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domingo, 27 de diciembre de 2020

Sobre "Mañana muerta de domingo" de Alvaro Sánchez

 


De Alvaro Sánchez todos tenemos una referencia visual. La de un artista plástico que ha pasado por la publicidad, el corto audiovisual, y mantiene un trabajo de producción constante en el colage digital, el dibujo y la pintura. Un artista que, además, se ha hecho un lugar dentro de la atmósfera de la literatura guatemalteca de los últimos 10 años, luego de darle rostro, de darle imagen, a muchos libros publicados  durante la última década. Sin embargo, la relación de Alvaro Sánchez con los libros es mucho más larga, más profunda, más constante. De la mano de la música, otra de sus pasiones, Alvaro Sánchez llegó a la escritura cotidiana de una columna en el Diario de Centroamérica, y también, mucho antes de eso, a la literatura, a la poesía y la narrativa. De muchos es ya conocido su hábito de lector, tan fiel, puedo asegurar, como su hábito por el vino. De allí que no me haya extrañado el día que recibí el mensaje en el que me contaba del nacimiento de su primer libro, este: Mañana muerta de domingo: pues siempre he creído que un lector constante, tarde o temprano, termina teniendo mucho qué decir, y no tiene otra opción más que ponerse a escribir.

Quienes han seguido de cerca el trabajo visual de Alvaro Sánchez están ya familiarizados con sus temas oscuros y con los títulos de sus obras. Frases breves y contundentes, casi versos, guiños que desde ya nos hablan de la profundidad de las imágenes, nos dicen que detrás de ellas hay algo más, un relato. Estos, quizá, que también denotan su origen en esos pasillos oscuros del subconscinete, en los que, desde hace años, Alvaro va y viene, desde donde exporta las imagenes que en estas narraciones brevísimas parecieran tomar no solo vida, sino movimiento. Un movimiento onírico y oscuro que toma vida en la cabeza de quienes leen. Así, el artista que durante años vimos partir de textos ajenos en busca de la imagen primigenia que los defina, ahora es quien da las palabras para que quienes se acerquen a ellas sean los que pongan las imágenes de sus propias pesadillas.

Mañana muerta de domingo es un libro de microficciones que se pueden enmarcar en el campo de lo onírico y del terror. Un campo poco explorado en Guatemala, quizá, solo a través de algunos textos de tinte fantástico de Marilinda Guerrero, los libros de microrrelatos del escritor Ricardo Rivera Echeverría, o los matices de la obra narrativa de Byron Quiñónez, que mezclan el horror y lo policíaco. Los de Sánchez son textos breves, unos más que otros, que por su naturaleza tienen el ímpetu de la imagen, un campo de más conocido por este artista visual, y del golpe. Es allí en donde vemos que Sánchez sigue fiel a su oficio, y que ahora tan solo nos lleva a pasear para observarlo desde otra perspectiva.

Sobre la reedición de "Los jueces" de Arnoldo Gálvez Suárez

 

 

No recuerdo cuándo empezó mi relación intermitente con la memoria. Ya ven. Una relación que amo y que temo por partes iguales. Y que, específicamente, en mi vida de lectora ha hecho que le tome especial fascinación y cariño a los libros que, por encima de la cantidad de páginas sobre las que pasan momentáneamente nuestros ojos, nos dejan una frase a la mano, una imagen imborrable, un personaje que se queda con nostros como un viejo conocido, o tan solo una sensación, quizá parecida al golpe, algo que no pudimos eludir y que nos acompaña durante mucho tiempo. Los jueces, de Arnoldo Gálvez Suárez, es de esta clase de libros. Libros que más que leerse, pareciera que se viven.

Habían pasado ya un par de años, quizá, desde que el rostro de Arnoldo Gálvez Suárez apareció en la prensa como el joven ganador del premio “Mario Monteforte Toledo”, de novela del año 2008, cuando un mismo ejemplar de la novela ganadora: “Los jueces”: publicada en ese entonces por Letra Negra, una editorial a la que sin mucho pudor le arrugábamos la nariz, empezó a circular de mano en mano entre un grupo pequeño de amigos de ese entonces. Habíamos emprendido una especie de viaje de relevos en el que nos íbamos entregando el libro / estafeta con un asombro todavía mudo, de esos que le quedan sembrados a ciertos testigos. Desde ese entonces, todos nos hemos encontrado en la calle con la imagen de La señora vendedora de huevos, o hemos sentido el escalofrío que viene con la evocación de la imagen del Energúmeno. Desde ese entonces, nos acompaña también un ferviente reconocimiento de la obra de Arnoldo Gálvez Suárez, como la de uno de los grandes narradores contemporáneos que tiene este país. Sin duda, uno de los narradores más lúcidos, de los más contundentes.

Estamos frente a una novela que retrata un microcosmos de la clase media trabajadora. Esa que hace equilibrio en la orilla de su propio barranco, porque a pesar de sus aspiraciones, siempre ha estado más propensa a caer que a subir. Un territorio que, más que extenderse, se va haciendo profundo a fuerza de estratificaciones internas. Tres sectores, tres categorías que marcan a los habitantes que, a fin de cuentas, deben compartir la misma vía de salida. Allí se mueve La señora que vende huevos, allí vive, con su padre desempleado, La muchacha del vestido rojo; por esas calles se tambalea el Energúmeno, y a sus alrededores acaba de mudarse El señor de las serpientes. Cuatro ejes sobre los que se echará a andar una historia acerca de los muchos rostros que tiene la violencia, y las múltiples maneras en las que se ejerce: desde una posición de poder, desde la superioridad de clase, desde el machismo, el fetichismo, la animalidad, el instinto, la convicción religiosa, desde la necesidad y el anhelo de seguridad de la gente de bien que quiere limpiar el mundo.

Los jueces, de Arnoldo Gálvez Suárez, es una novela breve que fluye con el ímpetu de imágenes  cinematográficas, de las que seguro nos hablará César Díaz, y con la sencillez de la palabra y la estructura. Una estructura que se va armando pieza por pieza en la medida en que vamos conociendo a esos personajes inolvidables, constituidos por mujeres, muchos de ellos, mujeres bajo constante asedio, mujeres a las que les ha tocado tomar las riendas de la vida, mujeres de voz y de acción, que tampoco saldrán ilesas de ese dilema constante entre el bien y el mal. Un dilema descarnado que Gálvez Suárez desnuda y nos entrega con alegorías precisas.

Han pasado ya varios años desde la primera edición de esta novela, y desde mi primer encuentro con ella. El mismo Gálvez Suárez ha ganado otros premios, nos ha entregado muchas otras páginas geniales, muchas otras historias desde ese entonces. Sin embargo, su reedición y su relectura, han venido a confirmar el espacio que “Los jueces” tiene dentro de la historia de la literatura guatemalteca actual. Una novela que sin decir Guatemala delata sus rasgos urbanos, marginales, su espíritu siempre en los bordes, siempre dispuesto a seguir descendiendo, siempre irredento, en donde la ternura aparece como una silueta oscura vista a contraluz del incendio.

Me uno, pues, a la celebración de que este libro empiece a rondar otra vez entre los lectores, nuevos y antiguos, a los que seguro no defraudará, y entre todos aquellos que pasamos los días queriendo contar historias, a los que no nos queda más que reconocer su maestría. Galvez Suárez es un autor al que es imposible no seguirle la pista, al que es imposible no volver. Es uno de esos narradores que no pasan inadvertidos.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Las cuarenta noches de cuarenta días duros





Los sueños son extensiones naturales de la vida Una doble jornada vital asumida, no solicitada. La vida siguiendo su curso en horas extra. Descubrí mi constante relación con los sueños hace tanto tiempo que me es imposible precisar en qué momento empecé a tomar conciencia de ellos, de sus historias a medias, de sus imágenes anheladas y temidas, de esa capacidad que tienen, como todo lo efímero, de maravillarnos y perderse, de darnos a la tarea de recordar o inventar, de interpretar, de desconfiar siempre del recuerdo. Seguramente esa toma de conciencia llegó en el momento en que empezó a surgir en mí la necesidad de hablar de esas imágenes importadas desde esas horas de la inconsciencia, de abrir los ojos y buscar al primer desprevenido que pudiera escuchar esos que muchas veces eran fragmentos sin principio ni fin, imágenes más cercanas al disparate que a la igualmente disparatada realidad.
Hay una extraña tradición de soñantes en mi familia. Mi abuela materna tenía, al parecer, un libro destartalado con el que intentaba interpretar esas imágenes desconexas. Soñar con perros es la presencia de amigos no sinceros, recordaba mi madre cuando más de alguno aparecía en mi relato matutino, soñar con agua lodosa significa que vienen problemas. Ella misma, mi madre, y mi hermana son un tipo de soñantes intermitentes que saben que cuando los sueños aparecen deben ponerles atención. De un tío que pasaba sus fragmentados descansos en una hamaca tendida a medio pasillo, y de mi bisabuela paterna, me llegó la tradición de los malos sueños, no es bueno dormir boca arriba, no es bueno comer mucha grasa antes de dormir, no es bueno colocarse las manos sobre el pecho… como sea, para mí, que desde temprano asumí el oficio de andar por los días a la caza de algo qué contar, los sueños se convirtieron primariamente en esa fuente de asombro más allá de las horas hábiles, y fue así como un día nació el propósito de recordarlos o imaginarlos, de armarlos y extenderlos, literaturizarlos, a lo largo de cuarenta noches multiplicadas, de los cuarenta y más días que bíblicamente se puede vagar por condena o por búsqueda de redención en el desierto de la vigilia. Así es como surge este libro, cuarenta relatos que intentan ser fieles a la naturaleza de lo efímero, de la brevedad de su recuerdo, de ese intento primigenio de enunciar los significados que reposan en el fondo de las aguas alteradas donde tiembla la imagen rescatada de los sueños. Cuarenta noches que van de ida y vuelta entre el sueño y la vigilia, entre la realidad y la ficción, entre el relato y la prosa poética, fronteras todas invisibles y de cuyo trayecto surge esta serie de mini crónicas que quizá no tengan otro propósito más allá de develar ante el lector la posibilidad de sentir y abrir los ojos y la percepción, de transitar con atención por dimensiones que se creían dormidas, cerradas a quienes van por el camino sin ver alrededor.
Hay mucho de la vida en los sueños, hay mucho de desdoblamiento en esa realidad donde nos encontramos a nosotros mismos en nuestra propia imagen deformada, en los símbolos, en los otros. Hay mucho de sobrevivencia en despertar.
Algo me dice que el día de nuestra muerte despertaremos y le narraremos a quien nos quiera escuchar un relato lleno de fragmentos maravillosos del tiempo transcurrido aquí. Tras esos momentos dispersos y lo suficientemente potentes para permanecer otro poco más, voy todos los días con los ojos abiertos. Este libro quizá sea, entonces, parte de ese credo, el de hacer que el camino valga la pena yendo tras de todo lo que parezca sueño y al final de cuentas valga la vida contar.



viernes, 24 de noviembre de 2017

El duradero efecto de lo breve: la narrativa de Carlos Calderón del Cid





Hay una fascinación, casi un culto, al rededor de lo breve. Algunos se lo atribuyen a la velocidad de los tiempos que corren, esa espera constante del impacto del instante: información en 140 caracteres, una imagen contundente, una historia que no dure más de una hora en la TV, el golpe limpio de la belleza o del sentido completo de unas horas, una conclusión, una revelación.
Pero no es que todos los seres propensos a lo breve tengan prisa, es que conocen el poder de lo efímero, su impacto, paradogicamente más duradero. Lo quieren todo, lo quieren ya. Salen, entonces, en búsqueda de instantes propios, o de aquellos que otros capturaron para sí.
Dicho esto pienso en “Un bolero lleva tu nombre”, un libro de 290 páginas, llenas con un centenar de instantes. Una recopilación de pedazos de vida, sin todas esas horas muertas que tuvieron que pasar para que, tanto los personajes, como nosotros, fuéramos testigos de las jugadas del azar, los encuentros, el amor, los viajes y las nostalgias, todo eso que tiene, sobre los seres humanos, la fuerza, el esplendor y la intensidad del choque, efímero pero luminoso, de la pólvora y el fuego. Un libro con el que Carlos Calderón del Cid, un estudiante guatemalteco de la Maestría en Ecología en la Universidad Federal de Bahía, en Brasil, se convirtió en el escritor más joven en ganar el Certamen BAM Letras, uno de los premios más importantes que continúa vigente en este país.

De más es sabido que en países con situaciones sociales tan adversas como este, son pocos, y muchas veces dificultosos, los caminos literarios hacia la publicación. A menos que los autores acudan a una imprenta y hagan una inversión propia (esa tradicional manera en la que se ha ido formando lo que hoy conocemos como Historia de la literatura guatemalteca) o ya sea que tocados por la bendición de todos los indigentes que tienen algún parecido con los grandes escritores de la Literatura Universal, alguna de las escasas editoriales carguen con el riesgo de publicar y esperar que su libro se venda, los premios literarios son una vía que transitan todos los años decenas de autores inéditos que confían en ser leídos por especialistas desconocidos, o ganar un poco de dinero, un nombre o una publicación.
Para Carlos Calderón del Cid, participar en el certamen era una especie de evaluación, una forma de someter sus escritos ante terceros para comprobar si valían la pena o no. Este era su segundo intento. Ya en 2013 había participado en el mismo certamen que el jurado calificador de entonces había declarado desierto por considerar que “...aunque en algunos de los 64 libros evaluados había propuestas con fuerza narrativa, manejo lúdico del lenguaje y habilidad para despertar el interés del lector, no encontraron en ninguna de las colecciones enviadas al Certamen la suficiente solidez y el valor literario para otorgar el premio”. Nada quedó de ese libro, sin embargo continuó en Calderón la búsqueda de su  propio estilo.

La relación de Carlos Calderón del Cid con la literatura empezó muy temprano, en la cama, a través de la narración de historias chinas, japonesas y árabes que llegaban hasta él con la voz de su madre, en esa especie de ritual infantil antes de dormir. Un día se percató de que también tenía historias que contar, así fue como empezó su búsqueda, su intento por encontrar la manera de contarlas. Estaba en quinto primaria. A partir de entonces el proceso lo ha llevado por varias etapas: ingenuas, peligrosas, pero todas unificadas por el auto descubrimiento. En este momento, puede decir que escribe movido por el impulso. Como este es imprevisible, su necesidad de escribir es independiente del tiempo o de cualquier plazo. Obviamente, afirma, eso no significa que carezca de disciplina. La escritura inicial, la que arrastra al impulso en su forma más primigenia, es repentina, y en la mayoría de ocasiones, caótica. Luego viene un proceso intenso de re lectura y corrección, un oficio”. Oficio que le ha enseñado a tener  la distancia necesaria para ser más conciso, evitar esos adjetivos extra o una descripción, en apariencia pertinente, que pudiera diluir la tensión de su historia. Fue así, también, como descubrió, en la brevedad, una identidad literaria. La revelación llegó durante uno de los tantos viajes que han marcado su ritmo vital y estudiantil. Durante ellos hacía anotaciones, esbozos de las impresiones causadas por los itinerarios. Ahí, cuenta, se percató de la potencialidad de su introspección, de lo mucho que ganaba condensándose. Vio que no era necesario ser descriptivo u obedecer a una dinámica regida por el verbo. Su relato podía estar configurado por sensaciones, por instantes críticos que revelaban la verdadera humanidad de los personajes. Y en medio de todo esto, la brevedad se convirtió en la única forma de transmisión, limpia de digresiones, monólogos y diálogos que casi nunca surgían coherentes o naturales. Además compensó lo que él llama escasa imaginación, con la intuición, la prefiguración de las interacciones que anteceden a los puntos de quiebre de sus historias.

Introspección, emociones, sentimientos, brevedad, quizá sean los términos que confirman la enorme carga poética que llenan las páginas de “Un bolero lleva tu nombre”. Una carga poética que el autor presiente y percibe en su prosa, a pesar de manifestar su mala relación con el género poético como tal.  Carlos Calderón del Cid no lee poesía. Lee, en cambio, a esa especie de autores híbridos. Poetas que escriben narrativa, narradores que poetizan, como el costarricense Luis Cháves, o los guatemaltecos Javier Payeras y Maurice Echeverría. Escritores que apuestan por cierto minimalismo, la brevedad y el momento poético. No quedan fuera de sus lecturas, nombres como Augusto Monterroso, Marco Antonio Flores, Raymond Carver, Jorge Luis Borges, Javier Marías, Roberto Bolaño y Antonio Lobo Antunes. Este último, parte de una lista de narradores a quienes se ha aproximado en Brasil por la vía del idioma Portugués, entre los que se encuentran Rubém Fonseca, Clarice Lispector y José Saramago, entre otros.

El escritor guatemalteco, Maurice Echeverría fue, de hecho, uno de los miembros del jurado que le dio el premio único del Certamen a “Un bolero lleva tu nombre”. Él lo calificó como “una obra seductora por sus cuentos condensados y directos, cortos y rítmicos... Una narrativa que rehuye del relleno inútil, llena de observaciones tan casuales como poderosas”. La madurez, la sensibilidad, inteligencia y universalidad de sus relatos tampoco pasaron desapercibidos ante José Luis Perdomo Orellana y Carol Zardetto, los otros miembros del jurado que permitieron que llegara hasta nosotros un libro que nos queda a deber en cuanto al diseño de su portada, pero que compensa de más con las imágenes internas, poderosas, que nos provoca su lectura.


Un bolero lleva tu nombre
Carlos Calderón del Cid
FyG Editores, 2016

miércoles, 1 de enero de 2014

lunes, 4 de junio de 2012

jueves, 15 de marzo de 2012

Atolladero

El tráfico de la avenida se extendía a lo largo de varios kilómetros. Los carros avanzaban con lentitud, se detenían. A través de las ventanillas se dibujaba el tedio. 
La mujer caminaba con paso firme por la banqueta paralela al atasco. Por ratos los mismos autos la dejaban atrás; por ratos ella se les adelantaba.
Desde una ventanilla polarizada, que había rebasado varias veces, surgió una voz: ¡Perra!, le gritaron. No volteó, sonrió. Se sintió Cadejo.

lunes, 5 de diciembre de 2011

De cómo vuelan los animales heridos

Las campanas de la catedral acababan de anunciar el medio día. El tráfico sobre la séptima avenida estaba detenido, los automovilistas se habían cansado de bocinar.
Ella caminaba contra la corriente de aire y los reflejos del sol sobre los autos. Conforme iba avanzando logró comprender lo que la anciana que pedía dinero junto a la puerta de uno de los parqueos estaba gritando.
“La van a matar”, dijo, alargando la última palabra con angustia mientras miraba hacia el frente y los peatones que pasaban por el lugar seguían su camino sin inmutarse.
Fue hasta el momento en que pasó frente a la anciana cuando se dio cuenta de la escena: una paloma con el ala lastimada estaba parada en medio de la calle donde los autos ya empezaban a moverse.
Se detuvo y se quedó observándola. “Señora paloma, muévase, por favor”, gritaba la anciana. La paloma aleteó con torpeza y alcanzó el bumper del automóvil más cercano. Se resbaló. Con un nuevo aleteo se detuvo de la orilla y con otro más llegó a la parte de arriba. El automóvil empezó a moverse lentamente en medio del tráfico con rumbo a la catedral, donde seguramente las otras palomas la verían llegar de una manera poco usual.
La anciana volteó y le regaló una carcajada vacía cuando escuchó que ella no podía parar de reír. Así se despidieron y siguió su camino con una sonrisa que le duró a lo largo de varias cuadras mientras imaginaba que se había quedado parada junto a la anciana, viendo cómo avanzaban el reloj y los carros, cómo la gente pasaba sin verlas; escuchando pedazos de conversaciones, observando los rostros que desfilaban llenos de tedio del otro lado de las ventanillas, viendo cómo la anciana se quedaba dormida por ratos: esos otros instantes en los que quizá lograba olvidar su miseria.
El reflejo del sol sobre uno de los autos, un golpe de viento y un timonazo la congelaron durante tres segundos cuando alcanzó sonriente la última esquina. Nadie gritó “la van a matar”, quién sabe si alguien la hubiera visto volar.

jueves, 13 de octubre de 2011

Zona de excavación

El sábado soñé que salía en busca de un edificio del que solamente asomaba uno de sus puntos más altos. En él se refractaba la luz. Caminé para acercarme, vi montañas que goteaban agua sucia y amenazaban con colapsar, caminos angostos y lodosos, y un lago más bien espeso. Desde su orilla traté de redirigir el rumbo hacia ese lugar donde, a lo lejos, brillaba el sol, donde todo estaba claro.
Amanecí con un dolor de cabeza que parecía rodar adentro en la medida en que me movía. Encendí el ordenador y la primera imagen que me lanzó el noticiero virtual era una postal de la calle donde vivo: el amanecer tierno, el sol sobre los edificios del Centro, la esquina acordonada, los cadáveres cubiertos, la policía custodiando su sueño.
Yo había estado leyendo hasta la madrugada, y había apagado la luz una hora antes de que el auto pasara rociando plomo por la esquina, sin llegar a alterar mi sueño.
Esa era la tercera vez, en una semana, en la que sentía que estaba compartiendo las mismas rutas con la muerte.
Aparece de repente. Siempre se transfigura. De su cercanía reconozco el vacío. Su cuestionamiento directo. Su paso decidido, su costumbre de no verme a los ojos, de aceptar cualquier pequeñez: un poco de dinero, un teléfono, una bolsa, a cambio de la oportunidad de intentarlo un día más en una ciudad donde, después de que ella sigue su camino, pareciera que no pasa nada, que nada vale.
Tomé el teléfono. Quería hablar con mi hermana. Su hija menor nació hace un par de semanas y ni siquiera la conozco.
Sin dar detalles quería preguntar cómo estaba, pedir que le acercaran el auricular, escuchar sus ruidos pequeños, oírla respirar. Tener un breve contacto con la vida en ese estado inicial del que lo único que preservamos es la vulnerabilidad.
No contestó. No insistí. Las imaginé soñando lugares menos agitados, menos inalcanzables, y me dispuse a escribir, a excavar en busca de un lugar seguro, de un hilo coherente hacia una puerta de salida, hacia una conclusión que no fuera la muerte.
Me propuse regresar despierta, por todos los caminos posibles, a ese lugar donde se mezcla la realidad y el sueño. Resguardarme en la ficción, ese otro exilio, allí donde el absurdo es una opción inofensiva.

martes, 4 de octubre de 2011

Apocalipsis, maybe

Compartí el lavadero con un puertorriqueño retirado de la academia militar que se jactaba de la limpieza de su cuarto de baño mientras enjuagaba con ímpetu el trapeador. Era una de esas pláticas generada por la confianza que existe entre un viejo y una desconocida que se han encontrado durante un par de ocasiones en las gradas del mismo edificio.
Como buen militar parecía llevarse bien con mis monosílabos distraídos y mis educadas muecas de aprobación.
La lluvia de un medio día de septiembre que, súbitamente, se había tornado oscuro, empezó a golpear la lámina, y la plática dio un giro apocalíptico. El fin del mundo será en noviembre, afirmó. Y apeló a la numerología, a los astros y las coincidencias en la historia universal de los desastres, mientras se esforzaba por blanquear el trapeador.
El viejo había logrado captar mi atención con su convicción. Y mientras él hablaba, empezó a llegarme al cuello todo lo que no he hecho, los lugares y las personas que no he conocido, los kilómetros que me separan de lo único que tengo, así, imagen por imagen, previo a quedarme en blanco, como su trapeador, que en ese preciso momento era extendido orgullosamente ante mis ojos.
Me urge volver a mi país, dijo, mientras lo colocaba sobre uno de los lazos que estaban bajo techo. Y por un momento sentí la tristeza de las despedidas entre dos desconocidos a quienes hermana la espera de un final inminente.
A más tardar será en febrero, agregó, y súbitamente vi tropezar mis cálculos mentales… este país lo mata a uno de aburrimiento, dijo.
Y luego de eso lo vi correr torpemente bajo la lluvia de vuelta al edificio, mientras yo sentía la leve confusión de quien acaba de ser timado, de quien acaba de ser salvado.

sábado, 23 de julio de 2011

Sábado / Lectura de narrativa en Filgua


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miércoles, 11 de agosto de 2010

La promesa

La lluvia había arreciado cuando el niño subió al autobús, se pasó la mano por la frente, saludó en voz alta con acento extranjero, se agarró de los sillones que le quedaban a los lados y parado a mitad del pasillo, con la vista fija en un lugar del fondo que seguramente aún estaba vacío, nos llamó hermanos, nos pidió que lo ayudáramos, nos contó que estaba lejos de su casa, que tenía que comer y que sabía que era mejor pedir que robar, y por eso nos pedía una moneda y perdón.
Empezó a pasar por los lugares con la vista fija en las manos que se metían en las bolsas, las que se quedaban quietas sobre los regazos, las que sostenían el tedio, las que volteaban hojas del periódico, las que extendían una moneda.
Afuera aún llovía con fuerza, se detuvo un momento junto a mí, miraba hacia la calle, como quien calcula el mejor lugar para bajarse. Olía a sudor. Su pecho quedó a la altura de mi vista, sobre él tenía una inscripción, una cita bíblica, una promesa: “Como las estrellas, así será tu descendencia”. Una promesa que nos condenaba a todos, una promesa de miseria infinita que un momento después bajó del autobús y caminó sin prisa bajo la lluvia mientras afuera oscurecía.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

El villancico de la mula y el buey (texto apócrifo)

Desde que me vieron inclinada sobre el nacimiento que da la bienvenida en la oficina del director he recibido una sonrisa cordial por los pasillos, un gesto casi de hermandad. Tiene alma, pensarán, y no voy a defraudarlos aún, así que sonrío en vez de decirles que lo que ocurre es que no veo bien y que medito acerca de la entrevista que le tengo que hacer a la mula y al buey para la edición de esa revista dominical. Me odiarían, lo sé. Así que mejor los olvido y me concentro en el texto.
Imagino un diálogo tan genial como el de los famosos cuadrúpedos Babieca y Rocinante en el principio del Quijote, pero en pleno siglo XXI, donde lo único que delataría esa influencia del barroco sería el arbolito de navidad. Hago mi lista de elementos: aguinaldo, lucecitas de colores, convivios, pino, cuetes, luces Campero, bombas, pavos, paches, ponche, posadas y canastas. Lo ponemos todo junto y allí está la Navidad: una noche de celebración que se anticipa cuando todavía le quedan hojas al calendario, no se ha terminado la lluvia, aún no ha comenzado el frío, y los grandes supermercados lo ponen a uno a buscar el lugar donde quedaron relegados el pan, los frijoles en lata, los huevos y el repelente contra zancudos, a cambio de toda una imaginería de noches de nieve y paz. No me gusta la Navidad. Un buen punto para empezar… A mí el desencanto me cayó a fuerza de ser la única desocupada el 24 en la tarde, y por lo mismo, la encargada de ir a comprar los ingredientes olvidados o agotados de los tamales de mi mamá. Siempre pensaron que exageraba cuando les contaba que sentía que no iba a poder salir de los angostos pasillos en que se fragmentaba el mercado municipal que, durante esos días, tomaba las avenidas a su alrededor. Allí todas las series de luces titilaban y sonaban al mismo tiempo a medida que uno avanzaba buscando un espacio para cambiar de carril y lo único que encontraba era mujeres con las manos de colores, ventas de aserrín, uvas, manzanas, cajas de galletas y semillas, niños Jesuses, niños perdidos, santas Marías y santos Josés, pesebres de todos los tamaños, mulas y bueyes por mayor… vaya si no, hay que verlos manejando de vuelta a casa antes de las doce sin respetar los altos, o escucharlos al teléfono cuando ya va a amanecer y de fondo el Buki canta Navidad sin ti (y cada Navidad un “ti” diferente). Pero volviendo al nacimiento… vaya que en mi casa nunca hicieron, porque seguro también me hubiera tocado a mí. La tradición era ir a ver el espectáculo que se armaba en la casa de la tía abuela. Hacíamos grupos y nos íbamos a explorar el que ocupaba buena parte de su sala. Incluía carritos de juguete, soldaditos de plástico, una figura de ET, gatos en miniatura, adornos pequeños de porcelana (trastecitos incluidos) el diablo mismo y hasta un come batidos de cajita feliz. Todo empezó el día que la tía puso como penitencia a dos de sus nietos a que la ayudaran. Usaron todo lo que pudieron encontrar excepto los animales de granja. Cuando la tía abuela llegó junto a Zoila, la señora de Rabinal que la acompañaba todo el tiempo, las dos se quedaron viendo el nacimiento con la boca abierta. “¿Dónde están los animales?” dijo la tía. “Allí vienen” respondió Zoila cuando los nietos se acercaban por la puerta. Desde entonces los conocimos para siempre como la mula y el buey. Con ellos nos mandaban a la escuela bíblica que armaba la iglesia durante las vacaciones para mantenernos ocupados. Allí conocimos a Lucía y a Jesús. Nos hicimos amigos el día que nos salvaron de un castigo seguro luego de que nos descubrieran distraídos y nos hicieran repetir el nombre de las tres gracias. La única que supo responder fue Lucía: “Fe, Esperanza y Caridad” dijo. “¿Cómo lo sabía?”, le preguntamos, si estaba tan distraída como nosotros. “Son mis tías”, respondió.
Chus era su primo, un gran tipo, bien parecido, y desde patojo mostró debilidad por las mujeres que mostraban debilidad. Desde esas reuniones en la iglesia del barrio, él, la mula y el buey se hicieron inseparables, el trío se hizo popular. La que nunca soportó mucho al grupo era la mamá de Chus, la mayor de las tres hermanas, y la más débil de todas: Doña Fe, se murió despuesito de la Navidad que finalmente nos separó a todos. Fue cuando mataron a Chus. Aprovecharon la cohetería de media noche para disimular los tres disparos que nos dejaron sin él. Luego supimos que fue el buey, líos de mujeres. En un par de semanas alguien lo reconoció muerto en las noticias.
El día que cruzaba la capital, mientras huía camino a El Petén, lo asaltaron. Desesperado por continuar se subió a los autobuses para pedir que lo ayudaran. Dijo la verdad, lo habían asaltado, la gente se conmovió y lo ayudó. Juntó lo suficiente para sobrevivir ese día, conseguir un lugar donde dormir y continuar su camino, pero la tentación lo dominó. Así que el día siguiente hizo lo mismo, volvió a contar su historia y a recibir lo suficiente para sobrevivir. Entonces se quedó. Pero como el buey era más bien mula ni siquiera cambió de ruta ni horario, hacía lo mismo todos los días, hasta que alguien que ya lo había visto montando su espectáculo le dio un quetzal buscándole los ojos y le dijo “este es pa’ que se dé una su chilqueada, lo asaltan a cada poco, verdad”. El buey lo escupió antes de bajarse corriendo del bus. El hombre lo siguió y una vez abajo le metió los tres disparos que le correspondían de vuelta. A todo coche le llega su sábado, pero bueno, ya me salí del tema, cómo diablos hago la entrevista...

martes, 15 de diciembre de 2009

Aguinaldo

Llevo cuatro horas vagando por el centro comercial. La navidad se acerca, y aunque todo el mundo se queja de falta de dinero siempre espera un buen regalo. 
Me duelen las piernas. Los que buscan un lugar para sentarse tendrán que esperar un momento más mientras termino con mi ensalada. No pienso apresurarme. La señora que está a dos mesas de distancia seguramente tampoco lo hará. Y eso que se come la suya con el ímpetu animal que le provocan los pedacitos cebosos de tocino por los que pagó el doble.
Es extraña la gente que uno se encuentra en las ventas de ensaladas. Arman tremendas bombas estomacales, pero se van con la conciencia tranquila porque comieron sano. 
Yo mastico lento y escucho. Desde hace algún momento dejé de distinguir la música ambiental, el ruido de las máquinas de los restaurantes, el arrastrar de las sillas y la conversación del grupo que come frente a mí. Ahora todo se sintetiza en una onda sonora casi uniforme de no ser por el grito de un niño o una carcajada cercana. 
Cientos de personas hablan al mismo tiempo en el mismo lugar. Pienso en la hora del cierre, en las luces apagadas, el lugar vacío, el silencio nocturno y siento miedo. 
Me levanto. Llegó la hora de tomar una decisión, pagar por los regalos y largarme de una vez. Regreso mentalmente a las opciones y resuelvo que debo verlas de nuevo antes de decidirme por las definitivas. Sin embargo eso significa entrar por tercera vez al lugar en el que finalmente compraré. Ni modo. Me pongo en marcha. 
Siento calor. No me gustan los centros comerciales, no me gusta comprar. Me molesta cuando me preguntan qué busco. Ese es un tema existencial. Me produce angustia. “Solo quiero ver”, respondo, y me apresuro. A partir de ese momento empiezo a sentir sus miradas encima y sus pasos muy cerca, empiezo a sentirme sospechosa, y la culpa se me empieza a notar aunque no haya abierto mi bolsa ni lleve nada en las manos. Lo peor de todo es que el momento parece no terminar porque tampoco me atrevo a salir, no quiero que piensen que me sentí descubierta, mucho menos que el código del libro que llevo en la mochila active la alarma, o lo que es peor, que alguna prenda se haya quedado pegada en el velcro de mi bolsa sin que me diera cuenta y piensen que me la quiero llevar de la manera más descarada posible. 
Cuando pienso en eso me da por moverme con fuerza para que la blusa hipotética se caiga o para ver si logro sentirla, porque si reviso directamente sospecharán aún más de mí, sin embargo lo único que consigo es llamar más su atención. Solo me queda esperar que la puerta esté totalmente despejada o que la mujer que va delante de mí pase primero, tengo tanta suerte que ella podría ser descubierta por la alarma y a la que detendrían sería a mí.
Pienso en otras maneras para evitar pasar por todo esto de nuevo mientras camino. Esperar a que cambie el turno de los empleados y los guardias de seguridad para no despertar sus sospechas, sería una de ellas. Bajo la voz. “Creo que estas hablando sola, Estela”, me digo entre dientes. Me encuentro de frente con mi reflejo en una de las vitrinas, estoy asustada. Si continúo así, seguro que cuando vaya por la tercera tienda ya no será solo allí donde me tengan controlada, ya me habrán hecho zoom en el circuito cerrado del comercial. De hecho ya empiezo a ver cómo los hombres y las mujeres que portan el logo del lugar en la bolsa del saco pasan cerca de mí hablando por sus radios transmisores. Están a mi alrededor, los distingo entre la gente común, se hacen los locos, pero se mantienen cerca. 
Lo mejor será olvidar los regalos y salir cuanto antes. No sé qué hora es. No voy a sacar el celular ni voy a preguntar. A estas alturas cualquier movimiento puede ser peligroso. Mientras no llegue a la puerta de salida trataré de mantener la calma. Una vez ponga un pie fuera podré incluso correr. Necesito sentir el aire tibio, el espacio abierto. Sentirme segura. Aunque afuera la ciudad también tiene una onda sonora similar y permanente. Desde que la descubrí no he dejado de escuchar este zumbido que me taladra la cabeza.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Graduación

Cerré la agenda telefónica e inicié un nuevo recuento mental de nombres y posibilidades con la mirada fija sobre la mancha de sol que iluminaba la pared. Nadie. Los pocos amigos y la familia: lejos, ocupados. Entonces recordé a Miguel y busqué su número entre los papeles apilados debajo del escritorio. Marqué. Me reconoció de inmediato y aunque no podía hablar mucho en ese momento aceptó la invitación.
Ya había olvidado el escalofrío que me provocaba su mirada. Nos pusimos al día mientras caminábamos hacia el salón. Cuando me llamaron me abrazó, me besó la frente, me deseó suerte. Estaba lista para enfrentar una sesión de preguntas redundantes que durante más de una hora pretendía resumir un año de trabajo y cinco de asistencia fiel y rutinaria que incluían mi emigración y el recorrido por varios trabajos. No tuve problemas. Salí mientras deliberaban. Miguel me esperaba con una taza de café y preparaba la cámara digital. Veinte minutos después, el catedrático nos invitó a entrar. Era el momento del protocolo, las fotos de Miguel y los abrazos de felicitación. Todo terminó. Había olvidado qué tibio era su abrazo. Caminamos hacia el parqueo. Me preguntó si iba para mi casa, si vivía donde siempre, si quería que me llevara hacia algún lugar. Le dije que no, mientras le acariciaba el rostro. Le agradecí los detalles y prometí llamarlo pronto. Esa tarde me había salvado de la soledad una vez más. Podía quedarse con el cambio. 

miércoles, 5 de agosto de 2009

Premio Nacional




La mujer se acercó hasta la mesa donde se entregaban los programas y lanzó la pregunta. Señorita, disculpe, ¿dónde estará Miguel Ángel Asturias? Abro los ojos. En el infierno, pienso. E intento disimular mi sorpresa. Lorena la mira maternal, sonríe: Miguel Ángel Asturias es sólo el nombre del premio. Él murió hace varios años.  La mujer alargó un Ah sin sorpresa. Es que lo andan buscando para que firme un libro. Permiso, dijo, y desapareció entre los asistentes.

viernes, 29 de mayo de 2009

Apocalíptica

Soldados apostados en los puentes. Que nadie se detenga ni ose lanzarse al vacío. De aquí nadie sale.

jueves, 9 de octubre de 2008

La casa de los espejos


Desde que salió del café caminó con la sensación de haber sido escogido, entre la multitud que observaba indiferente, para ser parte del espectáculo. Avanzó alerta. Rápido, pero con la absurda precaución del que teme que la burla no haya terminado.
No cabe duda de que la ciudad es un gran circo miserable que ha llegado a su última estación.
Afuera olía a basura. Desde hace algún tiempo siempre huele a basura. No tardará en llegar el día en que la única solución sea quemarla; en que el cielo se convierta en una gran nube negra, y ese olor, al fin, desaparezca.
Se sentó en la parada del bus y observó: la calle era un espacio lleno de payasos sucios, malabaristas torpes en los semáforos, personajes extravagantes en las esquinas, prestidigitadores de carteras ajenas, enanos, tarados, ciegos que ejecutan sus instrumentos musicales en las plazas públicas durante las fiestas para sordos, pilotos, con un solo ojo, que dirigen autobuses atestados.
Recordó el alivio que sintió cuando entró en el café y vio que ella lo esperaba. Sonrió. Ella también. Y fue entonces cuando la vio convertirse en el espejo que le devolvió, hasta el final, la imagen risible de sí mismo.
Advirtió, en sus ojos, la misma ilusión que él sentía, la impaciencia. Reconoció como propios los relatos de las largas esperas, los instantes propiciados, las falsas coincidencias. Escuchó otro nombre, y se dio cuenta de que él era sólo la pieza de una cadena interminable.
Se miraba patética, y, en ese estado, se reconoció a sí mismo. No le dijo nada. Sintió pena por ambos, por la ceguera, las malas interpretaciones, los esfuerzos vanos, que allí, frente a ella, parecían multiplicarse. Se despidió y, en silencio, prometió no buscarla más.
Un hombre sucio que esperaba junto a él, con una especie de bongó improvisado entre las manos, se levantó y subió al primer autobús que llegaba a la esquina en el momento en que el semáforo dio rojo. Saludó con parsimonia al grupo de espectadores. Unos dormían, otros veían distraídos por la ventana. Empezó a cantar. Él lo observó desde afuera, tomó su teléfono y marcó el número de la mujer que, seguramente, sí esperaba su llamada. Era una manera de rebelarse, de romper la cadena. No contestó. El semáforo dio verde. El hombre del bongó tomó aire y cantó: La felicida-a-a-a-á, me la dio tu amo-o-o-o-orrrr. El bus se alejó. Incomodo, volvió a marcar. No respondió. Es un mal sueño, pensó. Estaba despierto.

lunes, 25 de agosto de 2008

Otros descensos


El bus siempre se arrastra más lento cuando enfila por la avenida. De nada sirve la ventanilla abierta. A la derecha, el sobaco mojado del vecino sobre el hombro. A la izquierda, el espacio visual reducido a media diapositiva sucia, una barra de metal a la altura de los ojos y, más arriba, los edificios firmes, bajo el sol, con sus ventanas cerradas a un cielo sin nubes, surcado por zopilotes.
Intenta acomodarse. Luego de cuarenta y cinco minutos de ruta se despega con dificultad del respaldo de cuerina. La espalda empapada. El pantalón pegado. Novena calle. Desciende, respira profundo. Ni caliente ni frío, piensa. El infierno es húmedo.
La gente camina lento, se amontona en la sombra. Ella rebasa, empuja, intenta alcanzar la esquina antes del verde. Resopla.
Como si hubiera sentido su presencia una voz que viene de atrás le anuncia que este puede ser su día. Voltea y encuentra a la mujer sentada con los ojos cerrados, el movimiento lento de los dedos que intentan sintonizar un radio receptor bajo el que detiene varias series de números de lotería.
Recuerda a Tiresias, a Lodz, un vidente ciego más contemporáneo. Vacila un momento, y cede ante las posibilidades que le propone la ficción. Se acerca. Que se la va a jugar, dice. Que no escogerá ningún número, que lo escoja ella, por favor. La invidente sonríe. Desliza su mano encima de los billetes y señala con la uña larga un número que ella se encarga de cortar. Paga. Agradece. Y examina los cinco dígitos mientras se encamina hacia la Plaza Central: banderas rojas, buses extraurbanos, pancartas, altavoz y los guaraguaos, mientras los aludidos se escurren, ilesos, por las puertas de atrás.
Cinco dígitos. Turistas, colegiales, oficinistas. Cinco dígitos… una fecha… hoy.
Un sonido seco la paraliza. Las palomas vuelan asustadas. Un grupo de estudiantes grita y se dispersa frente a ella. Recuerda que ese puede ser su día. La sonrisa de la ciega, su mano descifrándole la suerte sobre los billetes de lotería… otro ruido seco, un nuevo sobresalto. El corazón golpea fuerte. Y ella, inmóvil, espera recibir, de frente, la bala perdida, el último rostro. Ni uno ni otro. Son seis. Media docena de cabras que irrumpen dando brincos, sin obedecer los latigazos sobre el asfalto que lanza su pastor. Se sonroja, sonríe. En este infierno la suerte está echada, a menos que diga lo contrario el azar.

domingo, 27 de julio de 2008

La decisión

Escribir mucho es mal síntoma. Solo escriben excesivamente, compulsivamente, los que se van a morir pronto. Los que no tienen más tiempo para vaciarse el cerebro antes de que todo sea estrecho, oscuro, asfixiante, sordo.
Basta ya de esa manía de pasarse las horas en monólogos mentales. Hoy la dejo. Me levanto y escondo los cuadernos, junto los lapiceros y limpio por fin ese escritorio.
Si tan solo pudiera, al fin, abrir los ojos.