martes, 24 de septiembre de 2013

Frida a través del espejo: una estética / una salvación




Cuando la pintura mexicana estaba en plena manifestación de su preocupación social y política, ella se echó a México encima, se vestía como el pueblo, hablaba como el pueblo, cocinaba como el pueblo, se apropió de su entorno, sus colores, tuvo conciencia intelectual de sus lanzaba luego sobre el lienzo era la radiografía de las marcas que no eran percibidas a simple vista: un amor tormentoso, dos abortos, la mujer sola, rota, que era por dentro. Visitar su casa en Coyoacán, allí donde nació, vivió por temporadas y murió, es girar el caleidoscopio y atravesar el espacio entre su reflejo multiplicado que lo llena por completo, y nos deja sin esperanzas de salir ilesos.



Es abril en el Distrito Federal y tiembla. Estoy en México por primera vez y, no obstante su inmensidad, la gente y sus calles no me parecen ajenas. Desde la terraza del hostal se ve la línea del costado del Palacio hundiéndose en dirección al Zócalo. Y, del otro lado, un torreón de iglesia torcido. Con todo, la ciudad parece ser flexible, se dobla, sus bordes se curvan como lomo de serpiente, pero no se quiebran, lo dicen los declives en sus construcciones y las barandas del Antiguo Colegio de San Ildefonso que visitaré en la ruta en busca de una parte de la pintura mexicana: los muralistas: Orozco, Siqueiros y Diego Rivera, -en manos de quienes estuvieron las monumentales obras que recrearon, para el pueblo, la historia de sus luchas, desde la vida precolombina, pasando por la invasión, la revolución, hasta la lucha de clases-. Y Frida Kahlo -un nombre que aparece como un eco cuando uno dice Rivera, y viceversa- que, sin proponérselo, llevó a la pintura de la época por el otro camino, el del individuo y su lucha íntima contra el destino.


El fondo de la intimidad es azul

A veces al oír las campanas de San Francisco junto a mí, en Coyoacán, las confundo con las de Antigua”, dice Luis Cardoza y Aragón en “El Río/novelas de caballería”. Y cuando uno se adentra por las calles de ese barrio viejo, en busca del centro, entiende esa frase, y por qué, en 1957, él decide asentarse allí, junto a Lya, en el “Callejón de las flores”. Hay mucho de Antigua en Coyoacán: un encanto, un sopor, una lejanía misteriosa del barullo salvaje de la capital, de la que, en realidad, nunca se sale. Su parque central y su fuente con dos coyotes, sus cafés y sus cantinas en los alrededores, y sus ardillas que descienden a comer, como si fueran pájaros de otros parques, palomas de otras plazas. Y allí, en la Calle de Londres 247, se encuentra la Casa Azul, una casona de esquina, que data de 1904, en donde nació, vivió por temporadas, y murió Frida Kahlo. Visitarla es completar el viaje al fondo de su intimidad, ese que empieza con la contemplación de los últimos veinte años de su obra. Porque Frida empezó a pintar joven y sin habérselo propuesto. Luego de sobrevivir al accidente del tranvía y el camión que a los 17 años marcó su vida para siempre, tuvo que pasar meses en cama, y, allí, ponerse a pintar fue una opción para pasar el tiempo. Como su padre era fotógrafo, empezó a hacer retratos de familiares y amigos, y fue por esa temporada en la que hizo su primer autorretrato. Sin embargo, fue tres años después de casarse con Diego Rivera, en 1932, cuando los autorretratos fueron completándose con los elementos de su dolor: la imposibilidad de tener hijos, las infidelidades de Rivera, y más adelante, la presencia constante de la muerte a través del sufrimiento que le provocaba su columna destrozada. Las salas de su casa, convertida en museo desde 1958, van subrayando ese recorrido vital con su obra. Allí están algunos retratos representativos, como el que le hizo a su padre; algunos bodegones, como el último que pintó, en el que a pesar de todo afirma, como si se tratara de un último brindis: “viva la vida”; algunos cuadros inacabados, sus dibujos en hojas de cuaderno, algunas fotografías, y obra de Rivera; así como los objetos que ambos coleccionaban: sus plateras amarillas llenas de cerámica, barro y vidrio, y los retablos o exvotos, esas fascinantes laminitas pintadas a mano en las que los creyentes agradecidos eran pintados en una representación del hecho por el que pedían o agradecían, acompañado siempre por una explicación y la presencia de la divinidad a la que se apelaba. Obras populares que manifestaban la necesidad, la tragedia individual, la desesperación, la esperanza, el intento de comunicación con lo que no se ve, cuya influencia se hizo evidente en algunos de los autorretratos de Frida, que también fueron grito, pero en ausencia de toda deidad. Allí está también el cuarto que fue de Diego, con su overol y su sombrero; cuarto que también fue de Trotski. Y en el segundo nivel, el estudio que Rivera le mandó a construir en 1946, un espacio que es todo ventanal con vista al jardín, todo luz. Con sus libreras, sus esculturas precolombinas, el caballete que le regaló Rockefeller, su pintura en botecitos de perfume, sus pinceles, su silla de ruedas y su espejo, su prótesis, uno de sus 28 corsés -sus castigos- y la urna con sus cenizas. Un espacio que conecta por un pasillo a las dos recámaras de Frida, la de día y la de noche. Ambas pequeñas, con dos camas apenas separadas por una pared delgada. Vistas desde la recamara de noche, pareciera que una cama fuera tan solo la sombra de la otra. La de día está frente a una puerta que da al jardín, y en la parte superior tiene el espejo que la madre mandó a poner, por donde una Frida parecía asomarse de vez en cuando en silencio, como los demás, pero se quedaba con ella más tiempo. Ahora el espejo está vacío, porque debajo de él sólo está su máscara mortuoria con los ojos cerrados. Rodeada siempre con una chalina diferente, con un vestido diferente. Salgo. Desciendo despacio hacia el jardín, y desde allí observo la casa y una imagen que ya no está: Frida Kahlo y Diego Rivera de espaldas a la recámara de día, frente al jardín, viéndose las caras. Inmortalizados, así en una foto que Guillermo Zamora tomara en 1952, dos años antes de la muerte de Frida. Para entonces ya tengo un nudo en tensión en la garganta. Respiro profundo, trago, mejor doy media vuelta y me pongo a recorrer el jardín en lo que se me calman las ganas de sentarme a llorar. Entonces lo veo llegar directamente hasta donde estoy. Es un gato tricolor. Maúlla, se soba contra mis piernas, me ofrece el lomo. Yo, asombrada, me agacho, lo saludo, le hago preguntas que responde con maullidos a medias, y tras una breve interacción, me acompaña por el jardín, hasta el anexo, donde me siento y él me rodea, se soba contra mi espalda, me acompaña hasta que el nudo en la garganta se va. Entonces calculo el tiempo y decido salir. Él me acompaña hasta el punto donde me encontró, allí se detiene, se da la vuelta y desaparece entre los arriates.



El fondo de la intimidad es tormentoso y transparente

El escritor francés André Bretón, afirmó que la obra de Kahlo era surrealista. Frida siempre lo negó, aduciendo que ella no pintaba sueños, pintaba su propia realidad. “Frida se desgarró el ser y el corazón para decir la verdad biológica de lo que siente en ellos”, afirmó Diego Rivera. Y por esa apertura, por esa visceralidad para plasmar imágenes, es por la que se le recuerda, más que por su técnica. Al grado que, durante su vida sólo tuvo una exposición individual en México, y fue poco antes de su muerte, en la galería de la fotógrafa Lola Álvarez Bravo, a la que la artista asistió con todo y cama, en contra de la voluntad de los médicos. “Frida Kahlo es un caso excepcional para el arte en América Latina” dice, evidentemente emocionada, Isabel Ruiz, la artista plástica más contundente de la contemporaneidad guatemalteca. “Frida Kahlo es una bandera. No deja de tener vigencia, porque llegó a la esencia del arte a través de una obra sentida desde la propia carne, con raíz en la vida misma. Eso la hace transcendente, humana. Frida fue sincera en todo sentido, en su posición pictórica, femenina y política”, afirma, y confiesa que se le hace un nudo en la garganta cuando la recuerda abogando en la manifestación pública por la situación de la Guatemala invadida, de la primavera derrotada del 54, el 2 de julio, tan solo una semana antes de su muerte. De hecho fue en esa misma ocasión cuando Luis Cardoza y Aragón la vio por última vez, de acuerdo con uno de los pasajes de “El Río/novelas de caballería”, allí iba Frida, convaleciente, en un “jip” descubierto junto a otras grandes figuras del arte y la literatura mexicana: Diego Rivera, Carlos Pellicer, José Revueltas, Juan O’Gorman, Efraín Huerta, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y Carlos Monsivais, entre otros, y entre millares de pueblo, pueblo de México, dejará asentado. A Frida y a Rivera, Cardoza los había conocido alrededor de los años 30 en Cuernavaca, donde Rivera estaba trabajando un mural en el Palacio de Cortez. “Diego y Frida eran algo así, en el paisaje espiritual de México, como el Popocatépetl y el Ixtaccihuatl en el Valle de Anáhuac”, dijo en “Círculos concéntricos”. Por las mañanas visitaba pueblos vecinos con Frida, y por las tardes iban a traer a Diego, que llevaba horas encaramado en los andamios pintando. Se iban a cenar, se bajaban una botella de tequila entre los tres, y Diego contaba historias que luego Cardoza lamentó no haber registrado. Sobre la obra de la artista dijo en su libro “México, pintura de hoy”: “Pocos ejemplos en México de mayor sinceridad, de mayor altura en el sollozo. Sin su obra, que es su resurrección cotidiana se habría ahogado en sus propios ojos, que siempre vieron hacia dentro. Queda en mi memoria como algo de lo más real y realista de México, dentro de su tragedia, que es la nuestra, porque es la criatura humana la que alienta en su pintura, lejos de toda escuela, lejos de toda tendencia, sin interesarle fijar fantasías, sino liberar su dolor, su obsesión de la muerte, su fuerza vital, que su espíritu encendió en su cuerpo golpeado por el destino”. Frida Kahlo hizo de su dolor y de la honestidad una estética y una salvación, y con su obra sigue reforzando lo que ya había dicho Cardoza y también dijeron, a su manera, escritores como Chuck Palahniuk y José Saramago: toda obra de arte es biografía. O dicho de otra manera: "La vida y la obra son la misma cosa, aunque no lo queramos. Se escribe o pinta lo que se es. Se es lo que se escribe o pinta”… Frida murió en la Casa Azul el 13 de julio de 1954. Sus cenizas nunca fueron mezcladas con las de Diego Rivera, como él lo pidió.uchas, recolectó sus manifestaciones populares, su cerámica, sus retablos, la voz desesperada que expresaba en sus exvotos religiosos; pero cuando se contemplaba en el espejo, el reflejo que su imagen lanzaba luego sobre el lienzo era la radiografía de las marcas que no eran percibidas a simple vista: un amor tormentoso, dos abortos, la mujer sola, rota, que era por dentro. Visitar su casa en Coyoacán, allí donde nació, vivió por temporadas y murió, es girar el caleidoscopio y atravesar el espacio entre su reflejo multiplicado que lo llena por completo, y nos deja sin esperanzas de salir ilesos.



Es abril en el Distrito Federal y tiembla. Estoy en México por primera vez y, no obstante su inmensidad, la gente y sus calles no me parecen ajenas. Desde la terraza del hostal se ve la línea del costado del Palacio hundiéndose en dirección al Zócalo. Y, del otro lado, un torreón de iglesia torcido. Con todo, la ciudad parece ser flexible, se dobla, sus bordes se curvan como lomo de serpiente, pero no se quiebran, lo dicen los declives en sus construcciones y las barandas del Antiguo Colegio de San Ildefonso que visitaré en la ruta en busca de una parte de la pintura mexicana: los muralistas: Orozco, Siqueiros y Diego Rivera, -en manos de quienes estuvieron las monumentales obras que recrearon, para el pueblo, la historia de sus luchas, desde la vida precolombina, pasando por la invasión, la revolución, hasta la lucha de clases-. Y Frida Kahlo -un nombre que aparece como un eco cuando uno dice Rivera, y viceversa- que, sin proponérselo, llevó a la pintura de la época por el otro camino, el del individuo y su lucha íntima contra el destino.


El fondo de la intimidad es azul

A veces al oír las campanas de San Francisco junto a mí, en Coyoacán, las confundo con las de Antigua”, dice Luis Cardoza y Aragón en “El Río/novelas de caballería”. Y cuando uno se adentra por las calles de ese barrio viejo, en busca del centro, entiende esa frase, y por qué, en 1957, él decide asentarse allí, junto a Lya, en el “Callejón de las flores”. Hay mucho de Antigua en Coyoacán: un encanto, un sopor, una lejanía misteriosa del barullo salvaje de la capital, de la que, en realidad, nunca se sale. Su parque central y su fuente con dos coyotes, sus cafés y sus cantinas en los alrededores, y sus ardillas que descienden a comer, como si fueran pájaros de otros parques, palomas de otras plazas. Y allí, en la Calle de Londres 247, se encuentra la Casa Azul, una casona de esquina, que data de 1904, en donde nació, vivió por temporadas, y murió Frida Kahlo. Visitarla es completar el viaje al fondo de su intimidad, ese que empieza con la contemplación de los últimos veinte años de su obra. Porque Frida empezó a pintar joven y sin habérselo propuesto. Luego de sobrevivir al accidente del tranvía y el camión que a los 17 años marcó su vida para siempre, tuvo que pasar meses en cama, y, allí, ponerse a pintar fue una opción para pasar el tiempo. Como su padre era fotógrafo, empezó a hacer retratos de familiares y amigos, y fue por esa temporada en la que hizo su primer autorretrato. Sin embargo, fue tres años después de casarse con Diego Rivera, en 1932, cuando los autorretratos fueron completándose con los elementos de su dolor: la imposibilidad de tener hijos, las infidelidades de Rivera, y más adelante, la presencia constante de la muerte a través del sufrimiento que le provocaba su columna destrozada. Las salas de su casa, convertida en museo desde 1958, van subrayando ese recorrido vital con su obra. Allí están algunos retratos representativos, como el que le hizo a su padre; algunos bodegones, como el último que pintó, en el que a pesar de todo afirma, como si se tratara de un último brindis: “viva la vida”; algunos cuadros inacabados, sus dibujos en hojas de cuaderno, algunas fotografías, y obra de Rivera; así como los objetos que ambos coleccionaban: sus plateras amarillas llenas de cerámica, barro y vidrio, y los retablos o exvotos, esas fascinantes laminitas pintadas a mano en las que los creyentes agradecidos eran pintados en una representación del hecho por el que pedían o agradecían, acompañado siempre por una explicación y la presencia de la divinidad a la que se apelaba. Obras populares que manifestaban la necesidad, la tragedia individual, la desesperación, la esperanza, el intento de comunicación con lo que no se ve, cuya influencia se hizo evidente en algunos de los autorretratos de Frida, que también fueron grito, pero en ausencia de toda deidad. Allí está también el cuarto que fue de Diego, con su overol y su sombrero; cuarto que también fue de Trotski. Y en el segundo nivel, el estudio que Rivera le mandó a construir en 1946, un espacio que es todo ventanal con vista al jardín, todo luz. Con sus libreras, sus esculturas precolombinas, el caballete que le regaló Rockefeller, su pintura en botecitos de perfume, sus pinceles, su silla de ruedas y su espejo, su prótesis, uno de sus 28 corsés -sus castigos- y la urna con sus cenizas. Un espacio que conecta por un pasillo a las dos recámaras de Frida, la de día y la de noche. Ambas pequeñas, con dos camas apenas separadas por una pared delgada. Vistas desde la recamara de noche, pareciera que una cama fuera tan solo la sombra de la otra. La de día está frente a una puerta que da al jardín, y en la parte superior tiene el espejo que la madre mandó a poner, por donde una Frida parecía asomarse de vez en cuando en silencio, como los demás, pero se quedaba con ella más tiempo. Ahora el espejo está vacío, porque debajo de él sólo está su máscara mortuoria con los ojos cerrados. Rodeada siempre con una chalina diferente, con un vestido diferente. Salgo. Desciendo despacio hacia el jardín, y desde allí observo la casa y una imagen que ya no está: Frida Kahlo y Diego Rivera de espaldas a la recámara de día, frente al jardín, viéndose las caras. Inmortalizados, así en una foto que Guillermo Zamora tomara en 1952, dos años antes de la muerte de Frida. Para entonces ya tengo un nudo en tensión en la garganta. Respiro profundo, trago, mejor doy media vuelta y me pongo a recorrer el jardín en lo que se me calman las ganas de sentarme a llorar. Entonces lo veo llegar directamente hasta donde estoy. Es un gato tricolor. Maúlla, se soba contra mis piernas, me ofrece el lomo. Yo, asombrada, me agacho, lo saludo, le hago preguntas que responde con maullidos a medias, y tras una breve interacción, me acompaña por el jardín, hasta el anexo, donde me siento y él me rodea, se soba contra mi espalda, me acompaña hasta que el nudo en la garganta se va. Entonces calculo el tiempo y decido salir. Él me acompaña hasta el punto donde me encontró, allí se detiene, se da la vuelta y desaparece entre los arriates.



El fondo de la intimidad es tormentoso y transparente

El escritor francés André Bretón, afirmó que la obra de Kahlo era surrealista. Frida siempre lo negó, aduciendo que ella no pintaba sueños, pintaba su propia realidad. “Frida se desgarró el ser y el corazón para decir la verdad biológica de lo que siente en ellos”, afirmó Diego Rivera. Y por esa apertura, por esa visceralidad para plasmar imágenes, es por la que se le recuerda, más que por su técnica. Al grado que, durante su vida sólo tuvo una exposición individual en México, y fue poco antes de su muerte, en la galería de la fotógrafa Lola Álvarez Bravo, a la que la artista asistió con todo y cama, en contra de la voluntad de los médicos. “Frida Kahlo es un caso excepcional para el arte en América Latina” dice, evidentemente emocionada, Isabel Ruiz, la artista plástica más contundente de la contemporaneidad guatemalteca. “Frida Kahlo es una bandera. No deja de tener vigencia, porque llegó a la esencia del arte a través de una obra sentida desde la propia carne, con raíz en la vida misma. Eso la hace transcendente, humana. Frida fue sincera en todo sentido, en su posición pictórica, femenina y política”, afirma, y confiesa que se le hace un nudo en la garganta cuando la recuerda abogando en la manifestación pública por la situación de la Guatemala invadida, de la primavera derrotada del 54, el 2 de julio, tan solo una semana antes de su muerte. De hecho fue en esa misma ocasión cuando Luis Cardoza y Aragón la vio por última vez, de acuerdo con uno de los pasajes de “El Río/novelas de caballería”, allí iba Frida, convaleciente, en un “jip” descubierto junto a otras grandes figuras del arte y la literatura mexicana: Diego Rivera, Carlos Pellicer, José Revueltas, Juan O’Gorman, Efraín Huerta, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y Carlos Monsivais, entre otros, y entre millares de pueblo, pueblo de México, dejará asentado. A Frida y a Rivera, Cardoza los había conocido alrededor de los años 30 en Cuernavaca, donde Rivera estaba trabajando un mural en el Palacio de Cortez. “Diego y Frida eran algo así, en el paisaje espiritual de México, como el Popocatépetl y el Ixtaccihuatl en el Valle de Anáhuac”, dijo en “Círculos concéntricos”. Por las mañanas visitaba pueblos vecinos con Frida, y por las tardes iban a traer a Diego, que llevaba horas encaramado en los andamios pintando. Se iban a cenar, se bajaban una botella de tequila entre los tres, y Diego contaba historias que luego Cardoza lamentó no haber registrado. Sobre la obra de la artista dijo en su libro “México, pintura de hoy”: “Pocos ejemplos en México de mayor sinceridad, de mayor altura en el sollozo. Sin su obra, que es su resurrección cotidiana se habría ahogado en sus propios ojos, que siempre vieron hacia dentro. Queda en mi memoria como algo de lo más real y realista de México, dentro de su tragedia, que es la nuestra, porque es la criatura humana la que alienta en su pintura, lejos de toda escuela, lejos de toda tendencia, sin interesarle fijar fantasías, sino liberar su dolor, su obsesión de la muerte, su fuerza vital, que su espíritu encendió en su cuerpo golpeado por el destino”. Frida Kahlo hizo de su dolor y de la honestidad una estética y una salvación, y con su obra sigue reforzando lo que ya había dicho Cardoza y también dijeron, a su manera, escritores como Chuck Palahniuk y José Saramago: toda obra de arte es biografía. O dicho de otra manera: "La vida y la obra son la misma cosa, aunque no lo queramos. Se escribe o pinta lo que se es. Se es lo que se escribe o pinta”… Frida murió en la Casa Azul el 13 de julio de 1954. Sus cenizas nunca fueron mezcladas con las de Diego Rivera, como él lo pidió.