miércoles, 16 de diciembre de 2015

Un pueblo llamado Mal Paso


 Foto: agencia Focus

¿Cuánto dicen de nosotros los lugares en los que hemos sido felices? Hablo de esas pequeñas patrias mentales a las que pertenece una parte de nuestra esencia. Vamos y venimos de ellas en sueños diurnos y nocturnos. Son territorios que se van desvaneciendo. Solo en la memoria no tiene injerencia el tiempo que desgasta. Los llevamos encima como una marca que nos define, visible solo para los otros. El mío es una aldea de Río Hondo, Zacapa, ubicada en las inmediaciones del kilómetro 143 de la ruta al Atlántico. Unos metros adelante hay que orillarse, cruzar la ruta de apenas dos carriles en horizontal, tomar un camino que antes era de tierra y ahora es de asfalto rústico y andar así durante tres kilómetros. No hay una señal que anuncie que hemos llegado o cuál es el nombre del lugar. La gente que vive allí y lo conoce es la que sabe de esos límites imaginarios. Aquí empieza Mal Paso, quizá en esta recta, quizá después de aquella curva, o en la casa del tío tal, porque aquí todos son familia.

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