martes, 24 de septiembre de 2013

Francisco Nájera: la ruta hacia el texto también es discurso



Es poeta, narrador, ensayista y uno de los escritores más importantes de la literatura nacional de los últimos treinta años. Sus libros, sin embargo, son una cuestión de iniciados: ediciones personalísimas, artefactos, objetos que circulan de manera casi clandestina. Alérgico a cualquier tipo de figuración, desarrolla su trabajo como un artesano, meticulosamente, en silencio, hilvanando cada palabra, cada reflexión sobre la vida, la sociedad, el cuerpo, la condición humana. Su largo exilio newyorkino le ha servido para entender mejor Guatemala.

El caso de Francisco Nájera es similar al del poeta griego Constantino Kavafis, el mexicano Abigael Bohorquez o el del guatemalteco César Brañas. Todos escritores que se movieron desde una marginalidad autoimpuesta y grandemente productiva. Imprimían sus libros por cuenta propia y los hacían circular entre grupos igualmente reducidos de amigos o lectores interesados. Un ejercicio que a Nájera le ha permitido encontrarse con la libertad para decir más allá de las palabras, a través de la publicación de su obra en formatos y tirajes mínimos, muchos de los cuales, a su vez, son artefactos visuales, y lo convierten en un fantasma que pocos han visto, pero que se mueve, y del que se habla, en los espacios de la literatura y la plástica guatemalteca.


Un par de veces al año, el escritor vuelve a Guatemala, el lugar en el que nació hace 68 años, y del que se marchó hace 48, por cuestiones de familia. En este país están su casa, sus amigos, sus lectores: ese grupo privilegiado entre quienes reparte los breves tirajes de su obra, constituida, en su mayoría, por poemarios engrapados en hojas de colores, o escritos en hojas sueltas dentro de sobres cerrados; fotocopias de textos impresos en papel kraft y envueltos en hojas de periódicos locales, o pañuelos; algunos afiches, objetos y, también, libros en su formato más común. Todos producto de un ejercicio que empezó en 1970 como un intento de hacer de la catarsis un elemento estético, y que se fue convirtiendo, además, en una interacción con sus lecturas, en aquel tiempo eminentemente académicas –Lacan y Kristeva– con las que se preparaba para su tesis acerca del escritor Rafael Arévalo Martínez. El resultado, afirma, más que poemas, cuentos o prosas fueron textos abiertos con los que conformó su primer libro, que publicó por cuenta propia en un formato tradicional. Su relación con los escritores guatemaltecos inició por esos años. En uno de sus regresos anuales, seleccionó unos poemas con la intención de publicarlos en la Revista Alero; pero Roberto Díaz del Castillo había tenido que salir del país. Y cuando llegó con la misma intención a la Revista Tzolkin, la encontró cerrada bajo una censura temporal. En esa búsqueda, le recomendaron que localizara al encargado de un trifoliar llamado “El pequeño Jaguar”, así conoció al poeta Francisco Morales Santos y a la artista Isabel Ruiz, a través de los cuales llegaría luego a otros artistas del grupo “Imaginaria”, como Moisés Barrios, Luis González Palma, la curadora Rosina Cazali, y a escritores como Enrique Noriega, que con sus Ediciones del Cadejo le mostró que un libro no tiene que ser un libro, afirma. Una de sus colecciones consistía en pequeños estuches en cuyo interior se encontraban hojas sueltas, numeradas. Un formato muy similar a los que también se habían trabajado, años atrás, en algunas ediciones del grupo “Nuevo Signo”.


Entre los lindes de la imagen y la palabra


El primer libro en el que Nájera incluyó elementos visuales estaba dedicado a Rafael Arévalo Marínez y se llamaba “Imitación de los contrarios– razones por las que el aire es más frío en las regiones más altas”. En ese entonces estaba leyendo filosofía árabe y se sentía marcado por ella, así como por Arévalo Martínez y sus maestros místicos. Habló con Moisés Barrios para que hiciera una xilografía con hojas. Barrios imprimió algunas de las que crecen en los edificios y en las ruinas, y fueron las que se intercalaron a lo largo del libro que apareció en 1995, diseñado por Rosina Cazali. “La colaboración entre aristas visuales y escritores siempre ha producido un espacio en donde se reconoce y reafirma la tradición y el auge de los libros hechos a mano”, afirma Cazali, para quien esta rutina de doble vía ha sido algo muy familiar. “En nuestra casa siempre hubo un tórculo y un taller de grabado a donde llegaban muchos artistas para hacer impresiones de sus planchas”. Cuando Nájera volvía a Guatemala siempre traía algún proyecto nuevo bajo el brazo. Él se los mostraba, desarrollaban el concepto, y lo llevaba a la imprenta D&M. Justo antes de volver a Nueva York, mostraba el resultado en medio de una celebración amistosa y familiar. Otras piezas en las que participaron conjuntamente fueron los poemarios “Lotería de latón” y “Cuerpos”, éste último apareció en 1996 y es el que, según Cazali, se acerca más al libro objeto. Se trata de una serie de “cartas” en las que aparecen los poemas impresos de un lado; y el fragmento de una obra de Pablo Swezey en el otro. No tiene orden estricto para la lectura. Esta puede surgir como con las cartas del Tarot. Otros de los objetos que sobresalen en el recorrido artístico de Nájera fueron producidos y apoyados en la época de Colloquia. Es el caso de “Los versos de María la puta”, que trabajó en conjunto con Darío Escobar: textos que datan de los años 70 y 80 y que acomodaron dentro de polveras en un juego con el sentido de las palabras, con su contexto y con la transformación, la feminización de quien las abre para explorar su contenido. Ya por su cuenta, siguió produciendo otros artefactos, muchos de los cuales contienen un discurso al que es imposible acceder, o bien, se logra únicamente a través de la destrucción del objeto: como “Transparencia de la mirada” la serie de textos dentro de una botella, o el caso de “Pornografía de su febril-silencio”, un libro sellado por la mitad con una grapa industrial, en el que se mezclan imágenes y textos en los que el lenguaje se ha derrumbado y sólo es posible el balbuceo, o bien el caso de libros cuyo trayecto hacia el texto es también discurso: como “Fragmentos (nuestra historia)”, una crónica en primera persona femenina que narra la invasión, la violencia y el dominio, una voz dolorosa que atraviesa hojas sueltas, sin numerar, envueltas en una hoja de periódico que denuncia el robo en sitios arqueológicos. En él pareciera decir que no hay que esforzarse mucho para encontrar los fragmentos de un pasado doloroso, que no hay que escarbar mucho para ver lo que dice la historia, para descubrir las voces que dejaron su testimonio en las piedras. “No creo que el trabajo de Nájera se trate de un simple coqueteo con las artes visuales, mucho menos de una ocurrencia superficial. Los libros objeto han sido para él una línea de investigación y una manera de experimentar entre los lindes de la imagen y la palabra”. Concluye Cazali.



Escribir para hacerse invisible


La interacción con sus lecturas, ese acto que dio inicio a la experimentación lo ha seguido acompañando a lo largo del camino, con libros como “El Río y los fragmentos” a partir de la obra de Luis Cardoza y Aragón; “El canto”, que nace de su lectura de “Cárcel de árboles” de Rodrigo Rey Rosa; o “La comedia humana” que resulta de la segunda versión de un texto que en 2002 fue parte del libro “El dinosaurio anotado”, una edición crítica del cuento de Augusto Monterroso publicada por la UNAM, entre otros. Esto, aunado a la exploración de sus temas recurrentes: el deseo y el misticismo, un interés que, según afirma, le surgió en primera instancia de la curiosidad, la mística cristiana-europea, el surrealismo y los trabajos de Georges Bataille. “Leyéndolo aprendí acerca de la idea del exceso, de experiencias “límite” que ofrecen la posibilidad de un misticismo carnal”. Explica. Sin embargo, la raíz de todas las lecturas que han nutrido su obra, parte de otra rama importante de su trabajo, la intelectual, de la que se ha derivado una visión crítica de la obra de escritores como Francisco Morales Santos, Ana María Rodas, Jaime Sabines, entre otros. Uno de los más importantes es el “Pacto autobiográfico en la obra de Rafael Arévalo Martínez”, que se considera uno de los estudios más completos acerca de este autor, en el que trabajó alrededor de siete años y con el que se acreditó como Doctor en Letras. “Nájera es un escritor que ha tratado de ir tras discursos poco complacientes y no ha peleado por la notoriedad ni tampoco por hacerse tan visible dentro del medio cultural. Hay varios factores en él que me sorprenden: la decisión de escribir para hacerse invisible y la coherencia de su trabajo. Pareciera decir yo no voy a cambiar nada, todo está dicho, voy a cambiar la forma en la que me miran, cómo me leen, cómo me voy a comunicar. El caso de Nájera es ese, el de un auténtico poeta, quizá invisible para este momento, pero que va a tener una trascendencia muy grande”, opina Javier Payeras, quien, además, fue uno de los curadores de la XVIII Bienal de arte Paiz en la que fue expuesta parte de su obra.


Guatemala / Nueva York: la otra dicotomía


El libro, el artefacto; la palabra, la imagen; el misticismo y lo carnal; la lectura y la escritura son toda una ruta de bifurcaciones por las que Nájera ha transitado a lo largo de su experimentación estética que, para ver la luz, ha necesitado cruzar otras fronteras físicas, esas que separan al país en el ha vivido la mayor parte de su vida, del país donde nació y a donde sueña siempre con regresar. Nueva York ha sido un espacio de formación, el espacio que le ha permitido vivir dentro de su cabeza, afirma en una entrevista; Guatemala es una realidad que ha decidido vivir como suya. Siendo muy joven y estando ya lejos, fue su hermano el que mantuvo el enlace con el país, recuerda. Él fundó el primer equipo guatemalteco de futbol allá, y en su casa solo se hablaba Español. Fue, de hecho, en uno de esos encuentros deportivos en donde Francisco Nájera conoció a Ileana, su esposa, también guatemalteca. Si bien, su primer libro había sido escrito en inglés, luego optó por traducirlo al español y, desde entonces, se quedó con el idioma. “La poesía viene de tan adentro y su voz es en Español” afirma este escritor que se considera un guatemalteco por solidaridad. “Ser guatemalteco es para mí ver el mundo a partir de las experiencias que vivo y que se viven en este país asumiéndolas como propias. Es ser extranjero en cualquier otro país”. Y mientras él sigue investigando y produciendo en Nueva York; en Guatemala esta sigue siendo la época del año en que es fácil encontrarlo caminando por las calles del centro, sonriente, con sus bolsas plásticas llenas de libros, propios y ajenos, películas y suplementos culturales, que comparte con sus lectores y amigos en esa tradicional línea de circulación de su obra que es el la del cariño.