miércoles, 16 de diciembre de 2015

Orquesta femenina "Alaíde Foppa": una deconstrucción social de la melodía


Foto de Sandra Sebastián

De diversas escuelas de música de toda Guatemala, 160 mujeres, entre 18 y 30 años, unieron su talento y sus voces para crear una de las metáforas sociales más contundentes de ese día lleno de símbolos: la del esfuerzo individual, la de los pedazos de sonido que cada una representaba, integrados, al final, en una sola melodía. El 25 de noviembre, día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, nació una orquesta femenina en honor a la poeta desaparecida Alaíde Foppa.

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El humor es cosa seria: tres momentos de la prensa satírica en Guatemala




De todas las perspectivas desde donde puede lanzarse una mirada crítica a la realidad de una sociedad, la del humor a través de la sátira ha sido, a lo largo de la historia, una de las grandes revolucionarias.Aparece en escena del brazo de las crisis. Desacraliza, desmitifica, convierte al humorista en un sujeto colectivo lúdico que se defiende de la realidad y la represión del poder con un arma que éste no soporta: la risa: porque, como bien afirmaba el Premio Nobel de Literatura, Darío Fo, la risa libera al hombre de sus miedos.

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A dos de tres caídas: la lucha de la lucha libre en Guatemala



Foto de André Orellana

En medio de la galera que funciona como estacionamiento público durante la semana, montaron una vez más el cuadrilátero, lo rodearon con sillas de metal y dos graderíos de madera. Las siluetas de una media docena de niños corren por la lona. Se cuelgan de las cuerdas, se lanzan patadas, se dejan caer. Poco a poco el lugar se va llenando. Hay gente de todas las edades. El hombre del micrófono lanza la segunda llamada y el ring queda limpio. Un enorme reflector anaranjado lo llena de luz. El árbitro hace su entrada, recorre el espacio, prueba las cuerdas, se hinca en las cuatro esquinas. Afuera está terminando la tarde del domingo. Los fines de semana son para la lucha libre en las tres arenas que existen en la ciudad: la “Mundo Lucha Corporación Triple A” que está sobre la 8.a avenida de la zona 1; la “Arena Coliseo Guatemala”, en la Avenida Bolívar, en el mismo edificio que alberga al Sindicato Central de Trabajadores Municipales; y la “Arena Guatemala México” en la 3.a avenida de la zona 12. Tres espacios que dan testimonio de la supervivencia de una disciplina que, en algún momento de su historia, fue capaz de mover masas, tanto como el fútbol.

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Explorar al individuo para encontrar un país: la poesía de Luis Alfredo Arango


Luis Alfredo Arango
foto del archivo familiar

Tiene que ser uno de los escritores más importantes de la literatura de Guatemala, esa madre que no sabe reconocer del todo a sus hijos. Maestro rural, antropólogo, poeta, narrador, pintor. Fue miembro fundador del grupo Nuevo Signo, conformado en su mayoría por escritores que habían coincidido en la capital desde diversos puntos de la República. Fue el primero en recibir el Premio Nacional de Literatura en 1988. Era de Totonicapán, del mes de mayo de hace 80 años. Hace 14 volvió a su tierra, el lugar que siempre evocó, el lugar desde donde hoy florece.

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Un pueblo llamado Mal Paso


 Foto: agencia Focus

¿Cuánto dicen de nosotros los lugares en los que hemos sido felices? Hablo de esas pequeñas patrias mentales a las que pertenece una parte de nuestra esencia. Vamos y venimos de ellas en sueños diurnos y nocturnos. Son territorios que se van desvaneciendo. Solo en la memoria no tiene injerencia el tiempo que desgasta. Los llevamos encima como una marca que nos define, visible solo para los otros. El mío es una aldea de Río Hondo, Zacapa, ubicada en las inmediaciones del kilómetro 143 de la ruta al Atlántico. Unos metros adelante hay que orillarse, cruzar la ruta de apenas dos carriles en horizontal, tomar un camino que antes era de tierra y ahora es de asfalto rústico y andar así durante tres kilómetros. No hay una señal que anuncie que hemos llegado o cuál es el nombre del lugar. La gente que vive allí y lo conoce es la que sabe de esos límites imaginarios. Aquí empieza Mal Paso, quizá en esta recta, quizá después de aquella curva, o en la casa del tío tal, porque aquí todos son familia.

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Zoom

Apología de la lectura y de la androginia literaria




Foto: Sandra Sebastián

Fue a orillas de un río en donde la escritora inglesa Virginia Woolf gestó las reflexiones que conforman “Una habitación propia”; fue a orillas de otro río, el Ouse, donde años más tarde quizás hizo esa reflexión final acerca de ella misma, la mujer, la guerra, la locura y la muerte con varias piedras entre los bolsillos, antes de hundirse para siempre. Hoy nos han dado la tarea de sentarnos a la orilla de nuestros propios ríos mentales para pensar acerca de ser una mujer en Guatemala, donde pareciera que solo algunas han ido emergiendo, han ido haciéndose visibles, en la medida en que se van sacando esas enormes piedras que les han metido en los bolsillos.

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jueves, 4 de junio de 2015

Un rencor puro y perfecto de Maurice Echeverría: o de cómo un punto de luz basta para espesar la oscuridad




Tamas / Satva / Rajas: las tres Gunas del hinduísmo. Tres cualidades que componen al Universo.

Tamas: la ignorancia / desea destruir al hombre / la inercia
Satva: la bondad contemplativa / el camino a la liberación / el equilibrio
Rajas: la ignorancia inerte / la pasión

O planteándolo de otra manera. A la manera de esta novela:

Tamas: es la conciencia del sofá
Satva: la luz, el peligro de la luz
Rajas: la locura / el eterno retorno a la orfandad universal


UNO

Termino de leer “Un rencor puro y perfecto” en uno de esos sofás para una persona. Tengo la cabeza en uno de sus brazos, y las piernas en el otro. Soy “La Piedad” de Miguel Ángel en su versión más doméstica y cotidiana. La conciencia del sofá es engañosa y envolvente. Puede ser un estado de resistencia: dicen que eso le pasó a Oblómov el personaje de Goncharov, el ruso de mediados del siglo XIX, que hizo del suyo una trinchera en la que el hombre y su voluntad se encuentran a salvo de cualquier acción, de cualquier toma de decisión. Si Bartleby, el escribiente de Melville, aparecido seis años antes en Estados Unidos hubiera tenido un sofá, seguramente también se habría atrincherado en él, y desde allí habrían escuchado su famoso estribillo, su mantra de resistencia: “Preferiría no hacerlo”.
La conciencia del sofá puede ser un modo de vida o una aceptación de la derrota. El primer caso es el del escritor Juan Carlos Onetti, en su versión: cama / botella / libreta / de espaldas al mundo / de cara a la pared / Ese estado en el que transcurrió los últimos años de su vida, encerrado en el apartamento de su exilio en Madrid. La aceptación de la derrota le corresponde al personaje de esta novela. Un hombre sin nombre que perdió su trabajo y a su mujer. Un ser racista, clasista, homofóbico, paranoico, que se excusa en la rabia. Un ser de acción, sí, pero solo mental. Un tuitero. De cuyo monólogo el lector irá descubriendo esa interacción pasiva que mantiene con un edificio que se yergue como otro ente enfermo, habitado por un vecino ruidoso, un millonario gay, un padrote y sus putas, una pareja en pugna constante, un suicida, una ninfómana, una vieja loca y su hija, una defensora de los derechos humanos y una pareja de recién casados con su bebé, decadentes en su llana normalidad. Un edificio situado en una ciudad igualmente enferma que pareciera ser el mal sueño de la conciencia del sofá, ese estado en el que, sin importar que se esté adentro o afuera, no hay posibilidad de estar a salvo.


DOS

Y después de todo, quizá lo peor que le podría pasar al personaje es la aparición de la luz, personificada en la figura del extranjero, del líder espiritual que generará en él un arrebato, un éxtasis al nivel de Santa Teresa de Jesús. El otro extremo de la abulia es la negación absoluta de lo que oprime, entonces ese rayo de luz en medio de la oscuridad más feroz, solamente la hará más profunda, inflamará el instinto y terminará por iluminar la abyección del personaje que tiene un tanto de Larsen, el padrote onettiano que tras ser desterrado, vuelve a la ciudad maldita para administrar heroicamente un astillero en ruinas. En su caso, él parece volver a la vida para administrar un edificio caótico y huérfano. El animal herido, enroscado en la conciencia del sofá ha sanado. Se ha despertado nuevamente en él su carácter depredador. La luz ilumina sus peores ángulos y los de los otros. Lo hace sentirse poderoso, superior, viril, y nos confirma que un derrotado con una pizca de poder se puede convertir en un ser peligroso.


TRES

El hombre es un animal que construye su humanidad a partir de un extenso bagaje metafísico. Sublimar, luego existir. De eso se trata. ¿Qué sucede, entonces, cuando todo se desvanece, cuando lo sublimado cae de su pedestal y se convierte en llano reflejo, cuando queda al descubierto la gran farsa, no del otro, la propia, la de los altares y asideros? Cuando se entrega la fe, tan voluble, se convierte en semilla de la rabia contra uno mismo, y luego, contra todo lo demás. La fe es el botón de la autodestrucción. Ella y el amor parecen ser los mayores asideros del ser humano: dos cortinas que vedan momentáneamente la visión directa de la muerte y el sinsentido, y que cuando caen o se pierden, hacen de la rabia un permanente aullido, y llevan a comprender que quizá el otro extremo de la depresión sea, realmente, la locura. “Un rencor puro y perfecto” es un poco todo eso. Es la documentación de los movimientos de la sombra y de cómo va alcanzando los niveles de los que solo se jactaba la luz. Todo narrado con la fluidez, la sencillez y el humor que evidencian el oficio, la constante relación con la palabra, que ha tenido Maurice Echeverría a lo largo de su trayectoria literaria, esa que abarca el periodismo cultural, la columna de opinión o el micro ensayo, la poesía, el cuento y la novela, géneros que ha difundido no solo a través de medios impresos, sino además a través de una decena de blogs y cuentas de tuiter. Un trabajo de creación, producción y difusión que lo coloca como un referente dentro de la generación que empezó a publicar, a hacerse visible, a partir de la apertura cultural de los años posteriores a la firma de la Paz. En este libro, Maurcie mantiene el formato de la novela breve o nouvelle con el que ya había experimentado en su novela ganadora del Premio “Luis de Lión”, “Labios”; un formato que caracterizó también a varios miembros de esa misma generación, como Byron Quiñónez y Javier Payeras. Y de esta manera nos regala un monólogo construido con fragmentos que van hilando la historia de un microcosmos caótico que, bajo el efecto de un “zoom out”, bien podríamos ver cómo se multiplica por mil y nos envuelve.