, la desaprobación y el estigma que deja esa extraña incapacidad de encontrar que aún la persigue.
La mujer procura reacomodarse sobre la cama revuelta, aprieta los párpados para retener el sueño, sabe que cuando llegue la mañana esa historia se repetirá como hace más de veinte años, como todos los días, y ahora, sin poder evadirlo, tendrá que seguir intentándolo en los libros, en los diálogos con el espejo, en el espectáculo que regalan las ventanas, en las miradas que la reflejan, allí en donde se supone que tiene que encontrar algún sentido.

lunes, 19 de mayo de 2008

sábado, 3 de mayo de 2008

Prohibido leer



Hay palabras, frases, ideas con las que a veces nos damos de nariz, y si alguna vez tuvieron algún sentido, de repente las encontramos absurdas: como hablar de teoría literaria en un autobús sobre el puente El Incienso; pelear porque no hay suficiente apoyo al arte, mientras el indigente de la esquina escarba el basurero; o decir, en Guatemala, que abril es el mes para celebrar a los libros, a Shakespeare y a Cervantes. Aquí está prohibido leer. Aquí, en primera instancia, hay que sobrevivir.
En este contexto, dejo unas cuantas reglas estipuladas por la cotidianidad.
Regla número uno: nunca suba a un bus urbano con un libro en la mano. Empezando porque, con suerte, logrará asentar el primer pie dentro del bus aún en movimiento, y si cuando llegue el primer cambio de velocidad no ha logrado agarrarse de algo o de alguien, puede resultar en el regazo de la señora de la primera fila o, quizás, logre evitar una caída estrepitosa, detenido contra la pared humana que forman los pasajeros acomodados de pie. Una vez estable, hay que centrarse en asegurar las pertenencias, y empezar a idear la manera de alcanzar la puerta cuando necesite bajar.
Si, acaso, logró encontrar un asiento vacío, el libro será un buen instrumento para cubrirse del sol o prestárselo al vecino para que lo utilice como almohadita-contra-la-ventana, ya que aparentemente él será uno de los que puede dormir con lo último del Reggaetón a todo volumen.
Regla número dos: si no quiere salir lastimado o maltratado, nunca le pregunte en la calle, a un desconocido, por qué no lee. Basta con abrir medianamente los ojos para darse cuenta que está pensando en la escuela de sus hijos, el rescate de la hipoteca, cómo cubrir la lista de fiado en la tienda, o simplemente en qué hacer para conseguir más dinero para vivir – y no dignamente- para vivir, a secas.
Regla número tres: si, por fortuna, estos no fueran los problemas que aquejan a su clase social, pero, en cambio, sufre de horror al silencio y la soledad, tiene miedo a metaposicionarse sobre su realidad inmediata, le da terror llevar la contraria, hacer ejercicio mental en busca de la lucidez, y alimentar su imaginación. Manténganse alejado de la literatura.
Regla número cuatro: si, por casualidad, usted fuera parte del extraño uno por ciento de lectores con los que cuenta el país, hace su ahorrito mensual para alimentar su biblioteca familiar a fin de año, o bien, visita librerías con regularidad y se indigna con los precios del mercado, incluidos los de los libros usados: nunca piense que el Gobierno puede hacer algo por usted o por bajar los absurdamente exagerados impuestos que pesan sobre los libros. Como se imaginará, hay negocios estatales cuyas consecuencias no son rentables. (Remítase a la regla número tres).
El panorama no es alentador. En este país no se puede leer. Con todo esto, no termino de comprender cómo no se me quita esta manía de escribir, que, en realidad, no dista mucho de la de estar hablando sola.