Cuando den las tres de la tarde abriré la puerta
lo dejaré pasar
Recorrerá
sin mirarme
los rincones de la casa
Revisará con violencia debajo de las cortinas
hojeará los libros que están sobre la mesa
lanzará mis textos al piso
-así es de implacable-
Me dejaré llevar hacia la cama
revuelta
En silencio
sentiré su peso
esconderé el rostro
el ahogo
mientras me hable al oído
de las cosas que quiero olvidar
Buscaré con la mirada el reloj:
son las tres de la tarde
-gritará-
Entonces mejor cerraré los ojos
lo abrazaré
le clavaré las uñas
esperaré a que anochezca
a que deje de llamarse domingo
a que encuentre la ventana abierta
cuando decida largarse.