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jueves, 4 de junio de 2015

Isabel Ruiz: El arte es una crónica del hallazgo de la luz




 Foto de Isabel Ruiz por Mario Santizo (www.mariosantizo.com)

Penumbra y silencio pidió Isabel Ruiz cuando la Galería 9.99 le propuso hacer una revisión de su obra. La idea era crear la atmósfera necesaria para despertar todos los sentidos. Lo sabe perfectamente ella que, como artista y como mujer, ha vivido y creado en un país como Guatemala, en donde ambos elementos han sido, a lo largo de la historia, una amenaza que, a pesar de todo, no ha impedido “decir”, no ha impedido “hacer crecer”. De esa manera comenzó la adaptación del espacio que el 23 de abril puso a disposición del público una muestra de sus acuarelas, esa faceta de su trabajo que habla de su evolución como artista, de sus exploraciones técnicas, y de esas preocupaciones históricas y estéticas que la han convertido en uno de los iconos más fuertes y completos de la plástica guatemalteca, un icono que merece, con justicia, un redescubrimiento.

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Está por cumplir 70 años y por salir de una recaída física que la ha obligado a estar en cama, pero que no ha impedido que desde allí le dé seguimiento a sus ideas y proyectos. Pasa los días en su cuarto, se mantiene acostada, le cuesta moverse, pero las ideas no se detienen; le cuesta hablar y recordar, pero cuando dice “Guatemala”, “arte”, “infancia”, la emoción se le desborda, se le quiebra la voz, tensa las manos como si tratara de sostener con ellas todo el peso de lo que siente. Isabel Ruiz es fuerza y es ternura. Es fácil deducirlo cuando el espectador es arrollado por su pintura y sus instalaciones, o cuando se le escucha hablar de los talleres de arte para niños. Fuerza y ternura que a su vez son herencia de una madre amorosa, y de un padre dictatorial que optó por darle educación sólo a sus hermanos, y a cuyas espaldas se inscribió en la Universidad Popular para estudiar artes plásticas, ese segundo círculo, también dominado por los hombres, en el que iba a tener que poner en práctica lo que descubrió en casa y ha abanderando toda su vida: la resistencia. Fue alumna de Roberto Cabrera y de Galeotti Torres. En 1968 tuvo su primera exposición en las instalaciones de la UP: una serie de acuarelas con imágenes transformadas a través de su estado anímico, que hicieron que Cabrera, su maestro, la relacionara con la violencia de trazo y color del expresionismo alemán. El día de la exposición, Isabel Ruiz llegó vestida de blanco, se estaba casando con el arte. Fue el mismo año en que inició sus estudios de Grabado, esa técnica que se caracteriza por marcar las superficies, y que marcaría de manera particular su arte, su expresión.

Paréntesis

Estoy en el Taller experimental de gráfica, y mientras el artista Erick Menchú va por las placas de los grabados de Isabel Ruiz, yo exploro los botes que quizá contengan solventes, químicos o tintas; observo algunas impresiones, quizá recién salidas de la presión de los tórculos, y algunas placas en proceso. La relación del Taller con Isabel Ruiz ha sido larga. Ellos la acompañaron en el rescate de algunas láminas que había tallado en los años 80, y que luego se incluyeron en la edición de tres carpetas con sus grabados. Además, estuvieron junto a la artista en el proceso de producción digital de las piezas que se expusieron, a gran escala, en la muestra titulada “Retrográfica”, que organizó hace varios años el ArteCentro Paiz, a partir de la cual también surgieron otras totalmente digitales que se añaden a la larga lista de experimentación que Ruiz ha llevado a cabo a lo largo de su exploración de la expresión en el arte visual. Menchú me muestra las placas. Son pequeñas planchas de zinc, escindidas con finos surcos que crean una textura, y que funcionan como una matriz de la que sale una serie de impresiones. “Trabajarlas requiere un esfuerzo físico o químico para crear esos accidentes sobre la plancha”, dice Menchú, “Isabel Ruiz se valió de ambas técnicas, la manual y la química, para incidir en las placas. Le gustaba en especial la “punta seca”, que consiste en dibujar sobre la placa. Mientras más fuerza se le aplique, más negro será el dibujo que ya, de por sí, exige tener un trazo fuerte, preciso, porque no se puede borrar. Una técnica que a Isabel le servía para canalizar la furia, para hacer catarsis”. Sin embargo, llegó un momento en que los médicos prohibieron que Isabel se siguiera dedicando al grabado, debido al daño que le causaba el contacto con los solventes, tintas y químicos, entonces volvió a la acuarela, pero aplicando las técnicas del grabado, y empezó a rayar el papel, a rasgarlo, a herirlo. “Es imposible entender “la profundidad” de las rasgaduras de sus acuarelas o la introspección de sus gestos performáticos sin el antecedente del grabado”, opina la curadora Rosina Cazali, quien ha seguido su trabajo desde su participación en el grupo “Imaginaria”, donde a finales de los 80 estuvo produciendo junto con Moisés Barrios, Pablo Swezey, Luis González Plama, Daniel Chauche y Erwin Guillermo. “En el trabajo de Isabel: punzar, barrenar metal, corroer, desgastar, rasgar papel, pintar una línea gruesa sobre la pared o profundizar con buriles es sinónimo de herida, de evidenciar las heridas históricas que nos atraviesan”, concluye Cazali.

Paréntesis



El tiempo en el que empezó la producción artística de Isabel Ruiz coincidió con un momento oscuro y convulso para Guatemala. Más que alimentarse de sueños, Isabel se estaba alimentando de violencia, como afirmó en una entrevista publicada por el Centro Cultural de España. Eran años de conflicto, de represión contra estudiantes y movimientos sociales, años de desapariciones y muerte, de lucha contrainsurgente que arrasó comunidades rurales y persiguió a militantes e intelectuales. Se podría decir que eran tiempos de penumbra y silencio. Ruiz los vivió de cerca. Se había casado con el poeta Francisco Morales Santos en una ceremonia familiarmente clandestina en la Iglesia del Santo Cura de Ars, a donde llegó vestida de rojo. A través de su relación con el poeta, había iniciado también una relación duradera con la literatura, la poesía, y los poetas del Grupo Nuevo Signo. Juntos convivieron con escritores como Luis de Lión y Roberto Obregón, con su poesía, así como con la angustia de su desaparición. Juntos recogieron firmas para la liberación del intelectual Huberto Alvarado, estuvieron en el entierro de las víctimas de la Embajada de España, y volantearon, como parte de su militancia urbana. Crear, en esa época, era para Ruiz una manera de espantarse el miedo, era un intento simbólico de hacer prevalecer la vida, de encontrar un poco de luz. Así surgieron series pictóricas como “Historia sitiada”, “Río Negro”, “Desaguaderos”, “Sahumerios” y “Arqueología del silencio”. Oscuridad creada por capas sobre capas de acuarela. Tonos que emulan el color de la sangre seca, rasgaduras con bisturí que les provocan heridas de luz, inserción de imágenes desechadas por el fotógrafo Luis González Palma, como elementos por descubrir; iconografía de la cultura maya, fragmentos de poemas, de listas del supermercado, trazos violentos que delinean las pesadillas de la cotidianidad de un país sitiado. “Lo suyo podría haber sido un grito, pero fue arte”, escribió Rafael Cuevas Molina en la presentación de una de sus series en el Museo de arte costarricense. “Ella es un ejemplo del arte como expresión”, dice el crítico Juan B. Juárez, “Ruiz se expresa con naturalidad y compromiso, no solo con el arte, sino con la realidad y el pensamiento social. Hay que recordar que es heredera del grupo “Vértebra”, al que pertenecía su maestro Roberto Cabrera, es heredera de su preparación conceptual, ideológica y política, de su arte documental. Isabel Ruiz está indignada y esa fuerza la impulsa. No ilustra la rabia. Ella es la voz de la rabia”. Concluye Juárez. Esa quizá sea una de las razones por las cuales, en la historia de la plástica guatemalteca, Isabel Ruiz es una isla. Esa y su condición de mujer que renuncia al derecho social de la contemplación, la representación y la transmisión de la belleza, y se dedica a traducir el horror, a hablar de una Guatemala a la que aún hoy se le sigue volteando la mirada. “Isabel ha vivido intensamente ser mujer. Le ha tocado pelear su espacio, esquivar prejuicios y descalificaciones machistas de las peores. Isabel es una intelectual que denuncia su inconformidad y repele el corsé de lo que “debe representar” o “cómo debe ser” el arte hecho por mujeres”. Explica Rosina Cazali. Y tan es así, que, como declara Juárez, “ha logrado legar una expresión de mujer con una fuerza humana sin género ni comparación”, expresión que ha transitado no solo por la acuarela y el grabado, sino por el dibujo, la composición digital, la instalación, el performance y la pedagogía del arte para niños: esas criaturas que funcionan para Ruiz como pequeñas incisiones de luz en el panorama oscuro que plantea vivir en un país como Guatemala.

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La selección de acuarelas de la exposición “Isabel Ruiz: 30 años de silencio” intenta tocar los puntos que le preocupaban en cada una de las series que produjo, explica el artista y director de la galería, José López. “Se trata de piezas clave que fueron producidas entre 1988 y 1996, que estuvieron circulando por museos e instituciones como piezas aisladas, y que hoy dialogan en un mismo espacio. Las construcciones verticales de la serie “Río Negro” que hacen referencia a la estela maya; la presencia de los murciélagos en las piezas de “Desaguaderos”, relacionadas con Xibalbá; la transición entre “Río Negro” y la firma de la paz que se da en la pieza principal de la exposición, donde el color de la sangre seca habla acerca de la posibilidad de cicatrización; una muestra de la serie “Patoli”, que surge de la investigación de los patrones del juego; un autorretrato de “Sahumerios”, y el rescate del video de la coreografía armada por Ruiz para la obra del mismo nombre, producida junto con el bailarín Don Carlos, en la que Ruiz hace que los danzantes se muevan metidos dentro de costales, como una reflexión acerca de aquellos a quienes desaparecían de la misma manera y tiraban en ríos o lagos”. Explica López. “Lo valioso de su obra y su rescate es que Isabel desarrolló su arte en un tiempo en el que no era correcto tocar esos temas, donde era subversivo. Ahora es fácil hacer una interpretación, es lo correcto. Isabel tuvo el coraje para enfrentarse a una época”, opina el artista Darío Escobar, quien además, resalta la importancia de revisitar los antecedentes del arte contemporáneo que no es, para nada, producto de la casualidad. “La obra de Ruiz entrecruza muy bien con la de Pablo Swezey y Joaquín Orellana, un camino que luego recorrerá Regina José Galindo, Sandra Monterroso y Aníbal López, y que ella hereda de Roberto Cabrera”. Dice el escritor Javier Payeras quien, desde el Ministerio de Cultura está gestionando la entrega de la Orden presidencial “Carlos Mérida” para la artista. La misma que han recibido personajes como Efraín Recinos, Dagoberto Vásquez o Arturo Monroy, entre otros. El 23 de abril la galería encendió las cajas de luz requeridas por su obra para que el espectador lograra visualizar, desde la oscuridad, la misma luz que la artista ha visto surgir a lo largo de su búsqueda, y para que quizá también lograra, como ella, conmoverse y alcanzar una leve visión de la esperanza.

lunes, 20 de abril de 2015

Duro y limpio como un golpe, como un buen poema



Cómo es posible enseñar a alguien a escribir, cuando el escritor ni siquiera sabe si será capaz de hacerlo, se preguntaba Charles Bukowski en una entrevista que le hicieron en 1982. Él, sin embargo, lo hizo. Dejó decenas de historias y poemas que exploran los días y la supervivencia a través de la bebida, las mujeres, las carreras de caballos, los empleos temporales, el hambre, la música clásica, la lectura, la vida de los grandes escritores que lo antecedieron y la escritura misma. Un legado literario caracterizado por su fuerza y su sencillez, cuya exploración, aún hoy, a 21 años de su muerte, sigue fascinando a los lectores que quieren vivir y escribir. La siguiente es una breve revisitación de aquellos fragmentos que reflexionan sobre el oficio del escritor, y que nos regalan la imagen del viejo Hank, que sigue gritando desde el otro lado del ring para decir cómo se debe lanzar un buen golpe.


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"Si no brota de ti a borbotones / a pesar de todo, / ni lo intentes. A menos que te salga por voluntad propia / del corazón y la mente y la boca / y las entrañas, / ni lo intentes".

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"No seas como tantos otros escritores, / no seas como tantos miles de / personas que se llaman escritores, / no seas soso, aburrido y / pretencioso, no te dejes consumir por el narcisismo. / Las bibliotecas del mundo / se han dormido de / aburrimiento / con los de tu calaña. / No lo empeores. / Ni lo intentes. / A menos que te salga / del alma como un cohete, / a menos que creas que la inactividad / te llevaría a la locura o / al suicidio o al asesinato, / ni lo intentes".

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"La manera de crear arte es quemar y destruir / conceptos comunes y sustituirlos / por nuevas verdades que vienen sin pensar / y brotan del corazón".

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"La creación es como todo lo bueno: / hay que esperar; la ambición ha acabado con más / artistas que la indolencia".

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"Hombres y mujeres /  —del pasado y el presente— / han creado y crean / nuevos mundos para / el resto de nosotros / a pesar del fuego y a pesar del hielo, / a pesar de la / hostilidad / de los gobiernos, / a pesar de la desconfianza arraigada de las masas, / solo para morir / por su cuenta / y generalmente, / en soledad".

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"A decir verdad, siempre he creído que / lo que escribo tenía por objeto / evitar que yo me fuera /  a  pique // Pero parece ser que también ha ayudado a / algún otro. // Bueno, a mí también me pasó eso de que me / ayudaran: / estaban Celine / Dostoievski / Fante / lo primero de Saroyan / Turneguiev / Gorki / Sherwood Anderson / Robinson Jeffers / e.e. Cummings / Blake / Laurence / y / muchos / otros".

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"Lo primero  que debe hacer la escritura es salvar tu propio pellejo. Si lo hace, entonces será automáticamente jugosa, entretenida".

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"Una vez más / oigo hablar de alguien que va a / sentar cabeza y / poner manos a la obra, / pintando, escribiendo o lo que sea, / en cuanto instalen una luz / mejor, / o en cuanto vayan a otra / ciudad, / o en cuanto regresen del viaje que / han estado planeando, / o en cuanto… // es así de sencillo: no quieren / hacerlo, / o no pueden, / de otro modo notarían una / quemazón infernal / que no podrían dejar de lado / y “pronto” / se convertiría de inmediato en / “ahora”."

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"No, chico, si quieres crear / crearás aunque trabajes / 16 horas al día en una mina de carbón / o / estés en el paro / y vivas en un cuartito / con tres críos, / crearás aunque te hayan arrancado partes del cuerpo / y de la / mente, / crearás estando ciego / inválido / loco, / crearás aunque un gato se te encarame por / la espalda y / la ciudad entera tiemble sacudida por un terremoto o por las bombas, / las inundaciones o los incendios. // Chico, el aire y la luz y el tiempo y el espacio / no tienen nada que ver / y no crean nada / excepto quizá una vida más larga que te permita / encontrar más / excusas".

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"El valor natural que vence al talento natural / eso es lo mejor".

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"Escribir es el noventa por ciento de mí mismo. El otro diez por ciento es esperar a escribir".

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"¿Por qué arropamos todo lo que decimos / con un énfasis especial / cuando lo único que hace falta / es limitarse a decir / aquello que debe decirse?"

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"Mientras la mayoría de la gente / lo desperdicia todo conversando / yo / lo escribo".

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"Recuerda a los perros viejos / que pelearon tan bien: / Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun. // Si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas / como te está pasando a ti ahora / sin mujeres / sin comida / sin esperanza / entonces no estás preparado".

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"Joven o viejo, bueno o malo / no creo que nada muera tan despacio y / con tanta dificultad como un / escritor".

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"Hace / falta / mucha // desesperación // insatisfacción // y / desilusión // para / escribir // unos / pocos / buenos / poemas. // No todo / el mundo / puede //  ya sea // escribirla // o siquiera // leerla".

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"No escribir no es bueno / pero intentar escribir / y no poder es / peor".


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"Escribir ha sido mi fuente / de la juventud, / mi puta, / mi amor, / mi apuesta".


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"La inutilidad de la palabra es / evidente, / me gustaría que / este / pedazo de papel / gritara y bailara y / riera / pero / las teclas lo / golpean sin dañarlo / y / nos conformamos / con menos / de lo deseado. // Ser incompleto es cuanto / tenemos: / escribimos lo mismo / una y otra / vez. / Somos tontos, / nos obligan. // La inutilidad de la palabra / es evidente. // Los escritores solo pueden aparentar / que triunfan / algunos lo hacen bien, otros / no tanto // sin embargo / ninguno de nosotros / se acerca / ninguno se acerca / siquiera / sentados a las / máquinas // comprometidos a / dedicar nuestras / vidas / a esta indecente / profesión".

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"Anoche hice algo muy raro: después de escribir unos cuantos / poemas a máquina / le puse la cubierta / me agaché, le di un beso y le dije: / “muchas gracias”. // Después de 50 años en esto por fin le había dado las gracias a mi / máquina. // Ahora vuelvo a sentarme a ella y la aporreo, no tecleo / con suavidad, la aporreo, quiero oírla, quiero que / funcione, me ha permitido sobrevivir a las peores mujeres y a los / peores hombres y a los / peores trabajos, ha transformado mis pesadillas en algo apacible / y cuerdo, me ha querido cuando más hundido estaba y me ha hecho / parecer mucho mejor persona de lo que he sido / jamás".

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"Si vas a intentarlo / ve hasta el final / de lo contrario no empieces siquiera // Tal vez suponga perder novias / esposas, familia, trabajo / y quizá la cabeza. // Tal vez suponga no comer durante / tres o cuatro días. // Tal vez suponga helarte / en el banco de un parque. // Tal vez suponga la cárcel // Tal vez suponga humillación // Tal vez suponga desdén, // aislamiento / El aislamiento es el premio // Todo lo demás es para poner / a prueba tu resistencia, / tus auténticas ganas de hacerlo / y lo harás. // A pesar del rechazo y / de las ínfimas probabilidades / y será mejor que cualquier cosa / que pudieras imaginar  // Si vas a intentarlo, / ve hasta el final. // No existe una sensación igual // Estarás sólo con los dioses / Y las noches arderán en llamas / Llevarás las riendas de la vida / hasta la risa perfecta / es por lo único que vale / la pena luchar".

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"Cada nueva línea es un comienzo y no tiene nada que ver con ninguna de las líneas que la han precedido. Todos empezamos desde cero cada día".

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"Nada impediría a un hombre escribir a menos que ese hombre se lo impida a sí mismo. Si un hombre desea verdaderamente escribir, lo hará. El rechazo y el ridículo no harán más que fortalecerle. Y cuanto más tiempo se le reprima, más fuerte se hará, como una masa de agua que se acumula contra una presa".

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"Te preparas para ser escritor haciendo las cosas instintivas que te alimentan a ti y a la palabra, que te protegen de la muerte en vida. Para cada uno es diferente. Y para cada uno cambia".

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"Nunca quise fama ni dinero. Quería poner la palabra en la página como yo quería, eso es todo. Y tenía que poner las palabras en la página o me sentía superado por algo peor que la muerte. Las palabras no como algo precioso, sino como algo necesario".

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"Para mi propia escritura, me gusta ver los combates de boxeo, ver cómo se usa la izquierda, el derechazo, el gancho izquierdo, el uppercut, el revés. Me gusta ver cómo se enzarzan, cómo se separan de la lona. Hay algo allí que aprender, algo que aplicar al arte de la escritura, a la manera de escribir. Tienes una sola oportunidad y se acabó. Sólo quedan páginas, así que más te vale que echen humo".



martes, 10 de marzo de 2015

Alaíde Foppa: El corazón tiene el tamaño de un puño cerrado






En diciembre se conmemoraron 100 años del nacimiento de Alaíde Foppa y 34 de su desaparición. El tiempo que transcurrió entre una fecha y la otra estuvo marcado por el amor, la maternidad, la intelectualidad, la lucha feminista, la militancia y la tragedia.


Dicen que Alaíde había salido a comprar flores y a recoger la renovación del pasaporte que había perdido. Era 19 de diciembre de 1980, tenía previsto regresar a México un día después. Esa mañana la acompañaba Leocadio Axtún Chiroy, el chofer de su madre. Un hombre que venía de la Finca San Sebastián, la finca de ganado, café y madera, propiedad de la familia Falla, ubicada cerca de San Miguel Dueñas. Cuando transitaban a la altura de lo que hoy conocemos como la Plaza El Amate, fueron interceptados, y nunca más se supo de ellos.

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No. El pasaporte no estaba perdido. Estaba vencido. Fue el que le entregó para el viaje su hija Laura, la bailarina, con la preocupación de que el vigente tenía el sello de una visita a Nicaragua, en donde un año atrás había encabezado una campaña de solidaridad con la revolución sandinista, mediante una subasta de arte. Un detalle que en ese entonces podía causarle problemas. Alaíde estaba ilusionada, quería visitar a su madre en Guatemala, cuenta Laura Solórzano, sin embargo, esta vez llevaba, además, una misión. Viajaba con enormes pérdidas a cuestas. Tan solo unos meses atrás habían asesinado a su hijo menor, Juan Pablo, durante un combate en Nebaj; y al enterarse, abrumado con la noticia, su esposo, Alfonso Solórzano, había salido distraído a la calle y había sido atropellado por un auto en la Avenida Insurgentes. Alaíde había tomado una decisión. Quería sentirse útil a la causa por la cual también militaban sus hijos Mario y Silvia. Quería tomar el lugar de Juan Pablo en la lucha guerrillera. Fue Laura quien la llevó al aeropuerto el día de su último viaje. Recuerda que allí, su madre se despidió con una sonrisa ilusionada, casi ingenua, y que ella la abrazó mucho. La idea era que estuviera de vuelta antes del 21 de diciembre, en esa fecha iba a inaugurarse el Teatro Covarrubias y como parte de la actividad estrenarían la obra “Calaucán” de Patricio Buinster, en la que participaría Laura, quien a lo largo de su carrera había bailado en diferentes lugares, estilos y grupos, muchos de los cuales no habían sido del agrado de su madre. Y ahora, que integraba el taller coreográfico de la UNAM, lo estaría haciendo en un lugar y de la manera que a ella sí le gustaba. El 19 de diciembre, un día antes del regreso programado, Laura llamó a Guatemala para confirmar el viaje de vuelta de su madre, pero ya había desaparecido. Dos días después, recuerda haber bailado con Alaíde Foppa en el corazón.

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A Silvia le llegó la noticia de la desaparición de su madre a través de una radio que estaba encendida en el campamento del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) ubicado en las montañas de El Quiché. Silvia se había involucrado en el movimiento desde los 22 años, cuando estaba en cuarto año de la carrera de Medicina. Su padre, Alfonso Solórzano, era miembro fundador del PGT, pero en esos inicios, su agrupación estaba en contra de la lucha armada, lo cual hizo que Silvia y sus hermanos, Mario y Juan Pablo decidieran no compartir sus decisiones y viajar a Guatemala para enrolarse en la lucha por cuenta propia. La decisión de la partida pareció normal en casa de los Solórzano Foppa. El padre era guatemalteco, volver al país era algo que él mismo no podía hacer, y no puso resistencia ante el deseo manifiesto de sus hijos. Silvia vino a terminar la carrera al país, y con la excusa de que se iba para México a prestar servicio social, desapareció y se fue a la montaña, donde también hacían falta médicos, y donde permanecería durante siete años, alfabetizando, entre otras muchas actividades. Allí conoció a su pareja y tuvo una hija que su madre logró conocer la única vez que se vieron desde entonces, y que dejó en la memoria de Silvia la figura de una Alaíde transformada. Ella, que había crecido en un medio aristocrático y diplomático, se vestía diferente, tenía otra actitud. La noche en que la radio dio la noticia de la desaparición de Alaíde Foppa, Silvia estaba en un campamento en donde más de la mitad de la gente había tenido una pérdida o había terminado por recibir una noticia similar. Pocos sabían que su madre era una más de los 45 mil desparecidos, no podía sentirse la mayor víctima del mundo. “Me tocó a mí también”, pensó.


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El 19 de diciembre de 1980, el teléfono sonó en la casa de Julio Solórzano Foppa en México. Era su hermana Laura y tenía malas noticias desde Guatemala. Estaban buscando a su madre, no la encontraban. Su abuela, Julia Falla, ya había recorrido hospitales, comisarías, y había solicitado la intervención del ministro de Economía del gobierno de Lucas, Valentín Solórzano, hermano del esposo de Alaíde, para ver si por la vía oficial podían tener alguna pista de lo que había sucedido. Ese año ya habían tenido dos muertes en la familia. La desaparición de Alaíde Foppa era un nuevo golpe violento, uno más previo al último que sufrirían seis meses después cuando su hermano Mario también sería asesinado. Sin embargo, el impacto de la noticia para el hijo mayor de Alaíde Foppa tendría otra arista un día después, cuando leyendo una nota en el periódico Excelsior, que hablaba acerca del caso de su madre, se enteró, además, de que su verdadero padre era el ex presidente guatemalteco Juan José Arévalo. En ese momento recibió otra llamada de su hermana Laura. “¿Viste el periódico?”, le preguntó, y llegó a su casa para contarle que lo que decía la nota era cierto, que era algo que todos sabían. Su madre siempre le había querido decir, pero no había encontrado el momento para hacerlo, tenía miedo de la reacción que Julio pudiera tener, pues pasaba por una crisis alcohólica que ya llevaba varios años. Sin embargo, transcurrirían otros más para que Julio Solórzano se contactara y reuniera con Arévalo y empezara así una relación de cercanía con esa familia de la que también era el hijo mayor. En ese momento, la prioridad era rescatar a su madre con vida, y junto a su hermana Laura se aferraron a ese hilo muy delgado de esperanza que les duró algunos meses.


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Laura viajó a Nueva York en enero de 1981. Se había ganado una beca del taller coreográfico para recibir unas clases magistrales, y aprovechó el momento para visitar varias organizaciones y denunciar, así, no solo la desaparición de Alaíde Foppa, sino, además, la violencia de la que era víctima Guatemala. Laura Solórzano estuvo en las Naciones Unidas y en la oficina de Derechos humanos de la OEA. Su hermano Julio, mientras tanto, se fue a París. Allá estaba Dominique Eluard, la viuda del poeta Paul Eluard, con quien Alaíde Foppa había trabajado una traducción al español de su libro “El ave fénix”, y quien había recibido anteriormente a Julio Solórzano en su casa durante el tiempo que éste estuvo estudiando en Rusia. La casa de Dominique Eluard era un centro de reunión de intelectuales rusos y franceses, ella misma estaba muy vinculada, además, con América Latina, recuerda Julio Solórzano, quien en esa casa conoció a Simone de Beauvoir, Sartre, Althusser, y en una sola noche a Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, juntos, por el año 68. Al enterarse de la noticia de la desaparición de Alaíde Foppa, la viuda de Eluard le comentó que habían conseguido que se abriera un espacio en la Asamblea francesa para que él llegara a hablar del caso de su madre y de esa manera se hiciera presión en el Ejecutivo para que Francia interviniera. Así lo hicieron, la participación de Solórzano Foppa en la Asamblea la hizo al lado del escritor argentino Julio Cortázar, quien se encargó del elogio y defensa de la escritora. Solórzano no sabe si los dos escritores alguna vez se conocieron, el caso es que Cortázar, quien este año también arribó al centenario de su nacimiento, sabía quién era su madre. En México, mientras tanto, la indignación también había permeado con fuerza. De acuerdo con los testimonios escritos de Elena Poniatowska, quien trabajó con Foppa en la revista FEM, el periódico Uno más uno empezó a llevar la cuenta de los días sin Alaíde mediante un pequeño anuncio firmado por el “Comité Internacional por la vida de Alaíde Foppa”. “Se fueron ensartando los días”, dice Poniatowska, “un día más sin Alaíde, un día más sobre un montón de días, un día más como una paletada de tierra sobre una situación atroz, intolerable. Pensé que el día en que el escueto desplegado desapareciera nos habríamos acostumbrado a él como a cualquier otro anuncio, porque tal parece que en América Latina resulta más fácil convivir con la tragedia y la injusticia que con la libertad”. Eso lo dejó muy claro el Gobierno de Guatemala, representado por Lucas García. México había conformado una delegación para que viajara al país e intercediera por la suerte de la escritora desaparecida. La respuesta gubernamental se dio mediante un telegrama en el que aseguraban que también estaban preocupados por la suerte de la Doctora Foppa, pero creían que tenían la obligación de advertirles que el comunismo internacional, en su afán de dañar la imagen del gobierno guatemalteco, podía causarles daño de cualquier naturaleza a los miembros de la comisión mexicana. La amenaza de un gobierno a otro había sido lanzada, el viaje se canceló.

Alaíde en perspectiva

Cuando se pierde a un ser querido, uno se enfrenta a varias dimensiones, dice Julio Solórzano. Se empiezan a entender unas y a conocer otras. Con la desaparición de Alaíde Foppa, sus hijos empezaron a reconocer a su madre, a entender lo que ella representaba para muchas otras personas fuera de la familia, y los diversos espacios en los que se había desarrollado y había tenido influencia: los intelectuales, los de la crítica de arte, el feminismo y la poesía. Alaíde Foppa era para ellos la mujer que determinaba lo cotidiano. La cabeza intelectual y artística de una familia numerosa, en la que la influencia ideológica corría por cuenta de la figura paterna. Los cinco estuvieron claramente marcados por ambos. Julio y Laura se dedicaron al arte; Silvia, Mario y Juan Pablo, a la militancia. Su vinculación intelectual con el exilio guatemalteco en México hacía de su casa un punto de encuentro visitado por Tito Monterroso, Carlos Illescas, Mario Monteforte Toledo, Otto Raúl González o el mismo Miguel Ángel Asturias, cuando andaba de visita por México. De un día para otro, esa mujer que había nacido en Barcelona y, como hija de un diplomático se había formado en Bélgica, Francia e Italia; que había venido a Guatemala en época de la Revolución, y la noche del 20 de octubre había ido a prestar ayuda a los heridos de los bombardeos, y con lo que ganaba por escribir sus artículos periodísticos, le alcanzaba exactamente para pagar el sueldo de la cocinera, se transformó en una figura que representaba la indignación de quienes reconocían la importancia y la dimensión de la pérdida que significaba la desaparición de la mujer que había fundado la revista FEM, conducía el Foro de la mujer en Radio Universidad, participaba activamente con las organizaciones de defensa de derechos humanos, había traducido a Paul Eluard y a Miguel Ángel Buonarroti, hacía crítica de arte, escribía poesía y había decidido involucrarse en la lucha ideológica en la que creían sus hijos.


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Alaíde Foppa era poco conocida entre las jóvenes de los 70, pero al tener chance de ir a México y leer FEM, querías conocerla. FEM te abría los ojos, la mente, el cuerpo, el corazón”, afirma Ana María Cofiño, directora del periódico feminista La cuerda, quien todavía guarda una pequeña e incompleta colección invaluable de la revista mexicana en la que conoció a otras autoras, no sólo del continente, sino de más allá, y que sirvió de ejemplo para las feministas guatemaltecas, como Viviana Fanjul quien escribió como Fémina sapiens en la revista Qué pasa calabaza, publicada a finales de los 70, en tiempos de Lucas. “FEM fue pionera a nivel latinoamericano como Fempress desde Chile. En ella escribieron y colaboraron intelectuales de prestigio como Elena Poniatowska y Marta Lamas, entre otras. Para mí fue una puerta grande y prolija para seguir buscando; y para La cuerda, fue un modelo”. El poeta y editor Francisco Morales Santos opina que el registro poético de Alaíde Foppa no tiene igual en la poesía guatemalteca. “Es una poesía suave y dulce, y al mismo tiempo, fuerte. Me atrevo a decir que está más cerca de algunas poetas mexicanas de su tiempo: Dolores Castro, por ejemplo, quien ha dicho: “El amor, la vida y la poesía son una misma cosa”. En ambas se hace realidad esta expresión; ahora bien, como traductora, recoge una rica tradición que viene de escritores como Batres Montúfar, Domingo Estrada y María Cruz”. Para la poeta Carolina Escobar Sarti a Foppa la definió sobre todo su curiosidad e inquietud intelectual y académica. “Su pasión estaba puesta en la vida. Su poesía me parece prístina, transparente, toca temas como la palabra, la vida, lo cotidiano de manera bastante sencilla. Hay momentos en que se puede pensar que no es tan profunda para venir de una mujer como ella. Yo, de hecho, empecé admirando a la mujer y la académica para llegar a entender su poesía, y no al revés”, dice la escritora que durante una temporada tuvo en su poder el archivo de Alaíde Foppa: dos cajas de plástico que contienen cartas, recortes de periódico, cosas de la universidad, muchos escritos en francés, contactos, catálogos de muestras artísticas, y según su hijo, algunos cuentos, media novela y textos académicos. La idea de Escobar Sarti era hacer un libro sobre Alaíde, sin embargo el tiempo y las actividades empezaron a apretar su agenda y optó por devolver el archivo que sigue en espera de que alguien se interese en él y empiece a estudiarlo, a rescatarlo.


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Con el paso de los años, a pesar de la ausencia de respuestas, algunos datos han quedado claros para los hijos de Alaíde Foppa. Una amiga de la familia había visitado la casa de Julia Falla dos días antes de la desaparición de su hija. Cuando salió de allí con rumbo a la zona 10, un retén la detuvo durante 3 horas creyendo que se trataba de Alaíde. Cuando se dieron cuenta de su equivocación, la liberaron. Ella puso en alerta a Foppa, sin embargo, eso no fue suficiente para que tomara las precauciones necesarias. Por fuentes de inteligencia de la guerrilla, Mario Solórzano, todavía pudo avisarles a sus hermanos que aparentemente Alaíde Foppa había muerto en tortura la primera noche de su secuestro, del que hoy aún se responsabiliza como autor intelectual a Donaldo Álvarez Ruiz, el ministro de gobernación del gobierno de Lucas García, que actuaba bajo instrucciones del Ejército. Razón por la cual en 1999, Julio Solórzano se unió al proceso que la Fundación Rigoberta Menchú planteó en España en contra del ex ministro por los delitos de tortura, genocidio y terrorismo de Estado. A este proceso se han ido uniendo otros ante la Corte Suprema de Justicia y la Corte Interamericana de Derechos Humanos. No con la expectativa de que un día aparezca, sino como una manera de abrir brecha para que otras familias presenten sus recursos, como un proceso importante en la lucha contra el olvido.

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El 3 de diciembre se cumplen 100 años del nacimiento de Alaíde Foppa. Y durante todo el año se han llevado a cabo varias actividades para conmemorarlo. La feria del libro le dedicó un salón; Editorial Cultura reeditó la compilación de su poesía, así como las traducciones que hizo de Paul Eluard y Miguel Ángel Buonarroti. La Editorial Universitaria, por su parte, reeditó el poemario Elogio de mi cuerpo; y, durante el Festival de Cine “Ícaro” se presentó el documental mexicano sobre su vida, titulado La sinventura. Esto, entre otros homenajes y actividades con las que se constata que su nombre todavía está presente, que su legado todavía se celebra. Un punto a favor de la memoria en un país al que le urge recordar.





martes, 12 de agosto de 2014

La estética de la indolencia: el western italiano cumple 50 años


El hombre ha recreado a través de la historia la figura del ángel caído. Su trayecto es el mismo, el descenso hermoso y en picada desde una dimensión idealizada hacia una realidad más cruda. Frente al espejo del hombre ideal, ese que conoce y discierne entre el bien y el mal, que tiene aspiraciones altas, nobles y lúcidas, como dijera el poeta portugés, se yergue el antihéroe, burdo, terrenal e instintivo, completamente humano, caído: su verdadera imagen y semejanza. Esa transformación le sucedió a los protagonistas de la novela policíaca gringa en los años 40; y unos veinte años más tarde, específicamente en 1964, le sucedió en el campo cinematográfico al Western, esta vez, gracias a la intervención de la mirada italiana de un director como Sergio Leone, que con su película “Por un puñado de dólares” dio inicio a una revitalización del género en donde los vaqueros ya no cantaban, no criminalizaban indios, ni eran los seres heroicos e inmaculados que se aliaban a la justicia en favor de los más débiles; sino más bien uno en el que las balas silbaban, los vaqueros eran nómadas eternos, hombres que lo habían perdido todo y, mientras buscaban un rumbo o venganza, tomaban el dinero del bando que les pagara mejor.


Nunca me gustó John Wayne

Los sábados a medio día y algunos domingos de mi infancia eran momentos de Western en la televisión. Paisajes agrestes, fincas abandonadas, casas acogedoras por ser los únicos lugares seguros, rifles detrás de las puertas y afuera el peligro, siempre, acechando. De alguna manera crecí viendo jinetes, hombres rudos, esos vaqueros idealizados con los que habían crecido también mi padre y mis tíos, que bien sabían de la vida del campo, de cruzar caminos sobre caballos viejos, de arrear animales de potrero a potrero, de pasar noches alrededor del fuego haciendo turno en el trapiche, de ser vaqueros. Sin embargo, la familiaridad con ese ambiente se rompió un día ante el asombro del encuentro con la frialdad en un nivel desconocido, y ahora, comprendo, sublime. Casi al final de un videocasette sobre el que mi madre había grabado caricaturas estaba, intacta, la escena del duelo de “El bueno, el malo y el feo”, de Sergio Leone. Niñas, como éramos, levantarnos del sillón en el que habíamos estado entretenidas un buen rato era una imposibilidad tácita y, así, vimos una y otra vez el contraste de planos amplios y cerrados de Leone, con Morricone de fondo, los movimientos lentos, los ojos fríos pero alertas, los dedos cabalgando suaves por las balas del cinto, de ida y retroceso hacia la cacha de un revólver, el suspenso, el movimiento rápido, el disparo, el silbido y el eco, un quejido, un percutor contra un tambor sin balas, un segundo disparo, un cuerpo cayendo en seco al fondo de una fosa exacta, otro disparo, otro silbido, otro eco para que se vaya también su revólver, y uno más para su sombrero, un entierro perfecto. Fue muchos años más tarde cuando con los beneficios de los buenos distribuidores, llegó la oportunidad de revisitar junto a mi padre, los títulos y a los actores de los que había escuchado hablar en aquellos primeros años, fue así como viendo un filme de Corbucci acerca de un vaquero mudo, mi padre quizá finalmente entendió que no siempre ganan los buenos; y yo descubrí que la frialdad es mi ficción favorita.


La épica del desarraigo

El hombre que elige su rumbo al azar y atraviesa, solitario, con el arma al cinto y la mirada implacable, plazas vacías de pueblos fantasmas en los que no se sabe si todo ha terminado o bien está a punto de empezar, podría ser un vaquero o un samurái: ambos son seres caídos de la misma gracia. Los segundos eran jinetes diestros, miembros de una élite guerrera a quienes en cierto punto de la historia les fue arrebatada su clase social, sus propiedades, y pasaron a convertirse en campesinos, unos; en samuráis sin señor, otros (los Ronin) o simplemente en forajidos. Hombres que conocían el uso de las armas, las nociones de servicio y justicia que, ahora, utilizaban de manera individual y para su beneficio. Su perfil fue la base que delineará y transformará al vaquero y la atmósfera del western a partir de 1964, el año en que apareció “Por un puñado de dólares”, la película del director italiano Sergio Leone, que inauguró la llamada “Trilogía del dólar”, y que con tan solo breves variaciones replicó paso a paso la historia de un ex miembro de la élite de samuráis que llega a un pueblo en pugna, regido por dos familias rivales, entre quienes el nuevo héroe nómada se moverá con el fin de provocar su mutua destrucción y el retorno de la calma a un poblado ajeno en donde la única actividad productiva parece ser la muerte. La película se llama “Yojimbo” y fue filmada en 1961 por el director japonés Akira Kurosawa, quien tras denunciar el plagio de Leone recibió una suma de dinero más grande que la que había recibido por el filme en sí mismo. Sin embargo, la revisitación de las películas de Kurosawa ya se había dado con anterioridad de parte del western norteamericano. Ese fue el caso de “Los siete magníficos”, la versión de 1960 de Sturges, con un reparto de lujo (Yul Brinner, Charles Bronson, Eli Wallach, Steve McQueen, James Coburn, entre otros) basada en “Los siete samuráis”, de 1954, una película en la que, fiel a la línea gringa, se remarca el carácter heroico y de servicio de los protagonistas, esos siete hombres que solo por la escena de un diálogo memorable, sabemos que lo han perdido todo, que han roto todo tipo de lazos, que no pertenecen a ningún lugar y que su única trascendencia depende de lo que alguna vez se hable de ellos. Un dato que pasará a primer plano en 1972, con la aparición de “El desafío de los siete magníficos” una película vista ya desde la estética sucia del western italiano.


El espíritu del western se apellida Morricone

Luego de la aparición y la polémica con Kurosawa, si algo no se podía negar era que se había logrado un cambio drástico en el género, uno que se iría reforzando un año más tarde, en 1965, con la aparición de “Por unos dólares más”, y en 1966 con “El bueno, el malo y el feo”, las tres producciones que marcaron la carrera de Leone y lo convirtieron en uno de los máximos exponentes del que se dio por llamar “Spaghetti western”. Ese que era protagonizado por el sonido de las aves de rapiña, del viento, por el paso lento de los caballos, el rechinido de las tablas bajo el peso de las botas, el sonido cascabel de las espuelas, lo tambores ronroneantes de los revólveres, las balas que silban, la violencia cruda y la mirada dura del vaquero sin nombre, ese con el que Clint Eastwood, el actor que en producciones previas había sido criticado por decir sus diálogos entre dientes, terminaría por ganarse un lugar privilegiado en las filas del cine. Pero el espíritu de la épica que estaba planteando Leone no habría tenido la misma fuerza de no ser por Ennio Morricone, el compositor italiano que hizo de la música un protagonista imprescindible para sostener toda la fuerza de las historias, para darles espíritu. El director Sergio Solima cuenta, en el documental titulado “Sin piedad” que, cuando Morricone fue convocado, se durmió durante la producción, y cuando despertó se sentó al piano y compuso los temas. Tal era el poder que ejercía sobre el trabajo de Leone, que, desde entonces, la música se componía primero y luego se trasladaba a la película. Basta con revisitar la Era previa a Morricone, para captar su magnitud y entender que después de él, el western no iba a  volver a ser el mismo. Luego del éxito y la difusión de la Trilogía del dólar, Leone llegó a Hollywood. Allí, en 1968, apareció su película “Érase una vez en el oeste”, una historia de venganza en la que se narra la búsqueda y la persistencia de Armónica, el hombre sin nombre, protagonizado ahora por Charles Bronson, quien anda tras la pista de Frank, el asesino de su hermano que protagoniza un joven Henry Fonda, que también juega un papel importante en la historia paralela que gira entorno a una mujer: Claudia Cardinale, a quien le han matado al marido y le quieren quitar la esperanza de construir un poblado por el que en algún momento pasaría el tren, y con él, el desarrollo. Unos años más tarde aparecerá su último western: “Agáchate, maldito”, en el que echa mano de los huérfanos de causas perdidas: un campesino mexicano y un ex militante de la guerrilla irlandesa que se unen para robar un banco en el marco de la Revolución mexicana. Una historia que reflexiona no solo acerca de las luchas sociales, sino, además, de la pertenencia y de la amistad.


El otro Sergio y los westerns sin muertos

En tanto Leone hacía carrera internacional, en Italia, otro director, Sergio Corbucci también había incursionado en el Spaghetti western. Quien ha podido ver “Django”, la película de 1966, difícilmente podrá olvidar la imagen del hombre solitario que camina por el desierto arrastrando un ataúd, o el pueblo fantasma asentado en el fango en donde se desarrolla la acción. También marca su recorrido cinematográfico, el vaquero mudo de la película “El gran silencio”, de 1968, que se mueve por un terreno inhóspito y nevado (creado con espuma para afeitar) y que debe enfrentarse a un despiadado Klaus Kinski. En 1972, Corbucci hace una incursión en la categoría de la comedia western, ese apartado sin muertos que también surge en Italia y que tiene como máximo exponente a Trinity el personaje de Terence Hill que hace dupla con Bud Spencer en historias como “Lo llamaban Trinidad”, o “Mi nombre es ninguno”. De Sergio Corbucci se recuerda la película “El blanco, el amarillo y el negro”, protagonizada por Eli Wallach y Giuliano Gemma, un claro homenaje a varias películas de su misma especie.


La civilización, ese caballo indomable

Mientras la atención giraba en gran parte alrededor de la novedad italiana, en Estados Unidos, se continuaba con la tradición del western, que en 1969 violentó magistralmente Sam Peckinpah con “El grupo salvaje”. En medio de ese desarrollo, sin ser ninguna especie de conclusión, a principios de los años 60 aparecen dos películas que revisitan al cowboy en relación con su enfrentamiento contra una sociedad en la que se encuentran ya fuera de lugar: “Los valientes andan solos” con Kirk Douglas, es uno de ellos. El hombre solitario acostumbrado a no dejarse dominar por la ley, llega a la ciudad para intentar rescatar de la cárcel a un amigo que sabe bien que evadir sería la peor decisión, y deja al personaje de Douglas a merced de un enfrentamiento en solitario no solo con la ley, sino con el peligro de una sociedad “civilizada”. Otro es el caso de “The misfits”, que además fue la última película de Marylin Monroe y la última de Clark Gable, una cinta en la que los cuatro personajes que parecen no encajar en la sociedad, entre ellos dos cowboys, se unen en la empresa de cazar caballos salvajes, que para esos tiempos eran vendidos y sacrificados para fabricar comida para perros. La angustia, la rabia, el enfrentamiento de los hombres, del personaje de Gable, solo, contra el caballo encabritado es la metáfora más clara y más triste de esa lucha contra el tiempo en la que a pesar de toda su fuerza y su voluntad el hombre siempre lleva las de perder. Pero el género seguía su curso. Aprovechando el dinero que le había producido la Trilogía del dólar, Eastwood fundó su productora “Malpaso company” y volvió a actuar y a dirigir, entre ellas, varias historias de la misma categoría que siguieron la lección de la escuela italiana. Películas como “La marca de la horca”, “La venganza del hombre muerto” o la comedia “Dos mulas para la hermana Sara”, fueron algunas de ellas. No fue sino hasta 1992 cuando con la aparición de “Unforgiven” se vislumbra lo más parecido a una gran conclusión del western respondiendo algunas de las preguntas silenciosas de sus seguidores, ¿qué habrá sido de esos héroes errantes? Con “Unforgiven” el antiguo forajido, finalmente asentado, con nuevas pérdidas y nuevas luchas es convocado una vez más para cobrar una venganza, empresa que ya no será tan fácil debido a su falta de práctica reciente para montar, para disparar, para no sentir.


Epílogo

Este octubre se cumplen 50 años del nacimiento del Westen italiano, muchas historias y muchos personajes han marcado su trayectoria desde entonces. Hace tan solo unas semanas falleció el actor Eli Wallach, uno de sus rostros imperdibles, tenía 98 años; le sobreviven todavía Clint Eastwood y Ennio Morricone: imagen y sonidos de un universo en el que el hombre alcanza su nivel más alto de sublimación mediante el desapego a todos, a todo, mediante el abandono del miedo a la muerte, el reconocimiento de que la fuerza está en la serenidad, la integración interna del bien y el mal, la aceptación de la soledad y los caminos sin rumbo, la indolencia que se gesta en cada sobreviviente. Ese estado de humanidad que raya los límites con la divinidad o con la bestia, que dependiendo del ángulo de la caída encuentra su verdadero reflejo. Habrá, pues, que celebrarlos silbando.

sábado, 3 de mayo de 2014

El otro Brañas: breve arqueología de las sombras



Detrás de un escritor sobre quien han caído los reflectores del reconocimiento público se extiende una gran sombra, y debajo de ella es posible encontrar a más de alguno que no la ha podido eludir. La historia de la literatura registra varios casos, unos más trágicos que otros, como el de Klaus Mann el escritor que no pudo esquivar la figura de su padre: Thomas Mann; o el de los hermanos Machado, poetas ambos, a quienes separó la coyuntura política del momento, y preferenció a Antonio sobre Manuel, ambos aún recordados por encima de un tercero, Francisco, quien también escribía. En la historia de la literatura guatemalteca se da el caso de César Brañas y su hermano Antonio, hermano solo de padre y 20 años menor, opacado por el prestigio y la producción literaria del primero, un escritor que a su vez fue parcialmente oscurecido por la sombra de aquellos con quienes compartió generación, la del 20: Miguel Ángel Asturias y Luis Cardoza y Aragón.

Lea el artículo completo en el siguiente link:

miércoles, 1 de enero de 2014

martes, 24 de septiembre de 2013

Frida a través del espejo: una estética / una salvación




Cuando la pintura mexicana estaba en plena manifestación de su preocupación social y política, ella se echó a México encima, se vestía como el pueblo, hablaba como el pueblo, cocinaba como el pueblo, se apropió de su entorno, sus colores, tuvo conciencia intelectual de sus lanzaba luego sobre el lienzo era la radiografía de las marcas que no eran percibidas a simple vista: un amor tormentoso, dos abortos, la mujer sola, rota, que era por dentro. Visitar su casa en Coyoacán, allí donde nació, vivió por temporadas y murió, es girar el caleidoscopio y atravesar el espacio entre su reflejo multiplicado que lo llena por completo, y nos deja sin esperanzas de salir ilesos.



Es abril en el Distrito Federal y tiembla. Estoy en México por primera vez y, no obstante su inmensidad, la gente y sus calles no me parecen ajenas. Desde la terraza del hostal se ve la línea del costado del Palacio hundiéndose en dirección al Zócalo. Y, del otro lado, un torreón de iglesia torcido. Con todo, la ciudad parece ser flexible, se dobla, sus bordes se curvan como lomo de serpiente, pero no se quiebran, lo dicen los declives en sus construcciones y las barandas del Antiguo Colegio de San Ildefonso que visitaré en la ruta en busca de una parte de la pintura mexicana: los muralistas: Orozco, Siqueiros y Diego Rivera, -en manos de quienes estuvieron las monumentales obras que recrearon, para el pueblo, la historia de sus luchas, desde la vida precolombina, pasando por la invasión, la revolución, hasta la lucha de clases-. Y Frida Kahlo -un nombre que aparece como un eco cuando uno dice Rivera, y viceversa- que, sin proponérselo, llevó a la pintura de la época por el otro camino, el del individuo y su lucha íntima contra el destino.


El fondo de la intimidad es azul

A veces al oír las campanas de San Francisco junto a mí, en Coyoacán, las confundo con las de Antigua”, dice Luis Cardoza y Aragón en “El Río/novelas de caballería”. Y cuando uno se adentra por las calles de ese barrio viejo, en busca del centro, entiende esa frase, y por qué, en 1957, él decide asentarse allí, junto a Lya, en el “Callejón de las flores”. Hay mucho de Antigua en Coyoacán: un encanto, un sopor, una lejanía misteriosa del barullo salvaje de la capital, de la que, en realidad, nunca se sale. Su parque central y su fuente con dos coyotes, sus cafés y sus cantinas en los alrededores, y sus ardillas que descienden a comer, como si fueran pájaros de otros parques, palomas de otras plazas. Y allí, en la Calle de Londres 247, se encuentra la Casa Azul, una casona de esquina, que data de 1904, en donde nació, vivió por temporadas, y murió Frida Kahlo. Visitarla es completar el viaje al fondo de su intimidad, ese que empieza con la contemplación de los últimos veinte años de su obra. Porque Frida empezó a pintar joven y sin habérselo propuesto. Luego de sobrevivir al accidente del tranvía y el camión que a los 17 años marcó su vida para siempre, tuvo que pasar meses en cama, y, allí, ponerse a pintar fue una opción para pasar el tiempo. Como su padre era fotógrafo, empezó a hacer retratos de familiares y amigos, y fue por esa temporada en la que hizo su primer autorretrato. Sin embargo, fue tres años después de casarse con Diego Rivera, en 1932, cuando los autorretratos fueron completándose con los elementos de su dolor: la imposibilidad de tener hijos, las infidelidades de Rivera, y más adelante, la presencia constante de la muerte a través del sufrimiento que le provocaba su columna destrozada. Las salas de su casa, convertida en museo desde 1958, van subrayando ese recorrido vital con su obra. Allí están algunos retratos representativos, como el que le hizo a su padre; algunos bodegones, como el último que pintó, en el que a pesar de todo afirma, como si se tratara de un último brindis: “viva la vida”; algunos cuadros inacabados, sus dibujos en hojas de cuaderno, algunas fotografías, y obra de Rivera; así como los objetos que ambos coleccionaban: sus plateras amarillas llenas de cerámica, barro y vidrio, y los retablos o exvotos, esas fascinantes laminitas pintadas a mano en las que los creyentes agradecidos eran pintados en una representación del hecho por el que pedían o agradecían, acompañado siempre por una explicación y la presencia de la divinidad a la que se apelaba. Obras populares que manifestaban la necesidad, la tragedia individual, la desesperación, la esperanza, el intento de comunicación con lo que no se ve, cuya influencia se hizo evidente en algunos de los autorretratos de Frida, que también fueron grito, pero en ausencia de toda deidad. Allí está también el cuarto que fue de Diego, con su overol y su sombrero; cuarto que también fue de Trotski. Y en el segundo nivel, el estudio que Rivera le mandó a construir en 1946, un espacio que es todo ventanal con vista al jardín, todo luz. Con sus libreras, sus esculturas precolombinas, el caballete que le regaló Rockefeller, su pintura en botecitos de perfume, sus pinceles, su silla de ruedas y su espejo, su prótesis, uno de sus 28 corsés -sus castigos- y la urna con sus cenizas. Un espacio que conecta por un pasillo a las dos recámaras de Frida, la de día y la de noche. Ambas pequeñas, con dos camas apenas separadas por una pared delgada. Vistas desde la recamara de noche, pareciera que una cama fuera tan solo la sombra de la otra. La de día está frente a una puerta que da al jardín, y en la parte superior tiene el espejo que la madre mandó a poner, por donde una Frida parecía asomarse de vez en cuando en silencio, como los demás, pero se quedaba con ella más tiempo. Ahora el espejo está vacío, porque debajo de él sólo está su máscara mortuoria con los ojos cerrados. Rodeada siempre con una chalina diferente, con un vestido diferente. Salgo. Desciendo despacio hacia el jardín, y desde allí observo la casa y una imagen que ya no está: Frida Kahlo y Diego Rivera de espaldas a la recámara de día, frente al jardín, viéndose las caras. Inmortalizados, así en una foto que Guillermo Zamora tomara en 1952, dos años antes de la muerte de Frida. Para entonces ya tengo un nudo en tensión en la garganta. Respiro profundo, trago, mejor doy media vuelta y me pongo a recorrer el jardín en lo que se me calman las ganas de sentarme a llorar. Entonces lo veo llegar directamente hasta donde estoy. Es un gato tricolor. Maúlla, se soba contra mis piernas, me ofrece el lomo. Yo, asombrada, me agacho, lo saludo, le hago preguntas que responde con maullidos a medias, y tras una breve interacción, me acompaña por el jardín, hasta el anexo, donde me siento y él me rodea, se soba contra mi espalda, me acompaña hasta que el nudo en la garganta se va. Entonces calculo el tiempo y decido salir. Él me acompaña hasta el punto donde me encontró, allí se detiene, se da la vuelta y desaparece entre los arriates.



El fondo de la intimidad es tormentoso y transparente

El escritor francés André Bretón, afirmó que la obra de Kahlo era surrealista. Frida siempre lo negó, aduciendo que ella no pintaba sueños, pintaba su propia realidad. “Frida se desgarró el ser y el corazón para decir la verdad biológica de lo que siente en ellos”, afirmó Diego Rivera. Y por esa apertura, por esa visceralidad para plasmar imágenes, es por la que se le recuerda, más que por su técnica. Al grado que, durante su vida sólo tuvo una exposición individual en México, y fue poco antes de su muerte, en la galería de la fotógrafa Lola Álvarez Bravo, a la que la artista asistió con todo y cama, en contra de la voluntad de los médicos. “Frida Kahlo es un caso excepcional para el arte en América Latina” dice, evidentemente emocionada, Isabel Ruiz, la artista plástica más contundente de la contemporaneidad guatemalteca. “Frida Kahlo es una bandera. No deja de tener vigencia, porque llegó a la esencia del arte a través de una obra sentida desde la propia carne, con raíz en la vida misma. Eso la hace transcendente, humana. Frida fue sincera en todo sentido, en su posición pictórica, femenina y política”, afirma, y confiesa que se le hace un nudo en la garganta cuando la recuerda abogando en la manifestación pública por la situación de la Guatemala invadida, de la primavera derrotada del 54, el 2 de julio, tan solo una semana antes de su muerte. De hecho fue en esa misma ocasión cuando Luis Cardoza y Aragón la vio por última vez, de acuerdo con uno de los pasajes de “El Río/novelas de caballería”, allí iba Frida, convaleciente, en un “jip” descubierto junto a otras grandes figuras del arte y la literatura mexicana: Diego Rivera, Carlos Pellicer, José Revueltas, Juan O’Gorman, Efraín Huerta, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y Carlos Monsivais, entre otros, y entre millares de pueblo, pueblo de México, dejará asentado. A Frida y a Rivera, Cardoza los había conocido alrededor de los años 30 en Cuernavaca, donde Rivera estaba trabajando un mural en el Palacio de Cortez. “Diego y Frida eran algo así, en el paisaje espiritual de México, como el Popocatépetl y el Ixtaccihuatl en el Valle de Anáhuac”, dijo en “Círculos concéntricos”. Por las mañanas visitaba pueblos vecinos con Frida, y por las tardes iban a traer a Diego, que llevaba horas encaramado en los andamios pintando. Se iban a cenar, se bajaban una botella de tequila entre los tres, y Diego contaba historias que luego Cardoza lamentó no haber registrado. Sobre la obra de la artista dijo en su libro “México, pintura de hoy”: “Pocos ejemplos en México de mayor sinceridad, de mayor altura en el sollozo. Sin su obra, que es su resurrección cotidiana se habría ahogado en sus propios ojos, que siempre vieron hacia dentro. Queda en mi memoria como algo de lo más real y realista de México, dentro de su tragedia, que es la nuestra, porque es la criatura humana la que alienta en su pintura, lejos de toda escuela, lejos de toda tendencia, sin interesarle fijar fantasías, sino liberar su dolor, su obsesión de la muerte, su fuerza vital, que su espíritu encendió en su cuerpo golpeado por el destino”. Frida Kahlo hizo de su dolor y de la honestidad una estética y una salvación, y con su obra sigue reforzando lo que ya había dicho Cardoza y también dijeron, a su manera, escritores como Chuck Palahniuk y José Saramago: toda obra de arte es biografía. O dicho de otra manera: "La vida y la obra son la misma cosa, aunque no lo queramos. Se escribe o pinta lo que se es. Se es lo que se escribe o pinta”… Frida murió en la Casa Azul el 13 de julio de 1954. Sus cenizas nunca fueron mezcladas con las de Diego Rivera, como él lo pidió.uchas, recolectó sus manifestaciones populares, su cerámica, sus retablos, la voz desesperada que expresaba en sus exvotos religiosos; pero cuando se contemplaba en el espejo, el reflejo que su imagen lanzaba luego sobre el lienzo era la radiografía de las marcas que no eran percibidas a simple vista: un amor tormentoso, dos abortos, la mujer sola, rota, que era por dentro. Visitar su casa en Coyoacán, allí donde nació, vivió por temporadas y murió, es girar el caleidoscopio y atravesar el espacio entre su reflejo multiplicado que lo llena por completo, y nos deja sin esperanzas de salir ilesos.



Es abril en el Distrito Federal y tiembla. Estoy en México por primera vez y, no obstante su inmensidad, la gente y sus calles no me parecen ajenas. Desde la terraza del hostal se ve la línea del costado del Palacio hundiéndose en dirección al Zócalo. Y, del otro lado, un torreón de iglesia torcido. Con todo, la ciudad parece ser flexible, se dobla, sus bordes se curvan como lomo de serpiente, pero no se quiebran, lo dicen los declives en sus construcciones y las barandas del Antiguo Colegio de San Ildefonso que visitaré en la ruta en busca de una parte de la pintura mexicana: los muralistas: Orozco, Siqueiros y Diego Rivera, -en manos de quienes estuvieron las monumentales obras que recrearon, para el pueblo, la historia de sus luchas, desde la vida precolombina, pasando por la invasión, la revolución, hasta la lucha de clases-. Y Frida Kahlo -un nombre que aparece como un eco cuando uno dice Rivera, y viceversa- que, sin proponérselo, llevó a la pintura de la época por el otro camino, el del individuo y su lucha íntima contra el destino.


El fondo de la intimidad es azul

A veces al oír las campanas de San Francisco junto a mí, en Coyoacán, las confundo con las de Antigua”, dice Luis Cardoza y Aragón en “El Río/novelas de caballería”. Y cuando uno se adentra por las calles de ese barrio viejo, en busca del centro, entiende esa frase, y por qué, en 1957, él decide asentarse allí, junto a Lya, en el “Callejón de las flores”. Hay mucho de Antigua en Coyoacán: un encanto, un sopor, una lejanía misteriosa del barullo salvaje de la capital, de la que, en realidad, nunca se sale. Su parque central y su fuente con dos coyotes, sus cafés y sus cantinas en los alrededores, y sus ardillas que descienden a comer, como si fueran pájaros de otros parques, palomas de otras plazas. Y allí, en la Calle de Londres 247, se encuentra la Casa Azul, una casona de esquina, que data de 1904, en donde nació, vivió por temporadas, y murió Frida Kahlo. Visitarla es completar el viaje al fondo de su intimidad, ese que empieza con la contemplación de los últimos veinte años de su obra. Porque Frida empezó a pintar joven y sin habérselo propuesto. Luego de sobrevivir al accidente del tranvía y el camión que a los 17 años marcó su vida para siempre, tuvo que pasar meses en cama, y, allí, ponerse a pintar fue una opción para pasar el tiempo. Como su padre era fotógrafo, empezó a hacer retratos de familiares y amigos, y fue por esa temporada en la que hizo su primer autorretrato. Sin embargo, fue tres años después de casarse con Diego Rivera, en 1932, cuando los autorretratos fueron completándose con los elementos de su dolor: la imposibilidad de tener hijos, las infidelidades de Rivera, y más adelante, la presencia constante de la muerte a través del sufrimiento que le provocaba su columna destrozada. Las salas de su casa, convertida en museo desde 1958, van subrayando ese recorrido vital con su obra. Allí están algunos retratos representativos, como el que le hizo a su padre; algunos bodegones, como el último que pintó, en el que a pesar de todo afirma, como si se tratara de un último brindis: “viva la vida”; algunos cuadros inacabados, sus dibujos en hojas de cuaderno, algunas fotografías, y obra de Rivera; así como los objetos que ambos coleccionaban: sus plateras amarillas llenas de cerámica, barro y vidrio, y los retablos o exvotos, esas fascinantes laminitas pintadas a mano en las que los creyentes agradecidos eran pintados en una representación del hecho por el que pedían o agradecían, acompañado siempre por una explicación y la presencia de la divinidad a la que se apelaba. Obras populares que manifestaban la necesidad, la tragedia individual, la desesperación, la esperanza, el intento de comunicación con lo que no se ve, cuya influencia se hizo evidente en algunos de los autorretratos de Frida, que también fueron grito, pero en ausencia de toda deidad. Allí está también el cuarto que fue de Diego, con su overol y su sombrero; cuarto que también fue de Trotski. Y en el segundo nivel, el estudio que Rivera le mandó a construir en 1946, un espacio que es todo ventanal con vista al jardín, todo luz. Con sus libreras, sus esculturas precolombinas, el caballete que le regaló Rockefeller, su pintura en botecitos de perfume, sus pinceles, su silla de ruedas y su espejo, su prótesis, uno de sus 28 corsés -sus castigos- y la urna con sus cenizas. Un espacio que conecta por un pasillo a las dos recámaras de Frida, la de día y la de noche. Ambas pequeñas, con dos camas apenas separadas por una pared delgada. Vistas desde la recamara de noche, pareciera que una cama fuera tan solo la sombra de la otra. La de día está frente a una puerta que da al jardín, y en la parte superior tiene el espejo que la madre mandó a poner, por donde una Frida parecía asomarse de vez en cuando en silencio, como los demás, pero se quedaba con ella más tiempo. Ahora el espejo está vacío, porque debajo de él sólo está su máscara mortuoria con los ojos cerrados. Rodeada siempre con una chalina diferente, con un vestido diferente. Salgo. Desciendo despacio hacia el jardín, y desde allí observo la casa y una imagen que ya no está: Frida Kahlo y Diego Rivera de espaldas a la recámara de día, frente al jardín, viéndose las caras. Inmortalizados, así en una foto que Guillermo Zamora tomara en 1952, dos años antes de la muerte de Frida. Para entonces ya tengo un nudo en tensión en la garganta. Respiro profundo, trago, mejor doy media vuelta y me pongo a recorrer el jardín en lo que se me calman las ganas de sentarme a llorar. Entonces lo veo llegar directamente hasta donde estoy. Es un gato tricolor. Maúlla, se soba contra mis piernas, me ofrece el lomo. Yo, asombrada, me agacho, lo saludo, le hago preguntas que responde con maullidos a medias, y tras una breve interacción, me acompaña por el jardín, hasta el anexo, donde me siento y él me rodea, se soba contra mi espalda, me acompaña hasta que el nudo en la garganta se va. Entonces calculo el tiempo y decido salir. Él me acompaña hasta el punto donde me encontró, allí se detiene, se da la vuelta y desaparece entre los arriates.



El fondo de la intimidad es tormentoso y transparente

El escritor francés André Bretón, afirmó que la obra de Kahlo era surrealista. Frida siempre lo negó, aduciendo que ella no pintaba sueños, pintaba su propia realidad. “Frida se desgarró el ser y el corazón para decir la verdad biológica de lo que siente en ellos”, afirmó Diego Rivera. Y por esa apertura, por esa visceralidad para plasmar imágenes, es por la que se le recuerda, más que por su técnica. Al grado que, durante su vida sólo tuvo una exposición individual en México, y fue poco antes de su muerte, en la galería de la fotógrafa Lola Álvarez Bravo, a la que la artista asistió con todo y cama, en contra de la voluntad de los médicos. “Frida Kahlo es un caso excepcional para el arte en América Latina” dice, evidentemente emocionada, Isabel Ruiz, la artista plástica más contundente de la contemporaneidad guatemalteca. “Frida Kahlo es una bandera. No deja de tener vigencia, porque llegó a la esencia del arte a través de una obra sentida desde la propia carne, con raíz en la vida misma. Eso la hace transcendente, humana. Frida fue sincera en todo sentido, en su posición pictórica, femenina y política”, afirma, y confiesa que se le hace un nudo en la garganta cuando la recuerda abogando en la manifestación pública por la situación de la Guatemala invadida, de la primavera derrotada del 54, el 2 de julio, tan solo una semana antes de su muerte. De hecho fue en esa misma ocasión cuando Luis Cardoza y Aragón la vio por última vez, de acuerdo con uno de los pasajes de “El Río/novelas de caballería”, allí iba Frida, convaleciente, en un “jip” descubierto junto a otras grandes figuras del arte y la literatura mexicana: Diego Rivera, Carlos Pellicer, José Revueltas, Juan O’Gorman, Efraín Huerta, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y Carlos Monsivais, entre otros, y entre millares de pueblo, pueblo de México, dejará asentado. A Frida y a Rivera, Cardoza los había conocido alrededor de los años 30 en Cuernavaca, donde Rivera estaba trabajando un mural en el Palacio de Cortez. “Diego y Frida eran algo así, en el paisaje espiritual de México, como el Popocatépetl y el Ixtaccihuatl en el Valle de Anáhuac”, dijo en “Círculos concéntricos”. Por las mañanas visitaba pueblos vecinos con Frida, y por las tardes iban a traer a Diego, que llevaba horas encaramado en los andamios pintando. Se iban a cenar, se bajaban una botella de tequila entre los tres, y Diego contaba historias que luego Cardoza lamentó no haber registrado. Sobre la obra de la artista dijo en su libro “México, pintura de hoy”: “Pocos ejemplos en México de mayor sinceridad, de mayor altura en el sollozo. Sin su obra, que es su resurrección cotidiana se habría ahogado en sus propios ojos, que siempre vieron hacia dentro. Queda en mi memoria como algo de lo más real y realista de México, dentro de su tragedia, que es la nuestra, porque es la criatura humana la que alienta en su pintura, lejos de toda escuela, lejos de toda tendencia, sin interesarle fijar fantasías, sino liberar su dolor, su obsesión de la muerte, su fuerza vital, que su espíritu encendió en su cuerpo golpeado por el destino”. Frida Kahlo hizo de su dolor y de la honestidad una estética y una salvación, y con su obra sigue reforzando lo que ya había dicho Cardoza y también dijeron, a su manera, escritores como Chuck Palahniuk y José Saramago: toda obra de arte es biografía. O dicho de otra manera: "La vida y la obra son la misma cosa, aunque no lo queramos. Se escribe o pinta lo que se es. Se es lo que se escribe o pinta”… Frida murió en la Casa Azul el 13 de julio de 1954. Sus cenizas nunca fueron mezcladas con las de Diego Rivera, como él lo pidió.







Francisco Nájera: la ruta hacia el texto también es discurso



Es poeta, narrador, ensayista y uno de los escritores más importantes de la literatura nacional de los últimos treinta años. Sus libros, sin embargo, son una cuestión de iniciados: ediciones personalísimas, artefactos, objetos que circulan de manera casi clandestina. Alérgico a cualquier tipo de figuración, desarrolla su trabajo como un artesano, meticulosamente, en silencio, hilvanando cada palabra, cada reflexión sobre la vida, la sociedad, el cuerpo, la condición humana. Su largo exilio newyorkino le ha servido para entender mejor Guatemala.

El caso de Francisco Nájera es similar al del poeta griego Constantino Kavafis, el mexicano Abigael Bohorquez o el del guatemalteco César Brañas. Todos escritores que se movieron desde una marginalidad autoimpuesta y grandemente productiva. Imprimían sus libros por cuenta propia y los hacían circular entre grupos igualmente reducidos de amigos o lectores interesados. Un ejercicio que a Nájera le ha permitido encontrarse con la libertad para decir más allá de las palabras, a través de la publicación de su obra en formatos y tirajes mínimos, muchos de los cuales, a su vez, son artefactos visuales, y lo convierten en un fantasma que pocos han visto, pero que se mueve, y del que se habla, en los espacios de la literatura y la plástica guatemalteca.


Un par de veces al año, el escritor vuelve a Guatemala, el lugar en el que nació hace 68 años, y del que se marchó hace 48, por cuestiones de familia. En este país están su casa, sus amigos, sus lectores: ese grupo privilegiado entre quienes reparte los breves tirajes de su obra, constituida, en su mayoría, por poemarios engrapados en hojas de colores, o escritos en hojas sueltas dentro de sobres cerrados; fotocopias de textos impresos en papel kraft y envueltos en hojas de periódicos locales, o pañuelos; algunos afiches, objetos y, también, libros en su formato más común. Todos producto de un ejercicio que empezó en 1970 como un intento de hacer de la catarsis un elemento estético, y que se fue convirtiendo, además, en una interacción con sus lecturas, en aquel tiempo eminentemente académicas –Lacan y Kristeva– con las que se preparaba para su tesis acerca del escritor Rafael Arévalo Martínez. El resultado, afirma, más que poemas, cuentos o prosas fueron textos abiertos con los que conformó su primer libro, que publicó por cuenta propia en un formato tradicional. Su relación con los escritores guatemaltecos inició por esos años. En uno de sus regresos anuales, seleccionó unos poemas con la intención de publicarlos en la Revista Alero; pero Roberto Díaz del Castillo había tenido que salir del país. Y cuando llegó con la misma intención a la Revista Tzolkin, la encontró cerrada bajo una censura temporal. En esa búsqueda, le recomendaron que localizara al encargado de un trifoliar llamado “El pequeño Jaguar”, así conoció al poeta Francisco Morales Santos y a la artista Isabel Ruiz, a través de los cuales llegaría luego a otros artistas del grupo “Imaginaria”, como Moisés Barrios, Luis González Palma, la curadora Rosina Cazali, y a escritores como Enrique Noriega, que con sus Ediciones del Cadejo le mostró que un libro no tiene que ser un libro, afirma. Una de sus colecciones consistía en pequeños estuches en cuyo interior se encontraban hojas sueltas, numeradas. Un formato muy similar a los que también se habían trabajado, años atrás, en algunas ediciones del grupo “Nuevo Signo”.


Entre los lindes de la imagen y la palabra


El primer libro en el que Nájera incluyó elementos visuales estaba dedicado a Rafael Arévalo Marínez y se llamaba “Imitación de los contrarios– razones por las que el aire es más frío en las regiones más altas”. En ese entonces estaba leyendo filosofía árabe y se sentía marcado por ella, así como por Arévalo Martínez y sus maestros místicos. Habló con Moisés Barrios para que hiciera una xilografía con hojas. Barrios imprimió algunas de las que crecen en los edificios y en las ruinas, y fueron las que se intercalaron a lo largo del libro que apareció en 1995, diseñado por Rosina Cazali. “La colaboración entre aristas visuales y escritores siempre ha producido un espacio en donde se reconoce y reafirma la tradición y el auge de los libros hechos a mano”, afirma Cazali, para quien esta rutina de doble vía ha sido algo muy familiar. “En nuestra casa siempre hubo un tórculo y un taller de grabado a donde llegaban muchos artistas para hacer impresiones de sus planchas”. Cuando Nájera volvía a Guatemala siempre traía algún proyecto nuevo bajo el brazo. Él se los mostraba, desarrollaban el concepto, y lo llevaba a la imprenta D&M. Justo antes de volver a Nueva York, mostraba el resultado en medio de una celebración amistosa y familiar. Otras piezas en las que participaron conjuntamente fueron los poemarios “Lotería de latón” y “Cuerpos”, éste último apareció en 1996 y es el que, según Cazali, se acerca más al libro objeto. Se trata de una serie de “cartas” en las que aparecen los poemas impresos de un lado; y el fragmento de una obra de Pablo Swezey en el otro. No tiene orden estricto para la lectura. Esta puede surgir como con las cartas del Tarot. Otros de los objetos que sobresalen en el recorrido artístico de Nájera fueron producidos y apoyados en la época de Colloquia. Es el caso de “Los versos de María la puta”, que trabajó en conjunto con Darío Escobar: textos que datan de los años 70 y 80 y que acomodaron dentro de polveras en un juego con el sentido de las palabras, con su contexto y con la transformación, la feminización de quien las abre para explorar su contenido. Ya por su cuenta, siguió produciendo otros artefactos, muchos de los cuales contienen un discurso al que es imposible acceder, o bien, se logra únicamente a través de la destrucción del objeto: como “Transparencia de la mirada” la serie de textos dentro de una botella, o el caso de “Pornografía de su febril-silencio”, un libro sellado por la mitad con una grapa industrial, en el que se mezclan imágenes y textos en los que el lenguaje se ha derrumbado y sólo es posible el balbuceo, o bien el caso de libros cuyo trayecto hacia el texto es también discurso: como “Fragmentos (nuestra historia)”, una crónica en primera persona femenina que narra la invasión, la violencia y el dominio, una voz dolorosa que atraviesa hojas sueltas, sin numerar, envueltas en una hoja de periódico que denuncia el robo en sitios arqueológicos. En él pareciera decir que no hay que esforzarse mucho para encontrar los fragmentos de un pasado doloroso, que no hay que escarbar mucho para ver lo que dice la historia, para descubrir las voces que dejaron su testimonio en las piedras. “No creo que el trabajo de Nájera se trate de un simple coqueteo con las artes visuales, mucho menos de una ocurrencia superficial. Los libros objeto han sido para él una línea de investigación y una manera de experimentar entre los lindes de la imagen y la palabra”. Concluye Cazali.



Escribir para hacerse invisible


La interacción con sus lecturas, ese acto que dio inicio a la experimentación lo ha seguido acompañando a lo largo del camino, con libros como “El Río y los fragmentos” a partir de la obra de Luis Cardoza y Aragón; “El canto”, que nace de su lectura de “Cárcel de árboles” de Rodrigo Rey Rosa; o “La comedia humana” que resulta de la segunda versión de un texto que en 2002 fue parte del libro “El dinosaurio anotado”, una edición crítica del cuento de Augusto Monterroso publicada por la UNAM, entre otros. Esto, aunado a la exploración de sus temas recurrentes: el deseo y el misticismo, un interés que, según afirma, le surgió en primera instancia de la curiosidad, la mística cristiana-europea, el surrealismo y los trabajos de Georges Bataille. “Leyéndolo aprendí acerca de la idea del exceso, de experiencias “límite” que ofrecen la posibilidad de un misticismo carnal”. Explica. Sin embargo, la raíz de todas las lecturas que han nutrido su obra, parte de otra rama importante de su trabajo, la intelectual, de la que se ha derivado una visión crítica de la obra de escritores como Francisco Morales Santos, Ana María Rodas, Jaime Sabines, entre otros. Uno de los más importantes es el “Pacto autobiográfico en la obra de Rafael Arévalo Martínez”, que se considera uno de los estudios más completos acerca de este autor, en el que trabajó alrededor de siete años y con el que se acreditó como Doctor en Letras. “Nájera es un escritor que ha tratado de ir tras discursos poco complacientes y no ha peleado por la notoriedad ni tampoco por hacerse tan visible dentro del medio cultural. Hay varios factores en él que me sorprenden: la decisión de escribir para hacerse invisible y la coherencia de su trabajo. Pareciera decir yo no voy a cambiar nada, todo está dicho, voy a cambiar la forma en la que me miran, cómo me leen, cómo me voy a comunicar. El caso de Nájera es ese, el de un auténtico poeta, quizá invisible para este momento, pero que va a tener una trascendencia muy grande”, opina Javier Payeras, quien, además, fue uno de los curadores de la XVIII Bienal de arte Paiz en la que fue expuesta parte de su obra.


Guatemala / Nueva York: la otra dicotomía


El libro, el artefacto; la palabra, la imagen; el misticismo y lo carnal; la lectura y la escritura son toda una ruta de bifurcaciones por las que Nájera ha transitado a lo largo de su experimentación estética que, para ver la luz, ha necesitado cruzar otras fronteras físicas, esas que separan al país en el ha vivido la mayor parte de su vida, del país donde nació y a donde sueña siempre con regresar. Nueva York ha sido un espacio de formación, el espacio que le ha permitido vivir dentro de su cabeza, afirma en una entrevista; Guatemala es una realidad que ha decidido vivir como suya. Siendo muy joven y estando ya lejos, fue su hermano el que mantuvo el enlace con el país, recuerda. Él fundó el primer equipo guatemalteco de futbol allá, y en su casa solo se hablaba Español. Fue, de hecho, en uno de esos encuentros deportivos en donde Francisco Nájera conoció a Ileana, su esposa, también guatemalteca. Si bien, su primer libro había sido escrito en inglés, luego optó por traducirlo al español y, desde entonces, se quedó con el idioma. “La poesía viene de tan adentro y su voz es en Español” afirma este escritor que se considera un guatemalteco por solidaridad. “Ser guatemalteco es para mí ver el mundo a partir de las experiencias que vivo y que se viven en este país asumiéndolas como propias. Es ser extranjero en cualquier otro país”. Y mientras él sigue investigando y produciendo en Nueva York; en Guatemala esta sigue siendo la época del año en que es fácil encontrarlo caminando por las calles del centro, sonriente, con sus bolsas plásticas llenas de libros, propios y ajenos, películas y suplementos culturales, que comparte con sus lectores y amigos en esa tradicional línea de circulación de su obra que es el la del cariño.