Afuera, siempre el mismo ejercicio. Trasladarse, mentalmente, en medio del ruido de la ciudad, hacia el espacio que se esconde detrás de cualquier ventana y escuchar el mismo rugido de la avenida en una nota más baja, más sorda. Allí, tratar de imaginar el interior estrecho, buscar la ventana desde adentro para asomarme y verme pasar pensando que lo que veo desde afuera es mi reflejo.
En medio de mucha gente el juego se da de manera involuntaria. Me convierto en animal sin cueva y huyo hacia adentro de mí misma, evado las miradas, el menor acercamiento.
Soy aficionada al encierro, al silencio, a la soledad. Por eso me gustan los libros y los gatos. Ambos han estado cerca la mayor parte de mi vida, cerca, pero indiferentes a mi presencia. Unos, bellos en conjunto pero completos individualmente; otros, bellos en su soledad, en la libertad que les regala una vida sin manada.
Amigas… puedo contarlas con los dedos de la mano izquierda y tomar al mismo tiempo mi taza con café.
Los conocidos cercanos son un poco más. Puedo enumerar, sin esfuerzo, aquellos con quienes me detendría un momento para platicar, a quienes no evadiría, en un encuentro fortuito, para no saludar.
Soy de las personas que utilizan los libros como trinchera para evitar conversaciones, de quienes evitan los grupos de más de tres personas, de los que sudan cuando perciben que su silencio es incomodo y no tienen nada que decir, de los que huyen de los diálogos hasta en los relatos que escriben, soy, en fin, antisocial.
Aún así, la tecnología ha propiciado una convivencia virtual dentro de otras sociedades que respetan mi silencio, a las que me puedo acercar por curiosidad y salir ilesa. En una se supone que tengo 151 amigos –he visto gente que tiene más de mil- y en otra, dialogo parcamente con media docena más a quienes nunca he visto y de quienes a penas conozco sus nombres o ni siquiera eso.
De vez en cuando tengo noticias de la
Filistea o me acerco para ver cómo va su nostalgia de exiliada. Con ella llegó la
Prosódica, con quien siempre he compartido abrazos cariñosos en cada comentario. O
Petoulqui y
Luisfergua a quienes he visto en fotografías, pero no sé qué hacen, además de narrar periódicamente sus aventuras o sus disquisiciones filosóficas. Lo mismo me pasa con
Oswaldo, quien también prefiere
hablar con las huellas digitales, o con
Prado que, últimamente, también se va sin despedirse.
Todos, en fin,
bloggers con los que me encantaría toparme algún día, solo para evitar traspasar ese punto en que prefiera encerrarme por completo, trabajar desde casa, mudarme a esa sociedad en la que domino mi relación con el prójimo, decido lo que quiero “escuchar”, puedo meditar sin prisa lo que quiero decir, qué sé yo, topármelos, simplemente, para confirmar que no llegó tarde la etapa de las relaciones con personajes imaginarios.