Un pez anaranjado convulsionaba sobre la superficie de cemento. Por ella pasaba una corriente que no era lo suficientemente fuerte para arrastrarlo hacia el fondo de la poza.
La mujer lo empujó, lo vio caer, resucitar. E hizo lo mismo con el resto de peces que no lograban cruzar. Luego siguió su camino.
En algún lugar cercano estaba la playa, el sonido salvaje del agua, el mar. Y, solitaria, sobre la arena negra, una pila. Se acercó. Estaba seca. Pero en el fondo había un recipiente con agua y peces pequeños. Los descubrió cuando metió las manos.
Sobresaltada, decidió sacarlos, devolverlos al mar que, detrás de ella, parecía haber retrocedido.
Se apresuró, sabía que tenía que alejarse antes de que la ola volviera con fuerza. Equilibró el recipiente playa adentro y tiró el agua y los peces sobre la arena mojada. Luego los enterró. Vio hacia el cielo. Estaba limpio, azul, y sintió que podía flotar.
La mujer lo empujó, lo vio caer, resucitar. E hizo lo mismo con el resto de peces que no lograban cruzar. Luego siguió su camino.
En algún lugar cercano estaba la playa, el sonido salvaje del agua, el mar. Y, solitaria, sobre la arena negra, una pila. Se acercó. Estaba seca. Pero en el fondo había un recipiente con agua y peces pequeños. Los descubrió cuando metió las manos.
Sobresaltada, decidió sacarlos, devolverlos al mar que, detrás de ella, parecía haber retrocedido.
Se apresuró, sabía que tenía que alejarse antes de que la ola volviera con fuerza. Equilibró el recipiente playa adentro y tiró el agua y los peces sobre la arena mojada. Luego los enterró. Vio hacia el cielo. Estaba limpio, azul, y sintió que podía flotar.