domingo, 25 de mayo de 2014

Poetas astronautas: una genealogía cuyo árbol tiene ramas que se enraízan en el vacío y florecen





Y como dijera el Rey, con gravedad, comencemos por el comienzo, y esa génesis será para nosotros la infancia, no la Nada. A la Nada nos enfrentaremos desde ese punto de vulnerabilidad, desde el núcleo mismo en donde somos ante todo curiosidad y asombro, esas dos virtudes que se van dejando apagar porque hay que crecer, amoldar el cuerpo a la realidad, estirarse hasta donde dejan los muros de la rutina, ver hasta donde la miopía permita, rehusarse a recordar los sueños cuando se abren los ojos.
Este es el punto primigenio de la poesía de Carmen Lucía Alvarado. En Imagen y semejanza, su primer libro, publicado por Editorial Cultura, desde la voz de la niña que le pregunta a su padre de qué tamaño es el cielo y se enfrenta por primera vez al infinito. Y en Poetas astronautas, que apareció bajo el sello de Catafixia editorial, a partir de una cita de El principito ese personaje que viaja desde su planeta lejano y llega a la Tierra con el asombro del visitante para preguntar, porque quiere comprenderlo todo con esa inocencia del niño, que es también la del poeta.
De la reafirmación de ese estado en el que reinan los “por qué” surge esta enorme y bella parábola del Creador, del artista, en la que participan tres voces: la del demiurgo, la de sus criaturas, y la de una conciencia que ve cómo se mueven, cómo interactúan, y nos va hilando la narración poética que empieza con Imagen y Semejanza, y continúa -y quizá no culmina- con Poetas astronautas.

El creador, las criaturas y sus creaciones

En el principio fue la Nada, la soledad y la angustia. El creador en busca de su reflejo sobre la bastedad de las aguas, que también son el cielo.
Él, que desde la Nada ve su imagen multiplicada, tendrá, también, multiplicados los nombres. El otro, se llamará Hombre, y habrá heredado del primero la soledad, a pesar de estar entre tantos; las preguntas, que fueron la primera madre; la angustia, el llanto, la costumbre de imaginar cosas sobre la faz de la Nada, la manía de ser creador, de arrancarse sus criaturas del pecho y lanzarlas, abandonarlas a su existencia; tras ese hábito de desdoblarse y ser un navegante entre la realidad y ficción, la duda y la certeza, el todo y las posibilidades.
El drama de este descubrimiento se lleva a cabo a través de un intercambio de voces entre creador y criaturas, moderadas por la voz de una especie de conciencia ajena que va hilando la narración poética del descubrimiento de la imagen y semejanza entre ellos, que bien podría ser la de un hombre frente al espejo, la de un dios frente al espejo. La de los seres que descubren que heredaron la angustia, el miedo y el vacío, y que no les queda más que agarrar sus preguntas y marcharse, infinitamente huérfanos, a buscar cobijo en la imaginación, a ser nómadas de las estrellas aunque estén enraizados en un solo lugar, a ser transcriptores de su clarividencia.

Los navegantes de los astros

Esa misma voz de la conciencia que narra en Imagen y semejanza toma un papel protagónico en la bitácora de los Poetas Astronautas. Pareciera ser ella misma la que nos habla de ellos, de sus viajes astrales, de su miseria y redención.
“Todos los poetas quisieron ser astronautas primero”, dice Alvarado, y de esta manera vamos de nuevo directo a la infancia, a la imagen del niño que se acuesta en el suelo y mira hacia el cielo nocturno, le lanza preguntas como piedrecitas que no hacen ruido porque nunca dejan de caer. El niño, el poeta que mira hacia ese mar negro que no refleja su rostro, pero sí su vacío, su angustia, su miedo. El niño, el poeta que siente el vértigo de no caer, de sentirse enraizado aunque pueda volar. El que encuentra en esa inmensidad el espacio suficiente para salir a jugar, el espacio que nadie ha reclamado como propio y por lo tanto le pertenece a él que es miembro de una raza de animales ciegos a los que les vibra la nostalgia cuando levantan la mirada e intuyen en esa ruta del vacío un camino de vuelta.
Entonces echan mano de sus posibilidades de navegar entre esos dos mundos y emprenden el viaje, se convierten en nómadas luminosos aunque sigan de pie en el mismo lugar, aunque podamos verlos a los ojos.
Seres que apenas se detienen con delgados hilos de la realidad, seres para los que el cuerpo es tan solo el punto del despegue, el faro que indicará el lugar del aterrizaje. Seres condenados a imaginar para sobrevivir, que se mueven de pregunta en pregunta, que las lanzan como piedras que no hacen ruido porque no dejan de caer al fondo de sí mismos en donde se gesta un engendro infeccioso que tiene su propio rostro. Pequeñas criaturas a su imagen y semejanza, finamente esculpidas con el cincel de la angustia y el miedo.
La historia, pues, se vuelve a repetir. El creador de nuevo se arranca una parte suya, la toma entre sus brazos, la arrulla y la suelta para que dé testimonio de él cuando ya no esté, para que infecte al mundo cuando él se haya marchado, así como el creador primigenio que en este libro parece hacer una presencia tímida y discreta, como el del testigo que ve su obra a escala, como el que ve a su reflejo temblando en el agua, jugando a ser como él, y le susurra como si hablara para sí mismo:
“Teme, poeta astronauta, porque solo el miedo rasgará las paredes internas de tus mundos, solo el miedo hará girar a los planetas lejanos en los que tu angustia brilla como una lágrima de la noche”.

Parábola, mito, genealogía…

Estamos, entonces, frente a la segunda parte de esta parábola, de este mito acerca del creador, del artista y sus criaturas. Una genealogía llena de imágenes, de pequeñas visiones que podrá descubrir el lector que no tiene prisa, que se quiere detener para ser testigo de una experiencia onírica sin cerrar los ojos, que es una de las características de la poesía de Carmen Lucía Alvarado. Una poesía ante todo inteligente porque está armada de imágenes que cuestionan, que reinventan, que acuerpan una idea universal, existencial: la de la imagen y semejanza de la inmensa soledad que crea a otras soledades, o viceversa. La de la imagen y semejanza del hombre que crea a otro ser similar a él pero con palabras, o viceversa.