viernes, 24 de noviembre de 2017

El duradero efecto de lo breve: la narrativa de Carlos Calderón del Cid





Hay una fascinación, casi un culto, al rededor de lo breve. Algunos se lo atribuyen a la velocidad de los tiempos que corren, esa espera constante del impacto del instante: información en 140 caracteres, una imagen contundente, una historia que no dure más de una hora en la TV, el golpe limpio de la belleza o del sentido completo de unas horas, una conclusión, una revelación.
Pero no es que todos los seres propensos a lo breve tengan prisa, es que conocen el poder de lo efímero, su impacto, paradogicamente más duradero. Lo quieren todo, lo quieren ya. Salen, entonces, en búsqueda de instantes propios, o de aquellos que otros capturaron para sí.
Dicho esto pienso en “Un bolero lleva tu nombre”, un libro de 290 páginas, llenas con un centenar de instantes. Una recopilación de pedazos de vida, sin todas esas horas muertas que tuvieron que pasar para que, tanto los personajes, como nosotros, fuéramos testigos de las jugadas del azar, los encuentros, el amor, los viajes y las nostalgias, todo eso que tiene, sobre los seres humanos, la fuerza, el esplendor y la intensidad del choque, efímero pero luminoso, de la pólvora y el fuego. Un libro con el que Carlos Calderón del Cid, un estudiante guatemalteco de la Maestría en Ecología en la Universidad Federal de Bahía, en Brasil, se convirtió en el escritor más joven en ganar el Certamen BAM Letras, uno de los premios más importantes que continúa vigente en este país.

De más es sabido que en países con situaciones sociales tan adversas como este, son pocos, y muchas veces dificultosos, los caminos literarios hacia la publicación. A menos que los autores acudan a una imprenta y hagan una inversión propia (esa tradicional manera en la que se ha ido formando lo que hoy conocemos como Historia de la literatura guatemalteca) o ya sea que tocados por la bendición de todos los indigentes que tienen algún parecido con los grandes escritores de la Literatura Universal, alguna de las escasas editoriales carguen con el riesgo de publicar y esperar que su libro se venda, los premios literarios son una vía que transitan todos los años decenas de autores inéditos que confían en ser leídos por especialistas desconocidos, o ganar un poco de dinero, un nombre o una publicación.
Para Carlos Calderón del Cid, participar en el certamen era una especie de evaluación, una forma de someter sus escritos ante terceros para comprobar si valían la pena o no. Este era su segundo intento. Ya en 2013 había participado en el mismo certamen que el jurado calificador de entonces había declarado desierto por considerar que “...aunque en algunos de los 64 libros evaluados había propuestas con fuerza narrativa, manejo lúdico del lenguaje y habilidad para despertar el interés del lector, no encontraron en ninguna de las colecciones enviadas al Certamen la suficiente solidez y el valor literario para otorgar el premio”. Nada quedó de ese libro, sin embargo continuó en Calderón la búsqueda de su  propio estilo.

La relación de Carlos Calderón del Cid con la literatura empezó muy temprano, en la cama, a través de la narración de historias chinas, japonesas y árabes que llegaban hasta él con la voz de su madre, en esa especie de ritual infantil antes de dormir. Un día se percató de que también tenía historias que contar, así fue como empezó su búsqueda, su intento por encontrar la manera de contarlas. Estaba en quinto primaria. A partir de entonces el proceso lo ha llevado por varias etapas: ingenuas, peligrosas, pero todas unificadas por el auto descubrimiento. En este momento, puede decir que escribe movido por el impulso. Como este es imprevisible, su necesidad de escribir es independiente del tiempo o de cualquier plazo. Obviamente, afirma, eso no significa que carezca de disciplina. La escritura inicial, la que arrastra al impulso en su forma más primigenia, es repentina, y en la mayoría de ocasiones, caótica. Luego viene un proceso intenso de re lectura y corrección, un oficio”. Oficio que le ha enseñado a tener  la distancia necesaria para ser más conciso, evitar esos adjetivos extra o una descripción, en apariencia pertinente, que pudiera diluir la tensión de su historia. Fue así, también, como descubrió, en la brevedad, una identidad literaria. La revelación llegó durante uno de los tantos viajes que han marcado su ritmo vital y estudiantil. Durante ellos hacía anotaciones, esbozos de las impresiones causadas por los itinerarios. Ahí, cuenta, se percató de la potencialidad de su introspección, de lo mucho que ganaba condensándose. Vio que no era necesario ser descriptivo u obedecer a una dinámica regida por el verbo. Su relato podía estar configurado por sensaciones, por instantes críticos que revelaban la verdadera humanidad de los personajes. Y en medio de todo esto, la brevedad se convirtió en la única forma de transmisión, limpia de digresiones, monólogos y diálogos que casi nunca surgían coherentes o naturales. Además compensó lo que él llama escasa imaginación, con la intuición, la prefiguración de las interacciones que anteceden a los puntos de quiebre de sus historias.

Introspección, emociones, sentimientos, brevedad, quizá sean los términos que confirman la enorme carga poética que llenan las páginas de “Un bolero lleva tu nombre”. Una carga poética que el autor presiente y percibe en su prosa, a pesar de manifestar su mala relación con el género poético como tal.  Carlos Calderón del Cid no lee poesía. Lee, en cambio, a esa especie de autores híbridos. Poetas que escriben narrativa, narradores que poetizan, como el costarricense Luis Cháves, o los guatemaltecos Javier Payeras y Maurice Echeverría. Escritores que apuestan por cierto minimalismo, la brevedad y el momento poético. No quedan fuera de sus lecturas, nombres como Augusto Monterroso, Marco Antonio Flores, Raymond Carver, Jorge Luis Borges, Javier Marías, Roberto Bolaño y Antonio Lobo Antunes. Este último, parte de una lista de narradores a quienes se ha aproximado en Brasil por la vía del idioma Portugués, entre los que se encuentran Rubém Fonseca, Clarice Lispector y José Saramago, entre otros.

El escritor guatemalteco, Maurice Echeverría fue, de hecho, uno de los miembros del jurado que le dio el premio único del Certamen a “Un bolero lleva tu nombre”. Él lo calificó como “una obra seductora por sus cuentos condensados y directos, cortos y rítmicos... Una narrativa que rehuye del relleno inútil, llena de observaciones tan casuales como poderosas”. La madurez, la sensibilidad, inteligencia y universalidad de sus relatos tampoco pasaron desapercibidos ante José Luis Perdomo Orellana y Carol Zardetto, los otros miembros del jurado que permitieron que llegara hasta nosotros un libro que nos queda a deber en cuanto al diseño de su portada, pero que compensa de más con las imágenes internas, poderosas, que nos provoca su lectura.


Un bolero lleva tu nombre
Carlos Calderón del Cid
FyG Editores, 2016

miércoles, 12 de octubre de 2016

Jack Kerouac o la sublimación como un oficio




A principios del siglo XX, el escritor estadounidense Ambroce Bierce, autor del Diccionario del diablo envió una carta en la que anunciaba que cruzaría la frontera mexicana. La leyenda dice que era para unirse al ejército de Pancho Villa en una especie de suicidio plani cado. Una manera de “superar la ancianidad,la enfermedad o la caída por las escaleras de una bodega”, una sutil forma de eutanasia. Y así fue como, sin más rastro, Bierce desapareció. Cuarenta años más tarde, fue en el Distrito Federal en donde otro escritor gringo, William Burroughs, nació definitivamente a la literatura, la noche en que murió su esposa mientras jugaban a hacer “la rutina Guillermo Tell”: un vaso en la cabeza y un tiro certero… si la cabeza hubiera sido el objetivo.
El titular del periódico mexicano La Nación decía al día siguiente: “Quiso demostrar su puntería y mató a su mujer. Crimen de un norteamericano durante escandalosa juerga”. A la casa en la que guardaba libertad condicional llegó en varias ocasiones Jack Kerouac, el máximo representante de la generación Beat, a quien había conocido, junto al poeta Allen Gingsberg, y más adelante junto a Neal Cassady, por mediación de una amiga en común. Con este último, Kerouac llegaría por primera vez a ese país, en un memorable viaje en automóvil del que escribiría con detalle en los 36 metros de papel corrido sobre el cual mecanografió En el camino su novela más conocida. México fue para Kerouac una ruta constante a lo largo de su vida, entró y salió durante varias ocasiones, vivió allí el terremoto del 57, y durante sus últimos años, llevó a su madre de visita. México fue, además, una ruta por la que continuó su intensa búsqueda vital y espiritual. Dos vías que se personi caron como re ejos del escritor: el primero, el de la búsqueda del ímpetu vital, el deseo de aventura y la fuerza en Neal Cassady, quien tenía todo lo que Kerouac sentía que le faltaba para escribir; y el segundo, el de la fragilidad, la constante relación con la muerte a través de la autodestrucción, y la espontánea búsqueda de la religión a través de Esperanza Villanueva, una prostituta mexicana a la que Kerouac amó, (con un amor muy parecido a la compasión que sentía por sí mismo, opina el estudioso de los Beat, Jorge García Robles) una yonqui a la que bautizó con el nombre de “Tristessa”, con quien recorrió las calles de un Distrito Federal salvaje y miserable, y luego nos lo contó.
A lo largo de la historia del arte y la literatura iberoamericana, México se ha convertido en un faro, en un buen puerto. Su tierra ha sido lugar de paso y de abrigo para miles de ciudadanos que llegaron en busca de asilo tras la persecución y el conflicto. Solo a principios del siglo XX, México recibió a más de 20 mil españoles que huían de la Guerra Civil. Y a lo largo de la Historia de Guatemala, se dio hacia allá una exportación de intelectuales y artistas propiciada por las dictaduras. En medio de esas rutas salvadoras, fueron los artistas estadounidenses quienes se dieron a la tarea de abrir una ruta más, la de la aventura, la exploración de lo exótico, lo espiritual, el margen y la decadencia. Kilómetros hacia el sur de su territorio, todo desplazamiento era descenso, uno personal y, muchas veces, definitivo para su propia leyenda.
“Estoy con Tristessa en un taxi, borracho, con una enorme botella de whisky Juárez que guardo en una de las bolsas de mi mochila ferrocarrilera que me acusaron de sacar de un tren en 1952… Heme aquí en la ciudad de México…”, dice Kerouac en las primeras líneas de la novela. Y conforme el relato va avanzando, uno sabe que se encuentra acompañando al antihéroe en esa aventura épica vital constituida por los ciclos de escritura en la azotea sin luz ni agua donde se instaló, las preguntas acerca de la existencia, las caminatas de madrugada por lo más sórdido de Ciudad de México, la búsqueda de drogas, la contemplación de la miseria y la sublimación siempre, momentáneamente, redentora, que ubicará su amor por Tristessa en un tiempo intermedio entre el ilusorio del Quijote por Dulcinea, allá en La Mancha, y el del encuentro caído de la gracia de Oliveira y la Clochard, bajo un puente del París de Rayuela. Un amor que no era otra cosa que un impulso salvador, ese que Jack Kerouac persiguió siempre para sí mismo a través del budismo, y que proyectó en Tristessa: ese reflejo femenino e irredento de su crisis personal. Una crisis que se agudizó años después, luego de la fama y el acoso mediático que surgió tras la publicación de En el camino y de la que dejó testimonio en Big Sur, esa crónica en la que un Kerouac de 38 años narra en 38 capítulos el abrazo y la pérdida de la calma, y la devastadora esperanza, siempre tan frágil e ilusoria como el amor de la suya, su Esperanza Villanueva.
La primera edición del libro apareció en 1960 con Avon Books, una editorial neoyorquina dedicada a la publicación de ediciones rústicas y baratas con temas de consumo popular: ciencia ficción, terror y literatura erótica. “Tristessa” fue publicado en la exacta mitad de su producción, esa veintena de libros que hablaban de su vida, su búsqueda y su lucha, escritos con el ritmo fluido, improvisado e intenso del jazz. Largos “solos” acelerados y matizados por una luz que aparece por ratos, los cuales constituirían su obra total. Esa que él deseaba agrupar como una sola, titulada La leyenda de Duluoz, así como Balzac quiso hacer alguna vez con los retratos de la sociedad francesa en su Comedia humana, o como Whitman, el gran sublimador del espíritu humano, hizo en sus Hojas de hierba. Jack Kerouac fue considerado “el rey de la generación Beat” la generación de los cansados, los abatidos, los beatíficos, los que se rebelaron contra el naciente materialismo en los Estados Unidos posteriores a la Segunda Guerra, entre cuyas obras más representativas está el poema Aullido de Allen Ginsberg, y El almuerzo desnudo de William Burroughs, dos libros que, además, le deben su nombre a Jack: el escritor que en una temporada oraba antes de escribir, el escritor que no podía responder las entrevistas debido a su embriaguez, el hipersensible y contradictorio Jack, el escritor bello y atormentado al que terminó por aterrar todo aquello que alguna vez maravilló, incluyendo la vida misma.

Publicado en Revista Contrapoder, el 5 de marzo de 2016

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Orquesta femenina "Alaíde Foppa": una deconstrucción social de la melodía


Foto de Sandra Sebastián

De diversas escuelas de música de toda Guatemala, 160 mujeres, entre 18 y 30 años, unieron su talento y sus voces para crear una de las metáforas sociales más contundentes de ese día lleno de símbolos: la del esfuerzo individual, la de los pedazos de sonido que cada una representaba, integrados, al final, en una sola melodía. El 25 de noviembre, día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, nació una orquesta femenina en honor a la poeta desaparecida Alaíde Foppa.

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El humor es cosa seria: tres momentos de la prensa satírica en Guatemala




De todas las perspectivas desde donde puede lanzarse una mirada crítica a la realidad de una sociedad, la del humor a través de la sátira ha sido, a lo largo de la historia, una de las grandes revolucionarias.Aparece en escena del brazo de las crisis. Desacraliza, desmitifica, convierte al humorista en un sujeto colectivo lúdico que se defiende de la realidad y la represión del poder con un arma que éste no soporta: la risa: porque, como bien afirmaba el Premio Nobel de Literatura, Darío Fo, la risa libera al hombre de sus miedos.

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A dos de tres caídas: la lucha de la lucha libre en Guatemala



Foto de André Orellana

En medio de la galera que funciona como estacionamiento público durante la semana, montaron una vez más el cuadrilátero, lo rodearon con sillas de metal y dos graderíos de madera. Las siluetas de una media docena de niños corren por la lona. Se cuelgan de las cuerdas, se lanzan patadas, se dejan caer. Poco a poco el lugar se va llenando. Hay gente de todas las edades. El hombre del micrófono lanza la segunda llamada y el ring queda limpio. Un enorme reflector anaranjado lo llena de luz. El árbitro hace su entrada, recorre el espacio, prueba las cuerdas, se hinca en las cuatro esquinas. Afuera está terminando la tarde del domingo. Los fines de semana son para la lucha libre en las tres arenas que existen en la ciudad: la “Mundo Lucha Corporación Triple A” que está sobre la 8.a avenida de la zona 1; la “Arena Coliseo Guatemala”, en la Avenida Bolívar, en el mismo edificio que alberga al Sindicato Central de Trabajadores Municipales; y la “Arena Guatemala México” en la 3.a avenida de la zona 12. Tres espacios que dan testimonio de la supervivencia de una disciplina que, en algún momento de su historia, fue capaz de mover masas, tanto como el fútbol.

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Explorar al individuo para encontrar un país: la poesía de Luis Alfredo Arango


Luis Alfredo Arango
foto del archivo familiar

Tiene que ser uno de los escritores más importantes de la literatura de Guatemala, esa madre que no sabe reconocer del todo a sus hijos. Maestro rural, antropólogo, poeta, narrador, pintor. Fue miembro fundador del grupo Nuevo Signo, conformado en su mayoría por escritores que habían coincidido en la capital desde diversos puntos de la República. Fue el primero en recibir el Premio Nacional de Literatura en 1988. Era de Totonicapán, del mes de mayo de hace 80 años. Hace 14 volvió a su tierra, el lugar que siempre evocó, el lugar desde donde hoy florece.

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