jueves, 9 de octubre de 2008

La casa de los espejos


Desde que salió del café caminó con la sensación de haber sido escogido, entre la multitud que observaba indiferente, para ser parte del espectáculo. Avanzó alerta. Rápido, pero con la absurda precaución del que teme que la burla no haya terminado.
No cabe duda de que la ciudad es un gran circo miserable que ha llegado a su última estación.
Afuera olía a basura. Desde hace algún tiempo siempre huele a basura. No tardará en llegar el día en que la única solución sea quemarla; en que el cielo se convierta en una gran nube negra, y ese olor, al fin, desaparezca.
Se sentó en la parada del bus y observó: la calle era un espacio lleno de payasos sucios, malabaristas torpes en los semáforos, personajes extravagantes en las esquinas, prestidigitadores de carteras ajenas, enanos, tarados, ciegos que ejecutan sus instrumentos musicales en las plazas públicas durante las fiestas para sordos, pilotos, con un solo ojo, que dirigen autobuses atestados.
Recordó el alivio que sintió cuando entró en el café y vio que ella lo esperaba. Sonrió. Ella también. Y fue entonces cuando la vio convertirse en el espejo que le devolvió, hasta el final, la imagen risible de sí mismo.
Advirtió, en sus ojos, la misma ilusión que él sentía, la impaciencia. Reconoció como propios los relatos de las largas esperas, los instantes propiciados, las falsas coincidencias. Escuchó otro nombre, y se dio cuenta de que él era sólo la pieza de una cadena interminable.
Se miraba patética, y, en ese estado, se reconoció a sí mismo. No le dijo nada. Sintió pena por ambos, por la ceguera, las malas interpretaciones, los esfuerzos vanos, que allí, frente a ella, parecían multiplicarse. Se despidió y, en silencio, prometió no buscarla más.
Un hombre sucio que esperaba junto a él, con una especie de bongó improvisado entre las manos, se levantó y subió al primer autobús que llegaba a la esquina en el momento en que el semáforo dio rojo. Saludó con parsimonia al grupo de espectadores. Unos dormían, otros veían distraídos por la ventana. Empezó a cantar. Él lo observó desde afuera, tomó su teléfono y marcó el número de la mujer que, seguramente, sí esperaba su llamada. Era una manera de rebelarse, de romper la cadena. No contestó. El semáforo dio verde. El hombre del bongó tomó aire y cantó: La felicida-a-a-a-á, me la dio tu amo-o-o-o-orrrr. El bus se alejó. Incomodo, volvió a marcar. No respondió. Es un mal sueño, pensó. Estaba despierto.