viernes, 12 de noviembre de 2021

Tal vez a mi padre sí le hubiera gustado Cry macho

 


Clint Eastwood tiene más de 90 años y, en medio de la pandemia, se puso a rodar la que tal vez será su última película. Volvió, así, a uno de los temas que lo definió a lo largo de su carrera, volvió al cowboy, ese personaje con el que, desde mediados de los 60, se ganó a un público que iba al cine para ver cómo los italianos se habían propuesto reinventar el western y lo iban convirtiendo en un género caído desde la idealización y del heroísmo norteamericano. Películas que a mí me remiten a la infancia, a la tv encendida y a mi padre en casa, un domingo por la tarde, su único momento de descanso, durante el que se podía escuchar el silbido de las balas desde la sala familiar.

Digo esto, porque estoy segura de que esta es una de esas películas que habría esperado para ver a su lado, una película que, a él, quizá, sí le hubiera gustado, porque a él no le gustaban los vaqueros malos, sino esos que saldaban sus deudas pendientes, los que envejecían fieles a sí mismos y a los ideales del mundo que conocieron, los gruñones llenos de bondad hacia los otros y hacia los animales, los que no podían ni querían ser malos, ni siquiera con los malos.  

Ese era el equipo al que le iba mi padre, a pesar de que él mismo fue un vaquero que no alcanzó a llegar a viejo. O, más bien, a pesar de que fue un vaquero que menguó de repente, como si la vejez se hubiera instalado en él con la fuerza de una bala expansiva, una de las que hacen cabalgar entre el delirio y la fiebre durante los últimos tramos del desierto, antes de que los vaqueros no puedan seguir más. Fue un vaquero solitario sin una épica final, aunque no dudo que haya hecho sus cuentas mentales y se haya ido ganando y en paz.

Escribo esto, segura del final de la Era de un gran nombre en el cine y del final de una Era personal. En ese espacio en el que ambas confluyen dentro de mí, sacudo el polvo de mi sombrero metafísico y sigo cabalgando hacia la incertidumbre que me espera detrás del horizonte. 

domingo, 27 de diciembre de 2020

"Historias Mínimas" Antología latinoamericana de Microficción, 2020, para descarga gratuita


"Historias mínimas" es un homenaje al género del microcuento. En la búsqueda de ofrecer al lector un panorama variado y más amplio del ejercicio de la prosa breve, 97 autoras y autores de 19 países invitados, en un gesto de generosidad y buen ánimo, liberan sus más variados registros narrativos en este Libro-Festival de la Microficción, Edición 2020. Esta versión cuenta además, a modo de apertura, con unas reflexiones breves del escritor Ricardo Sumalavia.


Para descarga gratuita de esta edición peruana coordinada por Fran Gutiérrez en la que participamos por Guatemala, Marilinda Guerrero y Vania Vargas:

https://dendroeditorial.wordpress.com/2020/10/15/historias-minimas/


Sobre "Mañana muerta de domingo" de Alvaro Sánchez

 


De Alvaro Sánchez todos tenemos una referencia visual. La de un artista plástico que ha pasado por la publicidad, el corto audiovisual, y mantiene un trabajo de producción constante en el colage digital, el dibujo y la pintura. Un artista que, además, se ha hecho un lugar dentro de la atmósfera de la literatura guatemalteca de los últimos 10 años, luego de darle rostro, de darle imagen, a muchos libros publicados  durante la última década. Sin embargo, la relación de Alvaro Sánchez con los libros es mucho más larga, más profunda, más constante. De la mano de la música, otra de sus pasiones, Alvaro Sánchez llegó a la escritura cotidiana de una columna en el Diario de Centroamérica, y también, mucho antes de eso, a la literatura, a la poesía y la narrativa. De muchos es ya conocido su hábito de lector, tan fiel, puedo asegurar, como su hábito por el vino. De allí que no me haya extrañado el día que recibí el mensaje en el que me contaba del nacimiento de su primer libro, este: Mañana muerta de domingo: pues siempre he creído que un lector constante, tarde o temprano, termina teniendo mucho qué decir, y no tiene otra opción más que ponerse a escribir.

Quienes han seguido de cerca el trabajo visual de Alvaro Sánchez están ya familiarizados con sus temas oscuros y con los títulos de sus obras. Frases breves y contundentes, casi versos, guiños que desde ya nos hablan de la profundidad de las imágenes, nos dicen que detrás de ellas hay algo más, un relato. Estos, quizá, que también denotan su origen en esos pasillos oscuros del subconscinete, en los que, desde hace años, Alvaro va y viene, desde donde exporta las imagenes que en estas narraciones brevísimas parecieran tomar no solo vida, sino movimiento. Un movimiento onírico y oscuro que toma vida en la cabeza de quienes leen. Así, el artista que durante años vimos partir de textos ajenos en busca de la imagen primigenia que los defina, ahora es quien da las palabras para que quienes se acerquen a ellas sean los que pongan las imágenes de sus propias pesadillas.

Mañana muerta de domingo es un libro de microficciones que se pueden enmarcar en el campo de lo onírico y del terror. Un campo poco explorado en Guatemala, quizá, solo a través de algunos textos de tinte fantástico de Marilinda Guerrero, los libros de microrrelatos del escritor Ricardo Rivera Echeverría, o los matices de la obra narrativa de Byron Quiñónez, que mezclan el horror y lo policíaco. Los de Sánchez son textos breves, unos más que otros, que por su naturaleza tienen el ímpetu de la imagen, un campo de más conocido por este artista visual, y del golpe. Es allí en donde vemos que Sánchez sigue fiel a su oficio, y que ahora tan solo nos lleva a pasear para observarlo desde otra perspectiva.

Sobre la reedición de "Los jueces" de Arnoldo Gálvez Suárez

 

 

No recuerdo cuándo empezó mi relación intermitente con la memoria. Ya ven. Una relación que amo y que temo por partes iguales. Y que, específicamente, en mi vida de lectora ha hecho que le tome especial fascinación y cariño a los libros que, por encima de la cantidad de páginas sobre las que pasan momentáneamente nuestros ojos, nos dejan una frase a la mano, una imagen imborrable, un personaje que se queda con nostros como un viejo conocido, o tan solo una sensación, quizá parecida al golpe, algo que no pudimos eludir y que nos acompaña durante mucho tiempo. Los jueces, de Arnoldo Gálvez Suárez, es de esta clase de libros. Libros que más que leerse, pareciera que se viven.

Habían pasado ya un par de años, quizá, desde que el rostro de Arnoldo Gálvez Suárez apareció en la prensa como el joven ganador del premio “Mario Monteforte Toledo”, de novela del año 2008, cuando un mismo ejemplar de la novela ganadora: “Los jueces”: publicada en ese entonces por Letra Negra, una editorial a la que sin mucho pudor le arrugábamos la nariz, empezó a circular de mano en mano entre un grupo pequeño de amigos de ese entonces. Habíamos emprendido una especie de viaje de relevos en el que nos íbamos entregando el libro / estafeta con un asombro todavía mudo, de esos que le quedan sembrados a ciertos testigos. Desde ese entonces, todos nos hemos encontrado en la calle con la imagen de La señora vendedora de huevos, o hemos sentido el escalofrío que viene con la evocación de la imagen del Energúmeno. Desde ese entonces, nos acompaña también un ferviente reconocimiento de la obra de Arnoldo Gálvez Suárez, como la de uno de los grandes narradores contemporáneos que tiene este país. Sin duda, uno de los narradores más lúcidos, de los más contundentes.

Estamos frente a una novela que retrata un microcosmos de la clase media trabajadora. Esa que hace equilibrio en la orilla de su propio barranco, porque a pesar de sus aspiraciones, siempre ha estado más propensa a caer que a subir. Un territorio que, más que extenderse, se va haciendo profundo a fuerza de estratificaciones internas. Tres sectores, tres categorías que marcan a los habitantes que, a fin de cuentas, deben compartir la misma vía de salida. Allí se mueve La señora que vende huevos, allí vive, con su padre desempleado, La muchacha del vestido rojo; por esas calles se tambalea el Energúmeno, y a sus alrededores acaba de mudarse El señor de las serpientes. Cuatro ejes sobre los que se echará a andar una historia acerca de los muchos rostros que tiene la violencia, y las múltiples maneras en las que se ejerce: desde una posición de poder, desde la superioridad de clase, desde el machismo, el fetichismo, la animalidad, el instinto, la convicción religiosa, desde la necesidad y el anhelo de seguridad de la gente de bien que quiere limpiar el mundo.

Los jueces, de Arnoldo Gálvez Suárez, es una novela breve que fluye con el ímpetu de imágenes  cinematográficas, de las que seguro nos hablará César Díaz, y con la sencillez de la palabra y la estructura. Una estructura que se va armando pieza por pieza en la medida en que vamos conociendo a esos personajes inolvidables, constituidos por mujeres, muchos de ellos, mujeres bajo constante asedio, mujeres a las que les ha tocado tomar las riendas de la vida, mujeres de voz y de acción, que tampoco saldrán ilesas de ese dilema constante entre el bien y el mal. Un dilema descarnado que Gálvez Suárez desnuda y nos entrega con alegorías precisas.

Han pasado ya varios años desde la primera edición de esta novela, y desde mi primer encuentro con ella. El mismo Gálvez Suárez ha ganado otros premios, nos ha entregado muchas otras páginas geniales, muchas otras historias desde ese entonces. Sin embargo, su reedición y su relectura, han venido a confirmar el espacio que “Los jueces” tiene dentro de la historia de la literatura guatemalteca actual. Una novela que sin decir Guatemala delata sus rasgos urbanos, marginales, su espíritu siempre en los bordes, siempre dispuesto a seguir descendiendo, siempre irredento, en donde la ternura aparece como una silueta oscura vista a contraluz del incendio.

Me uno, pues, a la celebración de que este libro empiece a rondar otra vez entre los lectores, nuevos y antiguos, a los que seguro no defraudará, y entre todos aquellos que pasamos los días queriendo contar historias, a los que no nos queda más que reconocer su maestría. Galvez Suárez es un autor al que es imposible no seguirle la pista, al que es imposible no volver. Es uno de esos narradores que no pasan inadvertidos.

Vuelo, búsqueda y destino en el canto de un azacuán / sobre el libro de José Aguilar

 


Los habitantes de las ciudades le hablan mucho al cielo, pero lo ven poco. Aquellos que hacen lo contrario, delatan de inmediato la distancia que arrastran detrás. Son forasteros o son místicos perdidos. De esos que ven al cielo y no le hablan, sino se limitan a observar y a escuchar con atención lo que va descifrando su voz interna frente a ese silencio infinito, lleno de rutas, de viajeros de corto y largo aliento, de la prisa de las nubes, de azules diversos y de grises, de aguas que se aproximan como susurrando o las que parece que vinieran rodando con sus golpes de luz efímera y con estruendo, de la acrobacia del sol antes de sumergirse de nuevo en el horizonte, del ojo de la noche que se va abriendo y se va cerrando con la lentitud perezosa de algunos animales que no logran conciliar el sueño. Y así confirman cómo, en ese otro cuerpo de agua, ciertos rasgos de la vida terrestre parecen reflejarse levemente transformados. O viceversa. Ese es el caso de los azacuanes, aves que emigran de ida y de vuelta en bandadas. Se van de su territorio cuando llega el frío, cruzan medio continente, y en su trayecto van marcando el tránsito de las lluvias. Son migrantes que emprenden camino en nombre de la supervivencia, pero que nunca pierden el deseo de volver a casa.
“Pequeñas rutas de un azacuán con frío” podría ser la historia de una de estas aves en busca de un espacio cálido en donde pasar el mal tiempo y el exilio, de no ser porque es una sucesión de imágenes hermosas eslabonadas en un poema, que, quizá, por estar en voz del mismo azacuán, resulte más exacto decir que se trata de un canto. Un canto acerca del viaje, de las flores, las nubes, las hojas, la noche, las estrellas, las ausencias, el pueblo con sus alegrías y sus tristezas, y la calidez de un pecho en donde hacer nido. Un canto sobre nosotros mismos.
Leyéndolo, pensé en el poeta Humberto Ak'ab'al, no solo porque su palabra inaugura el libro con un epígrafe sobre el viaje interno de los pájaros que somos, sino por la sencillez y la claridad que tiene José Aguilar para hablar del pueblo y del campo. Pensé, también, en Mario Payeras, quizá por la fluidez y el amor con que José encuentra la ruta entre la naturaleza y los actos de la gente. Pensé en Luis Alfredo Arango, por el encanto y la ternura con que José dice, pero también pinta. Pensé en Luis de Lión, quizá porque José también es maestro, y por la sencillez y la belleza con que arma sus metáforas, imágenes parecidas a las que salen del asombro de aquellos que empiezan a descubrir el mundo e intentan explicarlo con lo que tienen a mano, como lo hicieron los primeros filósofos, como lo hacen los niños, como lo hacen los poetas.
Ojalá que este breve vuelo del azacuán encuentre, en su ruta, ojos dispuestos y corazones abiertos para recibir la visita de la ternura, ave huidíza que a veces surca nuestros inviernos personales.
 

domingo, 3 de noviembre de 2019

Las cuarenta noches de cuarenta días duros





Los sueños son extensiones naturales de la vida Una doble jornada vital asumida, no solicitada. La vida siguiendo su curso en horas extra. Descubrí mi constante relación con los sueños hace tanto tiempo que me es imposible precisar en qué momento empecé a tomar conciencia de ellos, de sus historias a medias, de sus imágenes anheladas y temidas, de esa capacidad que tienen, como todo lo efímero, de maravillarnos y perderse, de darnos a la tarea de recordar o inventar, de interpretar, de desconfiar siempre del recuerdo. Seguramente esa toma de conciencia llegó en el momento en que empezó a surgir en mí la necesidad de hablar de esas imágenes importadas desde esas horas de la inconsciencia, de abrir los ojos y buscar al primer desprevenido que pudiera escuchar esos que muchas veces eran fragmentos sin principio ni fin, imágenes más cercanas al disparate que a la igualmente disparatada realidad.
Hay una extraña tradición de soñantes en mi familia. Mi abuela materna tenía, al parecer, un libro destartalado con el que intentaba interpretar esas imágenes desconexas. Soñar con perros es la presencia de amigos no sinceros, recordaba mi madre cuando más de alguno aparecía en mi relato matutino, soñar con agua lodosa significa que vienen problemas. Ella misma, mi madre, y mi hermana son un tipo de soñantes intermitentes que saben que cuando los sueños aparecen deben ponerles atención. De un tío que pasaba sus fragmentados descansos en una hamaca tendida a medio pasillo, y de mi bisabuela paterna, me llegó la tradición de los malos sueños, no es bueno dormir boca arriba, no es bueno comer mucha grasa antes de dormir, no es bueno colocarse las manos sobre el pecho… como sea, para mí, que desde temprano asumí el oficio de andar por los días a la caza de algo qué contar, los sueños se convirtieron primariamente en esa fuente de asombro más allá de las horas hábiles, y fue así como un día nació el propósito de recordarlos o imaginarlos, de armarlos y extenderlos, literaturizarlos, a lo largo de cuarenta noches multiplicadas, de los cuarenta y más días que bíblicamente se puede vagar por condena o por búsqueda de redención en el desierto de la vigilia. Así es como surge este libro, cuarenta relatos que intentan ser fieles a la naturaleza de lo efímero, de la brevedad de su recuerdo, de ese intento primigenio de enunciar los significados que reposan en el fondo de las aguas alteradas donde tiembla la imagen rescatada de los sueños. Cuarenta noches que van de ida y vuelta entre el sueño y la vigilia, entre la realidad y la ficción, entre el relato y la prosa poética, fronteras todas invisibles y de cuyo trayecto surge esta serie de mini crónicas que quizá no tengan otro propósito más allá de develar ante el lector la posibilidad de sentir y abrir los ojos y la percepción, de transitar con atención por dimensiones que se creían dormidas, cerradas a quienes van por el camino sin ver alrededor.
Hay mucho de la vida en los sueños, hay mucho de desdoblamiento en esa realidad donde nos encontramos a nosotros mismos en nuestra propia imagen deformada, en los símbolos, en los otros. Hay mucho de sobrevivencia en despertar.
Algo me dice que el día de nuestra muerte despertaremos y le narraremos a quien nos quiera escuchar un relato lleno de fragmentos maravillosos del tiempo transcurrido aquí. Tras esos momentos dispersos y lo suficientemente potentes para permanecer otro poco más, voy todos los días con los ojos abiertos. Este libro quizá sea, entonces, parte de ese credo, el de hacer que el camino valga la pena yendo tras de todo lo que parezca sueño y al final de cuentas valga la vida contar.



lunes, 12 de marzo de 2018

Tratado sobre la importancia del capullo en el proceso de transformación




 Foto de Sandra Sebastián


Hermana:

Cada vez que me piden que hable de las mujeres, me yergo frente al espejo de mi “habitación propia” y pienso en vos, durante una mañana del futuro, sentada en calma junto a la orilla de tu propio río, ya con menos piedras entre los bolsillos. En este momento no lo podés ver, todo pesa demasiado, todo amenaza con ahogarte: la vida, la voz de tus padres, los sermones de las monjas y el pastor, las altas expectativas de esa gente que ni te conoce ni conocés; las miradas que parecen juzgar en voz alta; todos esos susurros que te rodean y te lastiman; los años de tus hijas, que tarde o temprano llegarán a este punto en el que sentís que no hay salida; la lista de las cosas que dijeron que tenías que ser, esas para las que no te alcanza la vida, la gana ni la fuerza.

Si todos te han dicho que sigás avanzando, yo te pido hoy que te detengás un momento, no te cansés andando y desandando, el único lugar posible hacia dónde correr antes de empezar a avanzar es hacia adentro, y, contrario a lo que pensás, no es un lugar para esconderse mientras lo de afuera desaparece, no es un lugar seguro. Es un camino escabroso, es oscuro, está lleno de ecos y fantasmas que muchas veces vos seguís creyendo que están afuera, pero los cargás con vos, se han aferrado a tus oscuridades, fingen ser una parte tuya. Descendé. Buscálos. Mirálos de frente. Cuestionálos y los verás desaparecer, dejar libre dentro de vos un espacio que te hará sentir más liviana.

La primera "habitación propia", y la más importante, que debe tener y defender toda mujer, es metafísica, un espacio propio dentro de sí misma donde conocerse, donde replantearse lo aprendido, donde afianzarse antes de salir de vuelta y seguir caminando, ahora entre el desconcierto, la descalificación, la rabia que genera en los otros la imposibilidad del dominio. Sin embargo, mucho habrá cambiado, aunque parezca que afuera todo sigue igual. Los señalamientos ya no se detendrán, pasarán de largo, los dejarás pasar; sabrás quién sos, cuáles son tus circunstancias; conocerás tus fortalezas y asumirás tus imposibilidades. Serás vos, finalmente; tendrás un “no” a la mano, un criterio bien plantado, una palabra siempre firme en los labios; serás más pura, más cercana a tu esencia, más consciente, más libre, más fuerte.

Lo sé porque ese es el camino desde donde vengo. Lo descubrí hace ya algunos años por casualidad, soledad y cansancio. Tomar conciencia de ello me ha llevado mucho tiempo, reconstruirme me ha llevado otro tanto, pero desde entonces sé quién soy, escogí un camino y no me callo. Tengo una “habitación propia” en donde me he puesto a renombrarlo todo: el amor, la moral, la espiritualidad, todo en lo que creo, en mi tarea de reconstruir un lugar pleno en donde asentar mi propio paraíso.

Hoy me pidieron que hablara de la mujer, pero también de la escritura como esa herramienta de autonomía e independencia. Yo me fui un poco más allá, porque la escritura es, en todo caso, el resultado de la verdadera herramienta liberadora en que se constituye la introspección. Lo demás viene por añadidura y puede manifestarse en una forma de vida, en un oficio, en una voz, en una actitud, en fin, en cualquiera de las diversas posibilidades que regala la libertad. La mía fue la palabra, la escritura, opté por observar, pensar, sentir, y dejar testimonio de eso. Muchas mujeres antes que yo lo hicieron en este mismo espacio geográfico, en otros tiempos, fue su manera de ser libres y de abrirnos el camino.

La primera poeta y dramaturga centroamericana de quien se tiene noticia es la religiosa antigüeña de la época de la Colonia, Sor Juana de Maldonado y Paz, un nombre que fue traído de vuelta al presente gracias al esfuerzo y la investigación de otra escritora, Luz Méndez de la Vega, investigación de la que se apropió el historiador Luis Luján Muñoz y la hizo pública sin darle el crédito debido.

En el siglo XIX, Pepita García Granados hizo una dupla fantástica con el poeta José Batres Montúfar y se convirtió en un antecedente de la irreverencia y la transgresión verbal y social que ya a finales de los años 70 caracterizaría a la obra de la poeta Ana María Rodas. A finales de ese mismo siglo, la quetzalteca Vicenta Laparra de la Cerda fundó junto a su hermana el primer periódico femenino del país, La voz de la mujer y abrió así un camino en el que muchos años después se hizo escuchar la de la periodista Irma Flaquer en columnas valerosas como “Lo que otros callan”, que le valió ser vilmente silenciada y desaparecida por las fuerzas represoras del gobierno.

Ya a principios del siglo XX, aparece María Cruz, poeta, hija de un diplomático, y por ende, viajera, en cuya obra sobresalen, entre otras, las traducciones que hizo de los poetas malditos franceses y de Edgar Allan Poe; obra y vida que bien pudieron ser antecedentes de la de otra escritora, hija de un diplomático, Alaíde Foppa, quien dentro de su obra poética dejó también la traducción de la poesía de Paul Eluard, y de Miguel Ángel Buonarroti, antes de ser desaparecida por los elementos de inteligencia militar que mantenían el control durante los años 80.

El caso de Luz Méndez de la Vega es uno más en la lucha de las precursoras. De su poesía se recuerda y se remarca, como en Rodas, el tinte de lucha feminista, el esfuerzo por hacerse escuchar en un espacio que parecía no pertenecerle, mediante la visibilización del cuerpo, del deseo, de la inconformidad con los roles sociales, así como el hecho de la unión de su voz a la de quienes exigían un país más digno y más justo. Su obra, sin embargo, también exploró otras áreas de la condición humana en hermosos textos existencialistas que reunió en libros como Eva sin Dios o De las palabras y la sombra, poemario que en 1983 ganó el Certamen Permanente Centroamericano, en el que concursó con un seudónimo masculino. Otro es el caso de Isabel de los Ángeles Ruano que, vestida como hombre y exiliada de la realidad, todavía ronda por las calles del centro. Su lucha fue en solitario y el exilio hacia dentro de sí misma. Allí se quedó después de dejar un intenso legado poético que la convierte en una voz imprescindible de la literatura guatemalteca.

Claro que estas no fueron las únicas luchas, ni las últimas. Sin embargo, son algunas de las que trazaron el camino para que hoy, cuando se habla de literatura guatemalteca, siempre se tenga en mente lo que están escribiendo las mujeres, lo que estamos haciendo nosotras. Escribiendo, quienes nos precedieron, no solo dejaron constancia de su emancipación, sino, además, propiciaron un espacio de autonomía colectiva y nos regalaron un camino más limpio dentro de la historia de la literatura guatemalteca.

Y es que la literatura es, de por sí, un acto de libertad. Leer es acercarse a los descubrimientos que ha hecho dentro de sí mismo otro ser humano, es experimentar el resultado de la conquista de un espacio de libertad. Por eso, frente a los libros es inevitable volver la mirada hacia adentro, sentir la necesidad de escucharse, de encontrarse. Allí radica la importancia de propiciar ese encuentro entre libros y lectores, un trayecto lleno de obstáculos que van desde el acceso a la educación, el precio de los libros y la imposibilidad del ocio en países donde la lucha es sobrevivir al día.

En fin, hoy creo que la literatura es un pretexto para hablar de las voces que intentan hacerse audibles desde lo más profundo de uno mismo. De la posibilidad de ver las luchas ganadas a través de la defensa de ese espacio interior. No temás, hermana, y da el salto hacia adentro. Pronto flotarás en la superficie, renacida. Lista para decidir, actuar, escribir, en fin, para vivir… Te hablo a vos, hermana a la que me une la sangre, y a vos, hermana desconocida.