domingo, 30 de marzo de 2008

Telón



“Teatro es todo el mundo, en él los hombres y las mujeres son actores todos.”
William Shakespeare


Acto Primero/Escena primera


(La acción se desarrolla de noche en un cuarto pequeño, mal iluminado, con una sola ventana semiabierta. Sólo hay espacio libre para caminar con dificultad. Hay mucha ropa colgada al descubierto y amontonada sobre una cama. En una esquina está situado un escritorio en el que no cabe nada más, hay varios periódicos tirados en el suelo, al pie de una librera desordenada).
“Una mujer raya con ímpetu la página de un cuaderno y busca ruidosamente hasta encontrar otra hoja limpia. Está casi encorvada frente al escritorio donde hasta hace un momento parecía escribir. Ahora está inmóvil. Es evidente que el sueño ronda muy cerca, le acaricia los párpados, trata de meterse por su boca. Arrastra la silla hacia atrás y se levanta. Se pasea de la puerta al baño, se tira sobre la cama revuelta, se levanta y vuelve al escritorio. De fondo se escucha el sonido de unos pasos lentos que se arrastran hasta la escena y se detienen cuando se perciben más cerca de la puerta. Una voz que también viene de fuera advierte: -- Dijo que no iba a salir, que no le pasaran llamadas. Los pasos se alejan con la misma cadencia del principio. Regresa el movimiento. Escribe.”

Escena segunda

(Un lugar cualquiera: un café internet, un cuarto de estudio, una oficina).
“Un hombre -o una mujer- navega con desgano. Por momentos se detiene, se acerca un poco más a la pantalla y luego continúa. La curiosidad le obliga a hacer una pausa mayor, un nombre conocido, un link, un blog. Lee con curiosidad. Exhala una sonrisa acompañada de un breve sonido nasal – como si en alguna línea se hubiera visto retratado- y tras una breve pausa sigue avanzando. Luego, se levanta, desaparece.”

Escena tercera

(Un lugar cualquiera: una calle, un cuarto, una oficina, el interior de una casa, un almacén, un parque).
“Hombres y mujeres en constante actividad, aparentemente autónoma. Ríen, lloran, trabajan, luchan, aman, juegan, sufren. Los diálogos se entremezclan, todo parece incomprensible. En algún lugar hay un director invisible que va hilando cada trama individual. El drama se desarrolla, sin un tiempo estipulado, de manera pendular entre tragedia y comedia. El final llega cuando la muerte cierra el telón”.

domingo, 23 de marzo de 2008

Conversaciones sobre el Zoológico de Xela


Vuelvo al tema del Zoológico Minerva luego de que me fueran remitidos varios correos a través de la dirección del periódico La Noticia de Xela, en los que se exige la moderación e incluso la supresión de mis comentarios, respecto al asunto, calificados, además, de abusivos, irrespetuosos, incultos, poco profesionales e irresponsables.
Que SÍ ha habido mejoras en el lugar, indican: mobiliario de oficina, adoquinamiento del parqueo, señalización, clínica veterinaria, cuarentena, especies exóticas nuevas, mejoras dentro de las jaulas, que incluyen vegetación, calefacción para los reptiles, y un rotulo de bienvenida en la entrada.
Que el traslado hacia la Aurora que propongo no es funcional por la contaminación ambiental que provoca su cercanía con el aeropuerto. Que mejor no escriba.
Que todos los esfuerzos por salvar el parque han sido alternativos, que la ayuda municipal es nula. Que los hijos y los nietos merecen un lugar de entretenimiento en donde conocer otras especies naturales.
Que el Zoológico Minerva, además de ser un centro educativo, es una fuente de investigación para los estudiantes universitarios. Que criticar es ponerme del lado de las autoridades municipales que no se unen a los esfuerzos particulares.
Y, por último, una señora pregunta indignada ¿qué es eso de “cagadas” dentro de una columna periodística?
Por mi parte. Insisto. Me parece genial que con los años se haya concretado esfuerzos para mejorar materialmente el lugar, y no me extraña que se trate de logros no gubernamentales. Es así como surgen las mejores propuestas, y se desarrollan los grandes proyectos. El punto es que hay que aprender a reconocer las limitaciones. Y si esta lucha aún no ha sido suficiente para llegar más allá de lo material y otorgar una mejor situación para los animales, lo más acertado es reformar, en tanto se alcanzan los grandes objetivos.
Traer más especies exóticas no es una mejora, es un sinsentido, equivalente al que tuvo el alcalde Barrientos cuando, ante la trágica muerte del león, gestionó la venida de dos jaguares. ¿Quién dijo que una ciudad del tercer mundo, que no alcanza a cubrir las necesidades básicas de sus habitantes, pueda tener la capacidad de mantener un parque zoológico?
Hay que tomar en cuenta que la clínica veterinaria que tanto costó adquirir fue derribada con la construcción de los locales comerciales, y que las jaulas estrechas, decoradas con pedazos de troncos o macetas marchitas con colas de quetzal, no son las óptimas para los animales, no digamos el hecho de que el parque haya quedado, con los años, en el centro del movimiento comercial, y de la contaminación ambiental que esto implica.
El traslado a la Aurora tampoco es lo más apropiado, es cierto. Empezando porque el único lugar que de verdad le correspondería a los animales sería su mundo verde, lejos de la ciudad, como diría Alux Nahual. Más aún en esta Era en la que ya no es necesario entretenerse viendo animales enjaulados cuando existe el Internet y el Discovery Channel.
Espero que todos estos aspectos surjan algún día dentro de las investigaciones que realizan los universitarios. Y que la indignación que produce ver dentro de una columna una palabra mal sonante, avalada por la Real Academia Española, surja también ante la situación que viven los animales, y ante los hechos que se dan a diario en la sociedad guatemalteca. Porque tenía razón el filósofo alemán, Arthur Schopenhauer cuando dijo que “el hombre debe sentir compasión ante el sufrimiento del animal, a fin de ejercitarse en la compasión hacia sus semejantes”.
Pedir silencio, que no se escriba, que no se critique es la mejor salida que buscan las sociedades acostumbradas a callar, a tachar de erróneas y absurdas aquellas ideas que simplemente no coinciden con las propias, a pensar que solo existe el blanco o el negro, dos bandos nada más, y no abren los ojos a terceras opciones, a otros caminos a los que es posible llegar a través del diálogo y la diversidad de propuestas. Yo voto por la reforma del parque; por salvar el área verde, pero trasladar a los animales no aptos para el espacio ni el clima, es decir a la mayoría, hacia un lugar mejor. Quizá con el tiempo y los esfuerzos sea posible invitarlos de vuelta, pero a un lugar apropiado.

domingo, 16 de marzo de 2008

De terror y reconciliaciones


Después de una larga ausencia obligada por el trabajo, los últimos esfuerzos universitarios, y la pobreza de las carteleras, volví a las salas de cine, a la peregrinación contrarreloj para llegar a tiempo, a la angustia de dar un paso en el vacío dentro de la oscuridad de la sala.
Es viernes en la tarde. El objetivo: el orfanato. Una película española de Juan Antonio Bayona.
El espacio, bastante concurrido, amenazaba con una función exasperante: con ruido de masticadas salvajes, sorbos angustiosos en vasos vacíos, crujido de bolsas de papel, amenas pláticas de esquina/película de fondo, y ringtones de reggaeton en cada silencio.
Nada de eso. Silencio total. Una que otra risita nerviosa al final de cada ataque de suspenso. Quizá, el mejor medidor de una película fenomenal.
El orfanato es la historia de una mujer que vuelve a la casa donde creció, y de donde fue adoptada, para crear un centro de cuidado para niños con discapacidades. Allí inicia una búsqueda exhaustiva que la lleva a explorar un universo apenas perceptible, y a enfrentarse con el inquietante mundo que se intuye más allá de los sentidos.
Lo sobrenatural siempre causa fascinación. Esa leve angustia ante la inminencia del gran misterio que abre otras posibilidades cuando se traspasa la puerta de la vida. Los mitos que surgen cuando vemos que la existencia es repetición, cerrar círculos.
Excelente historia de Sergio G. Sánchez, guionista asturiano. Genial manejo del suspenso, el terror y de la música. Toda una cátedra de metafísica para los gringos que necesitan recurrir a la sangre para generar el miedo. Muy buenas actuaciones. Incluida la de Edgar Vivar –mejor conocido en el bajo mundo como “el señor barriga”-. Y un bello manejo de la fotografía: ángulos, movimientos y color.
No pude experimentar una mejor reconciliación con el cine. Cinco poporopos.

martes, 11 de marzo de 2008

Silencio, por favor


“... Es que colecciono un tipo especial de recortes. -- ¿Qué tipo de recortes? – preguntó Humkoke. -- Silencios – dijo Murke --, colecciono silencios.” Heinrich Böll

El doctor Murke era un hombre normal, tenía un título, un trabajo, una extraña necesidad de adquirir pequeñas dosis de angustia y una curiosa ocupación: la búsqueda de silencios.
Harto del estruendo de la banalidad, Murke, editor cultural de una emisora, optó por dedicarse a la tarea de guardar dentro de una pequeña caja los silencios absolutos, los suspiros y los momentos vacíos de inspiración que sufrían los profesionales.
El material en su poder era cuidadosamente unido y echado a andar, durante las noches, en la soledad de su cuarto, con el fin de regalarse unos minutos de verdadero silencio.
Este fascinante personaje creado por el Nobel alemán de Literatura de 1972, Heinrich Böll, se mueve dentro de una atmósfera irónica, sarcástica que le hace ver al lector la importancia del silencio como necesidad y como derecho.
Y es que entre el palabrerío y barullo del entorno es fácil perder la lucidez. Lo veo constantemente aquí, en la Capital, en el centro del caos, donde se concentran las posibilidades y el horror. Donde como el doctor Murke tomo a diario mi ración de angustia y busco el silencio, pero en vano.
Emigrante: me muevo, respiro, transpiro, me agito, no soy una ciudadana más, soy sobreviviente. Las horas que transcurren entre partir y volver al mismo punto forman parte de una hazaña suicida cotidiana. La muerte acecha en las esquinas, dentro de los buses, entre la masa y en soledad.
Camino: rugen las avenidas, chillan las bocinas rabiosas y los timbres insistentes de los teléfonos; las voces se esfuerzan por pregonar su trivialidad.
Me encierro: llega hasta mis oídos el eco puntual de la decadencia que transmiten los noticieros, los discursos de la televisión y sus sandeces. Zumba la radio al contacto de manos autómatas, quiebra mi espacio el estruendo de risas necias. Espero.
Se extingue la luz: queda el reloj y su eterna caminata, el galope de mi sangre en las sienes y el pecho, el arrastre vacilante de un lápiz, el crujido del papel.
Me habla el espejo, me grita la conciencia, murmuran insistentes las voces de los años muertos. El silencio no llega, no lo encuentro, no existe.

viernes, 7 de marzo de 2008

miércoles, 5 de marzo de 2008

Del zoológico y otras bestias


El zoológico Minerva es uno de esos lugares que se han quedado paralizados en el tiempo, como muchas otras cosas en Xela: una ciudad que, hoy, está muy lejos de ser lo que fue.
Intentar llegar es una odisea. Hay que navegar con la lentitud del tráfico a lo largo de una de las rutas más transitadas de la ciudad. Esquivar decenas de transeúntes en el mercado de la Terminal, y estudiantes en el Cunoc, hasta acercarse al punto central de la actividad comercial del Suroccidente, al ombligo del caos, y aparcar.
Un policía municipal nos detiene. Hay que pagar Q5 por parqueo. Se mete el billete a la bolsa: ni una constancia, ni un recibo.
Entro y regreso varios años. El lugar no ha cambiado. La misma entrada, las mismas instalaciones - con excepción de la casita en medio de la jaula de los monos a donde se entraba para verlos de cerca, esquivar cagadas y aguantar olores-, el mismo descuido, el mismo panorama desolador. Para un ciudadano sensible la visita es un medidor de humanidad, de compasión.
Allí sigue la poza verde en donde se reproducen, entre peces muertos, otros peces y zancudos; la jaula donde toman el sol unos micos flacos y roñosos; así como las jaulas húmedas y estrechas en donde sobreviven otros animales y pájaros en exhibición. Curiosamente, a este lugar llegan, diariamente, niños y grandes para divertirse. Correr por las áreas verdes, respirar ingenuamente el aire de esa “burbujita libre de contaminación”, observar otra miseria, escaparse de las clases, jugar pelota, entregarse a instintos animales, sobre la hierba, en un ambiente natural o llamar la atención de los animales con piedras, ramas y ruidos.
Hoy el zoológico de Xela es protagonista de primeras planas. Y no precisamente por la decadencia y el descuido - eso no toca intereses personales ni políticos - sino por la polémica construcción de locales comerciales en el área verde que da hacia el mercado La Terminal.
Surgen protestas, revive la conciencia ecologista que se creía podrida y enterrada, y aparecen las propuestas y los desvaríos.
Conap advirtió recientemente acerca del daño que están sufriendo los animales en las instalaciones y propuso el traslado. Ante esto, el argumento de una representante del patronato del zoológico fue que “sería injusto deshacer lo que construyeron los abuelos”. ¡Cuándo no la tradición entorpeciendo las cosas en Xela!
Increíble la ceguera ante el hecho de que el tiempo, las circunstancias comerciales, y la manera de entretenerse cambian; y de que hay grandes ideas que caducan con los años.
Proponer que cierren el parque en una sociedad que se alimenta con el morbo y la desgracia ajena es inconcebible; proponer que lo trasladen –al cerro del Baúl, según dicen- es mandar el problema más lejos para que nos afecte menos y para que lo olvidemos con más facilidad. Hay que reformar.
Que envíen a los animales que no pertenecen a nuestro hábitat hacia Xetulul, al Auto Safari o a la Aurora, donde quizá estén mejor. Y que se queden únicamente los animales domésticos, de granja, de la región. Esto permitirá darles más espacio, mejor alimentación y cuidado; y hará que el zoológico se convierta en un espacio educativo más humano.

sábado, 1 de marzo de 2008