
Para Karmasay
Forward… Play…la comitiva que acompaña al vicepresidente se detiene frente al stand. Él observa las bandejas con libros, saluda al director. La toma estaría perfecta si las mujeres que están detrás del mandatario dejaran de buscar las esquinas, de intentar quedar fuera del encuadre, no hay manera de anularlas. Parecen animalitos acorralados, tienen cara de pena, terminan cagándose de la risa… imposible. Forward…
Ocurren muchas cosas cuando alguien que quiere ser escritor es comisionado para vender libros. Asunto peligroso. Por un lado, el paraíso momentáneo tras el cual viene la fiscalización y el exilio. Por otro lado, el infierno, una especie de castigo, de ajuste de cuentas, de prueba de resistencia, quizá resultado de las malas cuartillas. Es grave pasar casi doce horas, durante diez días, arrinconado en un espacio en el que apenas pueden moverse tres personas y a donde cada cierto tiempo caen seis, ocho individuos. Luego, dedicarse a responder, cobrar, apuntar, intuir que debajo del suéter de ese que a pocos pasos nos da la espalda se está escabullendo un libro, mal libro quizá, pero puesto a su alcance por el azar: trofeo, al fin de cuentas, de las pequeñas hazañas cotidianas que nos inventamos.
Alguien insiste en que hay que ofrecer, hablar de los libros con los clientes potenciales, como si no supiera que no hay peor cosa para el lector que le pregunten qué quiere, que lo interrumpan. Un lector no sabe qué busca, un lector encuentra, y ese momento es sagrado.
Durante diez días la socialización me alcanzó, me pasó la factura: tuve que sonreír, conversar, comentar, tomar y tomar agua para no sentir la boca seca, para tragarme los gritos que logré contener, para ayudarme a digerir el cambio de dieta: hamburguesas con chimichurri, pizza, nachos, palicrepas dulces y saldas, churros, café ralo, y esos tacos que previo al eructo dejan los dedos brillantes.
Me perdí la mayoría de las buenas actividades, por no decir todas. Tuve la oportunidad de ver a Monsiváis, incluso de saludarlo, de no ser porque una señora tenía prisa y quería su factura ya.
Me encontré y reencontré con varios escritores, vi a una niña haciendo berrinche porque quería un libro, sentí cómo subían mis niveles de neurosis, le grité al contador, no cuadré y tuve que poner cien pesos, leí el Megadroide de Julio Calvo y me maté de la risa, alucinamos grandes batallas mentales entre Vaniadroide y Karmasay, le di la razón a Pellecer cuando en medio de una molotera me dijo: “Ya vio que sí se lee en guate”, aunque al mismo tiempo pensé que con toda esa gente no se arma un bus urbano, se vería demasiado extraño, irreal.
Ahora empieza el Festival del Centro Histórico y por si fuera poco hay que armar de nuevo el changarro en la Plaza de la Constitución. A estas alturas tengo miedo de mí.
Ocurren muchas cosas cuando alguien que quiere ser escritor es comisionado para vender libros. Asunto peligroso. Por un lado, el paraíso momentáneo tras el cual viene la fiscalización y el exilio. Por otro lado, el infierno, una especie de castigo, de ajuste de cuentas, de prueba de resistencia, quizá resultado de las malas cuartillas. Es grave pasar casi doce horas, durante diez días, arrinconado en un espacio en el que apenas pueden moverse tres personas y a donde cada cierto tiempo caen seis, ocho individuos. Luego, dedicarse a responder, cobrar, apuntar, intuir que debajo del suéter de ese que a pocos pasos nos da la espalda se está escabullendo un libro, mal libro quizá, pero puesto a su alcance por el azar: trofeo, al fin de cuentas, de las pequeñas hazañas cotidianas que nos inventamos.
Alguien insiste en que hay que ofrecer, hablar de los libros con los clientes potenciales, como si no supiera que no hay peor cosa para el lector que le pregunten qué quiere, que lo interrumpan. Un lector no sabe qué busca, un lector encuentra, y ese momento es sagrado.
Durante diez días la socialización me alcanzó, me pasó la factura: tuve que sonreír, conversar, comentar, tomar y tomar agua para no sentir la boca seca, para tragarme los gritos que logré contener, para ayudarme a digerir el cambio de dieta: hamburguesas con chimichurri, pizza, nachos, palicrepas dulces y saldas, churros, café ralo, y esos tacos que previo al eructo dejan los dedos brillantes.
Me perdí la mayoría de las buenas actividades, por no decir todas. Tuve la oportunidad de ver a Monsiváis, incluso de saludarlo, de no ser porque una señora tenía prisa y quería su factura ya.
Me encontré y reencontré con varios escritores, vi a una niña haciendo berrinche porque quería un libro, sentí cómo subían mis niveles de neurosis, le grité al contador, no cuadré y tuve que poner cien pesos, leí el Megadroide de Julio Calvo y me maté de la risa, alucinamos grandes batallas mentales entre Vaniadroide y Karmasay, le di la razón a Pellecer cuando en medio de una molotera me dijo: “Ya vio que sí se lee en guate”, aunque al mismo tiempo pensé que con toda esa gente no se arma un bus urbano, se vería demasiado extraño, irreal.
Ahora empieza el Festival del Centro Histórico y por si fuera poco hay que armar de nuevo el changarro en la Plaza de la Constitución. A estas alturas tengo miedo de mí.





