miércoles, 12 de octubre de 2016

Jack Kerouac o la sublimación como un oficio




A principios del siglo XX, el escritor estadounidense Ambroce Bierce, autor del Diccionario del diablo envió una carta en la que anunciaba que cruzaría la frontera mexicana. La leyenda dice que era para unirse al ejército de Pancho Villa en una especie de suicidio plani cado. Una manera de “superar la ancianidad,la enfermedad o la caída por las escaleras de una bodega”, una sutil forma de eutanasia. Y así fue como, sin más rastro, Bierce desapareció. Cuarenta años más tarde, fue en el Distrito Federal en donde otro escritor gringo, William Burroughs, nació definitivamente a la literatura, la noche en que murió su esposa mientras jugaban a hacer “la rutina Guillermo Tell”: un vaso en la cabeza y un tiro certero… si la cabeza hubiera sido el objetivo.
El titular del periódico mexicano La Nación decía al día siguiente: “Quiso demostrar su puntería y mató a su mujer. Crimen de un norteamericano durante escandalosa juerga”. A la casa en la que guardaba libertad condicional llegó en varias ocasiones Jack Kerouac, el máximo representante de la generación Beat, a quien había conocido, junto al poeta Allen Gingsberg, y más adelante junto a Neal Cassady, por mediación de una amiga en común. Con este último, Kerouac llegaría por primera vez a ese país, en un memorable viaje en automóvil del que escribiría con detalle en los 36 metros de papel corrido sobre el cual mecanografió En el camino su novela más conocida. México fue para Kerouac una ruta constante a lo largo de su vida, entró y salió durante varias ocasiones, vivió allí el terremoto del 57, y durante sus últimos años, llevó a su madre de visita. México fue, además, una ruta por la que continuó su intensa búsqueda vital y espiritual. Dos vías que se personi caron como re ejos del escritor: el primero, el de la búsqueda del ímpetu vital, el deseo de aventura y la fuerza en Neal Cassady, quien tenía todo lo que Kerouac sentía que le faltaba para escribir; y el segundo, el de la fragilidad, la constante relación con la muerte a través de la autodestrucción, y la espontánea búsqueda de la religión a través de Esperanza Villanueva, una prostituta mexicana a la que Kerouac amó, (con un amor muy parecido a la compasión que sentía por sí mismo, opina el estudioso de los Beat, Jorge García Robles) una yonqui a la que bautizó con el nombre de “Tristessa”, con quien recorrió las calles de un Distrito Federal salvaje y miserable, y luego nos lo contó.
A lo largo de la historia del arte y la literatura iberoamericana, México se ha convertido en un faro, en un buen puerto. Su tierra ha sido lugar de paso y de abrigo para miles de ciudadanos que llegaron en busca de asilo tras la persecución y el conflicto. Solo a principios del siglo XX, México recibió a más de 20 mil españoles que huían de la Guerra Civil. Y a lo largo de la Historia de Guatemala, se dio hacia allá una exportación de intelectuales y artistas propiciada por las dictaduras. En medio de esas rutas salvadoras, fueron los artistas estadounidenses quienes se dieron a la tarea de abrir una ruta más, la de la aventura, la exploración de lo exótico, lo espiritual, el margen y la decadencia. Kilómetros hacia el sur de su territorio, todo desplazamiento era descenso, uno personal y, muchas veces, definitivo para su propia leyenda.
“Estoy con Tristessa en un taxi, borracho, con una enorme botella de whisky Juárez que guardo en una de las bolsas de mi mochila ferrocarrilera que me acusaron de sacar de un tren en 1952… Heme aquí en la ciudad de México…”, dice Kerouac en las primeras líneas de la novela. Y conforme el relato va avanzando, uno sabe que se encuentra acompañando al antihéroe en esa aventura épica vital constituida por los ciclos de escritura en la azotea sin luz ni agua donde se instaló, las preguntas acerca de la existencia, las caminatas de madrugada por lo más sórdido de Ciudad de México, la búsqueda de drogas, la contemplación de la miseria y la sublimación siempre, momentáneamente, redentora, que ubicará su amor por Tristessa en un tiempo intermedio entre el ilusorio del Quijote por Dulcinea, allá en La Mancha, y el del encuentro caído de la gracia de Oliveira y la Clochard, bajo un puente del París de Rayuela. Un amor que no era otra cosa que un impulso salvador, ese que Jack Kerouac persiguió siempre para sí mismo a través del budismo, y que proyectó en Tristessa: ese reflejo femenino e irredento de su crisis personal. Una crisis que se agudizó años después, luego de la fama y el acoso mediático que surgió tras la publicación de En el camino y de la que dejó testimonio en Big Sur, esa crónica en la que un Kerouac de 38 años narra en 38 capítulos el abrazo y la pérdida de la calma, y la devastadora esperanza, siempre tan frágil e ilusoria como el amor de la suya, su Esperanza Villanueva.
La primera edición del libro apareció en 1960 con Avon Books, una editorial neoyorquina dedicada a la publicación de ediciones rústicas y baratas con temas de consumo popular: ciencia ficción, terror y literatura erótica. “Tristessa” fue publicado en la exacta mitad de su producción, esa veintena de libros que hablaban de su vida, su búsqueda y su lucha, escritos con el ritmo fluido, improvisado e intenso del jazz. Largos “solos” acelerados y matizados por una luz que aparece por ratos, los cuales constituirían su obra total. Esa que él deseaba agrupar como una sola, titulada La leyenda de Duluoz, así como Balzac quiso hacer alguna vez con los retratos de la sociedad francesa en su Comedia humana, o como Whitman, el gran sublimador del espíritu humano, hizo en sus Hojas de hierba. Jack Kerouac fue considerado “el rey de la generación Beat” la generación de los cansados, los abatidos, los beatíficos, los que se rebelaron contra el naciente materialismo en los Estados Unidos posteriores a la Segunda Guerra, entre cuyas obras más representativas está el poema Aullido de Allen Ginsberg, y El almuerzo desnudo de William Burroughs, dos libros que, además, le deben su nombre a Jack: el escritor que en una temporada oraba antes de escribir, el escritor que no podía responder las entrevistas debido a su embriaguez, el hipersensible y contradictorio Jack, el escritor bello y atormentado al que terminó por aterrar todo aquello que alguna vez maravilló, incluyendo la vida misma.

Publicado en Revista Contrapoder, el 5 de marzo de 2016