martes, 24 de septiembre de 2013

La voz detrás del alarido: Roberto Monzón, el poeta y el mito



Murió tres años después de haber ganado el primer premio de poesía de los Juegos Florales de Quetzaltenango. Para que el libro con el que participó llegara a tiempo, vendió su sangre, y con el dinero que le dieron agarró camino. A lo largo de su vida escribió una veintena de poemarios que él armaba y publicaba a través de sus sellos editoriales: las Ediciones clandestinas y Ediciones de la doble cercha. Algunos de esos ejemplares todavía sobreviven en las bibliotecas de gente que lo conoció y lo define como un poeta encantador, un escritor compulsivo, un militante incomprendido, un sobreviviente al que finalmente le ganó el alcohol y la angustia, y que dejó un baúl lleno de textos que merecen revisión y rescate.

La ciudad es esto dentro

Habrá sido en junio de 1989, ese día, a las 6 de la tarde, se cerraba la recepción de las obras que participarían en los Juegos Florales Centroamericanos, México y Panamá que convocaba anualmente la Municipalidad de Quetzaltenango. A la puerta del poeta quetzalteco Héctor Rodas Andrade, llegó Roberto Monzón. Llevaba prisa, recuerda Rodas, quería que lo acompañara a la Casa de la Cultura porque temía que hubieran cerrado la recepción de trabajos, y confiaba en que si él intervenía, todavía podían aceptar el suyo. Mirá, le dijo, y le enseñó el brazo, fui a vender sangre para poder venir. Los poetas llegaron a tiempo, Monzón entregó el sobre en el que iba el poemario “Ciudadando laberintos” que en septiembre de ese mismo año ganó el primer lugar, entre 68 trabajos participantes. Un libro que hablaba de la ciudad, la calle, la noche, el ruido, la soledad y el miedo. Que marcaba un camino de vuelta desde esa ciudad hacia el encierro que bien podría ser la casa, el sueño, el albergue que representa el hombre mismo, su propio interior. Una ciudad que es un ser vivo, como él, al que recorren diariamente, como perros, la angustia y el miedo. Una ciudad que no es más que un laberinto que se ha vuelto habitable a fuerza de no encontrar la salida.
Lo que sucedió la noche que recibió el premio está borroso en la memoria de quienes lo acompañaron, ya sea por el alcohol que corrió entonces, o por el tiempo que ha transcurrido. Se sabe que viajó junto a su madre, porque así lo testifica una fotografía que guarda el escritor Carlos René García Escobar, uno de sus grandes amigos, con el que coincidió sorpresivamente en Quetzaltenango, pues había sido jurado calificador en la rama de cuento. Después del protocolo se fueron a pasar la noche al restaurante Los pollos, cuenta García. Allí llegaron los escritores de la ciudad con quienes celebraron la primera publicación no artesanal de la poesía de Monzón. Él y el poeta amanecieron en la calle, y casi tuvieron que irse directamente desde el lugar donde se encontraban para la Biblioteca de la Casa de la Cultura donde seguía la actividad literaria entorno a los ganadores del certamen. ¿Sabía usted que Monzón vendió sangre para viajar a Quetzaltenango a entregar el libro que ganó el premio? Le pregunto. No lo sabía, respondió, pero no me extrañaría, escasamente trabajaba, nunca tenía mucho dinero.


Retrato de poeta con ángel y demonio

Roberto Monzón nació el 16 de diciembre de 1953. De acuerdo con uno de sus allegados, el cineasta Sergio Valdés Pedroni, fue en la Costa Sur, en algún lugar de Escuintla. Otro de sus amigos, Gustavo Diéguez, opina que fue en Huehuetenango. “Lo cierto es que no se sabía casi nada de su familia”, afirma Ileana Melendreras, quien conoció a Monzón cuando tenía 15 años. De niño, vivió en México, porque su padre, un médico de reconocido prestigio, trabajó en ese país; y luego pasó parte de su infancia en diferentes departamentos, entre ellos Chiquimula. Allí estudió en el INVO y fue parte de un grupo que se llamaba A-V-CH, la Asociación de vagos chiquimultecos, que se dedicaba a organizar actividades culturales. Cuando llegó a la USAC se matriculó en la Escuela de Historia, y su tendencia a la escritura lo llevó a participar en los talleres que se llevaban a cabo los sábados en la Facultad de Humanidades alrededor de Marco Antonio (el Bolo) Flores. “Queríamos una formación literaria y profundizar en el conocimiento de la sociedad en que vivíamos”. Afirma el poeta Enrique Noriega, quien fue parte activa dentro de los talleres. “Cada semana se leían los poemas de un compañero, o la selección que cada uno hacía de un poeta importante, y los mimeografiábamos. Pronto empezamos a organizar lecturas en escuelas e institutos. Preparamos trabajos para certámenes literarios, invitábamos a escritores y artistas para que hablaran de su obra, incluso tuvimos programas de radio”. Afirma. Como parte de sus andanzas por la universidad le otorgaron una beca de nueve meses para estudiar en Panamá. Monzón viajó a la ciudad del Canal, pero poco tiempo después lo enviaron de regreso. Bebía demasiado.
Su problema con la bebida tiene, según sus allegados, una clara fecha de inicio. De acuerdo con Ileana Melendreras, el poeta sufrió un fuerte impacto cuando en 1976, dos de sus amigos, Julio Ascoli y Félix Orozco, junto a otro muchacho llamado Iván Alvarado, fueron brutalmente asesinados por el Ejército en una casa de seguridad en Ciudad Satélite. “Monzón estaba en esa casa, asegura Valdés. Salió a comprar algo y cuando volvió la encontró copada por la G2 y el Ejército. Fue una experiencia demasiado dura, nunca lo superó”. Sin embargo, Diéguez afirma que a los compañeros de Monzón los agarraron dormidos, de madrugada. Monzón no estaba cerca ni tenía idea de lo que había pasado. La historia a la que se refiere Valdés es  otra, no menos traumática, la del día en que los judiciales secuestraron al pleno de la Central Nacional de Trabajadores. Monzón fungía como secretario de actas o de cultura del sindicato de una empresa ubicada en Amatitlán a donde su organización lo había enviado para “desclasarse”. El poeta salió un momento para comprar cigarros, y mientras esperaba el cambio vio pasar a las hordas de la Policía que luego rodearon el lugar y desaparecieron a los dirigentes que se encontraban reunidos. La propensión al alcohol se agudizó y le empezó a causar problemas con la dirigencia del EGP, donde, además le habían prohibido escribir poesía por tratarse de una actividad pequeñoburguesa. Pero para Monzón, afirma Valdés, la poesía era la confirmación de su existencia como individuo, más allá de la ideología. “Nunca fue dogmático, fue ante todo un humanista. El día que le encargaron una misión en la que tenía que matar a alguien, se pegó un balazo en la pierna y fingió que había sido un accidente para no tener que ir. Nunca obedeció las orientaciones de la dirigencia”. “Un día se enamoró de la mujer de su jefe y volvió a escribir poemas. Los textos fueron descubiertos y por ese delito fue expulsado de su organización, pero se llevó a la mujer de su jefe”, cuenta Marco Antonio Flores en una de sus columnas dedicadas al poeta, titulada “Pastel”, que era el apodo con el que se conocía a Monzón, quizá porque decían que consumía “pastas”, quizá por su dulzura.


Hermoso y maldito

¿Qué es lo primero que le viene a la mente cuando alguien habla de Roberto Monzón? le pregunto a Ileana Melendreras: sus ojos, responde, sus profundos ojos azules y sus carcajadas. “Roberto siempre fue muy cotizado entre las compañeras por su porte físico: ojos claros, frente amplia; era alto, atlético y fraterno. Confirma Diéguez. “Tenía una personalidad fuerte y penetrante que cautivaba”, continúa Melendreras. “Como era culto, sus conversaciones eran interesantes, escuchaba con curiosidad, con los oídos y con los ojos, era un gran conversador. Su belleza física y su personalidad atraían. Cuando estaba sobrio, era pulcro y se vestía bien. Siempre llevaba un morral con libros y con los poemas que estaba escribiendo”. Durante sus últimos años, Roberto vivió cerca del periférico y hacía sus compras en el mercado de Carabanchel, recuerda su amigo. “Alguna vez lo acompañé y pude escuchar a las señoras que lo llamaban “mi poeta”. Él les recitaba textos o les regalaba poemas en hojas sueltas; ellas le hacían descuentos”. Monzón tuvo varios hijos: unas gemelas, una niña que nació en las aguas del lago Petén Itzá, y dos niños a los que les puso nombres de poetas persas y que ahora viven en Honduras, entre otros. El alcoholismo marcó su vida y sus relaciones. “Esos altibajos hacían insostenible cualquier relación amorosa. Ebrio era terrible, errático y violento”, dice Melendreras, “sobrio era un ser precioso”.
Pero Monzón era ante todo un poeta. “Era un tipo compulsivo con la escritura. Había leído mucho, conocía las técnicas poéticas, las dominó antes de llegar al verso libre”. Afirma Valdés. Y tanto él, como García Escobar recuerdan cómo llegaba a sus casas, agarraba la máquina, unas cuantas hojas bond, papel carbón y pasaba en limpio sus poemas. Escribía durante horas. Nunca se planteó el conflicto de quién lo iba a publicar. Empezó vendiendo las copias de sus poemas sueltos y luego se dispuso a crear sus propios sellos editoriales: las Ediciones clandestinas y Ediciones de la doble cercha. Sus publicaciones eran artesanales: hojas y portadas de cartulina en las que incluía los dibujos de sus amigos artistas: Marco Augusto Quiroa, Iván de León y Alejandro Urrutia, fueron algunos de ellos. “Roberto trataba de vender sus libros en la calle o con gente conocida. Yo le había comprado una especie de suscripción —recuerda Melendreras— y le pagaba cierta cantidad de dinero al mes (no mucho) a cambio de que me diera un ejemplar de los libros que iba publicando. Sus amigos también lo ayudábamos a venderlos, pero no era fácil, con frecuencia tenía problemas económicos”. La única publicación no artesanal que el poeta tuvo en vida fue la del libro que ganó el certamen de Quetzaltenango. El premio en efectivo, según afirma el Bolo Flores en su columna, se lo bebió.
“Monzón luchó con fuerza para superar el alcoholismo —dice Ileana Melendreras— él quería vivir, quería escribir, pero era demasiado rebelde; y el alcoholismo fue una enfermedad tenaz”. En 1990, Roberto Monzón formó parte de una comisión de artistas que viajó a un encuentro en Tapachula, Chiapas, donde el país era el invitado de honor. El poeta Enrique Noriega era otro de los que iba en el viaje. Según cuenta, Monzón ya iba tomando. Cuando el encuentro terminó se peleó con el chofer del bus porque, primero, había dejado a una compañera, y luego, cuando lo convencieron de que se detuviera y Noriega bajó a buscarla, lo dejó a él también. Como pudo, Noriega regresó al hotel, el bus estaba allí. Monzón lo había hecho regresar y ahora que todos estaban completos se rehusaba a subir de nuevo. Hugo Carrillo que en ese entonces era el director de Bellas Artes les ordenó que se fueran y dijo que él se llevaría luego a Monzón. El bus se fue con sus cosas y sus papeles, y cuando Carrillo lo buscó no lo encontró. Al poeta le llevó un mes volver a la capital. Cuando lo logró, contó que se había ido para el parque, y cuando vio la estatua del prócer se enojó, se bajó la bragueta y la orinó. La policía lo agarró, lo encerró, y cuando se dieron cuenta de que no era mexicano lo llevaron a la frontera y lo tiraron para este lado. En su camino de vuelta a la capital pasó por Quetzaltenango. El poeta Héctor Rodas recuerda que tocaron a su puerta. Cuando abrió se encontró con un hombre sucio. “Héctor, ¿no me reconocés?” Le preguntó. Llevaba una camisa sudorosa, el pantalón estaba desastroso y no tenía zapatos. Cuando logró agarrar compostura se dirigieron al centro de la ciudad. Monzón quería recuperar los ejemplares de un libro con el que, ese año, había vuelto a participar en el certamen, ahora en la rama de cuento. El libro se llamaba “Desfabulario”. El escritor Robin Rossell le compró una de las copias. En la portada, uno de los jurados le había escrito: “Excelentes textos, pero no cuentos”. Dentro del libro, Rossell guardó, un par de años más tarde, el recorte del periódico Siglo XXI en el que se hablaba de la muerte del poeta, en el mismo espacio en el que iban a publicar una entrevista a la que nunca logró asistir.


Cuatro versiones para una muerte

Roberto Monzón murió el viernes de dolores de 1992. Tenía 38 años. Las circunstancias del hecho siguen siendo confusas. “Monzón había bebido y se había quedado en la calle. Lo asaltaron, lo vapulearon. Fue internado en un sanatorio donde lo intervinieron. Esa madrugada, cuando despertó, agarró un frasco de alcohol médico, se fue para la sala de espera y se lo tomó. Allí lo encontraron muerto”. Cuenta Sergio Valdés. “A Monzón lo habían asaltado unos días antes —dice Gustavo Diéguez—, tenía una herida muy fea en la cabeza, pero no había querido consultar al médico. En esos días se encerró por su cuenta en un centro de ayuda ubicado en la zona 3. Allí se les murió, de la nada. Es probable que un coágulo provocado por la herida que tenía en la cabeza lo haya matado”. “Monzón fumaba mucho —afirma Carlos René García Escobar— tenía enfisema pulmonar. Se les murió en un ataque de tos dentro de un centro de rehabilitación, allá por la zona 8”. La versión de Enrique Noriega es que lo habían internado para que no siguiera bebiendo y le dio un infarto por la abstinencia. Monzón fue sepultado poco después en el Cementerio Los cipreses de la zona 5. Su lápida, con vista al puente Belice, eterniza sus propias palabras: “Probablemente, hoy no voy a sentir la misma soledad de siempre”.


Convivir con la ausencia

Dos años después de su muerte, Sergio Valdés y otros artistas armaron un homenaje que se llamó “Retrato de la normalidad” y se desarrolló en la calle y en La bodeguita del centro. Incluyó música experimental, danza, canción y teatro, y fue uno de los grandes antecedentes del arte urbano que tomaría auge luego de la Firma de la Paz. Entre los asistentes estaba el escritor y editor Simón Pedroza. “Era un gran despelote —recuerda­— Ese día empecé a preguntarme quién era ese poeta del que no se encontraba nada en las librerías porque había hecho sus libros a mano, y que hablaba de “Guatebala”, de ediciones de tiraje breve y calibre expansivo”, afirma. Un día tuvo acceso al cofre que heredó Valdés en el que están guardados sus papeles y manuscritos y fue así como se convirtió en un reflejo importante para su actividad artística, “fue mi maestro, un poeta artesano, un padre literario”. Finaliza. “Un día antes de morir, Monzón llegó a mi casa, dijo que se iba de viaje y quería dejar sus cosas para que las guardara”, cuenta Valdés, quien actualmente posee un cofre lleno de papeles de donde salió el material para armar la antología titulada “Dame más tiempo, vida”, que apareció en conmemoración del décimo aniversario de su muerte. Una muestra bastante significativa de la obra del poeta en la que se retoman sus grandes temas: la ciudad, la muerte, el dolor y las palabras, pero sobre todo las palabras inútiles, las gastadas, las que no alcanzan, las que están detrás del silencio, esas a las que declara su fiel reflejo.
Monzón fue ante todo un poeta de la vida, opina Enrique Noriega. “A mí su escritura no termina de convencerme –asegura–. Era un personaje, pero cuando escribía no lograba soltarse, en su obra no aparece lo que realmente era: el seductor, el hijo de puta”. Su opinión es compartida por el escritor Rafael Gutiérrez: “Roberto era mejor bebedor que poeta. Tenía caídas muy evidentes en anacronismos casi románticos y modernistas. No hay en nuestra tradición una poesía coherente con la autodestrucción vital”, asegura. Por su parte, García Escobar recuerda el día en que Monzón sacó los poemas que cargaba en su morral y se los dio para que los leyera. Ah, no, vos, le replicó, son babosadas, esos poemas son indigeribles. El poeta los volvió a guardar, siguieron bebiendo, y luego le repitió, vos decís que mis poemas son indigeribles, los sacó, los hizo un molote y se los metió en la boca a García, ¡comételos, cabrón!, le dijo, y se los terminó comiendo junto a él. Y es que si bien en la poesía de Roberto Monzón hay una realidad distinta a la que vivía, en ella hay también mucho dolor, opina Francisco Morales Santos. “Era un gran tipo al que no le quitaba el sueño el afán de notoriedad”. “Monzón se desvelaba más leyendo que bebiendo con sus amigos. No sacrificaba el rigor de cultivarse por darse en la madre –asevera Valdés–. Además nunca subordinó su poesía a las urgencias de la lucha, se reservó el derecho de ser plenamente humano”. Para la generación que lo sucede, Monzón fue un puente. “Su poesía fue fiel a su interiorización, indagó en sus inquietudes estéticas, no fue complaciente”, dice Pedroza. “Fundó uno de los mitos más perdurables de la literatura guatemalteca reciente, y es un referente elemental dentro de lo contemporáneo” opina el también poeta y editor Luis Méndez Salinas. Este diciembre, Monzón habría cumplido 60 años.