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miércoles, 28 de julio de 2010

Filgua: apuntes en las noches de los días duros


Día 1

Llevo diez horas en el stand, con breves salidas para almorzar y para ir al baño. Cobro. Abro el talonario. La pregunta es automática: a nombre de quién: Cárlos Mérida, dice el primero; Rubén Darío, el siguiente; Enrique Juárez, el otro; y Miguel Ángel algo, el último.  Eso solo pasa en dos lugares: en las ferias del libro y en el infierno.


Día 2

“Pase adelante, los libros no muerden”, dice mi jefe, sentado a mi lado. Yo sonrío mientras siento debajo de mi pierna los cuentos de Rubem Fonseca que compré durante mi hora de almuerzo. Claro que no muerden –pienso- : los libros patean al pecho.


Día 3

La mujer se acerca y pregunta: ¿tienen libros de pedagogía crítica?… No –respondo- aquí solo trabajamos con literatura guatemalteca. Pocos minutos después la misma mujer se acerca y pregunta: ¿tienen libros de pedagogía crítica? Sólo muevo la cabeza: dejavú.


Día 4

¿Por qué hacen dos facturas? -pregunta el cliente con desconfianza-: no son facturas, el Estado no factura. Este –le digo mientras levanto el papel- el de la contraloría, es el que le sirve de manera contable, el otro solo es un detalle. El hombre sonríe, complacido, casi coqueto, le gustan los detalles.


Día 5

Hola, Vania, te presento a Vania / mucho gusto - decimos las dos al mismo tiempo- Vania / y a partir de ese momento cargo una leve confusión.


Día 6

Los existencialistas:




Día 7

El salón de las banderas está lleno. Es la entrega del Premio Nacional: el ministro le impone la medalla al escritor, la viceministra le entrega el diploma. Ahora - dice el entacuchado presentador- vamos a escuchar el discurso del Premio Nobel de Literatura. El escritor sonríe.


Día 8

Allí viene otra vez. Es un niño precioso. Le brillan los ojos. El pelo en desorden. Se mueve por el lugar como si le perteneciera. Como si nada le importara tanto porque todo le importa al mismo tiempo. Hay en él, como en los otros, una crueldad innata. La siento cuando me mira de reojo y no deja de sonreír. No ha de tener más de veinte años, y sabe que lo he estado observando.


Día 9


Día 10



miércoles, 17 de marzo de 2010

Ida y vuelta

Quién dice que no viaja rápido el sonido/ Cinco minutos de bossa nova son suficientes para atravesar la puerta hacia la noche/ las luces dispersas/ los aviones y la humedad/ Desconocer de pronto la ciudad y cambiarle de nombre/ ubicarla en el punto más lejano y /una vez fuera de vista/ perdida para siempre/ llenarse de nostalgia/ por no poder alcanzarla al abrir los ojos

martes, 27 de octubre de 2009

Octubre




La revolución todavía tiene sentido cuando no se han cumplido 20 años y se puede escuchar hablar de ella hasta la madrugada, mientras se cierra la edición del único periódico de una ciudad pequeña y se cree que al otro día eso habrá significado algún cambio.
A esa edad, Árbenz es un descubrimiento; Cuba, un destino obligado; y la poesía: Castillo y Obregón.
Aún no se sabe que tener un hijo puede ser una mala noticia que nada tiene que ver con la consciencia social ni se conocen las otras connotaciones de traición, búsqueda del bien individual y deserción.
A los 20 años aún se puede creer que el fracaso de la Revolución es el culpable de que este sea un mal país, y se está a un paso de descubrir al prójimo, descubrirse a sí mismo, y darse cuenta de que se puede estar totalmente equivocado.

domingo, 14 de septiembre de 2008

La revancha


Los motores, las bocinas, el tráfico, la onomatopeya de la violencia. (Pasá hijodeputa) Golpear el timón con el puño hasta que tope, hasta que afuera el grito se distorsione, intimide a la llave de chuchos, a la escuadra hipotética. El acelerador a fondo, la mueca de la neurosis.
Dos pasos y de vuelta a la banqueta. Patrullas motorizadas, cuatro, cinco camionetas que amenazan con que no se van a detener. Mejor no moverse, mejor no mirarlos de frente (pobre Sas Rompiche), no hay que intentar ver más allá de los vidrios a la mitad por donde se asoma el cañón, el traje negro, el auricular, el bigote espeso de la guardia presidencial que en el mes de la Patria anda de arriba para abajo.
Del otro lado de la calle, esquivar, aguantar la respiración, decir no, a secas, no disminuir el paso, no cederle espacio a la mujer que va arrinconando a la gente en la esquina, jalando profundo con el puño en la boca, riéndose, burlona, del miedo que respiran.
Hay que largarse, buscar un lugar seguro. (Dos varas, dos le vale) Dejar que los otros empujen, se atraviesen. El peor castigo es tener que estar juntos después de todo, tener que sentirse, rozarse, olerse durante el tiempo que dure de trayecto diario, toda una experiencia colectiva que hermana, por un momento, todos una sola masa humana que expele cansancio, hartazgo ante la repetición, la falta de aire, las amenazas del predicador ambulante o el vendedor que grita, que advierte que no miren hacia la ventana, que no lo ignoren, que agradezcan que esta vez vino a vender. Somos cifras potenciales en el contador diario de los noticieros que nos tenemos que tragar para medir nuestra fortuna.
Es tormentoso septiembre, demasiado húmedo, demasiado incómodo. Perfecto para las celebraciones nacionales de un país en el que la Independencia fue el negocio de un grupito.
Lodo, basura, banderas, alboroto. Bandas marciales tocando cumbias, avanzando en pelotones con paso de marimba orquesta, puro convite de chafas, celebración de las batallas perdidas.
Qué ganas de apagarlo todo con el botoncito rojo del control, darle click a la ventana y cerrar, echar agua, que resulte algo bueno de este experimento en el que no se pueden cerrar los ojos.
Hay una niña del otro lado de la pared que no deja de llorar, hay una mujer que no deja de gritar. Estamos contagiados. Hoy no me hagan salir de la cama.

lunes, 1 de septiembre de 2008

La vocación de marcharse


Para la Chiva, a minha irmã

De eso se trata, de resetear la vida sin acariciar el fin. Resucitar gatunamente de las muertes cotidianas, ante el asombro, la desaprobación o el guiño, y respirar profundo. Cambiar de piel, de ciudad, de apellido. Saltar, con los ojos bien abiertos. Tener la certeza de que siempre debe haber otro lugar, otra suerte, otra manera, y que la vida puede ser otra cosa.
Irse también requiere de vocación. Valor para obedecer el llamado. Entender, como Pavese, que lo importante de tener una casa, un pueblo, un país, es tener un lugar de donde largarse.
Hay que emigrar. Cortar lazos, ombligos, cadenas, no voltear. Disfrutar de ser extraños y de que ignoren los nombres, las historias, los motivos. Saborear la oportunidad de reinventarnos. Y sentirnos afortunados de guardar, siempre, bajo la manga, un “allá” como posibilidad, un archivo mental para recurrir a él cuando nos apriete el cuello la nostalgia.
La distancia, al fin y al cabo, es saludable. Regala una visión panorámica del primer escalón, activa el sentido de pertenencia y así, lejos de todo, de todos, nos acerca más a la comprensión de nosotros mismos, de lo que se quedó.
Hace bien sentirse turista, vivir de paso, ser un recién llegado, un observador despierto ante la pérdida del asombro que provoca la rutina.
Hay que salir a caminar, perderse un par de horas, bautizar algún lugar como “casa”, marcar nuevos territorios, acariciarlos sin echar raíces. Comparar. Disfrutar las diferencias. Alimentar las ganas de volver –por qué no- aunque sea solo para visitar a los que no hemos encontrado la fuerza suficiente para levantar el ancla.
Se lo digo ahora que ya le dije adiós, que ya no me abruman la pared pintada a medias, los cuartos semivacíos, el eco que llena las casas que se están quedando solas, las maletas en el suelo ni las cajas llenas con las cosas que no se van.
Lo hago hora, sin reír con torpeza, sin hacer preguntas tontas para llenar el silencio. Desde aquí, desde donde no es tan fácil que se quiebren las palabras.


La imagen es del maestro Chema Madoz

miércoles, 6 de agosto de 2008

Días de feria


Para Karmasay


Forward… Play…la comitiva que acompaña al vicepresidente se detiene frente al stand. Él observa las bandejas con libros, saluda al director. La toma estaría perfecta si las mujeres que están detrás del mandatario dejaran de buscar las esquinas, de intentar quedar fuera del encuadre, no hay manera de anularlas. Parecen animalitos acorralados, tienen cara de pena, terminan cagándose de la risa… imposible. Forward…

Ocurren muchas cosas cuando alguien que quiere ser escritor es comisionado para vender libros. Asunto peligroso. Por un lado, el paraíso momentáneo tras el cual viene la fiscalización y el exilio. Por otro lado, el infierno, una especie de castigo, de ajuste de cuentas, de prueba de resistencia, quizá resultado de las malas cuartillas. Es grave pasar casi doce horas, durante diez días, arrinconado en un espacio en el que apenas pueden moverse tres personas y a donde cada cierto tiempo caen seis, ocho individuos. Luego, dedicarse a responder, cobrar, apuntar, intuir que debajo del suéter de ese que a pocos pasos nos da la espalda se está escabullendo un libro, mal libro quizá, pero puesto a su alcance por el azar: trofeo, al fin de cuentas, de las pequeñas hazañas cotidianas que nos inventamos.
Alguien insiste en que hay que ofrecer, hablar de los libros con los clientes potenciales, como si no supiera que no hay peor cosa para el lector que le pregunten qué quiere, que lo interrumpan. Un lector no sabe qué busca, un lector encuentra, y ese momento es sagrado.
Durante diez días la socialización me alcanzó, me pasó la factura: tuve que sonreír, conversar, comentar, tomar y tomar agua para no sentir la boca seca, para tragarme los gritos que logré contener, para ayudarme a digerir el cambio de dieta: hamburguesas con chimichurri, pizza, nachos, palicrepas dulces y saldas, churros, café ralo, y esos tacos que previo al eructo dejan los dedos brillantes.
Me perdí la mayoría de las buenas actividades, por no decir todas. Tuve la oportunidad de ver a Monsiváis, incluso de saludarlo, de no ser porque una señora tenía prisa y quería su factura ya.
Me encontré y reencontré con varios escritores, vi a una niña haciendo berrinche porque quería un libro, sentí cómo subían mis niveles de neurosis, le grité al contador, no cuadré y tuve que poner cien pesos, leí el Megadroide de Julio Calvo y me maté de la risa, alucinamos grandes batallas mentales entre Vaniadroide y Karmasay, le di la razón a Pellecer cuando en medio de una molotera me dijo: “Ya vio que sí se lee en guate”, aunque al mismo tiempo pensé que con toda esa gente no se arma un bus urbano, se vería demasiado extraño, irreal.
Ahora empieza el Festival del Centro Histórico y por si fuera poco hay que armar de nuevo el changarro en la Plaza de la Constitución. A estas alturas tengo miedo de mí.

miércoles, 23 de julio de 2008

Sociedades paralelas


Afuera, siempre el mismo ejercicio. Trasladarse, mentalmente, en medio del ruido de la ciudad, hacia el espacio que se esconde detrás de cualquier ventana y escuchar el mismo rugido de la avenida en una nota más baja, más sorda. Allí, tratar de imaginar el interior estrecho, buscar la ventana desde adentro para asomarme y verme pasar pensando que lo que veo desde afuera es mi reflejo.
En medio de mucha gente el juego se da de manera involuntaria. Me convierto en animal sin cueva y huyo hacia adentro de mí misma, evado las miradas, el menor acercamiento.
Soy aficionada al encierro, al silencio, a la soledad. Por eso me gustan los libros y los gatos. Ambos han estado cerca la mayor parte de mi vida, cerca, pero indiferentes a mi presencia. Unos, bellos en conjunto pero completos individualmente; otros, bellos en su soledad, en la libertad que les regala una vida sin manada.
Amigas… puedo contarlas con los dedos de la mano izquierda y tomar al mismo tiempo mi taza con café.
Los conocidos cercanos son un poco más. Puedo enumerar, sin esfuerzo, aquellos con quienes me detendría un momento para platicar, a quienes no evadiría, en un encuentro fortuito, para no saludar.
Soy de las personas que utilizan los libros como trinchera para evitar conversaciones, de quienes evitan los grupos de más de tres personas, de los que sudan cuando perciben que su silencio es incomodo y no tienen nada que decir, de los que huyen de los diálogos hasta en los relatos que escriben, soy, en fin, antisocial.
Aún así, la tecnología ha propiciado una convivencia virtual dentro de otras sociedades que respetan mi silencio, a las que me puedo acercar por curiosidad y salir ilesa. En una se supone que tengo 151 amigos –he visto gente que tiene más de mil- y en otra, dialogo parcamente con media docena más a quienes nunca he visto y de quienes a penas conozco sus nombres o ni siquiera eso.
De vez en cuando tengo noticias de la Filistea o me acerco para ver cómo va su nostalgia de exiliada. Con ella llegó la Prosódica, con quien siempre he compartido abrazos cariñosos en cada comentario. O Petoulqui y Luisfergua a quienes he visto en fotografías, pero no sé qué hacen, además de narrar periódicamente sus aventuras o sus disquisiciones filosóficas. Lo mismo me pasa con Oswaldo, quien también prefiere hablar con las huellas digitales, o con Prado que, últimamente, también se va sin despedirse.
Todos, en fin, bloggers con los que me encantaría toparme algún día, solo para evitar traspasar ese punto en que prefiera encerrarme por completo, trabajar desde casa, mudarme a esa sociedad en la que domino mi relación con el prójimo, decido lo que quiero “escuchar”, puedo meditar sin prisa lo que quiero decir, qué sé yo, topármelos, simplemente, para confirmar que no llegó tarde la etapa de las relaciones con personajes imaginarios.

lunes, 7 de julio de 2008

Asalariada


Suena el reloj, todavía está oscuro. Hoy sí me acuesto temprano, piensa, mientras con un ojo aún cerrado se encamina hacia el baño para iniciar el ritual repetitivo al que la obliga el mundo laboral. Un par de horas más tarde se abre camino como puede en medio de las filas de los que van de pie y recrea mentalmente los traslados a los campos de concentración, los reclutamientos del servicio militar o la transportación de ganado vacuno por la carretera al Atlántico. A esa hora de la mañana hay en el ambiente una mezcla de olor a colchón, talco barato y champú. Las ventanas están selladas. El capitalino le tiene una extraña fobia al aire fresco. Le gusta acalorarse, olerse, ha de ser una manera de sentirse protegido. Silencio. La mayoría de los que van sentados aún duermen. La mochila que lleva colgada de un solo brazo se aleja varios centímetros de su cuerpo en diferentes direcciones. Imagina los trastos con su almuerzo totalmente boca abajo, y solo espera que nada se salga ni moje el libro que en vano carga adentro. Imposible leer en el bus, imposible leer al medio día, imposible leer de regreso luego de quemarse las retinas durante ocho horas frente a un ordenador. Frunce el ceño. Uno de los espejos del frente le devuelve una imagen distorsionada por la velocidad y los brincos. Otro bus se apea, el panorama es el mismo. Por la ruta hay buses que esperan en fila, buses que pelean pasaje, buses que se rebalsan, buses que parece que van a voltearse. Pone un pie en la acera, tiene suerte de que el chofer le deje bajar el otro pie. Empieza una nueva carrera: diez minutos a paso rápido para llegar a la oficina. Es necesario llegar temprano. Corre. Y esa angustia está íntimamente conectada con la que tiene por salir temprano. Unos minutos tarde significan tiempo de reposición al final de la jornada. Hay que correr. Ocho horas son suficientes para aplanar más las nalgas, forzar de más los ojos, hacer malabarismos y forzar la sonrisa ante las arbitrariedades superiores. Sonreír, es parte de la técnica del equilibrista, ese que diariamente camina cuidadosamente por la cuerda floja para llegar intacto al otro mes. El alambre suspendido a media altura se llama contrato y provoca una ansiedad similar a la que reposa en el fondo de la vida, no se sabe cuándo se va a acabar. Cualquier día dicen simplemente ya no y se terminó, punto. Mientras eso sucede la historia se repite, exacta, todos los días. Mañana tal vez ella logre apagar el despertador cinco minutos antes de que suene. Hoy sí me acuesto temprano, pensará, mientras con un ojo aún cerrado se encamine hacia el baño para reiniciar el ritual del mundo laboral.

lunes, 23 de junio de 2008

Del Astillero de Onetti y otros pretextos para abrir los ojos


Un cuarto estrecho, silencioso. En el centro, un hombre –recostado sobre su codo derecho- medita, inventa un mundo, a un hombre, como él, que a su vez medita, inventa una ciudad con nombre propio y gente a su semejanza; quienes a su vez, se pasan la vida creando paraísos mentales, tablas salvadoras dentro de un remolino de tiempo, de sinsentido; imaginando que existe otro lugar, otra época, otra suerte. Ángeles caídos que juegan a ser creadores, a justificar su existencia multiplicando su imperfección.
Uno de ellos es el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, quien este primero de julio estaría cumpliendo 99 años, demiurgo de uno de los universos literarios más fascinantes de la Literatura latinoamericana: Santa María, esa ciudad maldita inventada por su personaje, Juan María Brausen, como un lugar perfecto para escapar, y de donde, unos libros más tarde sería desterrado Larsen -otro de sus personajes- quien, cinco años más tarde, volverá para pasar allí los últimos días de su vida, entregado a la tarea inútil de administrar un astillero en ruinas, consciente de la necesidad de proteger esa farsa personal con el fin de sobrevivir.
El lector atento, un día, descubre su reflejo, y se da cuenta de que es uno más de los que ese día se levantó de la cama con ganas de vivir, de olvidar, de volver a empezar. Abre la puerta y se lanza al mundo que desde siempre lo ha esperado afuera, indiferente, y se deja llevar por esa extraña manía de parir entusiasmos fugaces, nombrar paraísos pasajeros, inventarse un sentido: llámesele amor, familia, trabajo, en fin, cualquier cosa que lo justifique, que distraiga por un momento al fracaso que ya merodea a distancia, que tarde o temprano tocará la puerta, y al que tendrá que recibir como un viejo conocido, non grato, insistente, pero, al fin y al cabo, familiar.
Yo misma, sola, en medio de un cuarto estrecho, silencioso, imagino mañana, este texto, un lector, su atención, su recorrido visual hasta este punto. Y así logro ver de frente un nuevo rostro para el fantasma de mi redención.

sábado, 3 de mayo de 2008

Prohibido leer



Hay palabras, frases, ideas con las que a veces nos damos de nariz, y si alguna vez tuvieron algún sentido, de repente las encontramos absurdas: como hablar de teoría literaria en un autobús sobre el puente El Incienso; pelear porque no hay suficiente apoyo al arte, mientras el indigente de la esquina escarba el basurero; o decir, en Guatemala, que abril es el mes para celebrar a los libros, a Shakespeare y a Cervantes. Aquí está prohibido leer. Aquí, en primera instancia, hay que sobrevivir.
En este contexto, dejo unas cuantas reglas estipuladas por la cotidianidad.
Regla número uno: nunca suba a un bus urbano con un libro en la mano. Empezando porque, con suerte, logrará asentar el primer pie dentro del bus aún en movimiento, y si cuando llegue el primer cambio de velocidad no ha logrado agarrarse de algo o de alguien, puede resultar en el regazo de la señora de la primera fila o, quizás, logre evitar una caída estrepitosa, detenido contra la pared humana que forman los pasajeros acomodados de pie. Una vez estable, hay que centrarse en asegurar las pertenencias, y empezar a idear la manera de alcanzar la puerta cuando necesite bajar.
Si, acaso, logró encontrar un asiento vacío, el libro será un buen instrumento para cubrirse del sol o prestárselo al vecino para que lo utilice como almohadita-contra-la-ventana, ya que aparentemente él será uno de los que puede dormir con lo último del Reggaetón a todo volumen.
Regla número dos: si no quiere salir lastimado o maltratado, nunca le pregunte en la calle, a un desconocido, por qué no lee. Basta con abrir medianamente los ojos para darse cuenta que está pensando en la escuela de sus hijos, el rescate de la hipoteca, cómo cubrir la lista de fiado en la tienda, o simplemente en qué hacer para conseguir más dinero para vivir – y no dignamente- para vivir, a secas.
Regla número tres: si, por fortuna, estos no fueran los problemas que aquejan a su clase social, pero, en cambio, sufre de horror al silencio y la soledad, tiene miedo a metaposicionarse sobre su realidad inmediata, le da terror llevar la contraria, hacer ejercicio mental en busca de la lucidez, y alimentar su imaginación. Manténganse alejado de la literatura.
Regla número cuatro: si, por casualidad, usted fuera parte del extraño uno por ciento de lectores con los que cuenta el país, hace su ahorrito mensual para alimentar su biblioteca familiar a fin de año, o bien, visita librerías con regularidad y se indigna con los precios del mercado, incluidos los de los libros usados: nunca piense que el Gobierno puede hacer algo por usted o por bajar los absurdamente exagerados impuestos que pesan sobre los libros. Como se imaginará, hay negocios estatales cuyas consecuencias no son rentables. (Remítase a la regla número tres).
El panorama no es alentador. En este país no se puede leer. Con todo esto, no termino de comprender cómo no se me quita esta manía de escribir, que, en realidad, no dista mucho de la de estar hablando sola.

martes, 15 de abril de 2008

Apocalipsis now


Que yo recuerde, la infancia es literatura. El inicio del gran relato que todos protagonizamos.
La mente infantil es una especie de mundo paralelo en el que se gestan grandes episodios, mágicos, coloridos, que imitan y retuercen la realidad inmediata, y la que regala el televisor. Todo es un juego: la vida en sí misma, el trabajo, el peligro.
A medida que vamos creciendo, nos obligan a tomar las cosas en serio, incluida la imitación de un papel social hereditario. Sin embargo, salimos a la vida solos, y la realidad, muchas veces, se convierte en un espejo que refleja al revés el mundo que nos construyeron en la cabeza.
Conforme pasa el tiempo nos damos cuenta de que sólo un mínimo porcentaje de todo lo que nos introyectaron resulta ser tal y como nos dijeron. Paradójicamente, lo más inverosímil, lo más apocalíptico.
Hoy, una de cada cinco personas en el mundo ya no tiene acceso al agua potable; y otro día cualquiera, una ciudad amanece hundida en basura, mal olor, y explosiones de violencia ante la desesperación.
Ahora, por causa del cambio climático, hay que salir con suéter en pleno verano, pedir que llueva pronto, luego pedir que deje de llover, mientras en un lugar no muy lejano la gente se muere del calor.
Por otro lado, el petróleo va rumbo a ser parte de la historia, en tanto se experimenta con otros tipos de energía. Y en ese camino, el uso del maíz para crear bio-combustibles amenaza con rivalizar con la producción de alimentos: resultado: el hambre.
Y a un paso de la crisis económica, Estados Unidos invierte 60 millones de dólares para enviar un misil al espacio con el fin de salvar a la humanidad; mientras que, aquí en la Tierra, empieza el desprendimiento de los glaciares, y la amenaza de la contaminación se extiende sobre el océano Pacífico, en forma de una mancha flotante de basura plástica que duplica en tamaño al territorio gringo.
Es así como llega temprano el cumplimiento de las profecías de la Ciencia Ficción. Hoy, Philiph Dick es rey, y Hollywood está en vigencia. Basta con ver los noticieros para ser testigos de cómo se difuminan los límites entre la realidad y lo que una vez imaginamos.
En otros aspectos las piezas siguen sin encajar. Sólo por mencionar los más generales, un día nos dijeron que éramos el futuro, pero también aprendimos a relegar esa responsabilidad, y aseguraron que con el paso de los años las cosas iban a mejorar. Hasta hoy, la espera se alarga. Quién sabe cuánto tiempo más durará.

miércoles, 9 de abril de 2008

Ellas


Caen como gotas sobre el papel, previo a ello dan vuelta, se retuercen, se enredan, se asoman, huyen, se esconden.
Hay de todo tipo: divinas, de honor, de rey, mágicas, ociosas, mayores, malsonantes, medias y últimas.
Se pueden tomar, escapar, gastar, quitar, torcer; se puede hacer que el prójimo se las trague, hacer que corran, cruzarlas, dejarlas en la boca, tenerlas en la punta de la lengua y mantenerlas firmes, eso sí, con mucha dificultad.
Pueden mudar, se pueden perder, usar en contra, se las puede llevar el viento.
Sirven para crear y destruir: el escritor argentino Jorge Luis Borges alude a la figura del Golem judío, un hombre creado por una combinación de letras tatuadas en su cuerpo. La primera, EMET, que significa Verdad, le daba vida; y bastaba con borrar la primera letra para que la palabra se convirtiera en MET, muerte, y la criatura derivara en ella.
Sirven para comunicar, para no decir, para protestar, para llenar el silencio, para crear el caos, para convencer y engañar.
Para José Saramago son las máscaras del pensamiento; para Cortázar, las perras negras, “ese río de hormigas feroces que se comerá el mundo”; para Pessoa, la posibilidad de expulsar todas sus voces internas y para Octavio Paz: usted y yo, escrituras que intentamos ser deletreadas.
Quizá de todo esto derive mi apego a las palabras, no tanto a su sonoridad sino a su forma. Quizá por eso, han sido el medio perfecto para llegar al vos, sin otro afán que el de llenar este espacio, sacudir conciencias, compartir, reflexionar y dejar escapar el grito que habita adentro, en fin, para que las piedras no hablen, contribuir con el caos o simplemente para confirmar, a través de ellas, mi paso distraído por el capítulo de esta historia. Por aquí nos vemos.

domingo, 30 de marzo de 2008

Telón



“Teatro es todo el mundo, en él los hombres y las mujeres son actores todos.”
William Shakespeare


Acto Primero/Escena primera


(La acción se desarrolla de noche en un cuarto pequeño, mal iluminado, con una sola ventana semiabierta. Sólo hay espacio libre para caminar con dificultad. Hay mucha ropa colgada al descubierto y amontonada sobre una cama. En una esquina está situado un escritorio en el que no cabe nada más, hay varios periódicos tirados en el suelo, al pie de una librera desordenada).
“Una mujer raya con ímpetu la página de un cuaderno y busca ruidosamente hasta encontrar otra hoja limpia. Está casi encorvada frente al escritorio donde hasta hace un momento parecía escribir. Ahora está inmóvil. Es evidente que el sueño ronda muy cerca, le acaricia los párpados, trata de meterse por su boca. Arrastra la silla hacia atrás y se levanta. Se pasea de la puerta al baño, se tira sobre la cama revuelta, se levanta y vuelve al escritorio. De fondo se escucha el sonido de unos pasos lentos que se arrastran hasta la escena y se detienen cuando se perciben más cerca de la puerta. Una voz que también viene de fuera advierte: -- Dijo que no iba a salir, que no le pasaran llamadas. Los pasos se alejan con la misma cadencia del principio. Regresa el movimiento. Escribe.”

Escena segunda

(Un lugar cualquiera: un café internet, un cuarto de estudio, una oficina).
“Un hombre -o una mujer- navega con desgano. Por momentos se detiene, se acerca un poco más a la pantalla y luego continúa. La curiosidad le obliga a hacer una pausa mayor, un nombre conocido, un link, un blog. Lee con curiosidad. Exhala una sonrisa acompañada de un breve sonido nasal – como si en alguna línea se hubiera visto retratado- y tras una breve pausa sigue avanzando. Luego, se levanta, desaparece.”

Escena tercera

(Un lugar cualquiera: una calle, un cuarto, una oficina, el interior de una casa, un almacén, un parque).
“Hombres y mujeres en constante actividad, aparentemente autónoma. Ríen, lloran, trabajan, luchan, aman, juegan, sufren. Los diálogos se entremezclan, todo parece incomprensible. En algún lugar hay un director invisible que va hilando cada trama individual. El drama se desarrolla, sin un tiempo estipulado, de manera pendular entre tragedia y comedia. El final llega cuando la muerte cierra el telón”.

domingo, 23 de marzo de 2008

Conversaciones sobre el Zoológico de Xela


Vuelvo al tema del Zoológico Minerva luego de que me fueran remitidos varios correos a través de la dirección del periódico La Noticia de Xela, en los que se exige la moderación e incluso la supresión de mis comentarios, respecto al asunto, calificados, además, de abusivos, irrespetuosos, incultos, poco profesionales e irresponsables.
Que SÍ ha habido mejoras en el lugar, indican: mobiliario de oficina, adoquinamiento del parqueo, señalización, clínica veterinaria, cuarentena, especies exóticas nuevas, mejoras dentro de las jaulas, que incluyen vegetación, calefacción para los reptiles, y un rotulo de bienvenida en la entrada.
Que el traslado hacia la Aurora que propongo no es funcional por la contaminación ambiental que provoca su cercanía con el aeropuerto. Que mejor no escriba.
Que todos los esfuerzos por salvar el parque han sido alternativos, que la ayuda municipal es nula. Que los hijos y los nietos merecen un lugar de entretenimiento en donde conocer otras especies naturales.
Que el Zoológico Minerva, además de ser un centro educativo, es una fuente de investigación para los estudiantes universitarios. Que criticar es ponerme del lado de las autoridades municipales que no se unen a los esfuerzos particulares.
Y, por último, una señora pregunta indignada ¿qué es eso de “cagadas” dentro de una columna periodística?
Por mi parte. Insisto. Me parece genial que con los años se haya concretado esfuerzos para mejorar materialmente el lugar, y no me extraña que se trate de logros no gubernamentales. Es así como surgen las mejores propuestas, y se desarrollan los grandes proyectos. El punto es que hay que aprender a reconocer las limitaciones. Y si esta lucha aún no ha sido suficiente para llegar más allá de lo material y otorgar una mejor situación para los animales, lo más acertado es reformar, en tanto se alcanzan los grandes objetivos.
Traer más especies exóticas no es una mejora, es un sinsentido, equivalente al que tuvo el alcalde Barrientos cuando, ante la trágica muerte del león, gestionó la venida de dos jaguares. ¿Quién dijo que una ciudad del tercer mundo, que no alcanza a cubrir las necesidades básicas de sus habitantes, pueda tener la capacidad de mantener un parque zoológico?
Hay que tomar en cuenta que la clínica veterinaria que tanto costó adquirir fue derribada con la construcción de los locales comerciales, y que las jaulas estrechas, decoradas con pedazos de troncos o macetas marchitas con colas de quetzal, no son las óptimas para los animales, no digamos el hecho de que el parque haya quedado, con los años, en el centro del movimiento comercial, y de la contaminación ambiental que esto implica.
El traslado a la Aurora tampoco es lo más apropiado, es cierto. Empezando porque el único lugar que de verdad le correspondería a los animales sería su mundo verde, lejos de la ciudad, como diría Alux Nahual. Más aún en esta Era en la que ya no es necesario entretenerse viendo animales enjaulados cuando existe el Internet y el Discovery Channel.
Espero que todos estos aspectos surjan algún día dentro de las investigaciones que realizan los universitarios. Y que la indignación que produce ver dentro de una columna una palabra mal sonante, avalada por la Real Academia Española, surja también ante la situación que viven los animales, y ante los hechos que se dan a diario en la sociedad guatemalteca. Porque tenía razón el filósofo alemán, Arthur Schopenhauer cuando dijo que “el hombre debe sentir compasión ante el sufrimiento del animal, a fin de ejercitarse en la compasión hacia sus semejantes”.
Pedir silencio, que no se escriba, que no se critique es la mejor salida que buscan las sociedades acostumbradas a callar, a tachar de erróneas y absurdas aquellas ideas que simplemente no coinciden con las propias, a pensar que solo existe el blanco o el negro, dos bandos nada más, y no abren los ojos a terceras opciones, a otros caminos a los que es posible llegar a través del diálogo y la diversidad de propuestas. Yo voto por la reforma del parque; por salvar el área verde, pero trasladar a los animales no aptos para el espacio ni el clima, es decir a la mayoría, hacia un lugar mejor. Quizá con el tiempo y los esfuerzos sea posible invitarlos de vuelta, pero a un lugar apropiado.

domingo, 16 de marzo de 2008

De terror y reconciliaciones


Después de una larga ausencia obligada por el trabajo, los últimos esfuerzos universitarios, y la pobreza de las carteleras, volví a las salas de cine, a la peregrinación contrarreloj para llegar a tiempo, a la angustia de dar un paso en el vacío dentro de la oscuridad de la sala.
Es viernes en la tarde. El objetivo: el orfanato. Una película española de Juan Antonio Bayona.
El espacio, bastante concurrido, amenazaba con una función exasperante: con ruido de masticadas salvajes, sorbos angustiosos en vasos vacíos, crujido de bolsas de papel, amenas pláticas de esquina/película de fondo, y ringtones de reggaeton en cada silencio.
Nada de eso. Silencio total. Una que otra risita nerviosa al final de cada ataque de suspenso. Quizá, el mejor medidor de una película fenomenal.
El orfanato es la historia de una mujer que vuelve a la casa donde creció, y de donde fue adoptada, para crear un centro de cuidado para niños con discapacidades. Allí inicia una búsqueda exhaustiva que la lleva a explorar un universo apenas perceptible, y a enfrentarse con el inquietante mundo que se intuye más allá de los sentidos.
Lo sobrenatural siempre causa fascinación. Esa leve angustia ante la inminencia del gran misterio que abre otras posibilidades cuando se traspasa la puerta de la vida. Los mitos que surgen cuando vemos que la existencia es repetición, cerrar círculos.
Excelente historia de Sergio G. Sánchez, guionista asturiano. Genial manejo del suspenso, el terror y de la música. Toda una cátedra de metafísica para los gringos que necesitan recurrir a la sangre para generar el miedo. Muy buenas actuaciones. Incluida la de Edgar Vivar –mejor conocido en el bajo mundo como “el señor barriga”-. Y un bello manejo de la fotografía: ángulos, movimientos y color.
No pude experimentar una mejor reconciliación con el cine. Cinco poporopos.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Del zoológico y otras bestias


El zoológico Minerva es uno de esos lugares que se han quedado paralizados en el tiempo, como muchas otras cosas en Xela: una ciudad que, hoy, está muy lejos de ser lo que fue.
Intentar llegar es una odisea. Hay que navegar con la lentitud del tráfico a lo largo de una de las rutas más transitadas de la ciudad. Esquivar decenas de transeúntes en el mercado de la Terminal, y estudiantes en el Cunoc, hasta acercarse al punto central de la actividad comercial del Suroccidente, al ombligo del caos, y aparcar.
Un policía municipal nos detiene. Hay que pagar Q5 por parqueo. Se mete el billete a la bolsa: ni una constancia, ni un recibo.
Entro y regreso varios años. El lugar no ha cambiado. La misma entrada, las mismas instalaciones - con excepción de la casita en medio de la jaula de los monos a donde se entraba para verlos de cerca, esquivar cagadas y aguantar olores-, el mismo descuido, el mismo panorama desolador. Para un ciudadano sensible la visita es un medidor de humanidad, de compasión.
Allí sigue la poza verde en donde se reproducen, entre peces muertos, otros peces y zancudos; la jaula donde toman el sol unos micos flacos y roñosos; así como las jaulas húmedas y estrechas en donde sobreviven otros animales y pájaros en exhibición. Curiosamente, a este lugar llegan, diariamente, niños y grandes para divertirse. Correr por las áreas verdes, respirar ingenuamente el aire de esa “burbujita libre de contaminación”, observar otra miseria, escaparse de las clases, jugar pelota, entregarse a instintos animales, sobre la hierba, en un ambiente natural o llamar la atención de los animales con piedras, ramas y ruidos.
Hoy el zoológico de Xela es protagonista de primeras planas. Y no precisamente por la decadencia y el descuido - eso no toca intereses personales ni políticos - sino por la polémica construcción de locales comerciales en el área verde que da hacia el mercado La Terminal.
Surgen protestas, revive la conciencia ecologista que se creía podrida y enterrada, y aparecen las propuestas y los desvaríos.
Conap advirtió recientemente acerca del daño que están sufriendo los animales en las instalaciones y propuso el traslado. Ante esto, el argumento de una representante del patronato del zoológico fue que “sería injusto deshacer lo que construyeron los abuelos”. ¡Cuándo no la tradición entorpeciendo las cosas en Xela!
Increíble la ceguera ante el hecho de que el tiempo, las circunstancias comerciales, y la manera de entretenerse cambian; y de que hay grandes ideas que caducan con los años.
Proponer que cierren el parque en una sociedad que se alimenta con el morbo y la desgracia ajena es inconcebible; proponer que lo trasladen –al cerro del Baúl, según dicen- es mandar el problema más lejos para que nos afecte menos y para que lo olvidemos con más facilidad. Hay que reformar.
Que envíen a los animales que no pertenecen a nuestro hábitat hacia Xetulul, al Auto Safari o a la Aurora, donde quizá estén mejor. Y que se queden únicamente los animales domésticos, de granja, de la región. Esto permitirá darles más espacio, mejor alimentación y cuidado; y hará que el zoológico se convierta en un espacio educativo más humano.

martes, 12 de febrero de 2008

Réquiem por Arce


Me levanté de la silla y caminé, con la mano sobre la boca, hacia el televisor, para ver de cerca la noticia: una ambulancia, una camilla, una bolsa negra, una habitación rentada la madrugada de luna llena y, como Van Gogh y Valenti, allí estaba el periodista Hugo Arce, con “el pecho poblado de geranios”.
Inmediatamente pensé en ella. La recordé con sus diecinueve años, su gran sonrisa y los ojos bien abiertos, fuera de la estación del bus que acababa de entrar de la Capital, mientras destapaba el paquete que el mismo Arce le había enviado: dos libros autografiados –“Alquimia” y “Los gatos, por ejemplo” –: una recopilación de columnas periodísticas poco convencionales que ella recortaba todos los viernes y guardaba dentro de una bolsa plástica, porque decía que cuando las leía se leía, porque los artículos le daban palmadas en la espalda a su recién nacido idealismo, la ayudaban a descubrirse, la seducían con la rabia, el dolor, las divagaciones sobre el amor, las mujeres lejanas, las madrugadas solitarias, y los monólogos existencialistas de un personaje misterioso que luego la hizo leer a Hesse, y, más adelante, le presentó a una mujer pequeña, morena, a la que llamaba Guatemala y que, según parece, nunca dejó de dolerle; pero que a ella, fiel lectora, en cambio, terminó por encabronar.
Con el paso del tiempo se la empezó a ganar el desencanto, la certeza de que hay batallas inútiles, desgastantes, y fue así como un día dejó de leerlo, le perdió la pista, guardó sus libros, perdió los recortes, y, poco a poco, perdió totalmente la fe, se convirtió en otra.
Imagino que si ella hubiera visto la noticia de su muerte, indudablemente habría recordado más de alguno de sus textos y, en silencio, habría pensado que de plano ese día también “amaneció exilado del mundo, disidente de Dios, subversivo de la vida…”
Sí, a esa Vania, que ya no existe, ese disparo –violento punto final – también le habría destrozado el corazón.

viernes, 8 de febrero de 2008

Lida Sal



Una tarde de verano y ella envuelta en lentejuelas: metáfora viviente del sol en su recorrido suicida, cotidiano, rumbo al fondo del mar en busca de su reflejo.
Narciso, Ofelia, Lida Sal, y a sus pies una imagen acuática deforme, inestable, reflejo del miedo, de su alma sacudida por ese temblor interno que provoca la certeza escondida de las batallas perdidas. Creer en lo imposible es abrazar el abismo.

martes, 5 de febrero de 2008

Noche de circo –epílogo-

A la mañana siguiente, luego de su visita al circo, la mujer descubrió, admirada, mientras examinaba su rostro en el espejo, que tenía la nariz cada vez más roja. Recordó lo que había escrito la noche anterior y esperó paciente cualquier conato de carcajada, pero, en cambio, empezó un incontenible llanto en el ojo derecho que no tardó en contagiarse al izquierdo.
Mientras se examinaba los párpados irritados, imaginó el diagnóstico materno –catarro por embelequería- y, como que viniera de fuera, escuchó a través del silbido que atravesaba sus oídos tapados, cómo su garganta irritada emitía, sin proponérselo, una risita tímida y gangosa.