domingo, 21 de septiembre de 2008

domingo, 14 de septiembre de 2008

La revancha


Los motores, las bocinas, el tráfico, la onomatopeya de la violencia. (Pasá hijodeputa) Golpear el timón con el puño hasta que tope, hasta que afuera el grito se distorsione, intimide a la llave de chuchos, a la escuadra hipotética. El acelerador a fondo, la mueca de la neurosis.
Dos pasos y de vuelta a la banqueta. Patrullas motorizadas, cuatro, cinco camionetas que amenazan con que no se van a detener. Mejor no moverse, mejor no mirarlos de frente (pobre Sas Rompiche), no hay que intentar ver más allá de los vidrios a la mitad por donde se asoma el cañón, el traje negro, el auricular, el bigote espeso de la guardia presidencial que en el mes de la Patria anda de arriba para abajo.
Del otro lado de la calle, esquivar, aguantar la respiración, decir no, a secas, no disminuir el paso, no cederle espacio a la mujer que va arrinconando a la gente en la esquina, jalando profundo con el puño en la boca, riéndose, burlona, del miedo que respiran.
Hay que largarse, buscar un lugar seguro. (Dos varas, dos le vale) Dejar que los otros empujen, se atraviesen. El peor castigo es tener que estar juntos después de todo, tener que sentirse, rozarse, olerse durante el tiempo que dure de trayecto diario, toda una experiencia colectiva que hermana, por un momento, todos una sola masa humana que expele cansancio, hartazgo ante la repetición, la falta de aire, las amenazas del predicador ambulante o el vendedor que grita, que advierte que no miren hacia la ventana, que no lo ignoren, que agradezcan que esta vez vino a vender. Somos cifras potenciales en el contador diario de los noticieros que nos tenemos que tragar para medir nuestra fortuna.
Es tormentoso septiembre, demasiado húmedo, demasiado incómodo. Perfecto para las celebraciones nacionales de un país en el que la Independencia fue el negocio de un grupito.
Lodo, basura, banderas, alboroto. Bandas marciales tocando cumbias, avanzando en pelotones con paso de marimba orquesta, puro convite de chafas, celebración de las batallas perdidas.
Qué ganas de apagarlo todo con el botoncito rojo del control, darle click a la ventana y cerrar, echar agua, que resulte algo bueno de este experimento en el que no se pueden cerrar los ojos.
Hay una niña del otro lado de la pared que no deja de llorar, hay una mujer que no deja de gritar. Estamos contagiados. Hoy no me hagan salir de la cama.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Ceremonial










lunes, 1 de septiembre de 2008

La vocación de marcharse


Para la Chiva, a minha irmã

De eso se trata, de resetear la vida sin acariciar el fin. Resucitar gatunamente de las muertes cotidianas, ante el asombro, la desaprobación o el guiño, y respirar profundo. Cambiar de piel, de ciudad, de apellido. Saltar, con los ojos bien abiertos. Tener la certeza de que siempre debe haber otro lugar, otra suerte, otra manera, y que la vida puede ser otra cosa.
Irse también requiere de vocación. Valor para obedecer el llamado. Entender, como Pavese, que lo importante de tener una casa, un pueblo, un país, es tener un lugar de donde largarse.
Hay que emigrar. Cortar lazos, ombligos, cadenas, no voltear. Disfrutar de ser extraños y de que ignoren los nombres, las historias, los motivos. Saborear la oportunidad de reinventarnos. Y sentirnos afortunados de guardar, siempre, bajo la manga, un “allá” como posibilidad, un archivo mental para recurrir a él cuando nos apriete el cuello la nostalgia.
La distancia, al fin y al cabo, es saludable. Regala una visión panorámica del primer escalón, activa el sentido de pertenencia y así, lejos de todo, de todos, nos acerca más a la comprensión de nosotros mismos, de lo que se quedó.
Hace bien sentirse turista, vivir de paso, ser un recién llegado, un observador despierto ante la pérdida del asombro que provoca la rutina.
Hay que salir a caminar, perderse un par de horas, bautizar algún lugar como “casa”, marcar nuevos territorios, acariciarlos sin echar raíces. Comparar. Disfrutar las diferencias. Alimentar las ganas de volver –por qué no- aunque sea solo para visitar a los que no hemos encontrado la fuerza suficiente para levantar el ancla.
Se lo digo ahora que ya le dije adiós, que ya no me abruman la pared pintada a medias, los cuartos semivacíos, el eco que llena las casas que se están quedando solas, las maletas en el suelo ni las cajas llenas con las cosas que no se van.
Lo hago hora, sin reír con torpeza, sin hacer preguntas tontas para llenar el silencio. Desde aquí, desde donde no es tan fácil que se quiebren las palabras.


La imagen es del maestro Chema Madoz