lunes, 23 de junio de 2008

Del Astillero de Onetti y otros pretextos para abrir los ojos


Un cuarto estrecho, silencioso. En el centro, un hombre –recostado sobre su codo derecho- medita, inventa un mundo, a un hombre, como él, que a su vez medita, inventa una ciudad con nombre propio y gente a su semejanza; quienes a su vez, se pasan la vida creando paraísos mentales, tablas salvadoras dentro de un remolino de tiempo, de sinsentido; imaginando que existe otro lugar, otra época, otra suerte. Ángeles caídos que juegan a ser creadores, a justificar su existencia multiplicando su imperfección.
Uno de ellos es el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, quien este primero de julio estaría cumpliendo 99 años, demiurgo de uno de los universos literarios más fascinantes de la Literatura latinoamericana: Santa María, esa ciudad maldita inventada por su personaje, Juan María Brausen, como un lugar perfecto para escapar, y de donde, unos libros más tarde sería desterrado Larsen -otro de sus personajes- quien, cinco años más tarde, volverá para pasar allí los últimos días de su vida, entregado a la tarea inútil de administrar un astillero en ruinas, consciente de la necesidad de proteger esa farsa personal con el fin de sobrevivir.
El lector atento, un día, descubre su reflejo, y se da cuenta de que es uno más de los que ese día se levantó de la cama con ganas de vivir, de olvidar, de volver a empezar. Abre la puerta y se lanza al mundo que desde siempre lo ha esperado afuera, indiferente, y se deja llevar por esa extraña manía de parir entusiasmos fugaces, nombrar paraísos pasajeros, inventarse un sentido: llámesele amor, familia, trabajo, en fin, cualquier cosa que lo justifique, que distraiga por un momento al fracaso que ya merodea a distancia, que tarde o temprano tocará la puerta, y al que tendrá que recibir como un viejo conocido, non grato, insistente, pero, al fin y al cabo, familiar.
Yo misma, sola, en medio de un cuarto estrecho, silencioso, imagino mañana, este texto, un lector, su atención, su recorrido visual hasta este punto. Y así logro ver de frente un nuevo rostro para el fantasma de mi redención.

lunes, 9 de junio de 2008

Invitación al juego


La tentación de inventar, de multiplicarme, de ser otras, me asalta en todo momento. De allí la lectura, de allí la escritura, de allí la fascinación de ser extraña en una ciudad que no es la mía. En donde cada charla fortuita, entre parada y parada de autobús, me permite reinventarme. A veces soy Isabel, y no miento, pero a veces soy Virginia, Silvia, Amanda, Mariel, Melissa o Sofía. Otras veces tengo 19 años, 23, 27, 22, y estudio auditoría, acuicultura, física cuántica o pedagogía. Vivo en la zona 18, en Guajitos, en el piso más alto del Edificio El Centro o en la Colonia Lourdes. Trabajo en Campero, la torre de control del aeropuerto, un restaurante de comida china o en la Megapaca. Y soy de la Pepesca, la isla de Flores, San Carlos Sija o Malacatán.
Ayer amanecí Lucía. Reparé en ello luego de sentarme, en el único espacio vacío del autobús, junto a una mujer bonachona que masticaba despacio unos gajos de naranja y no dejaba de sonreír ni de mirarme sin pudor. Devuelvo la sonrisa y la plática comienza. Qué bueno que me tocó usted, canchita, a mí me gusta viajar con usted./ Sonreí desconcertada./ Hace como una semana la vi en el otro bus. ¿Va para la U?/ Asentí y mentí con timidez./ ¿Qué estudia?/ Ingeniería civil, respondí./ Sí pues… es difícil verdad nena, a mi hijo le costó viera usted. Yo me desvelaba para ayudarlo a hacer sus tareas. Dictame, le decía, yo escribo rápido, y así lo hicimos hasta que salió de Abogado. Lo mismo quería hacer con los otros dos. Allí va uno, el otro no me hizo caso y ahora va a tener gemelos. Ni sabe a lo que se metió, con lo que cuesta todo ahora. ¿De trabajar viene?/ Sí, respondí./ ¿Dónde trabaja?/ En un kiosco, una venta de café./ ¿Pero usted no se ha casado verdad?/ No, dije./ Es que así ya cuesta nena. Mire la patoja esta tuvo que dejar la U, y después se lamentan… Pero usted no es de aquí ¿verdad?/ No, soy de El Jícaro, ¿y usted?, pregunté./ Yo soy de Cuilapa, dijo./ ¿Cuál es su nombre?, dije para participar en la plática./ Rosa Pompilia Escobar Estrada, ¿y el suyo?, lanzó a manera de respuesta. / Lucía, respondí./ Pues yo le digo, nena, que se cuide mucho, ni novio hay que tener. A la hora que les toca se hacen para atrás. A mí me tocó sacar a mis hijos, sola, pero se pudo. Ahora solo extiendo la mano, ellos me mandan a cada poco desde los Estados Unidos, y ya tengo mi casita./ ¡Qué bueno! dije y sonreí./ Ella continuó: a mí por eso me gusta aconsejar a los patojos –regáleme permisito que ya me va a tocar bajar- siempre dicen, ah, la seño Rosa cómo me aconseja./ ¿Ah, usted es maestra? Pregunté. El bus ya se había detenido y la gente empezaba a bajar./ No, dijo la mujer, mientras se alejaba con rumbo a la puerta limpiándose las manos llenas de naranja en el delantal, soy médico y cirujano.