martes, 12 de agosto de 2014

La estética de la indolencia: el western italiano cumple 50 años


El hombre ha recreado a través de la historia la figura del ángel caído. Su trayecto es el mismo, el descenso hermoso y en picada desde una dimensión idealizada hacia una realidad más cruda. Frente al espejo del hombre ideal, ese que conoce y discierne entre el bien y el mal, que tiene aspiraciones altas, nobles y lúcidas, como dijera el poeta portugés, se yergue el antihéroe, burdo, terrenal e instintivo, completamente humano, caído: su verdadera imagen y semejanza. Esa transformación le sucedió a los protagonistas de la novela policíaca gringa en los años 40; y unos veinte años más tarde, específicamente en 1964, le sucedió en el campo cinematográfico al Western, esta vez, gracias a la intervención de la mirada italiana de un director como Sergio Leone, que con su película “Por un puñado de dólares” dio inicio a una revitalización del género en donde los vaqueros ya no cantaban, no criminalizaban indios, ni eran los seres heroicos e inmaculados que se aliaban a la justicia en favor de los más débiles; sino más bien uno en el que las balas silbaban, los vaqueros eran nómadas eternos, hombres que lo habían perdido todo y, mientras buscaban un rumbo o venganza, tomaban el dinero del bando que les pagara mejor.


Nunca me gustó John Wayne

Los sábados a medio día y algunos domingos de mi infancia eran momentos de Western en la televisión. Paisajes agrestes, fincas abandonadas, casas acogedoras por ser los únicos lugares seguros, rifles detrás de las puertas y afuera el peligro, siempre, acechando. De alguna manera crecí viendo jinetes, hombres rudos, esos vaqueros idealizados con los que habían crecido también mi padre y mis tíos, que bien sabían de la vida del campo, de cruzar caminos sobre caballos viejos, de arrear animales de potrero a potrero, de pasar noches alrededor del fuego haciendo turno en el trapiche, de ser vaqueros. Sin embargo, la familiaridad con ese ambiente se rompió un día ante el asombro del encuentro con la frialdad en un nivel desconocido, y ahora, comprendo, sublime. Casi al final de un videocasette sobre el que mi madre había grabado caricaturas estaba, intacta, la escena del duelo de “El bueno, el malo y el feo”, de Sergio Leone. Niñas, como éramos, levantarnos del sillón en el que habíamos estado entretenidas un buen rato era una imposibilidad tácita y, así, vimos una y otra vez el contraste de planos amplios y cerrados de Leone, con Morricone de fondo, los movimientos lentos, los ojos fríos pero alertas, los dedos cabalgando suaves por las balas del cinto, de ida y retroceso hacia la cacha de un revólver, el suspenso, el movimiento rápido, el disparo, el silbido y el eco, un quejido, un percutor contra un tambor sin balas, un segundo disparo, un cuerpo cayendo en seco al fondo de una fosa exacta, otro disparo, otro silbido, otro eco para que se vaya también su revólver, y uno más para su sombrero, un entierro perfecto. Fue muchos años más tarde cuando con los beneficios de los buenos distribuidores, llegó la oportunidad de revisitar junto a mi padre, los títulos y a los actores de los que había escuchado hablar en aquellos primeros años, fue así como viendo un filme de Corbucci acerca de un vaquero mudo, mi padre quizá finalmente entendió que no siempre ganan los buenos; y yo descubrí que la frialdad es mi ficción favorita.


La épica del desarraigo

El hombre que elige su rumbo al azar y atraviesa, solitario, con el arma al cinto y la mirada implacable, plazas vacías de pueblos fantasmas en los que no se sabe si todo ha terminado o bien está a punto de empezar, podría ser un vaquero o un samurái: ambos son seres caídos de la misma gracia. Los segundos eran jinetes diestros, miembros de una élite guerrera a quienes en cierto punto de la historia les fue arrebatada su clase social, sus propiedades, y pasaron a convertirse en campesinos, unos; en samuráis sin señor, otros (los Ronin) o simplemente en forajidos. Hombres que conocían el uso de las armas, las nociones de servicio y justicia que, ahora, utilizaban de manera individual y para su beneficio. Su perfil fue la base que delineará y transformará al vaquero y la atmósfera del western a partir de 1964, el año en que apareció “Por un puñado de dólares”, la película del director italiano Sergio Leone, que inauguró la llamada “Trilogía del dólar”, y que con tan solo breves variaciones replicó paso a paso la historia de un ex miembro de la élite de samuráis que llega a un pueblo en pugna, regido por dos familias rivales, entre quienes el nuevo héroe nómada se moverá con el fin de provocar su mutua destrucción y el retorno de la calma a un poblado ajeno en donde la única actividad productiva parece ser la muerte. La película se llama “Yojimbo” y fue filmada en 1961 por el director japonés Akira Kurosawa, quien tras denunciar el plagio de Leone recibió una suma de dinero más grande que la que había recibido por el filme en sí mismo. Sin embargo, la revisitación de las películas de Kurosawa ya se había dado con anterioridad de parte del western norteamericano. Ese fue el caso de “Los siete magníficos”, la versión de 1960 de Sturges, con un reparto de lujo (Yul Brinner, Charles Bronson, Eli Wallach, Steve McQueen, James Coburn, entre otros) basada en “Los siete samuráis”, de 1954, una película en la que, fiel a la línea gringa, se remarca el carácter heroico y de servicio de los protagonistas, esos siete hombres que solo por la escena de un diálogo memorable, sabemos que lo han perdido todo, que han roto todo tipo de lazos, que no pertenecen a ningún lugar y que su única trascendencia depende de lo que alguna vez se hable de ellos. Un dato que pasará a primer plano en 1972, con la aparición de “El desafío de los siete magníficos” una película vista ya desde la estética sucia del western italiano.


El espíritu del western se apellida Morricone

Luego de la aparición y la polémica con Kurosawa, si algo no se podía negar era que se había logrado un cambio drástico en el género, uno que se iría reforzando un año más tarde, en 1965, con la aparición de “Por unos dólares más”, y en 1966 con “El bueno, el malo y el feo”, las tres producciones que marcaron la carrera de Leone y lo convirtieron en uno de los máximos exponentes del que se dio por llamar “Spaghetti western”. Ese que era protagonizado por el sonido de las aves de rapiña, del viento, por el paso lento de los caballos, el rechinido de las tablas bajo el peso de las botas, el sonido cascabel de las espuelas, lo tambores ronroneantes de los revólveres, las balas que silban, la violencia cruda y la mirada dura del vaquero sin nombre, ese con el que Clint Eastwood, el actor que en producciones previas había sido criticado por decir sus diálogos entre dientes, terminaría por ganarse un lugar privilegiado en las filas del cine. Pero el espíritu de la épica que estaba planteando Leone no habría tenido la misma fuerza de no ser por Ennio Morricone, el compositor italiano que hizo de la música un protagonista imprescindible para sostener toda la fuerza de las historias, para darles espíritu. El director Sergio Solima cuenta, en el documental titulado “Sin piedad” que, cuando Morricone fue convocado, se durmió durante la producción, y cuando despertó se sentó al piano y compuso los temas. Tal era el poder que ejercía sobre el trabajo de Leone, que, desde entonces, la música se componía primero y luego se trasladaba a la película. Basta con revisitar la Era previa a Morricone, para captar su magnitud y entender que después de él, el western no iba a  volver a ser el mismo. Luego del éxito y la difusión de la Trilogía del dólar, Leone llegó a Hollywood. Allí, en 1968, apareció su película “Érase una vez en el oeste”, una historia de venganza en la que se narra la búsqueda y la persistencia de Armónica, el hombre sin nombre, protagonizado ahora por Charles Bronson, quien anda tras la pista de Frank, el asesino de su hermano que protagoniza un joven Henry Fonda, que también juega un papel importante en la historia paralela que gira entorno a una mujer: Claudia Cardinale, a quien le han matado al marido y le quieren quitar la esperanza de construir un poblado por el que en algún momento pasaría el tren, y con él, el desarrollo. Unos años más tarde aparecerá su último western: “Agáchate, maldito”, en el que echa mano de los huérfanos de causas perdidas: un campesino mexicano y un ex militante de la guerrilla irlandesa que se unen para robar un banco en el marco de la Revolución mexicana. Una historia que reflexiona no solo acerca de las luchas sociales, sino, además, de la pertenencia y de la amistad.


El otro Sergio y los westerns sin muertos

En tanto Leone hacía carrera internacional, en Italia, otro director, Sergio Corbucci también había incursionado en el Spaghetti western. Quien ha podido ver “Django”, la película de 1966, difícilmente podrá olvidar la imagen del hombre solitario que camina por el desierto arrastrando un ataúd, o el pueblo fantasma asentado en el fango en donde se desarrolla la acción. También marca su recorrido cinematográfico, el vaquero mudo de la película “El gran silencio”, de 1968, que se mueve por un terreno inhóspito y nevado (creado con espuma para afeitar) y que debe enfrentarse a un despiadado Klaus Kinski. En 1972, Corbucci hace una incursión en la categoría de la comedia western, ese apartado sin muertos que también surge en Italia y que tiene como máximo exponente a Trinity el personaje de Terence Hill que hace dupla con Bud Spencer en historias como “Lo llamaban Trinidad”, o “Mi nombre es ninguno”. De Sergio Corbucci se recuerda la película “El blanco, el amarillo y el negro”, protagonizada por Eli Wallach y Giuliano Gemma, un claro homenaje a varias películas de su misma especie.


La civilización, ese caballo indomable

Mientras la atención giraba en gran parte alrededor de la novedad italiana, en Estados Unidos, se continuaba con la tradición del western, que en 1969 violentó magistralmente Sam Peckinpah con “El grupo salvaje”. En medio de ese desarrollo, sin ser ninguna especie de conclusión, a principios de los años 60 aparecen dos películas que revisitan al cowboy en relación con su enfrentamiento contra una sociedad en la que se encuentran ya fuera de lugar: “Los valientes andan solos” con Kirk Douglas, es uno de ellos. El hombre solitario acostumbrado a no dejarse dominar por la ley, llega a la ciudad para intentar rescatar de la cárcel a un amigo que sabe bien que evadir sería la peor decisión, y deja al personaje de Douglas a merced de un enfrentamiento en solitario no solo con la ley, sino con el peligro de una sociedad “civilizada”. Otro es el caso de “The misfits”, que además fue la última película de Marylin Monroe y la última de Clark Gable, una cinta en la que los cuatro personajes que parecen no encajar en la sociedad, entre ellos dos cowboys, se unen en la empresa de cazar caballos salvajes, que para esos tiempos eran vendidos y sacrificados para fabricar comida para perros. La angustia, la rabia, el enfrentamiento de los hombres, del personaje de Gable, solo, contra el caballo encabritado es la metáfora más clara y más triste de esa lucha contra el tiempo en la que a pesar de toda su fuerza y su voluntad el hombre siempre lleva las de perder. Pero el género seguía su curso. Aprovechando el dinero que le había producido la Trilogía del dólar, Eastwood fundó su productora “Malpaso company” y volvió a actuar y a dirigir, entre ellas, varias historias de la misma categoría que siguieron la lección de la escuela italiana. Películas como “La marca de la horca”, “La venganza del hombre muerto” o la comedia “Dos mulas para la hermana Sara”, fueron algunas de ellas. No fue sino hasta 1992 cuando con la aparición de “Unforgiven” se vislumbra lo más parecido a una gran conclusión del western respondiendo algunas de las preguntas silenciosas de sus seguidores, ¿qué habrá sido de esos héroes errantes? Con “Unforgiven” el antiguo forajido, finalmente asentado, con nuevas pérdidas y nuevas luchas es convocado una vez más para cobrar una venganza, empresa que ya no será tan fácil debido a su falta de práctica reciente para montar, para disparar, para no sentir.


Epílogo

Este octubre se cumplen 50 años del nacimiento del Westen italiano, muchas historias y muchos personajes han marcado su trayectoria desde entonces. Hace tan solo unas semanas falleció el actor Eli Wallach, uno de sus rostros imperdibles, tenía 98 años; le sobreviven todavía Clint Eastwood y Ennio Morricone: imagen y sonidos de un universo en el que el hombre alcanza su nivel más alto de sublimación mediante el desapego a todos, a todo, mediante el abandono del miedo a la muerte, el reconocimiento de que la fuerza está en la serenidad, la integración interna del bien y el mal, la aceptación de la soledad y los caminos sin rumbo, la indolencia que se gesta en cada sobreviviente. Ese estado de humanidad que raya los límites con la divinidad o con la bestia, que dependiendo del ángulo de la caída encuentra su verdadero reflejo. Habrá, pues, que celebrarlos silbando.