miércoles 6 de agosto de 2008

Días de feria


Para Karmasay


Forward… Play…la comitiva que acompaña al vicepresidente se detiene frente al stand. Él observa las bandejas con libros, saluda al director. La toma estaría perfecta si las mujeres que están detrás del mandatario dejaran de buscar las esquinas, de intentar quedar fuera del encuadre, no hay manera de anularlas. Parecen animalitos acorralados, tienen cara de pena, terminan cagándose de la risa… imposible. Forward…

Ocurren muchas cosas cuando alguien que quiere ser escritor es comisionado para vender libros. Asunto peligroso. Por un lado, el paraíso momentáneo tras el cual viene la fiscalización y el exilio. Por otro lado, el infierno, una especie de castigo, de ajuste de cuentas, de prueba de resistencia, quizá resultado de las malas cuartillas. Es grave pasar casi doce horas, durante diez días, arrinconado en un espacio en el que apenas pueden moverse tres personas y a donde cada cierto tiempo caen seis, ocho individuos. Luego, dedicarse a responder, cobrar, apuntar, intuir que debajo del suéter de ese que a pocos pasos nos da la espalda se está escabullendo un libro, mal libro quizá, pero puesto a su alcance por el azar: trofeo, al fin de cuentas, de las pequeñas hazañas cotidianas que nos inventamos.
Alguien insiste en que hay que ofrecer, hablar de los libros con los clientes potenciales, como si no supiera que no hay peor cosa para el lector que le pregunten qué quiere, que lo interrumpan. Un lector no sabe qué busca, un lector encuentra, y ese momento es sagrado.
Durante diez días la socialización me alcanzó, me pasó la factura: tuve que sonreír, conversar, comentar, tomar y tomar agua para no sentir la boca seca, para tragarme los gritos que logré contener, para ayudarme a digerir el cambio de dieta: hamburguesas con chimichurri, pizza, nachos, palicrepas dulces y saldas, churros, café ralo, y esos tacos que previo al eructo dejan los dedos brillantes.
Me perdí la mayoría de las buenas actividades, por no decir todas. Tuve la oportunidad de ver a Monsiváis, incluso de saludarlo, de no ser porque una señora tenía prisa y quería su factura ya.
Me encontré y reencontré con varios escritores, vi a una niña haciendo berrinche porque quería un libro, sentí cómo subían mis niveles de neurosis, le grité al contador, no cuadré y tuve que poner cien pesos, leí el Megadroide de Julio Calvo y me maté de la risa, alucinamos grandes batallas mentales entre Vaniadroide y Karmasay, le di la razón a Pellecer cuando en medio de una molotera me dijo: “Ya vio que sí se lee en guate”, aunque al mismo tiempo pensé que con toda esa gente no se arma un bus urbano, se vería demasiado extraño, irreal.
Ahora empieza el Festival del Centro Histórico y por si fuera poco hay que armar de nuevo el changarro en la Plaza de la Constitución. A estas alturas tengo miedo de mí.

domingo 27 de julio de 2008

La decisión

Escribir mucho es mal síntoma. Solo escriben excesivamente, compulsivamente, los que se van a morir pronto. Los que no tienen más tiempo para vaciarse el cerebro antes de que todo sea estrecho, oscuro, asfixiante, sordo.

Basta ya de esa manía de pasarse las horas en monólogos mentales. Hoy la dejo. Me levanto y escondo los cuadernos, junto los lapiceros y limpio por fin ese escritorio.

Si tan solo pudiera, al fin, abrir los ojos.

miércoles 23 de julio de 2008

Sociedades paralelas


Afuera, siempre el mismo ejercicio. Trasladarse, mentalmente, en medio del ruido de la ciudad, hacia el espacio que se esconde detrás de cualquier ventana y escuchar el mismo rugido de la avenida en una nota más baja, más sorda. Allí, tratar de imaginar el interior estrecho, buscar la ventana desde adentro para asomarme y verme pasar pensando que lo que veo desde afuera es mi reflejo.
En medio de mucha gente el juego se da de manera involuntaria. Me convierto en animal sin cueva y huyo hacia adentro de mí misma, evado las miradas, el menor acercamiento.
Soy aficionada al encierro, al silencio, a la soledad. Por eso me gustan los libros y los gatos. Ambos han estado cerca la mayor parte de mi vida, cerca, pero indiferentes a mi presencia. Unos, bellos en conjunto pero completos individualmente; otros, bellos en su soledad, en la libertad que les regala una vida sin manada.
Amigas… puedo contarlas con los dedos de la mano izquierda y tomar al mismo tiempo mi taza con café.
Los conocidos cercanos son un poco más. Puedo enumerar, sin esfuerzo, aquellos con quienes me detendría un momento para platicar, a quienes no evadiría, en un encuentro fortuito, para no saludar.
Soy de las personas que utilizan los libros como trinchera para evitar conversaciones, de quienes evitan los grupos de más de tres personas, de los que sudan cuando perciben que su silencio es incomodo y no tienen nada que decir, de los que huyen de los diálogos hasta en los relatos que escriben, soy, en fin, antisocial.
Aún así, la tecnología ha propiciado una convivencia virtual dentro de otras sociedades que respetan mi silencio, a las que me puedo acercar por curiosidad y salir ilesa. En una se supone que tengo 151 amigos –he visto gente que tiene más de mil- y en otra, dialogo parcamente con media docena más a quienes nunca he visto y de quienes a penas conozco sus nombres o ni siquiera eso.
De vez en cuando tengo noticias de la Filistea o me acerco para ver cómo va su nostalgia de exiliada. Con ella llegó la Prosódica, con quien siempre he compartido abrazos cariñosos en cada comentario. O Petoulqui y Luisfergua a quienes he visto en fotografías, pero no sé qué hacen, además de narrar periódicamente sus aventuras o sus disquisiciones filosóficas. Lo mismo me pasa con Oswaldo, quien también prefiere hablar con las huellas digitales, o con Prado que, últimamente, también se va sin despedirse.
Todos, en fin, bloggers con los que me encantaría toparme algún día, solo para evitar traspasar ese punto en que prefiera encerrarme por completo, trabajar desde casa, mudarme a esa sociedad en la que domino mi relación con el prójimo, decido lo que quiero “escuchar”, puedo meditar sin prisa lo que quiero decir, qué sé yo, topármelos, simplemente, para confirmar que no llegó tarde la etapa de las relaciones con personajes imaginarios.

sábado 12 de julio de 2008

Martes


Adentro suena la Tocata y fuga en D menor de Bach. Afuera, tres disparos, sobresalto y miedo. El órgano continúa su marcha. Un hombre corre y dobla la esquina, el otro se dobla sobre sí mismo dentro del auto.
Herido, toma su arma, su mirada se clava en la nada y dispara. Llegan los bomberos. Dispara. ¿Qué ve? Dispara.
La muerte sigue avanzando hacia él, implacable.

lunes 7 de julio de 2008

Asalariada


Suena el reloj, todavía está oscuro. Hoy sí me acuesto temprano, piensa, mientras con un ojo aún cerrado se encamina hacia el baño para iniciar el ritual repetitivo al que la obliga el mundo laboral. Un par de horas más tarde se abre camino como puede en medio de las filas de los que van de pie y recrea mentalmente los traslados a los campos de concentración, los reclutamientos del servicio militar o la transportación de ganado vacuno por la carretera al Atlántico. A esa hora de la mañana hay en el ambiente una mezcla de olor a colchón, talco barato y champú. Las ventanas están selladas. El capitalino le tiene una extraña fobia al aire fresco. Le gusta acalorarse, olerse, ha de ser una manera de sentirse protegido. Silencio. La mayoría de los que van sentados aún duermen. La mochila que lleva colgada de un solo brazo se aleja varios centímetros de su cuerpo en diferentes direcciones. Imagina los trastos con su almuerzo totalmente boca abajo, y solo espera que nada se salga ni moje el libro que en vano carga adentro. Imposible leer en el bus, imposible leer al medio día, imposible leer de regreso luego de quemarse las retinas durante ocho horas frente a un ordenador. Frunce el ceño. Uno de los espejos del frente le devuelve una imagen distorsionada por la velocidad y los brincos. Otro bus se apea, el panorama es el mismo. Por la ruta hay buses que esperan en fila, buses que pelean pasaje, buses que se rebalsan, buses que parece que van a voltearse. Pone un pie en la acera, tiene suerte de que el chofer le deje bajar el otro pie. Empieza una nueva carrera: diez minutos a paso rápido para llegar a la oficina. Es necesario llegar temprano. Corre. Y esa angustia está íntimamente conectada con la que tiene por salir temprano. Unos minutos tarde significan tiempo de reposición al final de la jornada. Hay que correr. Ocho horas son suficientes para aplanar más las nalgas, forzar de más los ojos, hacer malabarismos y forzar la sonrisa ante las arbitrariedades superiores. Sonreír, es parte de la técnica del equilibrista, ese que diariamente camina cuidadosamente por la cuerda floja para llegar intacto al otro mes. El alambre suspendido a media altura se llama contrato y provoca una ansiedad similar a la que reposa en el fondo de la vida, no se sabe cuándo se va a acabar. Cualquier día dicen simplemente ya no y se terminó, punto. Mientras eso sucede la historia se repite, exacta, todos los días. Mañana tal vez ella logre apagar el despertador cinco minutos antes de que suene. Hoy sí me acuesto temprano, pensará, mientras con un ojo aún cerrado se encamine hacia el baño para reiniciar el ritual del mundo laboral.

lunes 23 de junio de 2008

Del Astillero de Onetti y otros pretextos para abrir los ojos


Un cuarto estrecho, silencioso. En el centro, un hombre –recostado sobre su codo derecho- medita, inventa un mundo, a un hombre, como él, que a su vez medita, inventa una ciudad con nombre propio y gente a su semejanza; quienes a su vez, se pasan la vida creando paraísos mentales, tablas salvadoras dentro de un remolino de tiempo, de sinsentido; imaginando que existe otro lugar, otra época, otra suerte. Ángeles caídos que juegan a ser creadores, a justificar su existencia multiplicando su imperfección.
Uno de ellos es el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, quien este primero de julio estaría cumpliendo 99 años, demiurgo de uno de los universos literarios más fascinantes de la Literatura latinoamericana: Santa María, esa ciudad maldita inventada por su personaje, Juan María Brausen, como un lugar perfecto para escapar, y de donde, unos libros más tarde sería desterrado Larsen -otro de sus personajes- quien, cinco años más tarde, volverá para pasar allí los últimos días de su vida, entregado a la tarea inútil de administrar un astillero en ruinas, consciente de la necesidad de proteger esa farsa personal con el fin de sobrevivir.
El lector atento, un día, descubre su reflejo, y se da cuenta de que es uno más de los que ese día se levantó de la cama con ganas de vivir, de olvidar, de volver a empezar. Abre la puerta y se lanza al mundo que desde siempre lo ha esperado afuera, indiferente, y se deja llevar por esa extraña manía de parir entusiasmos fugaces, nombrar paraísos pasajeros, inventarse un sentido: llámesele amor, familia, trabajo, en fin, cualquier cosa que lo justifique, que distraiga por un momento al fracaso que ya merodea a distancia, que tarde o temprano tocará la puerta, y al que tendrá que recibir como un viejo conocido, non grato, insistente, pero, al fin y al cabo, familiar.
Yo misma, sola, en medio de un cuarto estrecho, silencioso, imagino mañana, este texto, un lector, su atención, su recorrido visual hasta este punto. Y así logro ver de frente un nuevo rostro para el fantasma de mi redención.

lunes 9 de junio de 2008

Invitación al juego


La tentación de inventar, de multiplicarme, de ser otras, me asalta en todo momento. De allí la lectura, de allí la escritura, de allí la fascinación de ser extraña en una ciudad que no es la mía. En donde cada charla fortuita, entre parada y parada de autobús, me permite reinventarme. A veces soy Isabel, y no miento, pero a veces soy Virginia, Silvia, Amanda, Mariel, Melissa o Sofía. Otras veces tengo 19 años, 23, 27, 22, y estudio auditoría, acuicultura, física cuántica o pedagogía. Vivo en la zona 18, en Guajitos, en el piso más alto del Edificio El Centro o en la Colonia Lourdes. Trabajo en Campero, la torre de control del aeropuerto, un restaurante de comida china o en la Megapaca. Y soy de la Pepesca, la isla de Flores, San Carlos Sija o Malacatán.
Ayer amanecí Lucía. Reparé en ello luego de sentarme, en el único espacio vacío del autobús, junto a una mujer bonachona que masticaba despacio unos gajos de naranja y no dejaba de sonreír ni de mirarme sin pudor. Devuelvo la sonrisa y la plática comienza. Qué bueno que me tocó usted, canchita, a mí me gusta viajar con usted./ Sonreí desconcertada./ Hace como una semana la vi en el otro bus. ¿Va para la U?/ Asentí y mentí con timidez./ ¿Qué estudia?/ Ingeniería civil, respondí./ Sí pues… es difícil verdad nena, a mi hijo le costó viera usted. Yo me desvelaba para ayudarlo a hacer sus tareas. Dictame, le decía, yo escribo rápido, y así lo hicimos hasta que salió de Abogado. Lo mismo quería hacer con los otros dos. Allí va uno, el otro no me hizo caso y ahora va a tener gemelos. Ni sabe a lo que se metió, con lo que cuesta todo ahora. ¿De trabajar viene?/ Sí, respondí./ ¿Dónde trabaja?/ En un kiosco, una venta de café./ ¿Pero usted no se ha casado verdad?/ No, dije./ Es que así ya cuesta nena. Mire la patoja esta tuvo que dejar la U, y después se lamentan… Pero usted no es de aquí ¿verdad?/ No, soy de El Jícaro, ¿y usted?, pregunté./ Yo soy de Cuilapa, dijo./ ¿Cuál es su nombre?, dije para participar en la plática./ Rosa Pompilia Escobar Estrada, ¿y el suyo?, lanzó a manera de respuesta. / Lucía, respondí./ Pues yo le digo, nena, que se cuide mucho, ni novio hay que tener. A la hora que les toca se hacen para atrás. A mí me tocó sacar a mis hijos, sola, pero se pudo. Ahora solo extiendo la mano, ellos me mandan a cada poco desde los Estados Unidos, y ya tengo mi casita./ ¡Qué bueno! dije y sonreí./ Ella continuó: a mí por eso me gusta aconsejar a los patojos –regáleme permisito que ya me va a tocar bajar- siempre dicen, ah, la seño Rosa cómo me aconseja./ ¿Ah, usted es maestra? Pregunté. El bus ya se había detenido y la gente empezaba a bajar./ No, dijo la mujer, mientras se alejaba con rumbo a la puerta limpiándose las manos llenas de naranja en el delantal, soy médico y cirujano.