
Ella salta de libro en libro. Se encierra. Retrasa el momento de sentarse frente a la hoja limpia. Enciende la máquina, la apaga. Respira profundo. Anota. Suprime con violencia. Cambia de página. Avanza despacio –tartamuda-. Reparte las ideas como una partida de solitario que se alarga, que no deja más salida que recoger las cartas y volver a tirar.
Lejos de la nada fértil de todos los principios, perdida la inocencia, corroída por el miedo. Va del caos al abismo sin detenerse en la redención que ofrecen las reglas. Desciende, dentro de sí. Toca fondo.
Para salvarse solo necesita una ranura mental, un punto de escape que impida la explosión de ese horno interno alimentado por la cotidianidad y el sinsentido, por los fantasmas que de vez en cuando le tocan el hombro, por el acecho del dolor cuando cierra los ojos, por el mandato de eternidad que se traga la nada.
Sobre el papel queda el grito, el golpe, el deletreo de sí misma, los restos de una realidad digerida y escupida, el texto: retrato impresionista de la supervivencia.
Ella quiere escribir pero le sale espuma. Busca a ciegas un interruptor inexistente. Fuerza las paredes en donde rebota la última frase, la última idea –pájaro que no encuentra la salida-.
Ella siente que se ahoga, que la línea es un camino cuesta arriba desde donde se despeña el tiempo. Y sin embargo insiste, se multiplica, se desdobla, se regala todas las posibilidades: la redención, la renuncia, el salto en el paracaídas que la ahorcará o alivianará el golpe, la resurrección, el dominio –Proserpina- de su infierno personal.
Hambrienta de mundo, voyeur cotidiano, crea y se transmuta; es creatura y se rebela. Pone el punto final. Silencio. Y todo vuelve a empezar.
Lejos de la nada fértil de todos los principios, perdida la inocencia, corroída por el miedo. Va del caos al abismo sin detenerse en la redención que ofrecen las reglas. Desciende, dentro de sí. Toca fondo.
Para salvarse solo necesita una ranura mental, un punto de escape que impida la explosión de ese horno interno alimentado por la cotidianidad y el sinsentido, por los fantasmas que de vez en cuando le tocan el hombro, por el acecho del dolor cuando cierra los ojos, por el mandato de eternidad que se traga la nada.
Sobre el papel queda el grito, el golpe, el deletreo de sí misma, los restos de una realidad digerida y escupida, el texto: retrato impresionista de la supervivencia.
Ella quiere escribir pero le sale espuma. Busca a ciegas un interruptor inexistente. Fuerza las paredes en donde rebota la última frase, la última idea –pájaro que no encuentra la salida-.
Ella siente que se ahoga, que la línea es un camino cuesta arriba desde donde se despeña el tiempo. Y sin embargo insiste, se multiplica, se desdobla, se regala todas las posibilidades: la redención, la renuncia, el salto en el paracaídas que la ahorcará o alivianará el golpe, la resurrección, el dominio –Proserpina- de su infierno personal.
Hambrienta de mundo, voyeur cotidiano, crea y se transmuta; es creatura y se rebela. Pone el punto final. Silencio. Y todo vuelve a empezar.