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sábado, 3 de mayo de 2008

Prohibido leer



Hay palabras, frases, ideas con las que a veces nos damos de nariz, y si alguna vez tuvieron algún sentido, de repente las encontramos absurdas: como hablar de teoría literaria en un autobús sobre el puente El Incienso; pelear porque no hay suficiente apoyo al arte, mientras el indigente de la esquina escarba el basurero; o decir, en Guatemala, que abril es el mes para celebrar a los libros, a Shakespeare y a Cervantes. Aquí está prohibido leer. Aquí, en primera instancia, hay que sobrevivir.
En este contexto, dejo unas cuantas reglas estipuladas por la cotidianidad.
Regla número uno: nunca suba a un bus urbano con un libro en la mano. Empezando porque, con suerte, logrará asentar el primer pie dentro del bus aún en movimiento, y si cuando llegue el primer cambio de velocidad no ha logrado agarrarse de algo o de alguien, puede resultar en el regazo de la señora de la primera fila o, quizás, logre evitar una caída estrepitosa, detenido contra la pared humana que forman los pasajeros acomodados de pie. Una vez estable, hay que centrarse en asegurar las pertenencias, y empezar a idear la manera de alcanzar la puerta cuando necesite bajar.
Si, acaso, logró encontrar un asiento vacío, el libro será un buen instrumento para cubrirse del sol o prestárselo al vecino para que lo utilice como almohadita-contra-la-ventana, ya que aparentemente él será uno de los que puede dormir con lo último del Reggaetón a todo volumen.
Regla número dos: si no quiere salir lastimado o maltratado, nunca le pregunte en la calle, a un desconocido, por qué no lee. Basta con abrir medianamente los ojos para darse cuenta que está pensando en la escuela de sus hijos, el rescate de la hipoteca, cómo cubrir la lista de fiado en la tienda, o simplemente en qué hacer para conseguir más dinero para vivir – y no dignamente- para vivir, a secas.
Regla número tres: si, por fortuna, estos no fueran los problemas que aquejan a su clase social, pero, en cambio, sufre de horror al silencio y la soledad, tiene miedo a metaposicionarse sobre su realidad inmediata, le da terror llevar la contraria, hacer ejercicio mental en busca de la lucidez, y alimentar su imaginación. Manténganse alejado de la literatura.
Regla número cuatro: si, por casualidad, usted fuera parte del extraño uno por ciento de lectores con los que cuenta el país, hace su ahorrito mensual para alimentar su biblioteca familiar a fin de año, o bien, visita librerías con regularidad y se indigna con los precios del mercado, incluidos los de los libros usados: nunca piense que el Gobierno puede hacer algo por usted o por bajar los absurdamente exagerados impuestos que pesan sobre los libros. Como se imaginará, hay negocios estatales cuyas consecuencias no son rentables. (Remítase a la regla número tres).
El panorama no es alentador. En este país no se puede leer. Con todo esto, no termino de comprender cómo no se me quita esta manía de escribir, que, en realidad, no dista mucho de la de estar hablando sola.

martes, 15 de abril de 2008

Apocalipsis now


Que yo recuerde, la infancia es literatura. El inicio del gran relato que todos protagonizamos.
La mente infantil es una especie de mundo paralelo en el que se gestan grandes episodios, mágicos, coloridos, que imitan y retuercen la realidad inmediata, y la que regala el televisor. Todo es un juego: la vida en sí misma, el trabajo, el peligro.
A medida que vamos creciendo, nos obligan a tomar las cosas en serio, incluida la imitación de un papel social hereditario. Sin embargo, salimos a la vida solos, y la realidad, muchas veces, se convierte en un espejo que refleja al revés el mundo que nos construyeron en la cabeza.
Conforme pasa el tiempo nos damos cuenta de que sólo un mínimo porcentaje de todo lo que nos introyectaron resulta ser tal y como nos dijeron. Paradójicamente, lo más inverosímil, lo más apocalíptico.
Hoy, una de cada cinco personas en el mundo ya no tiene acceso al agua potable; y otro día cualquiera, una ciudad amanece hundida en basura, mal olor, y explosiones de violencia ante la desesperación.
Ahora, por causa del cambio climático, hay que salir con suéter en pleno verano, pedir que llueva pronto, luego pedir que deje de llover, mientras en un lugar no muy lejano la gente se muere del calor.
Por otro lado, el petróleo va rumbo a ser parte de la historia, en tanto se experimenta con otros tipos de energía. Y en ese camino, el uso del maíz para crear bio-combustibles amenaza con rivalizar con la producción de alimentos: resultado: el hambre.
Y a un paso de la crisis económica, Estados Unidos invierte 60 millones de dólares para enviar un misil al espacio con el fin de salvar a la humanidad; mientras que, aquí en la Tierra, empieza el desprendimiento de los glaciares, y la amenaza de la contaminación se extiende sobre el océano Pacífico, en forma de una mancha flotante de basura plástica que duplica en tamaño al territorio gringo.
Es así como llega temprano el cumplimiento de las profecías de la Ciencia Ficción. Hoy, Philiph Dick es rey, y Hollywood está en vigencia. Basta con ver los noticieros para ser testigos de cómo se difuminan los límites entre la realidad y lo que una vez imaginamos.
En otros aspectos las piezas siguen sin encajar. Sólo por mencionar los más generales, un día nos dijeron que éramos el futuro, pero también aprendimos a relegar esa responsabilidad, y aseguraron que con el paso de los años las cosas iban a mejorar. Hasta hoy, la espera se alarga. Quién sabe cuánto tiempo más durará.

miércoles, 9 de abril de 2008

Ellas


Caen como gotas sobre el papel, previo a ello dan vuelta, se retuercen, se enredan, se asoman, huyen, se esconden.
Hay de todo tipo: divinas, de honor, de rey, mágicas, ociosas, mayores, malsonantes, medias y últimas.
Se pueden tomar, escapar, gastar, quitar, torcer; se puede hacer que el prójimo se las trague, hacer que corran, cruzarlas, dejarlas en la boca, tenerlas en la punta de la lengua y mantenerlas firmes, eso sí, con mucha dificultad.
Pueden mudar, se pueden perder, usar en contra, se las puede llevar el viento.
Sirven para crear y destruir: el escritor argentino Jorge Luis Borges alude a la figura del Golem judío, un hombre creado por una combinación de letras tatuadas en su cuerpo. La primera, EMET, que significa Verdad, le daba vida; y bastaba con borrar la primera letra para que la palabra se convirtiera en MET, muerte, y la criatura derivara en ella.
Sirven para comunicar, para no decir, para protestar, para llenar el silencio, para crear el caos, para convencer y engañar.
Para José Saramago son las máscaras del pensamiento; para Cortázar, las perras negras, “ese río de hormigas feroces que se comerá el mundo”; para Pessoa, la posibilidad de expulsar todas sus voces internas y para Octavio Paz: usted y yo, escrituras que intentamos ser deletreadas.
Quizá de todo esto derive mi apego a las palabras, no tanto a su sonoridad sino a su forma. Quizá por eso, han sido el medio perfecto para llegar al vos, sin otro afán que el de llenar este espacio, sacudir conciencias, compartir, reflexionar y dejar escapar el grito que habita adentro, en fin, para que las piedras no hablen, contribuir con el caos o simplemente para confirmar, a través de ellas, mi paso distraído por el capítulo de esta historia. Por aquí nos vemos.

domingo, 30 de marzo de 2008

Telón



“Teatro es todo el mundo, en él los hombres y las mujeres son actores todos.”
William Shakespeare


Acto Primero/Escena primera


(La acción se desarrolla de noche en un cuarto pequeño, mal iluminado, con una sola ventana semiabierta. Sólo hay espacio libre para caminar con dificultad. Hay mucha ropa colgada al descubierto y amontonada sobre una cama. En una esquina está situado un escritorio en el que no cabe nada más, hay varios periódicos tirados en el suelo, al pie de una librera desordenada).
“Una mujer raya con ímpetu la página de un cuaderno y busca ruidosamente hasta encontrar otra hoja limpia. Está casi encorvada frente al escritorio donde hasta hace un momento parecía escribir. Ahora está inmóvil. Es evidente que el sueño ronda muy cerca, le acaricia los párpados, trata de meterse por su boca. Arrastra la silla hacia atrás y se levanta. Se pasea de la puerta al baño, se tira sobre la cama revuelta, se levanta y vuelve al escritorio. De fondo se escucha el sonido de unos pasos lentos que se arrastran hasta la escena y se detienen cuando se perciben más cerca de la puerta. Una voz que también viene de fuera advierte: -- Dijo que no iba a salir, que no le pasaran llamadas. Los pasos se alejan con la misma cadencia del principio. Regresa el movimiento. Escribe.”

Escena segunda

(Un lugar cualquiera: un café internet, un cuarto de estudio, una oficina).
“Un hombre -o una mujer- navega con desgano. Por momentos se detiene, se acerca un poco más a la pantalla y luego continúa. La curiosidad le obliga a hacer una pausa mayor, un nombre conocido, un link, un blog. Lee con curiosidad. Exhala una sonrisa acompañada de un breve sonido nasal – como si en alguna línea se hubiera visto retratado- y tras una breve pausa sigue avanzando. Luego, se levanta, desaparece.”

Escena tercera

(Un lugar cualquiera: una calle, un cuarto, una oficina, el interior de una casa, un almacén, un parque).
“Hombres y mujeres en constante actividad, aparentemente autónoma. Ríen, lloran, trabajan, luchan, aman, juegan, sufren. Los diálogos se entremezclan, todo parece incomprensible. En algún lugar hay un director invisible que va hilando cada trama individual. El drama se desarrolla, sin un tiempo estipulado, de manera pendular entre tragedia y comedia. El final llega cuando la muerte cierra el telón”.

domingo, 23 de marzo de 2008

Conversaciones sobre el Zoológico de Xela


Vuelvo al tema del Zoológico Minerva luego de que me fueran remitidos varios correos a través de la dirección del periódico La Noticia de Xela, en los que se exige la moderación e incluso la supresión de mis comentarios, respecto al asunto, calificados, además, de abusivos, irrespetuosos, incultos, poco profesionales e irresponsables.
Que SÍ ha habido mejoras en el lugar, indican: mobiliario de oficina, adoquinamiento del parqueo, señalización, clínica veterinaria, cuarentena, especies exóticas nuevas, mejoras dentro de las jaulas, que incluyen vegetación, calefacción para los reptiles, y un rotulo de bienvenida en la entrada.
Que el traslado hacia la Aurora que propongo no es funcional por la contaminación ambiental que provoca su cercanía con el aeropuerto. Que mejor no escriba.
Que todos los esfuerzos por salvar el parque han sido alternativos, que la ayuda municipal es nula. Que los hijos y los nietos merecen un lugar de entretenimiento en donde conocer otras especies naturales.
Que el Zoológico Minerva, además de ser un centro educativo, es una fuente de investigación para los estudiantes universitarios. Que criticar es ponerme del lado de las autoridades municipales que no se unen a los esfuerzos particulares.
Y, por último, una señora pregunta indignada ¿qué es eso de “cagadas” dentro de una columna periodística?
Por mi parte. Insisto. Me parece genial que con los años se haya concretado esfuerzos para mejorar materialmente el lugar, y no me extraña que se trate de logros no gubernamentales. Es así como surgen las mejores propuestas, y se desarrollan los grandes proyectos. El punto es que hay que aprender a reconocer las limitaciones. Y si esta lucha aún no ha sido suficiente para llegar más allá de lo material y otorgar una mejor situación para los animales, lo más acertado es reformar, en tanto se alcanzan los grandes objetivos.
Traer más especies exóticas no es una mejora, es un sinsentido, equivalente al que tuvo el alcalde Barrientos cuando, ante la trágica muerte del león, gestionó la venida de dos jaguares. ¿Quién dijo que una ciudad del tercer mundo, que no alcanza a cubrir las necesidades básicas de sus habitantes, pueda tener la capacidad de mantener un parque zoológico?
Hay que tomar en cuenta que la clínica veterinaria que tanto costó adquirir fue derribada con la construcción de los locales comerciales, y que las jaulas estrechas, decoradas con pedazos de troncos o macetas marchitas con colas de quetzal, no son las óptimas para los animales, no digamos el hecho de que el parque haya quedado, con los años, en el centro del movimiento comercial, y de la contaminación ambiental que esto implica.
El traslado a la Aurora tampoco es lo más apropiado, es cierto. Empezando porque el único lugar que de verdad le correspondería a los animales sería su mundo verde, lejos de la ciudad, como diría Alux Nahual. Más aún en esta Era en la que ya no es necesario entretenerse viendo animales enjaulados cuando existe el Internet y el Discovery Channel.
Espero que todos estos aspectos surjan algún día dentro de las investigaciones que realizan los universitarios. Y que la indignación que produce ver dentro de una columna una palabra mal sonante, avalada por la Real Academia Española, surja también ante la situación que viven los animales, y ante los hechos que se dan a diario en la sociedad guatemalteca. Porque tenía razón el filósofo alemán, Arthur Schopenhauer cuando dijo que “el hombre debe sentir compasión ante el sufrimiento del animal, a fin de ejercitarse en la compasión hacia sus semejantes”.
Pedir silencio, que no se escriba, que no se critique es la mejor salida que buscan las sociedades acostumbradas a callar, a tachar de erróneas y absurdas aquellas ideas que simplemente no coinciden con las propias, a pensar que solo existe el blanco o el negro, dos bandos nada más, y no abren los ojos a terceras opciones, a otros caminos a los que es posible llegar a través del diálogo y la diversidad de propuestas. Yo voto por la reforma del parque; por salvar el área verde, pero trasladar a los animales no aptos para el espacio ni el clima, es decir a la mayoría, hacia un lugar mejor. Quizá con el tiempo y los esfuerzos sea posible invitarlos de vuelta, pero a un lugar apropiado.

martes, 11 de marzo de 2008

Silencio, por favor


“... Es que colecciono un tipo especial de recortes. -- ¿Qué tipo de recortes? – preguntó Humkoke. -- Silencios – dijo Murke --, colecciono silencios.” Heinrich Böll

El doctor Murke era un hombre normal, tenía un título, un trabajo, una extraña necesidad de adquirir pequeñas dosis de angustia y una curiosa ocupación: la búsqueda de silencios.
Harto del estruendo de la banalidad, Murke, editor cultural de una emisora, optó por dedicarse a la tarea de guardar dentro de una pequeña caja los silencios absolutos, los suspiros y los momentos vacíos de inspiración que sufrían los profesionales.
El material en su poder era cuidadosamente unido y echado a andar, durante las noches, en la soledad de su cuarto, con el fin de regalarse unos minutos de verdadero silencio.
Este fascinante personaje creado por el Nobel alemán de Literatura de 1972, Heinrich Böll, se mueve dentro de una atmósfera irónica, sarcástica que le hace ver al lector la importancia del silencio como necesidad y como derecho.
Y es que entre el palabrerío y barullo del entorno es fácil perder la lucidez. Lo veo constantemente aquí, en la Capital, en el centro del caos, donde se concentran las posibilidades y el horror. Donde como el doctor Murke tomo a diario mi ración de angustia y busco el silencio, pero en vano.
Emigrante: me muevo, respiro, transpiro, me agito, no soy una ciudadana más, soy sobreviviente. Las horas que transcurren entre partir y volver al mismo punto forman parte de una hazaña suicida cotidiana. La muerte acecha en las esquinas, dentro de los buses, entre la masa y en soledad.
Camino: rugen las avenidas, chillan las bocinas rabiosas y los timbres insistentes de los teléfonos; las voces se esfuerzan por pregonar su trivialidad.
Me encierro: llega hasta mis oídos el eco puntual de la decadencia que transmiten los noticieros, los discursos de la televisión y sus sandeces. Zumba la radio al contacto de manos autómatas, quiebra mi espacio el estruendo de risas necias. Espero.
Se extingue la luz: queda el reloj y su eterna caminata, el galope de mi sangre en las sienes y el pecho, el arrastre vacilante de un lápiz, el crujido del papel.
Me habla el espejo, me grita la conciencia, murmuran insistentes las voces de los años muertos. El silencio no llega, no lo encuentro, no existe.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Del zoológico y otras bestias


El zoológico Minerva es uno de esos lugares que se han quedado paralizados en el tiempo, como muchas otras cosas en Xela: una ciudad que, hoy, está muy lejos de ser lo que fue.
Intentar llegar es una odisea. Hay que navegar con la lentitud del tráfico a lo largo de una de las rutas más transitadas de la ciudad. Esquivar decenas de transeúntes en el mercado de la Terminal, y estudiantes en el Cunoc, hasta acercarse al punto central de la actividad comercial del Suroccidente, al ombligo del caos, y aparcar.
Un policía municipal nos detiene. Hay que pagar Q5 por parqueo. Se mete el billete a la bolsa: ni una constancia, ni un recibo.
Entro y regreso varios años. El lugar no ha cambiado. La misma entrada, las mismas instalaciones - con excepción de la casita en medio de la jaula de los monos a donde se entraba para verlos de cerca, esquivar cagadas y aguantar olores-, el mismo descuido, el mismo panorama desolador. Para un ciudadano sensible la visita es un medidor de humanidad, de compasión.
Allí sigue la poza verde en donde se reproducen, entre peces muertos, otros peces y zancudos; la jaula donde toman el sol unos micos flacos y roñosos; así como las jaulas húmedas y estrechas en donde sobreviven otros animales y pájaros en exhibición. Curiosamente, a este lugar llegan, diariamente, niños y grandes para divertirse. Correr por las áreas verdes, respirar ingenuamente el aire de esa “burbujita libre de contaminación”, observar otra miseria, escaparse de las clases, jugar pelota, entregarse a instintos animales, sobre la hierba, en un ambiente natural o llamar la atención de los animales con piedras, ramas y ruidos.
Hoy el zoológico de Xela es protagonista de primeras planas. Y no precisamente por la decadencia y el descuido - eso no toca intereses personales ni políticos - sino por la polémica construcción de locales comerciales en el área verde que da hacia el mercado La Terminal.
Surgen protestas, revive la conciencia ecologista que se creía podrida y enterrada, y aparecen las propuestas y los desvaríos.
Conap advirtió recientemente acerca del daño que están sufriendo los animales en las instalaciones y propuso el traslado. Ante esto, el argumento de una representante del patronato del zoológico fue que “sería injusto deshacer lo que construyeron los abuelos”. ¡Cuándo no la tradición entorpeciendo las cosas en Xela!
Increíble la ceguera ante el hecho de que el tiempo, las circunstancias comerciales, y la manera de entretenerse cambian; y de que hay grandes ideas que caducan con los años.
Proponer que cierren el parque en una sociedad que se alimenta con el morbo y la desgracia ajena es inconcebible; proponer que lo trasladen –al cerro del Baúl, según dicen- es mandar el problema más lejos para que nos afecte menos y para que lo olvidemos con más facilidad. Hay que reformar.
Que envíen a los animales que no pertenecen a nuestro hábitat hacia Xetulul, al Auto Safari o a la Aurora, donde quizá estén mejor. Y que se queden únicamente los animales domésticos, de granja, de la región. Esto permitirá darles más espacio, mejor alimentación y cuidado; y hará que el zoológico se convierta en un espacio educativo más humano.

lunes, 25 de febrero de 2008

Afuera



Un naipe tirado, una moneda, un tenedor de metal, un botón, cuatro crayones de colores, la calle larga, gris, mi uña rayando la pared. Llego a la esquina, el semáforo en rojo, los autos gruñen, los rostros de tedio, la mujer que vende objetos en esa cuadra sopla y lanza burbujas nacaradas que el viento caliente del medio día levanta, arrastra en medio de los carros, revienta. El semáforo da verde. Los autos reanudan la marcha en medio de una atmósfera llena de pompas de jabón. Dan ganas de aplaudir.

Un papel doblado cuidadosamente en cuatro, el reflejo de los árboles en el charco que se hace junto a la banqueta, la punta de mi zapato derecho, izquierdo, derecho, izquierdo, un clip, una leve lluvia morada de flores de Jacaranda, la raíz del árbol levantando la banqueta, un tropezón, volteo para ver a los espectadores que seguramente estarán sonriendo: detrás de mí camina un ciego. Al lado, mi reflejo multiplicado en las ventanillas de los autos aparcados. Arriba, un gato me observa, indiferente, desde el filo de la pared. Pienso en la belleza del instante y me avergüenzo: un hombre revisa minuciosamente la basura que se rebalsa en el bote de la otra esquina.

Corro y alcanzo el autobús. La calle se convierte en una diapositiva de colores sucios, del tamaño de la ventanilla. Una mariposa blanca lucha contra la corriente de aire que crea el tráfico, un borracho intenta levantar su bicicleta, un perro caga sin pudor, un niño levanta sus manos y grita adiós desde el umbral de su puerta, una mujer llora en el teléfono público, y Ronald Mac Donald patea piedrecitas mientras espera el autobús. El sol golpea la ventana y me devuelve mi reflejo. Desciendo. Frente a mí, pasa caminando, sin mirarme, un niño idéntico al hijo que quizá nunca tendré. Me detengo, lo sigo con la vista hasta que dobla la esquina. El aire arrastra por el suelo un puño de hilos de colores, la hoja de un periódico. Esquivo a otros transeúntes, siento sus olores, colecciono las palabras sueltas que van dejando en el aire, busco mis llaves, y cuando levanto la vista reparo que el hombre que se acerca no deja de mirarme, el espacio es reducido, su mano derecha se dirige rápidamente hacia su costado izquierdo, mi corazón golpea fuerte, el encuentro es inevitable, saca un objeto negro, extiende la mano, respiro profundo, y en el momento que pasa a mi lado, dice: ¿aló?... apresuro el paso…la calle es un interludio fascinante cuando se abren los ojos…cierro la puerta.

martes, 12 de febrero de 2008

Réquiem por Arce


Me levanté de la silla y caminé, con la mano sobre la boca, hacia el televisor, para ver de cerca la noticia: una ambulancia, una camilla, una bolsa negra, una habitación rentada la madrugada de luna llena y, como Van Gogh y Valenti, allí estaba el periodista Hugo Arce, con “el pecho poblado de geranios”.
Inmediatamente pensé en ella. La recordé con sus diecinueve años, su gran sonrisa y los ojos bien abiertos, fuera de la estación del bus que acababa de entrar de la Capital, mientras destapaba el paquete que el mismo Arce le había enviado: dos libros autografiados –“Alquimia” y “Los gatos, por ejemplo” –: una recopilación de columnas periodísticas poco convencionales que ella recortaba todos los viernes y guardaba dentro de una bolsa plástica, porque decía que cuando las leía se leía, porque los artículos le daban palmadas en la espalda a su recién nacido idealismo, la ayudaban a descubrirse, la seducían con la rabia, el dolor, las divagaciones sobre el amor, las mujeres lejanas, las madrugadas solitarias, y los monólogos existencialistas de un personaje misterioso que luego la hizo leer a Hesse, y, más adelante, le presentó a una mujer pequeña, morena, a la que llamaba Guatemala y que, según parece, nunca dejó de dolerle; pero que a ella, fiel lectora, en cambio, terminó por encabronar.
Con el paso del tiempo se la empezó a ganar el desencanto, la certeza de que hay batallas inútiles, desgastantes, y fue así como un día dejó de leerlo, le perdió la pista, guardó sus libros, perdió los recortes, y, poco a poco, perdió totalmente la fe, se convirtió en otra.
Imagino que si ella hubiera visto la noticia de su muerte, indudablemente habría recordado más de alguno de sus textos y, en silencio, habría pensado que de plano ese día también “amaneció exilado del mundo, disidente de Dios, subversivo de la vida…”
Sí, a esa Vania, que ya no existe, ese disparo –violento punto final – también le habría destrozado el corazón.

miércoles, 30 de enero de 2008

Noche de circo


Llegamos a la última función. La ventanilla de uno de los autos aparcados lanza una bella panorámica de nuestra situación: el gran rótulo del circo, decenas de luces compitiendo con las estrellas, y una larga fila de hombres, mujeres y niños atraídos como insectos a la luz, los colores, el misterio que insinúa una lona azul a medio cerrar y la música de fondo que invita a jugar con el peligro, a desafiar el vacío.
Ya adentro, el circo es un universo en miniatura, con todo y su cielo azul tapizado de estrellas. Un desfile de hombres hábiles que hacen gala de su poder de dominación, mujeres que vuelan, niños malcriados con narices coloradas, un grupo de animales humanizados –como si existiera una maléfica obligación de partirnos el corazón- todos reflejados en cientos de ojos hinchados de asombro.
Nosotros, el público: decenas de individuos convertidos, de repente, en un solo personaje dirigido por el hombre que permanece en medio del escenario: una señal, el ente aplaude, se calla cuando apagan las luces y vuelve a aplaudir cuando la música lo indica.
Cuando todas las luces se encienden sabemos que el espectáculo se acabó, vuelve la cara del vecino, la realidad opaca, se abren en su totalidad las paredes de lona y el gran sujeto se disgrega entre casas rodantes que permanecen a media luz, bajo otro cielo estrellado, pero más lejano.
Allí uno por uno se dispone a retomar su papel, sin maquillaje de colores, sin magia, en un escenario cotidiano donde hombres y mujeres poco hábiles y nada flexibles hacen a diario malabares de equilibrista entre el acierto y el error, frente a otro gran sujeto que en lugar de obedecer a sus ademanes y aplaudir, juzga cada uno de sus movimientos, sus vacilaciones, mientras imagina con morbo el paso en falso y el final.
Fascinada. Yo salí con ganas de jugar, ponerme una nariz roja, dibujarme una gran sonrisa, dedicarme a buscar la magia, ayudar a liberar el asombro, y con toda la irreverencia del caso, lanzar en la cara de la vida una enorme carcajada.