martes, 10 de marzo de 2015

Alaíde Foppa: El corazón tiene el tamaño de un puño cerrado






En diciembre se conmemoraron 100 años del nacimiento de Alaíde Foppa y 34 de su desaparición. El tiempo que transcurrió entre una fecha y la otra estuvo marcado por el amor, la maternidad, la intelectualidad, la lucha feminista, la militancia y la tragedia.


Dicen que Alaíde había salido a comprar flores y a recoger la renovación del pasaporte que había perdido. Era 19 de diciembre de 1980, tenía previsto regresar a México un día después. Esa mañana la acompañaba Leocadio Axtún Chiroy, el chofer de su madre. Un hombre que venía de la Finca San Sebastián, la finca de ganado, café y madera, propiedad de la familia Falla, ubicada cerca de San Miguel Dueñas. Cuando transitaban a la altura de lo que hoy conocemos como la Plaza El Amate, fueron interceptados, y nunca más se supo de ellos.

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No. El pasaporte no estaba perdido. Estaba vencido. Fue el que le entregó para el viaje su hija Laura, la bailarina, con la preocupación de que el vigente tenía el sello de una visita a Nicaragua, en donde un año atrás había encabezado una campaña de solidaridad con la revolución sandinista, mediante una subasta de arte. Un detalle que en ese entonces podía causarle problemas. Alaíde estaba ilusionada, quería visitar a su madre en Guatemala, cuenta Laura Solórzano, sin embargo, esta vez llevaba, además, una misión. Viajaba con enormes pérdidas a cuestas. Tan solo unos meses atrás habían asesinado a su hijo menor, Juan Pablo, durante un combate en Nebaj; y al enterarse, abrumado con la noticia, su esposo, Alfonso Solórzano, había salido distraído a la calle y había sido atropellado por un auto en la Avenida Insurgentes. Alaíde había tomado una decisión. Quería sentirse útil a la causa por la cual también militaban sus hijos Mario y Silvia. Quería tomar el lugar de Juan Pablo en la lucha guerrillera. Fue Laura quien la llevó al aeropuerto el día de su último viaje. Recuerda que allí, su madre se despidió con una sonrisa ilusionada, casi ingenua, y que ella la abrazó mucho. La idea era que estuviera de vuelta antes del 21 de diciembre, en esa fecha iba a inaugurarse el Teatro Covarrubias y como parte de la actividad estrenarían la obra “Calaucán” de Patricio Buinster, en la que participaría Laura, quien a lo largo de su carrera había bailado en diferentes lugares, estilos y grupos, muchos de los cuales no habían sido del agrado de su madre. Y ahora, que integraba el taller coreográfico de la UNAM, lo estaría haciendo en un lugar y de la manera que a ella sí le gustaba. El 19 de diciembre, un día antes del regreso programado, Laura llamó a Guatemala para confirmar el viaje de vuelta de su madre, pero ya había desaparecido. Dos días después, recuerda haber bailado con Alaíde Foppa en el corazón.

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A Silvia le llegó la noticia de la desaparición de su madre a través de una radio que estaba encendida en el campamento del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) ubicado en las montañas de El Quiché. Silvia se había involucrado en el movimiento desde los 22 años, cuando estaba en cuarto año de la carrera de Medicina. Su padre, Alfonso Solórzano, era miembro fundador del PGT, pero en esos inicios, su agrupación estaba en contra de la lucha armada, lo cual hizo que Silvia y sus hermanos, Mario y Juan Pablo decidieran no compartir sus decisiones y viajar a Guatemala para enrolarse en la lucha por cuenta propia. La decisión de la partida pareció normal en casa de los Solórzano Foppa. El padre era guatemalteco, volver al país era algo que él mismo no podía hacer, y no puso resistencia ante el deseo manifiesto de sus hijos. Silvia vino a terminar la carrera al país, y con la excusa de que se iba para México a prestar servicio social, desapareció y se fue a la montaña, donde también hacían falta médicos, y donde permanecería durante siete años, alfabetizando, entre otras muchas actividades. Allí conoció a su pareja y tuvo una hija que su madre logró conocer la única vez que se vieron desde entonces, y que dejó en la memoria de Silvia la figura de una Alaíde transformada. Ella, que había crecido en un medio aristocrático y diplomático, se vestía diferente, tenía otra actitud. La noche en que la radio dio la noticia de la desaparición de Alaíde Foppa, Silvia estaba en un campamento en donde más de la mitad de la gente había tenido una pérdida o había terminado por recibir una noticia similar. Pocos sabían que su madre era una más de los 45 mil desparecidos, no podía sentirse la mayor víctima del mundo. “Me tocó a mí también”, pensó.


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El 19 de diciembre de 1980, el teléfono sonó en la casa de Julio Solórzano Foppa en México. Era su hermana Laura y tenía malas noticias desde Guatemala. Estaban buscando a su madre, no la encontraban. Su abuela, Julia Falla, ya había recorrido hospitales, comisarías, y había solicitado la intervención del ministro de Economía del gobierno de Lucas, Valentín Solórzano, hermano del esposo de Alaíde, para ver si por la vía oficial podían tener alguna pista de lo que había sucedido. Ese año ya habían tenido dos muertes en la familia. La desaparición de Alaíde Foppa era un nuevo golpe violento, uno más previo al último que sufrirían seis meses después cuando su hermano Mario también sería asesinado. Sin embargo, el impacto de la noticia para el hijo mayor de Alaíde Foppa tendría otra arista un día después, cuando leyendo una nota en el periódico Excelsior, que hablaba acerca del caso de su madre, se enteró, además, de que su verdadero padre era el ex presidente guatemalteco Juan José Arévalo. En ese momento recibió otra llamada de su hermana Laura. “¿Viste el periódico?”, le preguntó, y llegó a su casa para contarle que lo que decía la nota era cierto, que era algo que todos sabían. Su madre siempre le había querido decir, pero no había encontrado el momento para hacerlo, tenía miedo de la reacción que Julio pudiera tener, pues pasaba por una crisis alcohólica que ya llevaba varios años. Sin embargo, transcurrirían otros más para que Julio Solórzano se contactara y reuniera con Arévalo y empezara así una relación de cercanía con esa familia de la que también era el hijo mayor. En ese momento, la prioridad era rescatar a su madre con vida, y junto a su hermana Laura se aferraron a ese hilo muy delgado de esperanza que les duró algunos meses.


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Laura viajó a Nueva York en enero de 1981. Se había ganado una beca del taller coreográfico para recibir unas clases magistrales, y aprovechó el momento para visitar varias organizaciones y denunciar, así, no solo la desaparición de Alaíde Foppa, sino, además, la violencia de la que era víctima Guatemala. Laura Solórzano estuvo en las Naciones Unidas y en la oficina de Derechos humanos de la OEA. Su hermano Julio, mientras tanto, se fue a París. Allá estaba Dominique Eluard, la viuda del poeta Paul Eluard, con quien Alaíde Foppa había trabajado una traducción al español de su libro “El ave fénix”, y quien había recibido anteriormente a Julio Solórzano en su casa durante el tiempo que éste estuvo estudiando en Rusia. La casa de Dominique Eluard era un centro de reunión de intelectuales rusos y franceses, ella misma estaba muy vinculada, además, con América Latina, recuerda Julio Solórzano, quien en esa casa conoció a Simone de Beauvoir, Sartre, Althusser, y en una sola noche a Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, juntos, por el año 68. Al enterarse de la noticia de la desaparición de Alaíde Foppa, la viuda de Eluard le comentó que habían conseguido que se abriera un espacio en la Asamblea francesa para que él llegara a hablar del caso de su madre y de esa manera se hiciera presión en el Ejecutivo para que Francia interviniera. Así lo hicieron, la participación de Solórzano Foppa en la Asamblea la hizo al lado del escritor argentino Julio Cortázar, quien se encargó del elogio y defensa de la escritora. Solórzano no sabe si los dos escritores alguna vez se conocieron, el caso es que Cortázar, quien este año también arribó al centenario de su nacimiento, sabía quién era su madre. En México, mientras tanto, la indignación también había permeado con fuerza. De acuerdo con los testimonios escritos de Elena Poniatowska, quien trabajó con Foppa en la revista FEM, el periódico Uno más uno empezó a llevar la cuenta de los días sin Alaíde mediante un pequeño anuncio firmado por el “Comité Internacional por la vida de Alaíde Foppa”. “Se fueron ensartando los días”, dice Poniatowska, “un día más sin Alaíde, un día más sobre un montón de días, un día más como una paletada de tierra sobre una situación atroz, intolerable. Pensé que el día en que el escueto desplegado desapareciera nos habríamos acostumbrado a él como a cualquier otro anuncio, porque tal parece que en América Latina resulta más fácil convivir con la tragedia y la injusticia que con la libertad”. Eso lo dejó muy claro el Gobierno de Guatemala, representado por Lucas García. México había conformado una delegación para que viajara al país e intercediera por la suerte de la escritora desaparecida. La respuesta gubernamental se dio mediante un telegrama en el que aseguraban que también estaban preocupados por la suerte de la Doctora Foppa, pero creían que tenían la obligación de advertirles que el comunismo internacional, en su afán de dañar la imagen del gobierno guatemalteco, podía causarles daño de cualquier naturaleza a los miembros de la comisión mexicana. La amenaza de un gobierno a otro había sido lanzada, el viaje se canceló.

Alaíde en perspectiva

Cuando se pierde a un ser querido, uno se enfrenta a varias dimensiones, dice Julio Solórzano. Se empiezan a entender unas y a conocer otras. Con la desaparición de Alaíde Foppa, sus hijos empezaron a reconocer a su madre, a entender lo que ella representaba para muchas otras personas fuera de la familia, y los diversos espacios en los que se había desarrollado y había tenido influencia: los intelectuales, los de la crítica de arte, el feminismo y la poesía. Alaíde Foppa era para ellos la mujer que determinaba lo cotidiano. La cabeza intelectual y artística de una familia numerosa, en la que la influencia ideológica corría por cuenta de la figura paterna. Los cinco estuvieron claramente marcados por ambos. Julio y Laura se dedicaron al arte; Silvia, Mario y Juan Pablo, a la militancia. Su vinculación intelectual con el exilio guatemalteco en México hacía de su casa un punto de encuentro visitado por Tito Monterroso, Carlos Illescas, Mario Monteforte Toledo, Otto Raúl González o el mismo Miguel Ángel Asturias, cuando andaba de visita por México. De un día para otro, esa mujer que había nacido en Barcelona y, como hija de un diplomático se había formado en Bélgica, Francia e Italia; que había venido a Guatemala en época de la Revolución, y la noche del 20 de octubre había ido a prestar ayuda a los heridos de los bombardeos, y con lo que ganaba por escribir sus artículos periodísticos, le alcanzaba exactamente para pagar el sueldo de la cocinera, se transformó en una figura que representaba la indignación de quienes reconocían la importancia y la dimensión de la pérdida que significaba la desaparición de la mujer que había fundado la revista FEM, conducía el Foro de la mujer en Radio Universidad, participaba activamente con las organizaciones de defensa de derechos humanos, había traducido a Paul Eluard y a Miguel Ángel Buonarroti, hacía crítica de arte, escribía poesía y había decidido involucrarse en la lucha ideológica en la que creían sus hijos.


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Alaíde Foppa era poco conocida entre las jóvenes de los 70, pero al tener chance de ir a México y leer FEM, querías conocerla. FEM te abría los ojos, la mente, el cuerpo, el corazón”, afirma Ana María Cofiño, directora del periódico feminista La cuerda, quien todavía guarda una pequeña e incompleta colección invaluable de la revista mexicana en la que conoció a otras autoras, no sólo del continente, sino de más allá, y que sirvió de ejemplo para las feministas guatemaltecas, como Viviana Fanjul quien escribió como Fémina sapiens en la revista Qué pasa calabaza, publicada a finales de los 70, en tiempos de Lucas. “FEM fue pionera a nivel latinoamericano como Fempress desde Chile. En ella escribieron y colaboraron intelectuales de prestigio como Elena Poniatowska y Marta Lamas, entre otras. Para mí fue una puerta grande y prolija para seguir buscando; y para La cuerda, fue un modelo”. El poeta y editor Francisco Morales Santos opina que el registro poético de Alaíde Foppa no tiene igual en la poesía guatemalteca. “Es una poesía suave y dulce, y al mismo tiempo, fuerte. Me atrevo a decir que está más cerca de algunas poetas mexicanas de su tiempo: Dolores Castro, por ejemplo, quien ha dicho: “El amor, la vida y la poesía son una misma cosa”. En ambas se hace realidad esta expresión; ahora bien, como traductora, recoge una rica tradición que viene de escritores como Batres Montúfar, Domingo Estrada y María Cruz”. Para la poeta Carolina Escobar Sarti a Foppa la definió sobre todo su curiosidad e inquietud intelectual y académica. “Su pasión estaba puesta en la vida. Su poesía me parece prístina, transparente, toca temas como la palabra, la vida, lo cotidiano de manera bastante sencilla. Hay momentos en que se puede pensar que no es tan profunda para venir de una mujer como ella. Yo, de hecho, empecé admirando a la mujer y la académica para llegar a entender su poesía, y no al revés”, dice la escritora que durante una temporada tuvo en su poder el archivo de Alaíde Foppa: dos cajas de plástico que contienen cartas, recortes de periódico, cosas de la universidad, muchos escritos en francés, contactos, catálogos de muestras artísticas, y según su hijo, algunos cuentos, media novela y textos académicos. La idea de Escobar Sarti era hacer un libro sobre Alaíde, sin embargo el tiempo y las actividades empezaron a apretar su agenda y optó por devolver el archivo que sigue en espera de que alguien se interese en él y empiece a estudiarlo, a rescatarlo.


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Con el paso de los años, a pesar de la ausencia de respuestas, algunos datos han quedado claros para los hijos de Alaíde Foppa. Una amiga de la familia había visitado la casa de Julia Falla dos días antes de la desaparición de su hija. Cuando salió de allí con rumbo a la zona 10, un retén la detuvo durante 3 horas creyendo que se trataba de Alaíde. Cuando se dieron cuenta de su equivocación, la liberaron. Ella puso en alerta a Foppa, sin embargo, eso no fue suficiente para que tomara las precauciones necesarias. Por fuentes de inteligencia de la guerrilla, Mario Solórzano, todavía pudo avisarles a sus hermanos que aparentemente Alaíde Foppa había muerto en tortura la primera noche de su secuestro, del que hoy aún se responsabiliza como autor intelectual a Donaldo Álvarez Ruiz, el ministro de gobernación del gobierno de Lucas García, que actuaba bajo instrucciones del Ejército. Razón por la cual en 1999, Julio Solórzano se unió al proceso que la Fundación Rigoberta Menchú planteó en España en contra del ex ministro por los delitos de tortura, genocidio y terrorismo de Estado. A este proceso se han ido uniendo otros ante la Corte Suprema de Justicia y la Corte Interamericana de Derechos Humanos. No con la expectativa de que un día aparezca, sino como una manera de abrir brecha para que otras familias presenten sus recursos, como un proceso importante en la lucha contra el olvido.

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El 3 de diciembre se cumplen 100 años del nacimiento de Alaíde Foppa. Y durante todo el año se han llevado a cabo varias actividades para conmemorarlo. La feria del libro le dedicó un salón; Editorial Cultura reeditó la compilación de su poesía, así como las traducciones que hizo de Paul Eluard y Miguel Ángel Buonarroti. La Editorial Universitaria, por su parte, reeditó el poemario Elogio de mi cuerpo; y, durante el Festival de Cine “Ícaro” se presentó el documental mexicano sobre su vida, titulado La sinventura. Esto, entre otros homenajes y actividades con las que se constata que su nombre todavía está presente, que su legado todavía se celebra. Un punto a favor de la memoria en un país al que le urge recordar.