
Hay palabras, frases, ideas con las que a veces nos damos de nariz, y si alguna vez tuvieron algún sentido, de repente las encontramos absurdas: como hablar de teoría literaria en un autobús sobre el puente El Incienso; pelear porque no hay suficiente apoyo al arte, mientras el indigente de la esquina escarba el basurero; o decir, en Guatemala, que abril es el mes para celebrar a los libros, a Shakespeare y a Cervantes. Aquí está prohibido leer. Aquí, en primera instancia, hay que sobrevivir.
En este contexto, dejo unas cuantas reglas estipuladas por la cotidianidad.
Regla número uno: nunca suba a un bus urbano con un libro en la mano. Empezando porque, con suerte, logrará asentar el primer pie dentro del bus aún en movimiento, y si cuando llegue el primer cambio de velocidad no ha logrado agarrarse de algo o de alguien, puede resultar en el regazo de la señora de la primera fila o, quizás, logre evitar una caída estrepitosa, detenido contra la pared humana que forman los pasajeros acomodados de pie. Una vez estable, hay que centrarse en asegurar las pertenencias, y empezar a idear la manera de alcanzar la puerta cuando necesite bajar.
Si, acaso, logró encontrar un asiento vacío, el libro será un buen instrumento para cubrirse del sol o prestárselo al vecino para que lo utilice como almohadita-contra-la-ventana, ya que aparentemente él será uno de los que puede dormir con lo último del Reggaetón a todo volumen.
Regla número dos: si no quiere salir lastimado o maltratado, nunca le pregunte en la calle, a un desconocido, por qué no lee. Basta con abrir medianamente los ojos para darse cuenta que está pensando en la escuela de sus hijos, el rescate de la hipoteca, cómo cubrir la lista de fiado en la tienda, o simplemente en qué hacer para conseguir más dinero para vivir – y no dignamente- para vivir, a secas.
Regla número tres: si, por fortuna, estos no fueran los problemas que aquejan a su clase social, pero, en cambio, sufre de horror al silencio y la soledad, tiene miedo a metaposicionarse sobre su realidad inmediata, le da terror llevar la contraria, hacer ejercicio mental en busca de la lucidez, y alimentar su imaginación. Manténganse alejado de la literatura.
Regla número cuatro: si, por casualidad, usted fuera parte del extraño uno por ciento de lectores con los que cuenta el país, hace su ahorrito mensual para alimentar su biblioteca familiar a fin de año, o bien, visita librerías con regularidad y se indigna con los precios del mercado, incluidos los de los libros usados: nunca piense que el Gobierno puede hacer algo por usted o por bajar los absurdamente exagerados impuestos que pesan sobre los libros. Como se imaginará, hay negocios estatales cuyas consecuencias no son rentables. (Remítase a la regla número tres).
El panorama no es alentador. En este país no se puede leer. Con todo esto, no termino de comprender cómo no se me quita esta manía de escribir, que, en realidad, no dista mucho de la de estar hablando sola.








