miércoles, 11 de agosto de 2010

La promesa

La lluvia había arreciado cuando el niño subió al autobús, se pasó la mano por la frente, saludó en voz alta con acento extranjero, se agarró de los sillones que le quedaban a los lados y parado a mitad del pasillo, con la vista fija en un lugar del fondo que seguramente aún estaba vacío, nos llamó hermanos, nos pidió que lo ayudáramos, nos contó que estaba lejos de su casa, que tenía que comer y que sabía que era mejor pedir que robar, y por eso nos pedía una moneda y perdón.
Empezó a pasar por los lugares con la vista fija en las manos que se metían en las bolsas, las que se quedaban quietas sobre los regazos, las que sostenían el tedio, las que volteaban hojas del periódico, las que extendían una moneda.
Afuera aún llovía con fuerza, se detuvo un momento junto a mí, miraba hacia la calle, como quien calcula el mejor lugar para bajarse. Olía a sudor. Su pecho quedó a la altura de mi vista, sobre él tenía una inscripción, una cita bíblica, una promesa: “Como las estrellas, así será tu descendencia”. Una promesa que nos condenaba a todos, una promesa de miseria infinita que un momento después bajó del autobús y caminó sin prisa bajo la lluvia mientras afuera oscurecía.

6 comentarios:

J. R. C. Letona dijo...

Me llegás, me llegás.

HECTOR dijo...

me encanta! Una promesa que nos condenaba a todos!

Vania Vargas dijo...

Buena onda Jaime, gracias por pasar.

Hectorito!! me alegro, mucho. abrazo pa ustedes.

Miss Trudy dijo...

Camina sin prisa, por que no tiene a donde ir. Que terrible imagen.

Vania Vargas dijo...

Qué bueno que también la pudiste ver, Trudy. Terrible. Sí.

la-filistea dijo...

Vi tantas veces eso que no se si fue bueno o malo recordarlo.

Gracias!