jueves, 13 de octubre de 2011

Zona de excavación

El sábado soñé que salía en busca de un edificio del que solamente asomaba uno de sus puntos más altos. En él se refractaba la luz. Caminé para acercarme, vi montañas que goteaban agua sucia y amenazaban con colapsar, caminos angostos y lodosos, y un lago más bien espeso. Desde su orilla traté de redirigir el rumbo hacia ese lugar donde, a lo lejos, brillaba el sol, donde todo estaba claro.
Amanecí con un dolor de cabeza que parecía rodar adentro en la medida en que me movía. Encendí el ordenador y la primera imagen que me lanzó el noticiero virtual era una postal de la calle donde vivo: el amanecer tierno, el sol sobre los edificios del Centro, la esquina acordonada, los cadáveres cubiertos, la policía custodiando su sueño.
Yo había estado leyendo hasta la madrugada, y había apagado la luz una hora antes de que el auto pasara rociando plomo por la esquina, sin llegar a alterar mi sueño.
Esa era la tercera vez, en una semana, en la que sentía que estaba compartiendo las mismas rutas con la muerte.
Aparece de repente. Siempre se transfigura. De su cercanía reconozco el vacío. Su cuestionamiento directo. Su paso decidido, su costumbre de no verme a los ojos, de aceptar cualquier pequeñez: un poco de dinero, un teléfono, una bolsa, a cambio de la oportunidad de intentarlo un día más en una ciudad donde, después de que ella sigue su camino, pareciera que no pasa nada, que nada vale.
Tomé el teléfono. Quería hablar con mi hermana. Su hija menor nació hace un par de semanas y ni siquiera la conozco.
Sin dar detalles quería preguntar cómo estaba, pedir que le acercaran el auricular, escuchar sus ruidos pequeños, oírla respirar. Tener un breve contacto con la vida en ese estado inicial del que lo único que preservamos es la vulnerabilidad.
No contestó. No insistí. Las imaginé soñando lugares menos agitados, menos inalcanzables, y me dispuse a escribir, a excavar en busca de un lugar seguro, de un hilo coherente hacia una puerta de salida, hacia una conclusión que no fuera la muerte.
Me propuse regresar despierta, por todos los caminos posibles, a ese lugar donde se mezcla la realidad y el sueño. Resguardarme en la ficción, ese otro exilio, allí donde el absurdo es una opción inofensiva.

martes, 4 de octubre de 2011

Apocalipsis, maybe

Compartí el lavadero con un puertorriqueño retirado de la academia militar que se jactaba de la limpieza de su cuarto de baño mientras enjuagaba con ímpetu el trapeador. Era una de esas pláticas generada por la confianza que existe entre un viejo y una desconocida que se han encontrado durante un par de ocasiones en las gradas del mismo edificio.
Como buen militar parecía llevarse bien con mis monosílabos distraídos y mis educadas muecas de aprobación.
La lluvia de un medio día de septiembre que, súbitamente, se había tornado oscuro, empezó a golpear la lámina, y la plática dio un giro apocalíptico. El fin del mundo será en noviembre, afirmó. Y apeló a la numerología, a los astros y las coincidencias en la historia universal de los desastres, mientras se esforzaba por blanquear el trapeador.
El viejo había logrado captar mi atención con su convicción. Y mientras él hablaba, empezó a llegarme al cuello todo lo que no he hecho, los lugares y las personas que no he conocido, los kilómetros que me separan de lo único que tengo, así, imagen por imagen, previo a quedarme en blanco, como su trapeador, que en ese preciso momento era extendido orgullosamente ante mis ojos.
Me urge volver a mi país, dijo, mientras lo colocaba sobre uno de los lazos que estaban bajo techo. Y por un momento sentí la tristeza de las despedidas entre dos desconocidos a quienes hermana la espera de un final inminente.
A más tardar será en febrero, agregó, y súbitamente vi tropezar mis cálculos mentales… este país lo mata a uno de aburrimiento, dijo.
Y luego de eso lo vi correr torpemente bajo la lluvia de vuelta al edificio, mientras yo sentía la leve confusión de quien acaba de ser timado, de quien acaba de ser salvado.