lunes 30 de enero de 2012

lunes 5 de diciembre de 2011

De cómo vuelan los animales heridos

Las campanas de la catedral acababan de anunciar el medio día. El tráfico sobre la séptima avenida estaba detenido, los automovilistas se habían cansado de bocinar.
Ella caminaba contra la corriente de aire y los reflejos del sol sobre los autos. Conforme iba avanzando logró comprender lo que la anciana que pedía dinero junto a la puerta de uno de los parqueos estaba gritando.
“La van a matar”, dijo, alargando la última palabra con angustia mientras miraba hacia el frente y los peatones que pasaban por el lugar seguían su camino sin inmutarse.
Fue hasta el momento en que pasó frente a la anciana cuando se dio cuenta de la escena: una paloma con el ala lastimada estaba parada en medio de la calle donde los autos ya empezaban a moverse.
Se detuvo y se quedó observándola. “Señora paloma, muévase, por favor”, gritaba la anciana. La paloma aleteó con torpeza y alcanzó el bumper del automóvil más cercano. Se resbaló. Con un nuevo aleteo se detuvo de la orilla y con otro más llegó a la parte de arriba. El automóvil empezó a moverse lentamente en medio del tráfico con rumbo a la catedral, donde seguramente las otras palomas la verían llegar de una manera poco usual.
La anciana volteó y le regaló una carcajada vacía cuando escuchó que ella no podía parar de reír. Así se despidieron y siguió su camino con una sonrisa que le duró a lo largo de varias cuadras mientras imaginaba que se había quedado parada junto a la anciana, viendo cómo avanzaban el reloj y los carros, cómo la gente pasaba sin verlas; escuchando pedazos de conversaciones, observando los rostros que desfilaban llenos de tedio del otro lado de las ventanillas, viendo cómo la anciana se quedaba dormida por ratos: esos otros instantes en los que quizá lograba olvidar su miseria.
El reflejo del sol sobre uno de los autos, un golpe de viento y un timonazo la congelaron durante tres segundos cuando alcanzó sonriente la última esquina. Nadie gritó “la van a matar”, quién sabe si alguien la hubiera visto volar.

jueves 13 de octubre de 2011

Zona de excavación

El sábado soñé que salía en busca de un edificio del que solamente asomaba uno de sus puntos más altos. En él se refractaba la luz. Caminé para acercarme, vi montañas que goteaban agua sucia y amenazaban con colapsar, caminos angostos y lodosos, y un lago más bien espeso. Desde su orilla traté de redirigir el rumbo hacia ese lugar donde, a lo lejos, brillaba el sol, donde todo estaba claro.
Amanecí con un dolor de cabeza que parecía rodar adentro en la medida en que me movía. Encendí el ordenador y la primera imagen que me lanzó el noticiero virtual era una postal de la calle donde vivo: el amanecer tierno, el sol sobre los edificios del Centro, la esquina acordonada, los cadáveres cubiertos, la policía custodiando su sueño.
Yo había estado leyendo hasta la madrugada, y había apagado la luz una hora antes de que el auto pasara rociando plomo por la esquina, sin llegar a alterar mi sueño.
Esa era la tercera vez, en una semana, en la que sentía que estaba compartiendo las mismas rutas con la muerte.
Aparece de repente. Siempre se transfigura. De su cercanía reconozco el vacío. Su cuestionamiento directo. Su paso decidido, su costumbre de no verme a los ojos, de aceptar cualquier pequeñez: un poco de dinero, un teléfono, una bolsa, a cambio de la oportunidad de intentarlo un día más en una ciudad donde, después de que ella sigue su camino, pareciera que no pasa nada, que nada vale.
Tomé el teléfono. Quería hablar con mi hermana. Su hija menor nació hace un par de semanas y ni siquiera la conozco.
Sin dar detalles quería preguntar cómo estaba, pedir que le acercaran el auricular, escuchar sus ruidos pequeños, oírla respirar. Tener un breve contacto con la vida en ese estado inicial del que lo único que preservamos es la vulnerabilidad.
No contestó. No insistí. Las imaginé soñando lugares menos agitados, menos inalcanzables, y me dispuse a escribir, a excavar en busca de un lugar seguro, de un hilo coherente hacia una puerta de salida, hacia una conclusión que no fuera la muerte.
Me propuse regresar despierta, por todos los caminos posibles, a ese lugar donde se mezcla la realidad y el sueño. Resguardarme en la ficción, ese otro exilio, allí donde el absurdo es una opción inofensiva.

martes 4 de octubre de 2011

Apocalipsis, maybe

Compartí el lavadero con un puertorriqueño retirado de la academia militar que se jactaba de la limpieza de su cuarto de baño mientras enjuagaba con ímpetu el trapeador. Era una de esas pláticas generada por la confianza que existe entre un viejo y una desconocida que se han encontrado durante un par de ocasiones en las gradas del mismo edificio.
Como buen militar parecía llevarse bien con mis monosílabos distraídos y mis educadas muecas de aprobación.
La lluvia de un medio día de septiembre que, súbitamente, se había tornado oscuro, empezó a golpear la lámina, y la plática dio un giro apocalíptico. El fin del mundo será en noviembre, afirmó. Y apeló a la numerología, a los astros y las coincidencias en la historia universal de los desastres, mientras se esforzaba por blanquear el trapeador.
El viejo había logrado captar mi atención con su convicción. Y mientras él hablaba, empezó a llegarme al cuello todo lo que no he hecho, los lugares y las personas que no he conocido, los kilómetros que me separan de lo único que tengo, así, imagen por imagen, previo a quedarme en blanco, como su trapeador, que en ese preciso momento era extendido orgullosamente ante mis ojos.
Me urge volver a mi país, dijo, mientras lo colocaba sobre uno de los lazos que estaban bajo techo. Y por un momento sentí la tristeza de las despedidas entre dos desconocidos a quienes hermana la espera de un final inminente.
A más tardar será en febrero, agregó, y súbitamente vi tropezar mis cálculos mentales… este país lo mata a uno de aburrimiento, dijo.
Y luego de eso lo vi correr torpemente bajo la lluvia de vuelta al edificio, mientras yo sentía la leve confusión de quien acaba de ser timado, de quien acaba de ser salvado.