viernes, 25 de julio de 2014

Play y vuelta en U hacia el código letrado y otras transmutaciones / Escolopendra de Martín Díaz Valdés





Han pasado ya algunos años de la generación del Cable, la música en video, las luchas por reclamar espacios públicos, las bandas de rock. Nacieron, se multiplicaron y con la misma rapidez pasaron a engrosar la pasividad de las nostalgias frente a la ubicuidad del internet, la información inmediata, el aislamiento en el que se desarrolla la nueva interacción social, la música comprimida, los celulares inteligentes, la cada vez más vívida narración de los videojuegos. ¿Cuánto se ha alcanzado en tan poco tiempo? Se preguntan, y las respuestas caminan con la rapidez de un segundero. ¿Cuánto está en riesgo?...
En el año 2008, cuando el escritor Mario Roberto Morales ingresó a la Academia de la Lengua, partió del panorama de ese presente, que era el desarrollo de lo que somos hoy, y delineó a esa generación a la que la velocidad de la tecnología le estaba marcando el paso: y cito “se trata de una cultura audiovisual de entretenimiento hedonista que ha provocado que las juventudes padezcan una incapacidad para leer y manejar el código letrado”, “jóvenes adictos a los videojuegos y las formas virtuales de entretenimiento”. “Jóvenes incapaces de enfocar y mantener la atención por un tiempo prolongado”, “…porque la sucesión de significados por medio de la palabra escrita es demasiado lenta comparada con la sucesión de imágenes en un texto audiovisual que es más fácil de procesar cerebralmente porque los hace sentir primero y pensar después, en cambio el texto escrito hay que pensarlo y decodificarlo antes”. Eso aunado a “la contaminación, desarticulación y desintegración del lenguaje” que tienen como resultado.
En este panorama apocalíptico es en el que crece y se desenvuelve Martín Díaz Valdés, un escritor quetzalteco, artista visual y titiritero que, desde 1992, cuando llevaron a casa su primer Nintendo, cada vez que puede, se receta jornadas de encierro individuales o colectivas, viajes virtuales que pueden durar de 2 a 8 horas por diversas rutas que han variado con los años y van desde los Super Mario, las Tortugas ninja para Nintendo, Gears of war; Zelda, la ocarina del tiempo y Red dead redeption. Rutas que le han permitido, como los libros y las películas, vivir otras vidas, pero no a través de la empatía, sino desde el vértigo de la interacción de la primera persona, dentro de una narrativa que multiplica también la velocidad, el sonido, las sensaciones y la adrenalina desde la pasividad.
La importancia de este contexto eminentemente audiovisual radica en que es a partir de él, de su velocidad, su intensidad, su hedonismo, que Martín Díaz Valdés emprende un camino de vuelta hacia el código letrado para matizarlo y enriquecerlo con la fluidez, el bombardeo de imágenes, la flexibilidad, el idioma y las estructuras de lo visual. El resultado es este primer libro de cuentos publicado por Editorial Cultura: Escolopendra. He aquí su primera transmutación.

A mediados de la década de los 90, cuando los jóvenes que habían vivido los últimos años de la guerra y la transición hacia la paz tomaron el espacio público y editorial en Guatemala, empezaron a echar mano de las herramientas de lo visual. Lecturas de poesía en las que se incluía música e imágenes cinematográficas, libros que partían de la brevedad y el ingenio del lenguaje de la publicidad, de lo bizarro del cine Pulp, de los comics. En 1998, el escritor Julio Calvo Drago ganó el premio único de narrativa breve de elPeriódico y Bancafé con una historia que sacudió los estándares del relato en Guatemala, el Megadroide Morfo contra el Samurai maldito, en la que echa mano del Manga, su acción, y los códigos cibernéticos para entrelazar historias violentas que suceden en paralelo en la realidad virtual y la cotidianidad guatemalteca. Por esos años aparecerá también el cuento titulado “Combate virtual” de Francisco Alejandro Méndez, un relato de acción cuya estructura y características quedan justificadas desde el título hasta el final como eso: ficción virtual. El caso de la narrativa de Martín Díaz Valdés es diferente porque en ella no existe la línea divisoria. No se trata de una separación de realidades, más bien, la velocidad, la acción, la violencia, la confusión, la flexibilidad del videojuego son las que estructuran las historias en pleno y dan como resultado realidades extraordinarias sin justificación, porque nadie está al mando de los controles de una consola; dimensiones oníricas lúcidas autónomas, porque nadie está soñando ni ha necesitado del efecto psicotrópico para justificar la alteración de la realidad. Sus historias empiezan desde la más burda cotidianidad hasta el momento imperceptible en que un dedo invisible parece dar “play”. Así da paso a su segunda transmutación.

Escolopendra cambia la influencia del cine, la tv y la publicidad de la generación que le antecede por el internet, los documentales de youtube y los videojuegos; cambia las drogas y el hartazgo y se queda con lo lúdico; no se esfuerza por retratar la violencia urbana, sino más bien, sus protagonistas forman parte de esa violencia, y de ella surgen, a la vez, momentos graciosos o surge, solapado, el placer; Escolopendra cambia, finalmente, la brevedad que caracterizó a sus publicaciones y la transforma en un conjunto masivo (casi 200 páginas) de brevedades. Su estética es la estética del juego, de la imaginación, como en el cuento “La fila de la universidad” y en “Aprenda a leer el pensamiento de dios y utilícelo en su beneficio”. Así crea historias redondas, contundentes, que no divagan, en las que todo es acción. Textos que aluden a la verosimilitud que solo es posible en la ficción, y allí está el juego y allí su fuerza. Sus transmutaciones van de lo descomunal a la normalidad y viceversa. De la humanidad a la animalidad, del surgimiento sigiloso de la bestia que emerge con los celos, el miedo, el deseo, el amor o el poder, como en “Carta para sanar”, “Mambo”, “La licenciada”, “Lluvia de las nueve de la noche”, “Play” o “La muerte de shakira”, entre otros.
Martín Díaz Valdés sabe de contar historias. La sorpresa en sus textos no golpea. Más bien va enredando al lector, lo va inmovilizando, hasta que se le saltan los ojos por el asombro.
Escolopendra es un libro largo, como el animal al que alude, que se vale de patas breves y que puede paralizar, causar asco, miedo, extrañeza, pero ante todo, fascinación.


Escolpendra
Martín Díaz Valdés
Editorial Cultura, 2014