miércoles, 30 de enero de 2008

Noche de circo


Llegamos a la última función. La ventanilla de uno de los autos aparcados lanza una bella panorámica de nuestra situación: el gran rótulo del circo, decenas de luces compitiendo con las estrellas, y una larga fila de hombres, mujeres y niños atraídos como insectos a la luz, los colores, el misterio que insinúa una lona azul a medio cerrar y la música de fondo que invita a jugar con el peligro, a desafiar el vacío.
Ya adentro, el circo es un universo en miniatura, con todo y su cielo azul tapizado de estrellas. Un desfile de hombres hábiles que hacen gala de su poder de dominación, mujeres que vuelan, niños malcriados con narices coloradas, un grupo de animales humanizados –como si existiera una maléfica obligación de partirnos el corazón- todos reflejados en cientos de ojos hinchados de asombro.
Nosotros, el público: decenas de individuos convertidos, de repente, en un solo personaje dirigido por el hombre que permanece en medio del escenario: una señal, el ente aplaude, se calla cuando apagan las luces y vuelve a aplaudir cuando la música lo indica.
Cuando todas las luces se encienden sabemos que el espectáculo se acabó, vuelve la cara del vecino, la realidad opaca, se abren en su totalidad las paredes de lona y el gran sujeto se disgrega entre casas rodantes que permanecen a media luz, bajo otro cielo estrellado, pero más lejano.
Allí uno por uno se dispone a retomar su papel, sin maquillaje de colores, sin magia, en un escenario cotidiano donde hombres y mujeres poco hábiles y nada flexibles hacen a diario malabares de equilibrista entre el acierto y el error, frente a otro gran sujeto que en lugar de obedecer a sus ademanes y aplaudir, juzga cada uno de sus movimientos, sus vacilaciones, mientras imagina con morbo el paso en falso y el final.
Fascinada. Yo salí con ganas de jugar, ponerme una nariz roja, dibujarme una gran sonrisa, dedicarme a buscar la magia, ayudar a liberar el asombro, y con toda la irreverencia del caso, lanzar en la cara de la vida una enorme carcajada.

5 comentarios:

Andrea dijo...

Leer este post fue como haber estado alli.

Vania Vargas dijo...

Buena onda Andrea... saludos

Petoulqui dijo...

Fabuloso lirismo. Poesía pura.

Pues, a mí también me fascinó, pero su relato. Y eso que a mí no me gusta el circo (al menos, no desde que tenía como 10 u 11 años).

Oswaldo J. Hernández dijo...

Me dentengo aquí, por un respiro quizá estúpido en los ojos o por la simpleza de un saludo. En todo caso, buen blog(todo leído hasta acá).

Me preguntaba si existe la posibilidad de agregarte al código HTML, como vínculo improcedente, de mi blog.

Bill Barreto me comentó del proyecto LunaPark(que conocía antes) que dirige vuestra persona; No obstane no he podido contactar a Diego S. para información.

saludos.

Vania Vargas dijo...

Petoulqui: gracias por visitar mi blog y comentar. Es un gran gusto, de verdad, prometo visitar despacio el espacio de sus aventuras. saludos

Oswaldo. Puchis, bienvenido. Claro que podés agregarme, gracias. Es más, yo ni te pregunto, o mejor si? hoy te pongo el link. Y porfa, escribime. Diego me contó de tu idea para LP me encantaría que platicaramos despacio al respecto. Estaré pendiente.