
Una puerta cerrada. Un libro mudo. Una luz muerta… Un reflejo callejero atraviesa corriendo la pared y se vuelve humedad en una esquina. Una mariposa nocturna golpea por fuera la ventana mientras las pupilas de la mujer saltan, de uno en uno, sobre los objetos más cercanos que ya se van impregnando de sueño. Una puerta cerrada. Un libro mudo. Una luz muerta... Oscuridad.
Allí está de nuevo la niña, siempre en los mismos lugares, la misma casa con sus ruidos: el columpio sin engrasar, las llaves que marcan la cadencia de unos pasos conocidos, el sonido de un chorro encendido.
Un par de zapatos abandonados a medio pasillo indican el rumbo que siguieron sus pies desnudos, pequeños, que pronto vislumbrará empinándose, con un equilibrio tembloroso, sobre el respaldo de un sillón que le proporciona la altura exacta para curiosear el lomo de los libros que cubren parcialmente la pared y espantarles el polvo con desgano; tarea doméstica preferible a cualquier otra que implique buscar, buscar cualquier cosa: ritual inútil bastamente repetido, protagonizado por un audible forcejeo en su respiración, emitido por la molestia que puja por salir; por la mirada dilatada escudriñando con aparente atención, por los movimientos de la cabeza, por la repetición silenciosa de un nombre -como invocando su aparición-, por las manos abriendo rutas violentas, maculando el orden, cayendo vencidas, y por el reproche, la desaprobación y el estigma que deja esa extraña incapacidad de encontrar que aún la persigue.
La mujer procura reacomodarse sobre la cama revuelta, aprieta los párpados para retener el sueño, sabe que cuando llegue la mañana esa historia se repetirá como hace más de veinte años, como todos los días, y ahora, sin poder evadirlo, tendrá que seguir intentándolo en los libros, en los diálogos con el espejo, en el espectáculo que regalan las ventanas, en las miradas que la reflejan, allí en donde se supone que tiene que encontrar algún sentido.
Allí está de nuevo la niña, siempre en los mismos lugares, la misma casa con sus ruidos: el columpio sin engrasar, las llaves que marcan la cadencia de unos pasos conocidos, el sonido de un chorro encendido.
Un par de zapatos abandonados a medio pasillo indican el rumbo que siguieron sus pies desnudos, pequeños, que pronto vislumbrará empinándose, con un equilibrio tembloroso, sobre el respaldo de un sillón que le proporciona la altura exacta para curiosear el lomo de los libros que cubren parcialmente la pared y espantarles el polvo con desgano; tarea doméstica preferible a cualquier otra que implique buscar, buscar cualquier cosa: ritual inútil bastamente repetido, protagonizado por un audible forcejeo en su respiración, emitido por la molestia que puja por salir; por la mirada dilatada escudriñando con aparente atención, por los movimientos de la cabeza, por la repetición silenciosa de un nombre -como invocando su aparición-, por las manos abriendo rutas violentas, maculando el orden, cayendo vencidas, y por el reproche, la desaprobación y el estigma que deja esa extraña incapacidad de encontrar que aún la persigue.
La mujer procura reacomodarse sobre la cama revuelta, aprieta los párpados para retener el sueño, sabe que cuando llegue la mañana esa historia se repetirá como hace más de veinte años, como todos los días, y ahora, sin poder evadirlo, tendrá que seguir intentándolo en los libros, en los diálogos con el espejo, en el espectáculo que regalan las ventanas, en las miradas que la reflejan, allí en donde se supone que tiene que encontrar algún sentido.



