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domingo, 27 de diciembre de 2020

Vuelo, búsqueda y destino en el canto de un azacuán / sobre el libro de José Aguilar

 


Los habitantes de las ciudades le hablan mucho al cielo, pero lo ven poco. Aquellos que hacen lo contrario, delatan de inmediato la distancia que arrastran detrás. Son forasteros o son místicos perdidos. De esos que ven al cielo y no le hablan, sino se limitan a observar y a escuchar con atención lo que va descifrando su voz interna frente a ese silencio infinito, lleno de rutas, de viajeros de corto y largo aliento, de la prisa de las nubes, de azules diversos y de grises, de aguas que se aproximan como susurrando o las que parece que vinieran rodando con sus golpes de luz efímera y con estruendo, de la acrobacia del sol antes de sumergirse de nuevo en el horizonte, del ojo de la noche que se va abriendo y se va cerrando con la lentitud perezosa de algunos animales que no logran conciliar el sueño. Y así confirman cómo, en ese otro cuerpo de agua, ciertos rasgos de la vida terrestre parecen reflejarse levemente transformados. O viceversa. Ese es el caso de los azacuanes, aves que emigran de ida y de vuelta en bandadas. Se van de su territorio cuando llega el frío, cruzan medio continente, y en su trayecto van marcando el tránsito de las lluvias. Son migrantes que emprenden camino en nombre de la supervivencia, pero que nunca pierden el deseo de volver a casa.
“Pequeñas rutas de un azacuán con frío” podría ser la historia de una de estas aves en busca de un espacio cálido en donde pasar el mal tiempo y el exilio, de no ser porque es una sucesión de imágenes hermosas eslabonadas en un poema, que, quizá, por estar en voz del mismo azacuán, resulte más exacto decir que se trata de un canto. Un canto acerca del viaje, de las flores, las nubes, las hojas, la noche, las estrellas, las ausencias, el pueblo con sus alegrías y sus tristezas, y la calidez de un pecho en donde hacer nido. Un canto sobre nosotros mismos.
Leyéndolo, pensé en el poeta Humberto Ak'ab'al, no solo porque su palabra inaugura el libro con un epígrafe sobre el viaje interno de los pájaros que somos, sino por la sencillez y la claridad que tiene José Aguilar para hablar del pueblo y del campo. Pensé, también, en Mario Payeras, quizá por la fluidez y el amor con que José encuentra la ruta entre la naturaleza y los actos de la gente. Pensé en Luis Alfredo Arango, por el encanto y la ternura con que José dice, pero también pinta. Pensé en Luis de Lión, quizá porque José también es maestro, y por la sencillez y la belleza con que arma sus metáforas, imágenes parecidas a las que salen del asombro de aquellos que empiezan a descubrir el mundo e intentan explicarlo con lo que tienen a mano, como lo hicieron los primeros filósofos, como lo hacen los niños, como lo hacen los poetas.
Ojalá que este breve vuelo del azacuán encuentre, en su ruta, ojos dispuestos y corazones abiertos para recibir la visita de la ternura, ave huidíza que a veces surca nuestros inviernos personales.
 

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Explorar al individuo para encontrar un país: la poesía de Luis Alfredo Arango


Luis Alfredo Arango
foto del archivo familiar

Tiene que ser uno de los escritores más importantes de la literatura de Guatemala, esa madre que no sabe reconocer del todo a sus hijos. Maestro rural, antropólogo, poeta, narrador, pintor. Fue miembro fundador del grupo Nuevo Signo, conformado en su mayoría por escritores que habían coincidido en la capital desde diversos puntos de la República. Fue el primero en recibir el Premio Nacional de Literatura en 1988. Era de Totonicapán, del mes de mayo de hace 80 años. Hace 14 volvió a su tierra, el lugar que siempre evocó, el lugar desde donde hoy florece.

Seguir leyendo el ensayo publicado en

martes, 10 de marzo de 2015

Señas particulares y cicatrices


Señas particulares y cicatrices / Vania Vargas
Catafixia editorial, 2015
Portada de Álvaro Sánchez
82 páginas


Las incisiones son un vehículo de lo humano –un origen, un destino. Hace muchísimos años empezamos a delinear surcos en las cuevas, en las piedras, en las primeras vasijas. Pareciera que cada trazo es metáfora y recuerdo de eso que, irremediablemente, hace el Mundo –el Tiempo, la Vida– con nosotros: dejar sus huellas profundas y definitivas mientras se nos desdibuja el rostro. Cada imagen de este libro, cada palabra y cada poema es una señal del vacío que asoma desde el centro de una voz que intuye un desenlace. En su escritura, Vania Vargas vuelca su memoria, su anhelo y su perpetua búsqueda; da cuenta –con desgarradora autenticidad– de una vida, sus hallazgos y sus pérdidas. Este libro es luminoso testimonio de un naufragio inevitable, biografía del deseo y la imposibilidad, botella echada al mar del milagro poético. Desde los más profundos recintos interiores, Vania extiende el reflejo de nuestra soledad y nuestro miedo. Sus palabras son retratos, los trazos en la palma de su mano nos definen. Son nuestras cicatrices. Nuestras señas particulares.


Luis Méndez Salinas 

martes, 24 de septiembre de 2013

Francisco Nájera: la ruta hacia el texto también es discurso



Es poeta, narrador, ensayista y uno de los escritores más importantes de la literatura nacional de los últimos treinta años. Sus libros, sin embargo, son una cuestión de iniciados: ediciones personalísimas, artefactos, objetos que circulan de manera casi clandestina. Alérgico a cualquier tipo de figuración, desarrolla su trabajo como un artesano, meticulosamente, en silencio, hilvanando cada palabra, cada reflexión sobre la vida, la sociedad, el cuerpo, la condición humana. Su largo exilio newyorkino le ha servido para entender mejor Guatemala.

El caso de Francisco Nájera es similar al del poeta griego Constantino Kavafis, el mexicano Abigael Bohorquez o el del guatemalteco César Brañas. Todos escritores que se movieron desde una marginalidad autoimpuesta y grandemente productiva. Imprimían sus libros por cuenta propia y los hacían circular entre grupos igualmente reducidos de amigos o lectores interesados. Un ejercicio que a Nájera le ha permitido encontrarse con la libertad para decir más allá de las palabras, a través de la publicación de su obra en formatos y tirajes mínimos, muchos de los cuales, a su vez, son artefactos visuales, y lo convierten en un fantasma que pocos han visto, pero que se mueve, y del que se habla, en los espacios de la literatura y la plástica guatemalteca.


Un par de veces al año, el escritor vuelve a Guatemala, el lugar en el que nació hace 68 años, y del que se marchó hace 48, por cuestiones de familia. En este país están su casa, sus amigos, sus lectores: ese grupo privilegiado entre quienes reparte los breves tirajes de su obra, constituida, en su mayoría, por poemarios engrapados en hojas de colores, o escritos en hojas sueltas dentro de sobres cerrados; fotocopias de textos impresos en papel kraft y envueltos en hojas de periódicos locales, o pañuelos; algunos afiches, objetos y, también, libros en su formato más común. Todos producto de un ejercicio que empezó en 1970 como un intento de hacer de la catarsis un elemento estético, y que se fue convirtiendo, además, en una interacción con sus lecturas, en aquel tiempo eminentemente académicas –Lacan y Kristeva– con las que se preparaba para su tesis acerca del escritor Rafael Arévalo Martínez. El resultado, afirma, más que poemas, cuentos o prosas fueron textos abiertos con los que conformó su primer libro, que publicó por cuenta propia en un formato tradicional. Su relación con los escritores guatemaltecos inició por esos años. En uno de sus regresos anuales, seleccionó unos poemas con la intención de publicarlos en la Revista Alero; pero Roberto Díaz del Castillo había tenido que salir del país. Y cuando llegó con la misma intención a la Revista Tzolkin, la encontró cerrada bajo una censura temporal. En esa búsqueda, le recomendaron que localizara al encargado de un trifoliar llamado “El pequeño Jaguar”, así conoció al poeta Francisco Morales Santos y a la artista Isabel Ruiz, a través de los cuales llegaría luego a otros artistas del grupo “Imaginaria”, como Moisés Barrios, Luis González Palma, la curadora Rosina Cazali, y a escritores como Enrique Noriega, que con sus Ediciones del Cadejo le mostró que un libro no tiene que ser un libro, afirma. Una de sus colecciones consistía en pequeños estuches en cuyo interior se encontraban hojas sueltas, numeradas. Un formato muy similar a los que también se habían trabajado, años atrás, en algunas ediciones del grupo “Nuevo Signo”.


Entre los lindes de la imagen y la palabra


El primer libro en el que Nájera incluyó elementos visuales estaba dedicado a Rafael Arévalo Marínez y se llamaba “Imitación de los contrarios– razones por las que el aire es más frío en las regiones más altas”. En ese entonces estaba leyendo filosofía árabe y se sentía marcado por ella, así como por Arévalo Martínez y sus maestros místicos. Habló con Moisés Barrios para que hiciera una xilografía con hojas. Barrios imprimió algunas de las que crecen en los edificios y en las ruinas, y fueron las que se intercalaron a lo largo del libro que apareció en 1995, diseñado por Rosina Cazali. “La colaboración entre aristas visuales y escritores siempre ha producido un espacio en donde se reconoce y reafirma la tradición y el auge de los libros hechos a mano”, afirma Cazali, para quien esta rutina de doble vía ha sido algo muy familiar. “En nuestra casa siempre hubo un tórculo y un taller de grabado a donde llegaban muchos artistas para hacer impresiones de sus planchas”. Cuando Nájera volvía a Guatemala siempre traía algún proyecto nuevo bajo el brazo. Él se los mostraba, desarrollaban el concepto, y lo llevaba a la imprenta D&M. Justo antes de volver a Nueva York, mostraba el resultado en medio de una celebración amistosa y familiar. Otras piezas en las que participaron conjuntamente fueron los poemarios “Lotería de latón” y “Cuerpos”, éste último apareció en 1996 y es el que, según Cazali, se acerca más al libro objeto. Se trata de una serie de “cartas” en las que aparecen los poemas impresos de un lado; y el fragmento de una obra de Pablo Swezey en el otro. No tiene orden estricto para la lectura. Esta puede surgir como con las cartas del Tarot. Otros de los objetos que sobresalen en el recorrido artístico de Nájera fueron producidos y apoyados en la época de Colloquia. Es el caso de “Los versos de María la puta”, que trabajó en conjunto con Darío Escobar: textos que datan de los años 70 y 80 y que acomodaron dentro de polveras en un juego con el sentido de las palabras, con su contexto y con la transformación, la feminización de quien las abre para explorar su contenido. Ya por su cuenta, siguió produciendo otros artefactos, muchos de los cuales contienen un discurso al que es imposible acceder, o bien, se logra únicamente a través de la destrucción del objeto: como “Transparencia de la mirada” la serie de textos dentro de una botella, o el caso de “Pornografía de su febril-silencio”, un libro sellado por la mitad con una grapa industrial, en el que se mezclan imágenes y textos en los que el lenguaje se ha derrumbado y sólo es posible el balbuceo, o bien el caso de libros cuyo trayecto hacia el texto es también discurso: como “Fragmentos (nuestra historia)”, una crónica en primera persona femenina que narra la invasión, la violencia y el dominio, una voz dolorosa que atraviesa hojas sueltas, sin numerar, envueltas en una hoja de periódico que denuncia el robo en sitios arqueológicos. En él pareciera decir que no hay que esforzarse mucho para encontrar los fragmentos de un pasado doloroso, que no hay que escarbar mucho para ver lo que dice la historia, para descubrir las voces que dejaron su testimonio en las piedras. “No creo que el trabajo de Nájera se trate de un simple coqueteo con las artes visuales, mucho menos de una ocurrencia superficial. Los libros objeto han sido para él una línea de investigación y una manera de experimentar entre los lindes de la imagen y la palabra”. Concluye Cazali.



Escribir para hacerse invisible


La interacción con sus lecturas, ese acto que dio inicio a la experimentación lo ha seguido acompañando a lo largo del camino, con libros como “El Río y los fragmentos” a partir de la obra de Luis Cardoza y Aragón; “El canto”, que nace de su lectura de “Cárcel de árboles” de Rodrigo Rey Rosa; o “La comedia humana” que resulta de la segunda versión de un texto que en 2002 fue parte del libro “El dinosaurio anotado”, una edición crítica del cuento de Augusto Monterroso publicada por la UNAM, entre otros. Esto, aunado a la exploración de sus temas recurrentes: el deseo y el misticismo, un interés que, según afirma, le surgió en primera instancia de la curiosidad, la mística cristiana-europea, el surrealismo y los trabajos de Georges Bataille. “Leyéndolo aprendí acerca de la idea del exceso, de experiencias “límite” que ofrecen la posibilidad de un misticismo carnal”. Explica. Sin embargo, la raíz de todas las lecturas que han nutrido su obra, parte de otra rama importante de su trabajo, la intelectual, de la que se ha derivado una visión crítica de la obra de escritores como Francisco Morales Santos, Ana María Rodas, Jaime Sabines, entre otros. Uno de los más importantes es el “Pacto autobiográfico en la obra de Rafael Arévalo Martínez”, que se considera uno de los estudios más completos acerca de este autor, en el que trabajó alrededor de siete años y con el que se acreditó como Doctor en Letras. “Nájera es un escritor que ha tratado de ir tras discursos poco complacientes y no ha peleado por la notoriedad ni tampoco por hacerse tan visible dentro del medio cultural. Hay varios factores en él que me sorprenden: la decisión de escribir para hacerse invisible y la coherencia de su trabajo. Pareciera decir yo no voy a cambiar nada, todo está dicho, voy a cambiar la forma en la que me miran, cómo me leen, cómo me voy a comunicar. El caso de Nájera es ese, el de un auténtico poeta, quizá invisible para este momento, pero que va a tener una trascendencia muy grande”, opina Javier Payeras, quien, además, fue uno de los curadores de la XVIII Bienal de arte Paiz en la que fue expuesta parte de su obra.


Guatemala / Nueva York: la otra dicotomía


El libro, el artefacto; la palabra, la imagen; el misticismo y lo carnal; la lectura y la escritura son toda una ruta de bifurcaciones por las que Nájera ha transitado a lo largo de su experimentación estética que, para ver la luz, ha necesitado cruzar otras fronteras físicas, esas que separan al país en el ha vivido la mayor parte de su vida, del país donde nació y a donde sueña siempre con regresar. Nueva York ha sido un espacio de formación, el espacio que le ha permitido vivir dentro de su cabeza, afirma en una entrevista; Guatemala es una realidad que ha decidido vivir como suya. Siendo muy joven y estando ya lejos, fue su hermano el que mantuvo el enlace con el país, recuerda. Él fundó el primer equipo guatemalteco de futbol allá, y en su casa solo se hablaba Español. Fue, de hecho, en uno de esos encuentros deportivos en donde Francisco Nájera conoció a Ileana, su esposa, también guatemalteca. Si bien, su primer libro había sido escrito en inglés, luego optó por traducirlo al español y, desde entonces, se quedó con el idioma. “La poesía viene de tan adentro y su voz es en Español” afirma este escritor que se considera un guatemalteco por solidaridad. “Ser guatemalteco es para mí ver el mundo a partir de las experiencias que vivo y que se viven en este país asumiéndolas como propias. Es ser extranjero en cualquier otro país”. Y mientras él sigue investigando y produciendo en Nueva York; en Guatemala esta sigue siendo la época del año en que es fácil encontrarlo caminando por las calles del centro, sonriente, con sus bolsas plásticas llenas de libros, propios y ajenos, películas y suplementos culturales, que comparte con sus lectores y amigos en esa tradicional línea de circulación de su obra que es el la del cariño.



La voz detrás del alarido: Roberto Monzón, el poeta y el mito



Murió tres años después de haber ganado el primer premio de poesía de los Juegos Florales de Quetzaltenango. Para que el libro con el que participó llegara a tiempo, vendió su sangre, y con el dinero que le dieron agarró camino. A lo largo de su vida escribió una veintena de poemarios que él armaba y publicaba a través de sus sellos editoriales: las Ediciones clandestinas y Ediciones de la doble cercha. Algunos de esos ejemplares todavía sobreviven en las bibliotecas de gente que lo conoció y lo define como un poeta encantador, un escritor compulsivo, un militante incomprendido, un sobreviviente al que finalmente le ganó el alcohol y la angustia, y que dejó un baúl lleno de textos que merecen revisión y rescate.

La ciudad es esto dentro

Habrá sido en junio de 1989, ese día, a las 6 de la tarde, se cerraba la recepción de las obras que participarían en los Juegos Florales Centroamericanos, México y Panamá que convocaba anualmente la Municipalidad de Quetzaltenango. A la puerta del poeta quetzalteco Héctor Rodas Andrade, llegó Roberto Monzón. Llevaba prisa, recuerda Rodas, quería que lo acompañara a la Casa de la Cultura porque temía que hubieran cerrado la recepción de trabajos, y confiaba en que si él intervenía, todavía podían aceptar el suyo. Mirá, le dijo, y le enseñó el brazo, fui a vender sangre para poder venir. Los poetas llegaron a tiempo, Monzón entregó el sobre en el que iba el poemario “Ciudadando laberintos” que en septiembre de ese mismo año ganó el primer lugar, entre 68 trabajos participantes. Un libro que hablaba de la ciudad, la calle, la noche, el ruido, la soledad y el miedo. Que marcaba un camino de vuelta desde esa ciudad hacia el encierro que bien podría ser la casa, el sueño, el albergue que representa el hombre mismo, su propio interior. Una ciudad que es un ser vivo, como él, al que recorren diariamente, como perros, la angustia y el miedo. Una ciudad que no es más que un laberinto que se ha vuelto habitable a fuerza de no encontrar la salida.
Lo que sucedió la noche que recibió el premio está borroso en la memoria de quienes lo acompañaron, ya sea por el alcohol que corrió entonces, o por el tiempo que ha transcurrido. Se sabe que viajó junto a su madre, porque así lo testifica una fotografía que guarda el escritor Carlos René García Escobar, uno de sus grandes amigos, con el que coincidió sorpresivamente en Quetzaltenango, pues había sido jurado calificador en la rama de cuento. Después del protocolo se fueron a pasar la noche al restaurante Los pollos, cuenta García. Allí llegaron los escritores de la ciudad con quienes celebraron la primera publicación no artesanal de la poesía de Monzón. Él y el poeta amanecieron en la calle, y casi tuvieron que irse directamente desde el lugar donde se encontraban para la Biblioteca de la Casa de la Cultura donde seguía la actividad literaria entorno a los ganadores del certamen. ¿Sabía usted que Monzón vendió sangre para viajar a Quetzaltenango a entregar el libro que ganó el premio? Le pregunto. No lo sabía, respondió, pero no me extrañaría, escasamente trabajaba, nunca tenía mucho dinero.


Retrato de poeta con ángel y demonio

Roberto Monzón nació el 16 de diciembre de 1953. De acuerdo con uno de sus allegados, el cineasta Sergio Valdés Pedroni, fue en la Costa Sur, en algún lugar de Escuintla. Otro de sus amigos, Gustavo Diéguez, opina que fue en Huehuetenango. “Lo cierto es que no se sabía casi nada de su familia”, afirma Ileana Melendreras, quien conoció a Monzón cuando tenía 15 años. De niño, vivió en México, porque su padre, un médico de reconocido prestigio, trabajó en ese país; y luego pasó parte de su infancia en diferentes departamentos, entre ellos Chiquimula. Allí estudió en el INVO y fue parte de un grupo que se llamaba A-V-CH, la Asociación de vagos chiquimultecos, que se dedicaba a organizar actividades culturales. Cuando llegó a la USAC se matriculó en la Escuela de Historia, y su tendencia a la escritura lo llevó a participar en los talleres que se llevaban a cabo los sábados en la Facultad de Humanidades alrededor de Marco Antonio (el Bolo) Flores. “Queríamos una formación literaria y profundizar en el conocimiento de la sociedad en que vivíamos”. Afirma el poeta Enrique Noriega, quien fue parte activa dentro de los talleres. “Cada semana se leían los poemas de un compañero, o la selección que cada uno hacía de un poeta importante, y los mimeografiábamos. Pronto empezamos a organizar lecturas en escuelas e institutos. Preparamos trabajos para certámenes literarios, invitábamos a escritores y artistas para que hablaran de su obra, incluso tuvimos programas de radio”. Afirma. Como parte de sus andanzas por la universidad le otorgaron una beca de nueve meses para estudiar en Panamá. Monzón viajó a la ciudad del Canal, pero poco tiempo después lo enviaron de regreso. Bebía demasiado.
Su problema con la bebida tiene, según sus allegados, una clara fecha de inicio. De acuerdo con Ileana Melendreras, el poeta sufrió un fuerte impacto cuando en 1976, dos de sus amigos, Julio Ascoli y Félix Orozco, junto a otro muchacho llamado Iván Alvarado, fueron brutalmente asesinados por el Ejército en una casa de seguridad en Ciudad Satélite. “Monzón estaba en esa casa, asegura Valdés. Salió a comprar algo y cuando volvió la encontró copada por la G2 y el Ejército. Fue una experiencia demasiado dura, nunca lo superó”. Sin embargo, Diéguez afirma que a los compañeros de Monzón los agarraron dormidos, de madrugada. Monzón no estaba cerca ni tenía idea de lo que había pasado. La historia a la que se refiere Valdés es  otra, no menos traumática, la del día en que los judiciales secuestraron al pleno de la Central Nacional de Trabajadores. Monzón fungía como secretario de actas o de cultura del sindicato de una empresa ubicada en Amatitlán a donde su organización lo había enviado para “desclasarse”. El poeta salió un momento para comprar cigarros, y mientras esperaba el cambio vio pasar a las hordas de la Policía que luego rodearon el lugar y desaparecieron a los dirigentes que se encontraban reunidos. La propensión al alcohol se agudizó y le empezó a causar problemas con la dirigencia del EGP, donde, además le habían prohibido escribir poesía por tratarse de una actividad pequeñoburguesa. Pero para Monzón, afirma Valdés, la poesía era la confirmación de su existencia como individuo, más allá de la ideología. “Nunca fue dogmático, fue ante todo un humanista. El día que le encargaron una misión en la que tenía que matar a alguien, se pegó un balazo en la pierna y fingió que había sido un accidente para no tener que ir. Nunca obedeció las orientaciones de la dirigencia”. “Un día se enamoró de la mujer de su jefe y volvió a escribir poemas. Los textos fueron descubiertos y por ese delito fue expulsado de su organización, pero se llevó a la mujer de su jefe”, cuenta Marco Antonio Flores en una de sus columnas dedicadas al poeta, titulada “Pastel”, que era el apodo con el que se conocía a Monzón, quizá porque decían que consumía “pastas”, quizá por su dulzura.


Hermoso y maldito

¿Qué es lo primero que le viene a la mente cuando alguien habla de Roberto Monzón? le pregunto a Ileana Melendreras: sus ojos, responde, sus profundos ojos azules y sus carcajadas. “Roberto siempre fue muy cotizado entre las compañeras por su porte físico: ojos claros, frente amplia; era alto, atlético y fraterno. Confirma Diéguez. “Tenía una personalidad fuerte y penetrante que cautivaba”, continúa Melendreras. “Como era culto, sus conversaciones eran interesantes, escuchaba con curiosidad, con los oídos y con los ojos, era un gran conversador. Su belleza física y su personalidad atraían. Cuando estaba sobrio, era pulcro y se vestía bien. Siempre llevaba un morral con libros y con los poemas que estaba escribiendo”. Durante sus últimos años, Roberto vivió cerca del periférico y hacía sus compras en el mercado de Carabanchel, recuerda su amigo. “Alguna vez lo acompañé y pude escuchar a las señoras que lo llamaban “mi poeta”. Él les recitaba textos o les regalaba poemas en hojas sueltas; ellas le hacían descuentos”. Monzón tuvo varios hijos: unas gemelas, una niña que nació en las aguas del lago Petén Itzá, y dos niños a los que les puso nombres de poetas persas y que ahora viven en Honduras, entre otros. El alcoholismo marcó su vida y sus relaciones. “Esos altibajos hacían insostenible cualquier relación amorosa. Ebrio era terrible, errático y violento”, dice Melendreras, “sobrio era un ser precioso”.
Pero Monzón era ante todo un poeta. “Era un tipo compulsivo con la escritura. Había leído mucho, conocía las técnicas poéticas, las dominó antes de llegar al verso libre”. Afirma Valdés. Y tanto él, como García Escobar recuerdan cómo llegaba a sus casas, agarraba la máquina, unas cuantas hojas bond, papel carbón y pasaba en limpio sus poemas. Escribía durante horas. Nunca se planteó el conflicto de quién lo iba a publicar. Empezó vendiendo las copias de sus poemas sueltos y luego se dispuso a crear sus propios sellos editoriales: las Ediciones clandestinas y Ediciones de la doble cercha. Sus publicaciones eran artesanales: hojas y portadas de cartulina en las que incluía los dibujos de sus amigos artistas: Marco Augusto Quiroa, Iván de León y Alejandro Urrutia, fueron algunos de ellos. “Roberto trataba de vender sus libros en la calle o con gente conocida. Yo le había comprado una especie de suscripción —recuerda Melendreras— y le pagaba cierta cantidad de dinero al mes (no mucho) a cambio de que me diera un ejemplar de los libros que iba publicando. Sus amigos también lo ayudábamos a venderlos, pero no era fácil, con frecuencia tenía problemas económicos”. La única publicación no artesanal que el poeta tuvo en vida fue la del libro que ganó el certamen de Quetzaltenango. El premio en efectivo, según afirma el Bolo Flores en su columna, se lo bebió.
“Monzón luchó con fuerza para superar el alcoholismo —dice Ileana Melendreras— él quería vivir, quería escribir, pero era demasiado rebelde; y el alcoholismo fue una enfermedad tenaz”. En 1990, Roberto Monzón formó parte de una comisión de artistas que viajó a un encuentro en Tapachula, Chiapas, donde el país era el invitado de honor. El poeta Enrique Noriega era otro de los que iba en el viaje. Según cuenta, Monzón ya iba tomando. Cuando el encuentro terminó se peleó con el chofer del bus porque, primero, había dejado a una compañera, y luego, cuando lo convencieron de que se detuviera y Noriega bajó a buscarla, lo dejó a él también. Como pudo, Noriega regresó al hotel, el bus estaba allí. Monzón lo había hecho regresar y ahora que todos estaban completos se rehusaba a subir de nuevo. Hugo Carrillo que en ese entonces era el director de Bellas Artes les ordenó que se fueran y dijo que él se llevaría luego a Monzón. El bus se fue con sus cosas y sus papeles, y cuando Carrillo lo buscó no lo encontró. Al poeta le llevó un mes volver a la capital. Cuando lo logró, contó que se había ido para el parque, y cuando vio la estatua del prócer se enojó, se bajó la bragueta y la orinó. La policía lo agarró, lo encerró, y cuando se dieron cuenta de que no era mexicano lo llevaron a la frontera y lo tiraron para este lado. En su camino de vuelta a la capital pasó por Quetzaltenango. El poeta Héctor Rodas recuerda que tocaron a su puerta. Cuando abrió se encontró con un hombre sucio. “Héctor, ¿no me reconocés?” Le preguntó. Llevaba una camisa sudorosa, el pantalón estaba desastroso y no tenía zapatos. Cuando logró agarrar compostura se dirigieron al centro de la ciudad. Monzón quería recuperar los ejemplares de un libro con el que, ese año, había vuelto a participar en el certamen, ahora en la rama de cuento. El libro se llamaba “Desfabulario”. El escritor Robin Rossell le compró una de las copias. En la portada, uno de los jurados le había escrito: “Excelentes textos, pero no cuentos”. Dentro del libro, Rossell guardó, un par de años más tarde, el recorte del periódico Siglo XXI en el que se hablaba de la muerte del poeta, en el mismo espacio en el que iban a publicar una entrevista a la que nunca logró asistir.


Cuatro versiones para una muerte

Roberto Monzón murió el viernes de dolores de 1992. Tenía 38 años. Las circunstancias del hecho siguen siendo confusas. “Monzón había bebido y se había quedado en la calle. Lo asaltaron, lo vapulearon. Fue internado en un sanatorio donde lo intervinieron. Esa madrugada, cuando despertó, agarró un frasco de alcohol médico, se fue para la sala de espera y se lo tomó. Allí lo encontraron muerto”. Cuenta Sergio Valdés. “A Monzón lo habían asaltado unos días antes —dice Gustavo Diéguez—, tenía una herida muy fea en la cabeza, pero no había querido consultar al médico. En esos días se encerró por su cuenta en un centro de ayuda ubicado en la zona 3. Allí se les murió, de la nada. Es probable que un coágulo provocado por la herida que tenía en la cabeza lo haya matado”. “Monzón fumaba mucho —afirma Carlos René García Escobar— tenía enfisema pulmonar. Se les murió en un ataque de tos dentro de un centro de rehabilitación, allá por la zona 8”. La versión de Enrique Noriega es que lo habían internado para que no siguiera bebiendo y le dio un infarto por la abstinencia. Monzón fue sepultado poco después en el Cementerio Los cipreses de la zona 5. Su lápida, con vista al puente Belice, eterniza sus propias palabras: “Probablemente, hoy no voy a sentir la misma soledad de siempre”.


Convivir con la ausencia

Dos años después de su muerte, Sergio Valdés y otros artistas armaron un homenaje que se llamó “Retrato de la normalidad” y se desarrolló en la calle y en La bodeguita del centro. Incluyó música experimental, danza, canción y teatro, y fue uno de los grandes antecedentes del arte urbano que tomaría auge luego de la Firma de la Paz. Entre los asistentes estaba el escritor y editor Simón Pedroza. “Era un gran despelote —recuerda­— Ese día empecé a preguntarme quién era ese poeta del que no se encontraba nada en las librerías porque había hecho sus libros a mano, y que hablaba de “Guatebala”, de ediciones de tiraje breve y calibre expansivo”, afirma. Un día tuvo acceso al cofre que heredó Valdés en el que están guardados sus papeles y manuscritos y fue así como se convirtió en un reflejo importante para su actividad artística, “fue mi maestro, un poeta artesano, un padre literario”. Finaliza. “Un día antes de morir, Monzón llegó a mi casa, dijo que se iba de viaje y quería dejar sus cosas para que las guardara”, cuenta Valdés, quien actualmente posee un cofre lleno de papeles de donde salió el material para armar la antología titulada “Dame más tiempo, vida”, que apareció en conmemoración del décimo aniversario de su muerte. Una muestra bastante significativa de la obra del poeta en la que se retoman sus grandes temas: la ciudad, la muerte, el dolor y las palabras, pero sobre todo las palabras inútiles, las gastadas, las que no alcanzan, las que están detrás del silencio, esas a las que declara su fiel reflejo.
Monzón fue ante todo un poeta de la vida, opina Enrique Noriega. “A mí su escritura no termina de convencerme –asegura–. Era un personaje, pero cuando escribía no lograba soltarse, en su obra no aparece lo que realmente era: el seductor, el hijo de puta”. Su opinión es compartida por el escritor Rafael Gutiérrez: “Roberto era mejor bebedor que poeta. Tenía caídas muy evidentes en anacronismos casi románticos y modernistas. No hay en nuestra tradición una poesía coherente con la autodestrucción vital”, asegura. Por su parte, García Escobar recuerda el día en que Monzón sacó los poemas que cargaba en su morral y se los dio para que los leyera. Ah, no, vos, le replicó, son babosadas, esos poemas son indigeribles. El poeta los volvió a guardar, siguieron bebiendo, y luego le repitió, vos decís que mis poemas son indigeribles, los sacó, los hizo un molote y se los metió en la boca a García, ¡comételos, cabrón!, le dijo, y se los terminó comiendo junto a él. Y es que si bien en la poesía de Roberto Monzón hay una realidad distinta a la que vivía, en ella hay también mucho dolor, opina Francisco Morales Santos. “Era un gran tipo al que no le quitaba el sueño el afán de notoriedad”. “Monzón se desvelaba más leyendo que bebiendo con sus amigos. No sacrificaba el rigor de cultivarse por darse en la madre –asevera Valdés–. Además nunca subordinó su poesía a las urgencias de la lucha, se reservó el derecho de ser plenamente humano”. Para la generación que lo sucede, Monzón fue un puente. “Su poesía fue fiel a su interiorización, indagó en sus inquietudes estéticas, no fue complaciente”, dice Pedroza. “Fundó uno de los mitos más perdurables de la literatura guatemalteca reciente, y es un referente elemental dentro de lo contemporáneo” opina el también poeta y editor Luis Méndez Salinas. Este diciembre, Monzón habría cumplido 60 años.




Más allá de la construcción verbal: Quizá ese día tampoco sea hoy


Una reseña de Luis Pedro Villagrán Ruiz que pueden leer aquí:



lunes, 5 de agosto de 2013

Mañana es la más absurda de todas las certezas





Por Rafael Romero

Hay cosas que no se comparten / La muerte / por ejemplo / Se suponía que él debía irse al infierno / solo. ¿Qué sentir después de haber leído esta suerte de pequeño proyectil que parece explotar frente a nuestros ojos para luego internarse, convertido en esquirlas, en nuestra atónita humanidad a duras penas parpadeante? ¿Cómo entender que en menos de veinte palabras se encierre una vida: un pasado, un presente y un futuro? ¿Cómo asimilar, cómo lidiar con esta precisión, con esta arrolladora certidumbre, con este más que atino?
Uno sonríe previo a quedarse petrificado. Uno intenta reponerse enseguida. Uno al menos lo intenta.
Cuando llegué a la página 44 de Quizá ese día tampoco sea hoy, de Vania Vargas, no supe que ya había recorrido más de la mitad de un ejemplar que acababa de recibir de las propias manos de Vania. Junio del 2011, Guatemala. Recuerdo que lo consumí atropelladamente, como cuando uno tiene hambre y le da lo mismo masticar mal y atragantarse; así, ansioso. Los poemas me condujeron con esa facilidad indiscutible que sólo los textos bien logrados y equilibrados poseen. Las palabras, en su conjunto, o debería decir las imágenes, no dejaron de ofrecérseme, de colmarme en asombro y en agudeza, de cuestionarme profundamente y a la vez de satisfacerme como nos satisfacemos cuando, para bien o para mal, nos miramos en un espejo, o en muchos. La invitación, esa invitación intrínseca en este tipo de contratos (autor/lector), en resumidas cuentas y tal como me lo esperaba tratándose de Vania, fue efectiva y el resultado, hondamente placentero.
Ya en Madrid, vinieron las relecturas y la constatación de que la voz de Vania hay que escucharla varias veces, despacio, sin prisas, porque es innegable, porque se saborea genuina y certera.
El primer rasgo que me gustaría destacar, luego de leer a conciencia este segundo libro de poemas de Vania (continuación de Cuentos infantiles, Catafixia, 2010), es algo que quizá corra el riesgo de sonar trillado, la sensación de que yo, como lector, me estaba viendo reflejado, de que el libro que he tenido muchas veces en mis manos es, sí, un racimo de visos, de apariencias, tremendamente reales, en donde las preocupaciones existenciales y estéticas de Vania, parecen ser también las mías. De hecho, lo son. O al menos, las siento compartidas, las defino participadas.
En Quizá ese día tampoco sea hoy (un título que ya de por sí anuncia cierta desesperanza, pero que no nos empuja al fracaso), Vania explora y afronta varios conflictos que entiendo son los motores de la creación de este libro. Hay un devaneo interno entre lo que se es y lo que se desea ser, entre la ruta personal de vida escogida y la impuesta por la realidad o por el beneplácito ajeno presente, por ejemplo, en la figura maternal (hay tres poemas seguidos que lo testifican, a saber: p. 22, 23 y 24), en las menciones familiares, en las alusiones a la perspectiva “del otro”, a Melissa (acaso reflejo traído desde el inconsciente de Vania, ese como doble suyo que parece que aún habita en la casa de la infancia y que se materializa ahora en la adultez y en la soledad urbanita), esa réplica que presagia el futuro, pero que también da fe de un presente que se empeña en detallar, como lo haría un espectador atento, el ser de Vania, su condición humana, sus vicisitudes. He ahí que la primera parte del libro se titule “Los dobles”.
El poema “The ballad of Bonnie Parker”, quizás de mis favoritos, reúne varios elementos y detalles que nos ilustran parte de lo anteriormente dicho. Cito dos estrofas:

No
esta que ves no es ni la sombra de mi lado salvaje
yo bien pude haber sido Bonnie Parker
con estas ganas que me dan de asomarme a las ventanas
de marcharme en el tiempo
de ver el pasado destruirse
como las ciudades nocturnas
cuando tiembla el televisor

Yo también soñé una vida peligrosa
con acumular historias
de las veces que he escapado de la muerte
con mostrar las cicatrices que dejó
el impacto de los días [p. 17]

Hay una pugna, hay tribulación. Y son esos sentimientos, desde mi punto de vista, los que nos trasladan inevitablemente a la segunda parte del libro titulada “La muerte”. Aquí, el conflicto (un conflicto asumido y afrontado por Vania persona y Vania poeta) se amplía, ya no es sólo una cuestión íntima, ya no es sólo el convivir con esa suerte de desdoblamiento metafísico del individuo, esa bifurcación emocional, ese “yo” escindido que se siente proclive a conjeturar, precisamente, acerca de las dualidades (yo agente/yo paciente, yo observador/yo observado, yo niño/yo adulto, yo realidad/yo reflejo, yo allá-antes/yo aquí-ahora) pero que lo hace desde su fuero interno, desde territorios introspectivos, como una necesidad básica e impostergable, casi como un hábito. Ahora el conflicto implica, además de lo ya dicho, el desenlace y la fatalidad que están ahí, en cualquier parte, en cualquier momento, afuera de los muros, en la calle, a la orden del día, siempre, como si fuera una sorpresa.
Existir, ser, relacionarse, temer, trasladarse, lidiar con presencias reales o evocadas,  rozarse con fantasmas, enfrentarse, exponerse, ser parte de o verse ajena, intentar escapar, no caer, bregar contra la costumbre recalcitrante y contra la soledad, el tedio, la ciudad… el compromiso intrínseco de la vida cotidiana y terriblemente periódica a merced de la muerte, con la intensidad que este hecho trascendental en sí supone, con la complejidad también que acarrea para un alma sensible, perceptiva y observadora, como lo es, sin lugar a dudas, Vania Vargas. Así pues, luego de los primeros textos de esta segunda parte, que parecen servir de transición, emergen los más intensos y más contundentes, los discursos que más se acercan a mi universo personal y con los que más me siento reconfortado.
Es más, por eso mismo, comparto aquí tres estrofas de tres poemas distintos que, casi alcanzando el final del libro, condensan, según mi precario y quizás insolente punto de vista, las raíces emocionales (además de las ya expuestas en relación con la primera parte del libro) que posiblemente llevaron o movieron a Vania a construir gran parte de Quizá ese día tampoco sea hoy. Cito:

Hay momentos
en que me da por golpear
las paredes de los días
que se precipitan
por esta ciudad
ajena
sin reparar en la sacudida violenta
de la sorpresa
que se esconde en las esquinas [p. 45]



Ella vive como escribe
a gotas / con miedo
con demasiados silencios
        —mentalmente—
en una constante agitación interna
mientras aprieta los dientes
mientras cruza la ciudad que se va quedando atrás
como un rollo negativo que se descorre a contraluz
y que tiene cortado el principio y el final [p. 54-55]


Para salvarse sólo necesita una ranura mental
un punto de escape
que impida la explosión de ese horno interno
alimentado por la cotidianidad y el sinsentido
por los fantasmas
que de vez en cuando le tocan el hombro
por el acecho del dolor cuando cierra los ojos
por el mandato de la eternidad que se traga la nada [p. 56]


Tribulación y turbulencia. De nuevo.
He prescindido de realizar una disección minuciosa y analítica, de desmenuzar este libro como lo hubiera hecho un médico forense simple y sencillamente porque mi intención no es valerme de ninguna de las tretas del raciocinio sino atender a las sensaciones (que es lo que he intentado plasmar aquí), a la resonancia que pueda tener en mí este tipo de poesía (esa que considero vital y genuina), al lenguaje íntimo, y por lo tanto invisible, que circula en vaivén entre las palabras hechas imágenes, testimonio y réplica, y yo. Y, detalle importante, porque no se lo merece.
En Quizá ese día tampoco sea hoy la poesía de Vania es diáfana y directa; es certera y contundente. Posee un componente narrativo en su forma que invita, que orienta, que rebela. No necesita escarbarse; no necesita ser manoseada para extraerle la savia candente, esa que esperamos siempre nos ilumine el camino. La razón sobra porque todo está dicho para ser asimilado o entendido (si es que eso, el entendimiento, es realmente imprescindible para la experiencia poética que Vania nos ofrece), no hace falta ningún tipo de ejercicio mental ni de esfuerzos mentales. Lo dicho no se queda flotando en el aire como una nube, más bien transita directamente hacia la humanidad del lector, hacia nuestros receptores internos.
Y cuando esto ocurre, cuando la poesía carece de frivolidad, de palabrería exótica, de presunción retórica, de sentimentalismo falaz, de experimentación desaforada, la poesía es, se realiza y trasciende. Sinceridad y limpidez. Radiografía de lo emocional y proyección existencial del caos: Vania Vargas hecha libro.
No hay vida para leer ni la décima parte de todos los grandes libros publicados. Víctimas del paso del tiempo, habrá que limitarse, habrá que ir seleccionando para quedarse y aprovechar sólo los mejores. Quizá ese día tampoco sea hoy, es uno de ellos, sin duda.

Madrid, julio 2013

viernes, 15 de julio de 2011

Primer sábado de FILGUA: Lectura Poesía y asfalto



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lunes, 11 de abril de 2011

Invitados todos este martes 12 de abril




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lunes, 14 de febrero de 2011

Yo es otro: Quizá ese día tampoco sea hoy






En Pervert´s guide to cinema el filósofo Slavoj Zizek refiriéndose a Solaris, la película de Tarkovski, dice algo como Es relativamente sencillo deshacerse de una persona real. Puedes dejarlo o dejarla, matarlo o matarla, lo que sea... Es mucho más difícil deshacerse de un fantasma, de una presencia espectral, que te persigue como la misma sombra. Efectivamente en esta película el protagonista libra una batalla interna con el fantasma de su esposa muerta que aparece y desaparece en distintas manifestaciones, ya que Solaris es un planeta que, como una especie de máquina deseante, materializa los traumas, miedos y deseos más profundos. Es posible leer entonces Quizá ese día tampoco sea hoy desde esta propiedad solariana, diálogo e interacción con nuestros fantasmas.
Efectivamente, Vargas inicia el libro haciendo referencia a uno de los grandes motivos de la literatura, el doppelganger, “mito germano que se basa en la idea de la existencia de un doble. Encontrarse con él es presagio de muerte”, se lee en la primera página del libro. En el resto de páginas encontramos no uno sino varios dobles, hay una protagonista que nos habla de su mundo y sus relaciones, y empiezan a aparecer en la página, como una especie de espejo, su fantasmas y sus muertos.
Claro está, no estamos recorriendo acá una casa de espantos, tenebrosa y maligna, todo lo contrario, recorremos la cotidianidad y sus giros, bajo la idea de doble, de gemelo, entramos de lleno al útero de los fantasmas: la familia. Vargas desarrolla en este libro una intensa red simbólica desde una voz femenina (la gemela, la hermana, la hija, la madre, la abuela) y que para generar profundidad (entre las figuras borrosas de los espectros) contrasta con la imagen del padre, el gran ausente, el indiferente que se anula a sí mismo de tan fantasmal, me atrevo a decir pues que es un valioso recorrido desde un universo femenino, y no precisamente en su interacción corpórea, afectiva o social, sino desde el subconsciente en el ser mujer  de la protagonista, de sus desplazamientos espirituales, si es que podemos llamarles así, a sus dobles, espejos sin espejo.
Sin embargo al círculo de fantasmas personificados en la familia (que en realidad no son sino representaciones de la protagonista, proyecciones, fragmentos de sí –acaso estamos hablando de un espejo roto-) hay que añadirle los fantasmas de personajes de la cultura que merodean el libro, escritores que, aunque muertos hace varios años, representan posibles encarnaciones, posibles curvas de los espejos que, como en disneylandia, nos devuelven una figura fiel a los fantasmas y transgresora de la realidad. 
Libro sensible e íntimo, nos pone en el borde de nosotros mismos con el vértigo del tiempo en las narices, caemos, caeremos irremediablemente hacia nuevos cuerpos, hacia nuevas consciencias.
El título Quizá ese día tampoco sea hoy podría leerse no desde la imposibilidad que podría estar planteando, sino al contrario, dejar para otro día la resolución de los fantasmas (en el supuesto que esto sea posible), pasar de la toma de distancia de ellos, a la convivencia, a la comunión con nuestros dobles, en el texto encontramos entonces estos versos que nos permitirían entender así el sentido del libro “Nunca he podido explicarle/ cómo puede tener tantos rostros el amor/ y cómo repetimos las mismas palabras/ los lugares/ las caricias/ y la felicidad llega a convertirse/ en eso que intuíamos otra cosa/ cuando éramos felices”. 
Porque al final,  puede que la poesía sea el planeta de la película, la máquina que hace realidad nuestros deseos, nuestros miedos, nuestros traumas,  esa personalísima geografía de nuestros fantasmas y donde habitamos, plácidamente sin que nos jalen los pies.

Reseña publicada en Magacín del diario Siglo XXI, el domingo 30 de enero de 2011.

Ilustración:
Alejandro Azurdia

viernes, 10 de septiembre de 2010

Jugar, correr tras la vida





Por Eddy Roma

Sucede que el poema o el cuento resultan insuficientes para el escritor. Lo que necesita decir precisa otros cauces. El poeta acude al ensayo y la novela para fijar su sistema de creación, ordenar sus lecturas y analizar los problemas de su tiempo. En cambio, es infrecuente que el cuentista ascienda a la poesía para verter su reacción ante el mundo que le rodea. En esa búsqueda se dirigen los poemas reunidos en Cuentos infantiles, título que remite al oficio narrativo que desde edad muy temprana manifestó su autora, Vania Vargas (Quetzaltenango, 1978). 
Agrupados en cuatro secciones, los Cuentos infantiles retratan una ciudad que niega el sueño y el reposo a sus habitantes. El café es una breve escala donde la gente coincide, por unos minutos, antes de salir apurada a la casa o al turno laboral. El teléfono celular y el intercambio de mensajes vía chat sustituyen la cercanía que dan el abrazo y la caricia. Los poemas se desplazan en un cuadrilátero donde las esquinas se reparten entre encarar las pérdidas, la no renuncia al amor, el juego, e incorporarse al tumulto de la vida.
La apuesta implica el abandono de la zona de confort y seguridad. El movimiento es riesgoso y la ficha puede caer en cualquier sitio. “Quizá tengás razón/ padre”, dice Vania en el poema que es el hit single del libro. “De haber seguido el camino que me señalaste/ no me subiría a este autobús todas las mañanas/ ni me pondría triste cada vez que enfilo la avenida”. La ciudad que recorre “se convierte en los pedazos de algo/ que nadie ha querido armar”. Muerde, aturde, esconde otras intenciones. “Pero era esto o seguir imaginando la vida/ como algo que no se mira/ a través de una ventanilla sucia” declara la poeta. Una vida, dice en otros versos, “con la que se entabla conversación/ a fuerza de estar parados en la misma esquina”. Vida que es una infinita posibilidad de situaciones y personas, como afirma en The ballad of Bonnie Parker: “Yo también soñé con una vida peligrosa/ con acumular historias/ de las veces que he escapado de la muerte/ con mostrar las cicatrices que dejó/ el impacto de los días”. A veces siente que no la alcanza, que se la pierde. “Está allá afuera/ y corre salvaje”, retrata.
El juego debiera ser hábito permanente en el ser humano. Pero lo relegan a la infancia y al poeta, ese niño que nunca creció. Siempre le gustará tirarse al suelo para recoger los dulces recién caídos de la piñata, sin temer a los pisotones y a esa advertencia, “vos no, ya estás grande”, que resuena con más fuerza a medida que pasan los años. A los niños hay que dejarlos “que salgan a la calle/ apedreen a los perros que pelean afuera/ y espanten a los zanates”. “Si aprenden a jugar”, recuerda Vania, “tienen parte de la vida/ resuelta”. Pero también puede ocurrir el encuentro con un timador, o un jugador más hábil, y entonces se padece la lección: “Que nos corresponde ir aprendiendo a/ perder// Que somos juguetes/ de los otros/ de algún dios”. 
Freddie Mercury se refirió al amor como una crazy little thing. Vania encuentra que “la tristeza puede ser/ dulce// y transferible”. Con todo, otea en los mares esperando divisar el amor. En períodos de esplendor acude al hechizo de las contadoras de cuentos y se propone escribir “un texto bello/ exacto/ para verlo pasear los ojos por él/ con la atención de quien sigue la ruta del escote”. Pero la herrumbre se come a la edad de oro. Quiere imaginar “que no es el tráfico el que nos separa/ ni un retraso cualquiera/ ni el cansancio/ el que nos impide coincidir despiertos en el mismo lugar”. Aunque declare: “Moriré/ quizá/ sin encontrarlo/ sin verlo de frente/ sin sentir el aliento/ salino/ de sus fauces”.
“Con los años he ido perfeccionando el oficio de tomar los días/ escarbarlos/ darles vuelta/ mezclar las horas/ comprimirlas/ hasta que quepan en una cuartilla azul/ que pueda doblar fácilmente en cuatro”, asienta Vania. No hay jactancia en esas líneas. Es señal de fe hasta el game over en una práctica, sobra decirlo, de por vida.

Publicado en Magacín, del diario Siglo XXI, el domingo 5 de noviembre de 2010
Ilustración: Alejandro Azurdia

lunes, 26 de julio de 2010

Definir al monstruo


Muestra: Monstruos / Alejandro Marré
Obra: Libro monstruo / Pablo Bromo /compilador / Vueltegato editores
Foto: Ale Alonzo
(click para ampliar)

martes, 13 de julio de 2010

viernes, 9 de julio de 2010

lunes, 7 de junio de 2010

Un adelanto de Cuentos infantiles




Este miércoles 9 de junio a las 20:00 horas en el Gran Hotel (9a calle entre 7a y 8a avenida de la zona1) se estará presentando la toma 4 de Catafixia editorial entre la que se incluye mi libro de poemas "Cuentos infantiles" junto a "Los falsos millonarios" de Maurice Echeverría, y los poemarios "Diagrama de sol" y "Radiografías" de los mexicanos Yaxkin Melchi y René Morales.

Cuentos infantiles es un poemario que incluye textos que evolucionan desde la narrativa y que vuelven, ya sin inocencia, a algunos de los temas que aparecían en las historias que nos contaron en la infancia. El libro es una manera de descubrir que muchos aspectos de la vida, incluídos el amor y la felicidad, son historias infantiles que nos contaron en algún momento en que no se había perdido la esperanza.

El libro entonces está dividido en cuatro partes: "Las marionetas mienten", que agrupa varios textos que tienen como eje la mentira; "Mi hermanastra habita en los espejos", porque si soy princesa, como dicen que somos todas, es por eso; "Todos los niños crecen, excepto uno"...  que incluye textos acerca del juego y la madurez; y Bestiario, que es una breve colección de bestias internas.

Aqui les dejo un link donde podrán ver en pantalla o descargar, como deseen, una breve muestra de los cuatro libros. Por lo demás, espero poder saludarlos el miércoles por allá.



martes, 4 de mayo de 2010

Poesía de Guatemala en Francia





Desde hace algunos días, las vitrinas de cafeterías y almacenes de la ciudad de Mont de Marsan, Francia, han exhibido los textos de un grupo de escritores guatemaltecos que forman parte de la primera actividad de Proyecto Efecto Bombilla, que consiste en un recital vía Skipe, en el que participarán algunos de los autores con sus textos en español, acompañados de su traducción y una puesta en escena, de otros, a cargo de artistas franceses.
Honradísima con ser parte de este gran proyecto, los dejo con el poema con el que participo en el blog de efecto bombilla, y con la versión francesa del mismo para que exploren por su cuenta los pormenores de este proyecto.

por
Vania Vargas



Los otros poetas: Pablo Bromo, Luis Méndez Salinas, Alejandro Marré, Carmen Lucía Alvarado, Rosa Chavez, Wingston González y Claudia Navas

viernes, 9 de abril de 2010

Viernes 3 a.m


No íbamos a amarnos 

ya lo sabíamos 

Entonces caminábamos hacia el cuarto 
a oscuras
como si estuviéramos soñando con
una amalgama de sombras 
que respiraba con dificultad
por tener encima 
todo el peso de la noche 

Y cuando abríamos los ojos
o los cerrábamos de nuevo
no lo sé con certeza
estábamos uno al lado del otro
sabiendo que el amor sirve
para llenar vacíos
igual que leer o escribir
lo único que hacíamos con insistencia
cansados de no aprender a vivir

Afuera 
el silbido de una fábrica
anunciaba el turno de la madrugada

La puerta que seguía abierta
temblaba de frío
gemía quedo
mientras escuchábamos
en nuestras cabezas
al narrador que contaba
la historia de dos seres que
cuando al fin abrían los ojos
o los cerraban
no lo sé con certeza
hablaban sin verse
como si estuvieran solos
mirando fijamente el techo
o la ventana abierta
mientras cada uno se marcaba espirales
sobre el vientre aún sensible
para seguir pronunciando
“imposibilidad” y “muerte”
sin angustia
para vestirse sin tristeza
dándose la espalda

Atrás de los árboles 
que están del otro lado de la avenida
el reflector de un edificio gritaba
que el cuarto estaba lleno de ramas
arbustos negros
que dibujaban las ondas del viento 
sobre las paredes que se creían limpias
sobre sus brazos desnudos
sobre sus caras
solo para convencerlos
de que seres de los bosques 
como ellos
no existen
de que en un cuarto lleno de árboles
el frío nunca se acaba

viernes, 12 de febrero de 2010

Primavera


La mujer está sentada sobre la banqueta
no dice nada
no mira a la gente que pasa

A su lado hay un vaso con dos monedas
que parecen gotas espesas
restos de algo que la dejó con hambre

Del cuello le cuelga
un capullo de colores sucios
donde se retuerce un bulto pequeño
que sueña o despierta
que intuye la luz

Un día crecerá
saldrá por completo
y nadie/sólo él
se dará cuenta
de que le faltan las alas

martes, 19 de enero de 2010

Once upon a morning dreary




El día que Poe cumplió 200 años lo vi de frente
en medio de la plaza central 
inmóvil/de pie
sus ojos vidriosos parecían mirar a través de mí 
hacia un punto fijo que quedaba a mi espalda

El reloj de la catedral anunció las nueve
las palomas rodearon la plaza 
dibujaron en el aire los primeros espirales 
de un remolino
excepto una
a la que el aire apenas alcanzó a levantar 
tres plumas grises
del ala muerta

No me detuve
La escena quedó atrás y en mi cabeza

Regresé durante varios días 
a la misma hora 
escruté las orillas de la plaza 
el rostro de sus habitantes
no volví a encontrarlo 

Sin embargo desde hace varios meses
hay un indigente que parece reconocerme
cada vez que paso por el lugar
y cuando estoy suficientemente cerca
levanta su mano/la sacude con fuerza
y me grita adiós desde su acera

Yo levanto mi mano para devolver el saludo
y desde entonces
jugamos a que él es un escritor muerto
y yo una antigua conocida