martes, 24 de agosto de 2010

El sueño de otro mar

Un pez anaranjado convulsionaba sobre la superficie de cemento. Por ella pasaba una corriente que no era lo suficientemente fuerte para arrastrarlo hacia el fondo de la poza.
La mujer lo empujó, lo vio caer, resucitar. E hizo lo mismo con el resto de peces que no lograban cruzar. Luego siguió su camino.
En algún lugar cercano estaba la playa, el sonido salvaje del agua, el mar. Y, solitaria, sobre la arena negra, una pila. Se acercó. Estaba seca. Pero en el fondo había un recipiente con agua y peces pequeños. Los descubrió cuando metió las manos.
Sobresaltada, decidió sacarlos, devolverlos al mar que, detrás de ella, parecía haber retrocedido.
Se apresuró, sabía que tenía que alejarse antes de que la ola volviera con fuerza. Equilibró el recipiente playa adentro y tiró el agua y los peces sobre la arena mojada. Luego los enterró. Vio hacia el cielo. Estaba limpio, azul, y sintió que podía flotar.

miércoles, 11 de agosto de 2010

La promesa

La lluvia había arreciado cuando el niño subió al autobús, se pasó la mano por la frente, saludó en voz alta con acento extranjero, se agarró de los sillones que le quedaban a los lados y parado a mitad del pasillo, con la vista fija en un lugar del fondo que seguramente aún estaba vacío, nos llamó hermanos, nos pidió que lo ayudáramos, nos contó que estaba lejos de su casa, que tenía que comer y que sabía que era mejor pedir que robar, y por eso nos pedía una moneda y perdón.
Empezó a pasar por los lugares con la vista fija en las manos que se metían en las bolsas, las que se quedaban quietas sobre los regazos, las que sostenían el tedio, las que volteaban hojas del periódico, las que extendían una moneda.
Afuera aún llovía con fuerza, se detuvo un momento junto a mí, miraba hacia la calle, como quien calcula el mejor lugar para bajarse. Olía a sudor. Su pecho quedó a la altura de mi vista, sobre él tenía una inscripción, una cita bíblica, una promesa: “Como las estrellas, así será tu descendencia”. Una promesa que nos condenaba a todos, una promesa de miseria infinita que un momento después bajó del autobús y caminó sin prisa bajo la lluvia mientras afuera oscurecía.

miércoles, 4 de agosto de 2010

El sueño de la niña pájaro

La mujer abrió la ventana, llenó el cucharón con alpiste y se dispuso a alimentar a los pájaros que ya reconocían el tiempo exacto que transcurría entre el rechinido, el sonido de la bolsa, la caída de las semillas sobre la pestaña de cemento y el reflejo de la mujer que se alejaba hacia atrás, caía sobre la primera silla que estaba contra la pared y se ponía a observar cómo iban llegando desde las ramas, desde los techos, para comer en su ventana. 
Uno de los pequeños que en lugar de comer cantaba, atravesó la cortina de un brinco. La mujer se sobresaltó, siempre había temido que eso ocurriera en su ausencia y nadie pudiera abrir las puertas y ayudarlo a salir. 
El pájaro reconoció el calor del interior, el aire que venía de afuera movió la cortina, le tapó la salida. Hay cosas que regularmente no se pueden escuchar, que no imaginamos que puedan infundir tanto miedo o tristeza hasta que estamos solos frente a ellas: el aire, el sonido de una gota insistente, el aleteo de un pájaro encerrado, pájaro que para entonces ya volaba contra las esquinas del cuarto, contra la imagen ilusoria de la mañana, de los árboles, que lo devolvían de golpe hacia adentro.
La mujer se levantó, trató de abrir la ventana con fuerza pero no lo logró, el vuelo del pájaro la atormentaba. Se tapó los oídos, se tropezó contra los muebles en su camino hacia la puerta, la abrió lo más que pudo y una vez afuera, se recostó contra la pared para esperar que un milagro sucediera, que una corriente de aire le indicara la salida, el camino hacia la puerta. 
Todavía con las manos sobre los oídos, la mujer se percató de que allí afuera, sorpresivamente, era de noche. A sus pies había un rectángulo de luz que venía desde adentro, a través de la puerta abierta, donde la sombra de un pájaro no dejaba de revolotear.