domingo, 27 de julio de 2008

La decisión

Escribir mucho es mal síntoma. Solo escriben excesivamente, compulsivamente, los que se van a morir pronto. Los que no tienen más tiempo para vaciarse el cerebro antes de que todo sea estrecho, oscuro, asfixiante, sordo.
Basta ya de esa manía de pasarse las horas en monólogos mentales. Hoy la dejo. Me levanto y escondo los cuadernos, junto los lapiceros y limpio por fin ese escritorio.
Si tan solo pudiera, al fin, abrir los ojos.

miércoles, 23 de julio de 2008

Sociedades paralelas


Afuera, siempre el mismo ejercicio. Trasladarse, mentalmente, en medio del ruido de la ciudad, hacia el espacio que se esconde detrás de cualquier ventana y escuchar el mismo rugido de la avenida en una nota más baja, más sorda. Allí, tratar de imaginar el interior estrecho, buscar la ventana desde adentro para asomarme y verme pasar pensando que lo que veo desde afuera es mi reflejo.
En medio de mucha gente el juego se da de manera involuntaria. Me convierto en animal sin cueva y huyo hacia adentro de mí misma, evado las miradas, el menor acercamiento.
Soy aficionada al encierro, al silencio, a la soledad. Por eso me gustan los libros y los gatos. Ambos han estado cerca la mayor parte de mi vida, cerca, pero indiferentes a mi presencia. Unos, bellos en conjunto pero completos individualmente; otros, bellos en su soledad, en la libertad que les regala una vida sin manada.
Amigas… puedo contarlas con los dedos de la mano izquierda y tomar al mismo tiempo mi taza con café.
Los conocidos cercanos son un poco más. Puedo enumerar, sin esfuerzo, aquellos con quienes me detendría un momento para platicar, a quienes no evadiría, en un encuentro fortuito, para no saludar.
Soy de las personas que utilizan los libros como trinchera para evitar conversaciones, de quienes evitan los grupos de más de tres personas, de los que sudan cuando perciben que su silencio es incomodo y no tienen nada que decir, de los que huyen de los diálogos hasta en los relatos que escriben, soy, en fin, antisocial.
Aún así, la tecnología ha propiciado una convivencia virtual dentro de otras sociedades que respetan mi silencio, a las que me puedo acercar por curiosidad y salir ilesa. En una se supone que tengo 151 amigos –he visto gente que tiene más de mil- y en otra, dialogo parcamente con media docena más a quienes nunca he visto y de quienes a penas conozco sus nombres o ni siquiera eso.
De vez en cuando tengo noticias de la Filistea o me acerco para ver cómo va su nostalgia de exiliada. Con ella llegó la Prosódica, con quien siempre he compartido abrazos cariñosos en cada comentario. O Petoulqui y Luisfergua a quienes he visto en fotografías, pero no sé qué hacen, además de narrar periódicamente sus aventuras o sus disquisiciones filosóficas. Lo mismo me pasa con Oswaldo, quien también prefiere hablar con las huellas digitales, o con Prado que, últimamente, también se va sin despedirse.
Todos, en fin, bloggers con los que me encantaría toparme algún día, solo para evitar traspasar ese punto en que prefiera encerrarme por completo, trabajar desde casa, mudarme a esa sociedad en la que domino mi relación con el prójimo, decido lo que quiero “escuchar”, puedo meditar sin prisa lo que quiero decir, qué sé yo, topármelos, simplemente, para confirmar que no llegó tarde la etapa de las relaciones con personajes imaginarios.

sábado, 12 de julio de 2008

Martes


Adentro suena la Tocata y fuga en D menor de Bach. Afuera, tres disparos, sobresalto y miedo. El órgano continúa su marcha. Un hombre corre y dobla la esquina, el otro se dobla sobre sí mismo dentro del auto.
Herido, toma su arma, su mirada se clava en la nada y dispara. Llegan los bomberos. Dispara. ¿Qué ve? Dispara.
La muerte sigue avanzando hacia él, implacable.

lunes, 7 de julio de 2008

Asalariada


Suena el reloj, todavía está oscuro. Hoy sí me acuesto temprano, piensa, mientras con un ojo aún cerrado se encamina hacia el baño para iniciar el ritual repetitivo al que la obliga el mundo laboral. Un par de horas más tarde se abre camino como puede en medio de las filas de los que van de pie y recrea mentalmente los traslados a los campos de concentración, los reclutamientos del servicio militar o la transportación de ganado vacuno por la carretera al Atlántico. A esa hora de la mañana hay en el ambiente una mezcla de olor a colchón, talco barato y champú. Las ventanas están selladas. El capitalino le tiene una extraña fobia al aire fresco. Le gusta acalorarse, olerse, ha de ser una manera de sentirse protegido. Silencio. La mayoría de los que van sentados aún duermen. La mochila que lleva colgada de un solo brazo se aleja varios centímetros de su cuerpo en diferentes direcciones. Imagina los trastos con su almuerzo totalmente boca abajo, y solo espera que nada se salga ni moje el libro que en vano carga adentro. Imposible leer en el bus, imposible leer al medio día, imposible leer de regreso luego de quemarse las retinas durante ocho horas frente a un ordenador. Frunce el ceño. Uno de los espejos del frente le devuelve una imagen distorsionada por la velocidad y los brincos. Otro bus se apea, el panorama es el mismo. Por la ruta hay buses que esperan en fila, buses que pelean pasaje, buses que se rebalsan, buses que parece que van a voltearse. Pone un pie en la acera, tiene suerte de que el chofer le deje bajar el otro pie. Empieza una nueva carrera: diez minutos a paso rápido para llegar a la oficina. Es necesario llegar temprano. Corre. Y esa angustia está íntimamente conectada con la que tiene por salir temprano. Unos minutos tarde significan tiempo de reposición al final de la jornada. Hay que correr. Ocho horas son suficientes para aplanar más las nalgas, forzar de más los ojos, hacer malabarismos y forzar la sonrisa ante las arbitrariedades superiores. Sonreír, es parte de la técnica del equilibrista, ese que diariamente camina cuidadosamente por la cuerda floja para llegar intacto al otro mes. El alambre suspendido a media altura se llama contrato y provoca una ansiedad similar a la que reposa en el fondo de la vida, no se sabe cuándo se va a acabar. Cualquier día dicen simplemente ya no y se terminó, punto. Mientras eso sucede la historia se repite, exacta, todos los días. Mañana tal vez ella logre apagar el despertador cinco minutos antes de que suene. Hoy sí me acuesto temprano, pensará, mientras con un ojo aún cerrado se encamine hacia el baño para reiniciar el ritual del mundo laboral.