jueves, 4 de junio de 2015

Un rencor puro y perfecto de Maurice Echeverría: o de cómo un punto de luz basta para espesar la oscuridad




Tamas / Satva / Rajas: las tres Gunas del hinduísmo. Tres cualidades que componen al Universo.

Tamas: la ignorancia / desea destruir al hombre / la inercia
Satva: la bondad contemplativa / el camino a la liberación / el equilibrio
Rajas: la ignorancia inerte / la pasión

O planteándolo de otra manera. A la manera de esta novela:

Tamas: es la conciencia del sofá
Satva: la luz, el peligro de la luz
Rajas: la locura / el eterno retorno a la orfandad universal


UNO

Termino de leer “Un rencor puro y perfecto” en uno de esos sofás para una persona. Tengo la cabeza en uno de sus brazos, y las piernas en el otro. Soy “La Piedad” de Miguel Ángel en su versión más doméstica y cotidiana. La conciencia del sofá es engañosa y envolvente. Puede ser un estado de resistencia: dicen que eso le pasó a Oblómov el personaje de Goncharov, el ruso de mediados del siglo XIX, que hizo del suyo una trinchera en la que el hombre y su voluntad se encuentran a salvo de cualquier acción, de cualquier toma de decisión. Si Bartleby, el escribiente de Melville, aparecido seis años antes en Estados Unidos hubiera tenido un sofá, seguramente también se habría atrincherado en él, y desde allí habrían escuchado su famoso estribillo, su mantra de resistencia: “Preferiría no hacerlo”.
La conciencia del sofá puede ser un modo de vida o una aceptación de la derrota. El primer caso es el del escritor Juan Carlos Onetti, en su versión: cama / botella / libreta / de espaldas al mundo / de cara a la pared / Ese estado en el que transcurrió los últimos años de su vida, encerrado en el apartamento de su exilio en Madrid. La aceptación de la derrota le corresponde al personaje de esta novela. Un hombre sin nombre que perdió su trabajo y a su mujer. Un ser racista, clasista, homofóbico, paranoico, que se excusa en la rabia. Un ser de acción, sí, pero solo mental. Un tuitero. De cuyo monólogo el lector irá descubriendo esa interacción pasiva que mantiene con un edificio que se yergue como otro ente enfermo, habitado por un vecino ruidoso, un millonario gay, un padrote y sus putas, una pareja en pugna constante, un suicida, una ninfómana, una vieja loca y su hija, una defensora de los derechos humanos y una pareja de recién casados con su bebé, decadentes en su llana normalidad. Un edificio situado en una ciudad igualmente enferma que pareciera ser el mal sueño de la conciencia del sofá, ese estado en el que, sin importar que se esté adentro o afuera, no hay posibilidad de estar a salvo.


DOS

Y después de todo, quizá lo peor que le podría pasar al personaje es la aparición de la luz, personificada en la figura del extranjero, del líder espiritual que generará en él un arrebato, un éxtasis al nivel de Santa Teresa de Jesús. El otro extremo de la abulia es la negación absoluta de lo que oprime, entonces ese rayo de luz en medio de la oscuridad más feroz, solamente la hará más profunda, inflamará el instinto y terminará por iluminar la abyección del personaje que tiene un tanto de Larsen, el padrote onettiano que tras ser desterrado, vuelve a la ciudad maldita para administrar heroicamente un astillero en ruinas. En su caso, él parece volver a la vida para administrar un edificio caótico y huérfano. El animal herido, enroscado en la conciencia del sofá ha sanado. Se ha despertado nuevamente en él su carácter depredador. La luz ilumina sus peores ángulos y los de los otros. Lo hace sentirse poderoso, superior, viril, y nos confirma que un derrotado con una pizca de poder se puede convertir en un ser peligroso.


TRES

El hombre es un animal que construye su humanidad a partir de un extenso bagaje metafísico. Sublimar, luego existir. De eso se trata. ¿Qué sucede, entonces, cuando todo se desvanece, cuando lo sublimado cae de su pedestal y se convierte en llano reflejo, cuando queda al descubierto la gran farsa, no del otro, la propia, la de los altares y asideros? Cuando se entrega la fe, tan voluble, se convierte en semilla de la rabia contra uno mismo, y luego, contra todo lo demás. La fe es el botón de la autodestrucción. Ella y el amor parecen ser los mayores asideros del ser humano: dos cortinas que vedan momentáneamente la visión directa de la muerte y el sinsentido, y que cuando caen o se pierden, hacen de la rabia un permanente aullido, y llevan a comprender que quizá el otro extremo de la depresión sea, realmente, la locura. “Un rencor puro y perfecto” es un poco todo eso. Es la documentación de los movimientos de la sombra y de cómo va alcanzando los niveles de los que solo se jactaba la luz. Todo narrado con la fluidez, la sencillez y el humor que evidencian el oficio, la constante relación con la palabra, que ha tenido Maurice Echeverría a lo largo de su trayectoria literaria, esa que abarca el periodismo cultural, la columna de opinión o el micro ensayo, la poesía, el cuento y la novela, géneros que ha difundido no solo a través de medios impresos, sino además a través de una decena de blogs y cuentas de tuiter. Un trabajo de creación, producción y difusión que lo coloca como un referente dentro de la generación que empezó a publicar, a hacerse visible, a partir de la apertura cultural de los años posteriores a la firma de la Paz. En este libro, Maurcie mantiene el formato de la novela breve o nouvelle con el que ya había experimentado en su novela ganadora del Premio “Luis de Lión”, “Labios”; un formato que caracterizó también a varios miembros de esa misma generación, como Byron Quiñónez y Javier Payeras. Y de esta manera nos regala un monólogo construido con fragmentos que van hilando la historia de un microcosmos caótico que, bajo el efecto de un “zoom out”, bien podríamos ver cómo se multiplica por mil y nos envuelve.


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